13 de octubre de 2014

12 de Octubre: Koyaanisqatsi





Hay un relato nuevo que busca en el pasado de 
hace 500 años las respuestas al dominio del presente, 
como el pecado original creado por el cristianismo 
excepto que esta vez la polémica es por voluntad  propia
y, como siempre, estéril. Se trata de otra manera de mirar 
lejos en el tiempo para no mirar a nuestro lado ahora.


Decía una vez el gran etnólogo y antropólogo argentino, el Dr. Rodolfo Casamiquela, que cuando los equipos médicos visitaban las aldeas en misiones sanitarias de vacunación, cometían el error de decirles a las viejas nativas: "A ver, abuelita, permítame el brazo", lo que representaba para la comunidad una falta de respeto total al dispensarse un lazo sanguíneo que no existía con el profesional, cuando lo correcto para con la madre del cacique de la tribu era dirigirse con respeto, como "señora". Eso ejemplifica que lo que para nosotros es una muestra de compasión, comprensión, solidaridad y amistad, para ellos es una muestra de inexplicable irrespetuosidad e indigno atropello. Nos toleran. Como titulaba una película ejemplar de los '80 con una palabra nativa total acerca de cómo nos ven, como ven al hombre blanco llegado a América, Koyaanisqatsi: mundo sin equilibrio... o desequilibrado.


Entonces, cuando saludo a España en esta fecha no lo hago ni como súbdito, ni como lacayo ni cipayo, hispanista y ni siquiera como adversario, lo hago como hombre libre y digno, de igual a igual, sin resentimientos ni rencores buscados en el pasado, porque recordar esa edad, es reconocerme conquistador, porque mi apellido también es español: frente al nativo de esta tierra yo soy el "blanco" invasor. Sumarme al pulso irracional popular sería igual de hipócrita que asesinar al hijo de mi vecino y luego sumarme a las hordas que reclaman justicia y seguridad.

De quienes ridículamente se desgarran las vestiduras, buscando el reflejo ajeno para la sumatoria del rencor propio, casi ninguno tiene apellido, por ejemplo, "Pacheco" (que viene del nombre de cacique tehuelche "Pachec") o Comuchen o Cahuen ni apellidos de origen quechua o querandí, diaguita y ni siquiera mapuche o aimara o qom ni guaraní u ona. Pero en verdad ellos son los únicos ciudadanos legítimos de quejarse contra nosotros. Ni siquiera somos simiente de negros africanos, porque cuando menos tendríamos el descargo de haber sido esclavos arrancados de nuestras aldeas. No somos los habitantes del 11 de Octubre, sino los del 13 de Octubre.

Abundan entre las voces ardientes del reclamo centenario, los apellidos de origen italiano, español, árabe, inglés, alemán, judío, turco, polaco, francés. Es decir que para "ellos", los pueblos originarios de las Américas, nosotros seguimos siendo los conquistadores, los mismos a quienes despreciamos y hasta de quienes nos burlamos. Entonces, permitamos a ellos juzgarnos a nosotros con el resentimiento de medirnos con la vara severa del ultraje, del crimen, del saqueo, del robo y la violación de una limpieza étnica eficaz y total que perdura hasta nuestros días y de la cual vivimos los otros 364 días del año que no son "12 de Octubre".


Pero al mencionar intencionalmente el motivo de los apellidos, intento demostrar que no hubo a través de los siglos un proceso de "integración", como se lo llama ahora, sino de aislamiento, de supresión, de segregación, de abandono y de negación. Muy pocos países latinoamericanos incluyeron las etnias originales de las Indias al colono de las Américas, tal los casos de México, Perú, Paraguay y Bolivia, cuando hasta en su arte revelan una influencia precolombina, mientras que el resto del continente permaneció refractario al proceso de inclusión o peor, librando batallas de conquista cuya finalidad era robarles sus tierras, pero esa expansión territorial no pertenece a épocas coloniales, sino ya, continentales y hasta institucionales, fueron masacres civiles: Las hicimos nosotros. 


Recordemos que Paraguay ya había recibido otra corriente invasora hacia el 1200 DC con los primeros asentamientos viquingos en tierras altas guaraníes, cuyas huellas rúnicas resisten cualquier investigación arqueológica, nación que ha integrado por completo las diferentes etnias resultantes de la colonización. Pero pocos países han fusionado lo nuevo con lo existente. Pero también quiero recordar la anécdota del amigo y ex Agregado Cultural de Paraguay en Argentina, Gilberto Ramírez Santacruz, cuando me cuenta que, siendo un pibe, veía a sus abuelos, tíos y vecinos cuando volvían de la selva de "capturar" guaraníes a quienes traían amarrados como mascotas.


Así, los habitantes originales, subordinados o rebeldes a las leyes y la imposición progresiva de los aparatos políticos nacientes, o se acercaban a la sociedad invasora o estaban condenados a languidecer en ghetos abiertos, distantes y remotos de la "civilización" occidental, ausentes de todo beneficio mínimo y elemental, sin protección jurídica. A eso se debe que alcancen nuestros días siendo "indígenas", es decir, en estado de indigencia. Todavía se refieren a ellos como "aborígenes", del latín ab origen (sin origen). Por eso los nativos, más allá de la intención institucional y la celebración, permanecen solitarios, abandonados, no reconocidos y merced al atropello de quien tenga una cuota de poder para ejercerlo contra ellos o sus mínimas posesiones territoriales: En la práctica, son ciudadanos de tercera. No cuentan.


Pienso así desde el día en que vi y escuché por el noticiero que una vieja nativa del Chaco, cuando frente al saqueo de tierras, declaraba: "Yo no me voy a dejar avasallar por el blanco". Así entendí que para ella yo era el blanco, simiente de asesinos, saqueadores y ladrones. Y como si no fuera suficiente, para nuestro beneficio absoluto, les traemos a empresas como Barrick y como Macdonals, las mineras, las petroleras, los transgénicos, la deforestación, y después protestamos por la "conquista". Para entenderlos, les traemos las leyes, la mentira, la trampa, la falsificación de documentos, la investigación, el juicio y la exoneración. Y después de ofrecerle los servicios de un abogado pago en cuotas para entender nuestras leyes y las suspicacias, el escrache, la protesta y las muestras de una solidaridad que dura un día. Todo por unos pesos, o muchos o pocos, pero siempre por el dinero, el mismo que nunca les llega a ellos, sino a nosotros. Y que no nos quiten ni una cucharita de aire porque salimos con la escopeta a defendernos, aunque sean ellos. En otras palabras, sumarnos a la queja iguala a exculparnos del crimen cotidiano del cual vivimos a nuestras anchas y del cual somos culpables históricos.


Es decir, visto por "ellos", los usurpamos, los robamos, los asesinamos y ahora nos declaramos inocentes, compasivos y hasta solidarios con la condena de seguir asesinándolos y robándolos desde hace 500 años. De nada sirve proclamar el delito de la usurpación cuando ahora mismo les quitan sus tierras, los matan, los aíslan y hambrean para apropiarse de lo poco que poseen, y no veo a ningún "blanco" compartiendo su fortuna en favor de ellos, las habitantes originales del continente. No es diferente a usar un tapado de piel y reconocernos "ecologístas" sólo porque al bicho mientras lo cuerean vivo no hay gritos audibles, lo crían para asesinarlo pero, sobretodo, no conlleva un "desequilibrio" en la naturaleza. 

Renunciar al pedazo de mi ser que conlleva la hispanidad, es renunciar al Quijote, a Quevedo, a Unamuno, no menos doloroso que perder la europeidad de Sartre o de Cyrano, algo que no pienso hacer. Nada de esta nueva polémica existe para favorecer y compensar la usurpación continental o acaso restituirles lo saqueado, no, sino para sentirnos justos y solidarios y gente de bien. Y dije sólo "sentirnos", no "serlo". A fin de cuentas, argentinos. 

Y sino preguntemos al ruso Igor, ingeniero y violinista, que trajo a su familia en los '90, cuya esposa falleció de incomprensión y quedó a cargo de su hija. Le dio sus documentos, los propios y los de su progenie, junto con unos pocos ahorros, a un "gestor criollo" quien desapareció con todo, de manera que Igor y su hija –quien ahora ve a su padre como a un monstruo desconocido–, viven indocumentados, desamparados, aturdidos por las otras mentiras, no las heredadas de hace 500 años, sino las nuevas de hoy. A eso lo llamamos "integración". Es como decir: "Por aquellos de hace 5 siglos es que somos así, garcas, ellos tienen la culpa de todo". 


Tan infame como proclamar al continente libre de la esclavitud colonial cuando aceptamos en silencio el trabajo o la prostitución infantil en nuestros días, que es otra forma de la misma esclavitud pero de peor crueldad, siempre encontramos una manera de exculparnos y ocultarnos en la ofuscación cívica para sentirnos honrados, puros e hidalgos. Esa misma pureza criolla que necesitó erradicar a los negros de nuestra comunidad "solidaria" en dos etapas: La guerra de la Triple Alianza y la peste de comienzos del siglo XX en La Boca y San Telmo. Y listo, no quedaron negros. Ahora, a desgarrarnos a los gritos de "reparación histórica" hasta quedar afónicos.


Que otros hipócritas "blancos conquistadores" desgarren sus vestiduras, yo prefiero saludarte, querida España, como hombre libre, resultante de origen europeo, simiente de migraciones y etnias diversas de aquí y de allá, parte española, francesa, brasileña, italiana y griega, y cedo mi palabra a quienes tienen el derecho legítimo a la queja centurial contra mí.


Rigel



Nota compartida desde Ecuador para las Américas por S.E. Leonardo Aguirre, Cuenca, Ecuador, con permiso concedidos. N. de A.