10 de agosto de 2017

La desnutrida subjetividad contemporánea


Un fenómeno observable de la narrativa contemporánea 
es la extinción de personajes memorables que permitan fijarlos 
en nuestra memoria. La ausencia de ejemplos viene de la mano 
con la falta de historias sólidas y bien estructuradas que los revelen y 
que expongan su naturaleza humana cuando la subjetividad profunda 
del protagonista no resulta favorecida.
Y frente a la inmensa cantidad de libros editados, el factor literario 
es mínimo cuando la subversión narrativa es la víctima 
por ausencia.

El momento crónico que vivimos es propicio para la literatura subversiva que caracterizó a las mejores obras del traumático siglo XX. De la crisis del individuo y sus necesidades frente a la existencia masificada de la urbanidad surgen las mejores obras de literatura. La exploración del hombre solitario frente a las circunstancias extremas de la sociedad en la madrugada belicosa y delirante que vivimos le ha permitido a los autores exponer al hombre ante las fracturas de la vida y su tiempo. Y de todos ellos, quizá, Kafka es quien mejor identifica el ejemplo del quiebre entre el hombre y la maquinaria del siglo XX. 

Pero, en especial, esta segunda década del tercer milenio llega con variedad de conflictos, con hambre, con miserias y asimetrías peores que la clausuradas en la década final del siglo XX. Sociedades todavía insatisfechas en lo elemental, los feudos sobrevivientes peor que en el medioevo europeo, pueblos enteros engañados y conducidos al abismo de la desesperación, alzamientos armados, dictaduras nacidas de la democracia y regímenes totalitarios nativos de repúblicas, etcétera. Todo lo que soñábamos erradicado en el siglo XX migró al XXI con igual potencia. 

Nada ha sido resuelto y hasta sería apreciable expresar que hoy es más difícil que en edades anteriores saber dónde está el enemigo y dónde el amigo, dónde el beneficio y dónde el maleficio. Pero no es de asombrar que hoy veamos a personas pobres, mal arropadas, hambrientas o desamparadas y faltas de recursos, con un teléfono móvil o una tablet conectados al abrigo a un sistema de resúmenes pre-digeridos, de bromas y chimentos. La edad tecnolátrica fracturada en esquirlas, como una granada, en el vientre de la inmensa maquinaria del engranaje social, lastimando más que iluminando conciencias, desgrasando las ideas, despojándolas gradualmente de calor y de color hacia la unificación imposible que ni el marxismo hubiera logrado cohesionar. 

Pero recordemos que cuando esta pasada centuria de clivajes y resilencias apenas iniciaba, hace un siglo, prosperó en diversidad de especies de tinta y pensamiento con la obra de Wells, de Joyce, de Kafka, de Hemingway, de Orwell, etc., todos ellos inquisidores del alma cuando atravesaron los valles insanos –o sospechosamente felices– en eso que llamamos la condición humana, cuando yace enfrentada con la adversidad, todos ellos tractores de la narrativa, o mercenarios o soldados, de los cambios, visiones luego evolucionadas en la literatura de Huxley, de Ballard, de Sábato, de García Márquez, de Bradbury… Un siglo completo de incendiarios provocadores de paradigmas, de voces marginales con sus no tan fantásticas advertencias en las márgenes de una urbanidad con destellos de la vislumbrada deformidad, impulsores apadrinados por los otros monstruos transformadores del anterior siglo XIX. Todas las alarmas estaban encendidas, conjurando, expulsando la probabilidad de sus llegadas. 

Y cuando todas esas advertencias al fin se han cumplido, cuando todas esas humanas y sociales malformaciones se revelan con toda su potencia clínica, cosmética y patológica, resulta que los autores no encuentran temas atractivos para narrar. Entonces derrumban sus escritos en poemas de ecos personales y solitarios, en cuentos del grandilocuente solitarismo padecido, en novelas del amor frustrado donde la sociedad es el factor implícito y descontado pero nunca el desafío narrativo, en el sexo amplificado o el desencuentro amoroso como una tragedia platónica… cuando allí afuera la guerra continúa. Como dice un periodista y novelista amigo: “¿Cómo podrían escribir algo interesante si se han pasado la vida sentados en una silla?”. Entonces la silla pasa a ser lo trascendente y eje de la narrativa contemporánea, y no las vivencias del autor, porque no las tiene y no las busca. 

Existe una aplicación frecuente de la pragmática contemporánea en lo que podríamos definir como la narrativa compensada donde el autor, ante la falta de un tema interesante bien estructurado en la trama, más elaborada digamos, nos propone en reemplazo una mayor profundidad descriptiva del alma del protagonista bajo el supuesto de que la ausencia de uno puede ser compensada por lo otro, al estilo de El lobo estepario de Hesse, o bien, de una descripción más precisa de su entorno, como por ejemplo, la enumeración de objetos inanimados del narrador francés Robber Grillet, donde la ausencia de un tema sólido es remendada con la descripción precisa revestida con los objetos que rodean al protagonista. Así, el narrador intenta establecer la dimensión humana del escrito, a través de una galaxia cosmética de estatuillas, ceniceros, floreros, cuadros, etcétera, bajo la hipótesis en la cual la subjetividad varía según las preferencias decorativas de la habitación donde se desarrollan los acontecimientos que el autor quiere que conozcamos de la historia. Esa corteza de artículos, piensa, nos ayudarán a definir la personalidad del protagonista. 

Pero, si el extremo fenomenológico en la narrativa propuesta de esta edad es el personaje y sus circunstancias internas, donde el autor compensa las fallas de una historia débil con una mejor introversión al protagonista, una dimensión más profunda en el perfil del personaje y su entorno inmediato, entonces, ¿por qué no tenemos como resultado a un nuevo Harry Haller o un mejor Rodion Raskolnikov? ¿Por qué no tenemos a un novedoso Sr. Montag ni tampoco a un nuevo Gatsby o un Fernando Vidal Olmos mejor diseñado, o una nueva Alejandra o un Olivera más misterioso o un renovado Sr. Aureliano Buendía

Tanto escrito publicado y no aparece un Gregorio Samsa para intranquilizarnos el alma como tampoco un Quijote para divertirnos y meditar la bella locura de mirar la vida del lado correcto, porque la conclusión preliminar es que dicho formato económico de narrativa actual no ha producido la textura esperada. De explorar nuestras memorias no encontraremos a un solo personaje reciente que nos ilustre con sus ocurrencias ni las soluciones a sus dilemas, no habrá una frase para citar de ellos, porque descubriremos que no habitan en nuestra vida. Nos hemos quedado sin ilusorios arquetipos y fenotipos ejemplares para acompañar nuestras vidas, una manera retórica de decir que tenemos muchos libros editados para tan poca literatura final. 

Pocas veces encontraremos al amor mejor definido que frente al abismo y la tragedia como en la obra de Sófocles o Flaubert, incluso Shakespeare, por citar sólo un tema y distintas visiones. Sin embargo, el hombre o la mujer que habitan los escritos, me refiero a los protagonistas de hoy en la creación del autor, afectados por las fuerzas centrípetas del narrador, no son más profundos que los diseñados por Balzac o Dostoievsky o Hesse, porque la derrota final de la subversión narrativa encuentra su explicación pero no en el mundo interior del escritor moderno, sino en el hamburguesamiento mental, en la claudicación de la crítica y la conformidad con la inercia social tal cual está. 

Para que quede claro, si tenemos injusticias y atrocidades, sociedades hambrientas, delitos sociales, crímenes de Lesa Humanidad, totalitarismos, represión, alteración intencional de la historia y desfiguracion permanente de la verdad, entonces ¿por qué no aparece en la literatura contemporánea un nuevo Dr. Zhivago? La respuesta es simple: Porque no queda ni un ‘Pasternak’, eludiendo y burlando al sistema. Al contrario, ahora tenemos en las sombras a autores defensores de ese sistema que hambrea y castiga a países de la Tierra, y que mantiene en su silencio a regímenes totalitarios brutales, incurriendo en atropellos y crímenes de estilo medieval. ¿Cómo podría surgir un Pasternak de las ruinas si hay conformismo? No lo hay ni en luces ni en oscuridades.

Claro que el aburguesamiento inexplicable del escritor actual no se corresponde con la realidad brutal que hay allí afuera, sólo que ya no hay deseos de cambiar nada y no quedan reproches por hacer. Allí descansa la pérdida de las utopías. Es cuando con escribir a diario alcanza para sentirse feliz. No hay tractores del horizonte narrativo ni poético porque los autores se han conformado cada uno con la quintita en los fondos del terreno imaginario. Y de allí extraen unos pocos rabanitos y cosechan tomates cherry suficientes como para una ensalada diaria. La maestría de este tiempo será el aderezo agradable para completar la combinación desabrida. Pero ¿cuándo fue que perdimos la guerra grande de los sueños e ideales? Recobrar las armas y bálsamos de la pluma es deuda, porque para escribir hay que ser un guerrillero aunque se trate de la guerra equivocada.

CR

Nota republicada del 2 de Agosto bajo el título de Intranautas para evadir la censura inexplicable de Facebook.



Copyrigh®2017 por Carlos Rigel


2 de agosto de 2017

Intranautas

Pese a mis pedidos de revisión del caso, Facebook ha rechazado en cuatro oportunidades compartir el link que permite acceder a esta nota por muro de novedades. Desconozco el motivo, no sé si son las modelos de la obra artística o el contenido de la nota, auque se trata de crítica literaria. Pero pueden encontrarla en mi página de fans.... CR













El momento crónico que vivimos es propicio para la literatura subversiva que caracterizó a las mejores obras del traumático siglo XX. De la crisis del individuo y sus necesidades frente a la existencia masificada de la urbanidad surgen las mejores obras de literatura. La exploración del hombre solitario frente a las circunstancias extremas de la sociedad en la madrugada belicosa y delirante que vivimos le ha permitido a los autores exponer al hombre ante las fracturas de la vida y su tiempo. Y de todos ellos, quizá, Kafka es quien mejor identifica el ejemplo del quiebre entre el hombre y la maquinaria del siglo XX.

Pero, en especial, esta segunda década del tercer milenio llega con variedad de conflictos, con hambre, con miserias y asimetrías peores que la clausuradas en la década final del siglo XX. Sociedades todavía insatisfechas en lo elemental, los feudos sobrevivientes peor que en el medioevo europeo, pueblos enteros engañados y conducidos al abismo de la desesperación, alzamientos armados, dictaduras nacidas de la democracia y regímenes totalitarios nativos de repúblicas, etcétera. Todo lo que soñábamos erradicado en el siglo XX migró al XXI con igual potencia. 

Nada ha sido resuelto y hasta sería apreciable expresar que hoy es más difícil que en edades anteriores saber dónde está el enemigo y dónde el amigo, dónde el beneficio y dónde el maleficio. Pero no es de asombrar que hoy veamos a personas pobres, mal arropadas, hambrientas o desamparadas y faltas de recursos, con un teléfono móvil o una tablet conectados al abrigo a un sistema de resúmenes pre-digeridos, de bromas y chimentos. La edad tecnolátrica fracturada en esquirlas, como una granada, en el vientre de la inmensa maquinaria del engranaje social, lastimando más que iluminando conciencias, desgrasando las ideas, despojándolas gradualmente de calor y de color hacia la unificación imposible que ni el marxismo hubiera logrado cohesionar.

Pero recordemos que cuando esta pasada centuria de clivajes y resilencias apenas iniciaba, hace un siglo, prosperó en diversidad de especies de tinta y pensamiento con la obra de Wells, de Joyce, de Kafka, de Hemingway, de Orwell, etc., todos ellos inquisidores del alma cuando atravesaron los valles insanos ­–o sospechosamente felices– en eso que llamamos la condición humana, cuando yace enfrentada con la adversidad, todos ellos tractores de la narrativa, o mercenarios o soldados, de los cambios, visiones luego evolucionadas en la literatura de Huxley, de Ballard, de Sábato, de García Márquez, de Bradbury… Un siglo completo de incendiarios provocadores de paradigmas, de voces marginales con sus no tan fantásticas advertencias en las márgenes de una urbanidad con destellos de la vislumbrada deformidad, impulsores apadrinados por los otros monstruos transformadores del anterior siglo XIX. Todas las alarmas estaban encendidas, conjurando, expulsando la probabilidad de sus llegadas.

Y cuando todas esas advertencias al fin se han cumplido, cuando todas esas humanas y sociales malformaciones se revelan con toda su potencia clínica, cosmética y patológica, resulta que los autores no encuentran temas atractivos para narrar. Entonces derrumban sus escritos en poemas de ecos personales y solitarios, en cuentos del grandilocuente solitarismo padecido, en novelas del amor frustrado donde la sociedad es el factor implícito y descontado pero nunca el desafío narrativo, en el sexo amplificado o el desencuentro amoroso como una tragedia platónica… cuando allí afuera la guerra continúa. Como dice un periodista y novelista amigo: “¿Cómo podrían escribir algo interesante si se han pasado la vida sentados en una silla?”. Entonces la silla pasa a ser lo trascendente y eje de la narrativa contemporánea, y no las vivencias del autor, porque no las tiene y no las busca.

Existe una aplicación frecuente de la pragmática contemporánea en lo que podríamos definir como la narrativa compensada donde el autor, ante la falta de un tema interesante bien estructurado en la trama, más elaborada digamos, nos propone en reemplazo una mayor profundidad descriptiva del alma del protagonista bajo el supuesto de que la ausencia de uno puede ser compensada por lo otro, al estilo de El lobo estepario de Hesse, o bien, de una descripción más precisa de su entorno, como por ejemplo, la enumeración de objetos inanimados del narrador francés Robber Grillet, donde la ausencia de un tema sólido es remendada con la descripción precisa revestida con los objetos que rodean al protagonista. Así, el narrador intenta establecer la dimensión humana del escrito, a través de una galaxia cosmética de estatuillas, ceniceros, floreros, cuadros, etcétera, bajo la hipótesis en la cual la subjetividad varía según las preferencias decorativas de la habitación donde se desarrollan los acontecimientos que el autor quiere que conozcamos de la historia. Esa corteza de artículos, piensa, nos ayudarán a definir la personalidad del protagonista.

Pero, si el extremo fenomenológico en la narrativa propuesta de esta edad es el personaje y sus circunstancias internas, donde el autor compensa las fallas de una historia débil con una mejor introversión al protagonista, una dimensión más profunda en el perfil del personaje y su entorno inmediato, entonces, ¿por qué no tenemos como resultado a un nuevo Harry Haller o un mejor Rodion Raskolnikov? ¿Por qué no tenemos a un novedoso Sr. Montag ni tampoco a un nuevo Gatsby o un Fernando Vidal Olmos mejor diseñado, o una nueva Alejandra o un Olivera más misterioso o un renovado Sr. Aureliano Buendía?

Tanto escrito publicado y no aparece un Gregorio Samsa para intranquilizarnos el alma como tampoco un Quijote para divertirnos y meditar la bella locura de mirar la vida del lado correcto, porque la conclusión preliminar es que dicho formato económico de narrativa actual no ha producido la textura esperada. De explorar nuestras memorias no encontraremos a un solo personaje reciente que nos ilustre con sus ocurrencias ni las soluciones a sus dilemas, no habrá una frase para citar de ellos, porque descubriremos que no habitan en nuestra vida. Nos hemos quedado sin ilusorios arquetipos y fenotipos ejemplares para acompañar nuestras vidas, una manera retórica de decir que tenemos muchos libros editados para tan poca literatura final.

Pocas veces encontraremos al amor mejor definido que frente al abismo y la tragedia como en la obra de Sófocles o Flaubert, incluso Shakespeare, por citar sólo un tema y distintas visiones. Sin embargo, el hombre o la mujer que habitan los escritos, me refiero a los protagonistas de hoy en la creación del autor, afectados por las fuerzas centrípetas del narrador, no son más profundos que los diseñados por Balzac o Dostoievsky o Hesse, porque la derrota final de la subversión narrativa encuentra su explicación pero no en el mundo interior del escritor moderno, sino en el hamburguesamiento mental, en la claudicación de la crítica y la conformidad con la inercia social tal cual está.  

Para que quede claro, si tenemos injusticias y atrocidades, sociedades hambrientas, delitos sociales, crímenes de Lesa Humanidad, totalitarismos, represión, alteración intencional de la historia y desfiguracion permanente de la verdad, entonces ¿por qué no aparece en la literatura contemporánea un nuevo Dr. Zhivago? La respuesta es simple: Porque no queda ni un ‘Pasternak’, eludiendo y burlando al sistema. Al contrario, ahora tenemos en las sombras a autores defensores de ese sistema que hambrea y castiga a países de la Tierra, y que mantiene en silencio a regímenes totalitarios brutales, incurriendo en atropellos y crímenes de estilo medieval. ¿Cómo podría surgir un Pasternak de las ruinas en el conformismo?

Claro que el aburguesamiento inexplicable del escritor actual no se corresponde con la realidad brutal que hay allí afuera, sólo que ya no hay deseos de cambiar nada y no quedan reproches por hacer. Allí descansa la pérdida de las utopías. Es cuando con escribir a diario alcanza para sentirse feliz. No hay tractores del horizonte narrativo ni poético porque los autores se han conformado cada uno con la quintita en los fondos del terreno imaginario. Y de allí extraen unos pocos rabanitos y cosechan tomates cherry suficientes como para una ensalada diaria. La maestría de este tiempo será el aderezo agradable para completar la combinación desabrida. Pero ¿cuándo fue que perdimos la guerra grande de los sueños e ideales? Recobrar las armas y bálsamos de la pluma es deuda, porque para escribir hay que ser un guerrillero aunque se trate de la guerra equivocada. 

CR


Copyrigh®2017 por Carlos Rigel

30 de julio de 2017

Curvando la historia




Es una vergüenza que Argentina mantenga el silencio frente a crímenes documentados de Lesa Humanidad de una madrugada dictadura que no tiene ya ningún lazo comercial con nuestra economía pero que cree compartir objetivos continentales del madurismo con nuestra sociedad actual por el pasado gobierno kirchnerista.

El conflico que divide a la sociedad criolla se expresa dibujado en el iconológico Congreso y que lleva a pasar por alto los crímenes del chavismo con el mismo criterio que el sistema judicial garantista permite excarcelar y liberar a un violador, a un asesino serial. El fundamento resultante consiste en que “no son suficientes violaciones ni suficientes asesinatos como para privarlo de sus derechos a la libertad”.

En Argentina es importante que un delincuente siga libre y hasta que ejerza cargos representativos incluso en el Congreso. La misma burla jurídica que indaga a un violador serial con 49 violaciones consecutivas en la provincia de Córdoba y no apresado hasta la quincuagésima violación, llevada al Congreso, termina de respaldar a Julio De Vido, un delincuente famoso del pasado kirchnerato delictual.

Nadie habla de sus delitos ni defiende su inocencia: eso aquí no está en juego, sino sus derechos constitucionales de seguir ejerciendo el cargo político. Claramente representa a un montón de hijos de puta quienes saben que lo son y gozan de garantías. Si incluso hubiera participado en un asesinato, nos dirán: “es anterior a su cargo y no mancha su mandato. El pueblo no sabía que era un asesino… o ladrón… o mentiroso”. Todo bien.

Día del referendum por la Constituyente con fusiles y 14 muertos.
Tenemos un 40% de “vivos criollos” en el Congreso que celebran sus triunfos con abrazos, estrechar de manos y risas, porque saben que burlaron de nuevo en la cara a la sociedad y la fechoría les salió bien. Le hicieron pito-catalán a la justicia, a los padres de nuestra Constitución, y sobre todo, a la honestidad de tener la conciencia limpia y libre. Ese rumor orejeado por Cristina también llegó centelleando de las provincias. No quieren rutas ni cloacas ni gas, sino al dinero. “Somos leales a quien lo da”.

Es que ser un hijo de puta es constituyente del ser argentino. Esa parte de nuestra sociedad es la que no ve la necesidad de poner preso a un asesino serial en tanto no se expida un juezgado federal, luego apelado y ratificado por un juzgado de garantías. Mientras tanto, su “honorabilidad sigue inmaculada, garantizada y libre de sospechas”.

Pero con Venezuela es todavía peor, porque ven los asesinatos, miran los crímenes de Lesa Humanidad transmitidos en vivo, ven los atropellos a la Constitución, a sus legisladores y a la división de poderes, ven a una República inexistente, y los niegan para congraciarse con un proyecto pasado que todavía piensan que merece ser defendido. Entonces, la condena que debería fermentar por el repudio histórico, no depende del sentido común ni de la calidad del delito, sino de una decisión partidaria y, por ende, ideológica. “Es un traspié”, una piedra en el zapato bolivariano que luego reflotará victorioso. Sólo por eso la conciencia corporativa dice: “No veo”.


Hoy la GNB empleó el fusil de asalto Dragunov de origen 
ruso calibre 7.62  contra civiles.
Eso y una sociedad impávida de intachable inocencia, que no sale a tomar las calles porque no cree que su dignidad esté de lleno involucrada ni en la violación de la hija de alguien, ni en el asesinato de otro argentino, ni de los robos, las coimas y los desvíos de fondos de ningún legislador. Hacemos de cada acto pérfido una Venezuela lejana, espectral e inverificable.

Desde el inicio de la nueva oleada de protestas a comienzos de Abril de este año, llevan 3530 detenciones, 1200 siguen detenidos, más de 400 presos políticos, 120 muchachos muertos en su mayoría por disparo a quemarropa. y las métodos de tortura contra los estudiantes son peores que en 2014, van de la violación con el cañon del fusil o tubos de metal, obligados a entrar en camiones cerrados con gas lacrimógeno en su interior, hacerlos tragar nafta hasta desmayar y dejarlos tirados donde caen y el uso de gas pimienta en la capucha cerrada, son algunos de los empleados por la GNB y la PNB. Pero nada de esto parece conmover lo suficiente a nuestros diputados y senadores como para expedirse. 

Alguna vez, en las crónicas de la guerra que veía llegar –tal vez fragmentadas– pero editadas en mis libros, pregunté cómo hacíamos para diferenciar al Terrorismo de Estado bueno del malo, porque no hay verdad amordazada ni a punta de fusil que resista la razón. Pero tampoco hay que preguntarles allá cuál es la razón de tanta infamia, porque vociferarán como acostumbran, un diccionario completo de incoherencias, como aquí lo hace el kirchnerismo en nuestra propia tierra, y en ese catálogo de gritos encuentran la justificación para los asesinatos, el hambre y la miseria en nombre de la libertad, la democracia y la justicia social. No advierten que son lo opuesto, diagnóstico confirmado por el 88% de ausentismo al plebiscito por la Constituyente que deroga y anula la democracia venezolana, información horas más tarde corregida por el aparato oficialista y elevado al 41%. El valiente pueblo venezolano dijo que No y la dictadura lo arregló para que pareciera un Si. Pero ni eso nos alcanza para tomar partido del lado correcto. Y no lo hacen, no condenan los excesos de allá, porque aquí harían lo mismo. Por eso. El método les resulta posible.

Lo que oculta la falta de condena de nuestra mayoría parlamentaria kirchnerista contra la dictadura y el terrorismo de Estado en Venezuela, excede a una medida ideológica de la líder asesina y ladrona Cristina Fernández, sino que se debe a que no desaprueban el método de Maduro para sostenerse en el gobierno. El mismo grupo humano de mierda que respalda a De Vido, a sabiendas que es un ladrón, un asesino y un garca, tiene preparadas las estrategias para resistir a cualquier precio. No es que no ven el régimen totalitario bolivariano, al contrario, lo consideran una alternativa posible para sustentarse en el gobierno. La dictadura que no proviene de un golpe militar sino que nace en las entrañas de la democracia. Ellos, de volver al poder, harían eso mismo: Allanar el camino, asesinando gente, alterando la Constitución, creando ejércitos sanguinarios para perseguir, capturar y corregir a los opositores con métodos orwellianos. Por eso mantienen latente el odio que nos regalaron en la espera del momento. Para eso ocupan los tres sectores institucionales de la República y el aparato del Estado, porque si vuelven no se irán jamás.

Nuestra palabra no vale ni un choripán. Somos argentinos. San Martín aceptó unos pesos de Bolivar y delegó la campaña libertadora en las manos al caraqueño, quien traficaba esclavos de África a Portugal y Cuba; conforme con la coima, nuestro libertador vendió el sable corvo por unos pesos a un coleccionista norteamericano y escapó a Europa; para  qué hacerse tanta malasangre. Belgrano desvió a su cuenta privada algunas partidas de dineros públicos destinados a la guerra, y luego se fugó con dos putas jóvenes a Costa Rica, donde vivió de alcoholizado de lujuria, como un bacán, organizando orgías abiertas y maltratando a esclavos. 

Los argentinos estamos reescribiendo la historia donde nuestros héroes son también unos cretinos hijos de puta que hoy explican las características del ser nacional actualizado.

CR


Copyrigh®2017 por Carlos Rigel

24 de julio de 2017

Gehenna del ADN



Comparto la reflexión que publiqué en Facebook 
el Domingo 23 de Julio de 2017.



La segunda parte de la Grieta quedará sellada con masilla plástica en Octubre. Las últimas amistades del silencio y de la tolerancia en las redes sociales sobrevivientes al 2015 amanecerán al enfrentamiento final con insultos, bloqueos, desaparecidos y extinciones.

Pero ya no pienso en un país para mí. Mi tiempo pasó. La edad de la Patria que me correspondía se perdió en algún momento entre 1983 y 1990. Ya ni siquiera pienso en un país para mis hijas e hijos.

Superada la resignación que me atormentó durante años, pienso en un país para heredarle a mis nietos donde el populismo no sea la alternativa desagradable que los hipnotice con promesas en medio de la miseria, el delito y el narcotráfico.

Miro a esa juventud venezolana y me convenzo que vale la pena empujar las décadas soportando el peso sucio de las anteriores. El lastre de arrastrar a nuestras espaldas la trinchera de enojos de un año al siguiente debe terminar aquí con nosotros.

Orillé tantas veces el fracaso que hasta hoy creo que ese fue el éxito de nuestra generación: mandarnos al muere. Como si la Guerra del Atlántico Sur hubiera proyectado las esquirlas y el fuego de sus combates en el continente y todavía continuara. Cayeron más muertos en democracia que en el Proceso y en la guerra. Por eso tantos muertos y todos jóvenes. Es la sangre que lava el pavimento de nuestros errores.

Sólo así encuentro la explicación redentora que exonera las culpas sociales de no mirar dos veces antes de cruzar la calle. Porque un accidente social sedimentó a otro hasta formar una corteza de fósiles moldeados por el infortunio de vivir eufóricos entre sonrisas y lágrimas. Y los éxitos inexplicables nos trajeron, al fin, a la desdicha acumulada de la vergüenza y el odio. Porque trazamos ruta a París y terminamos en Nigeria, y más brutos y hambrientos que antes.

Porque ocurrió lo que no debía ocurrir: Padres enseñando a sus hijos a delinquir e hijos mintiendo para encubrir los delitos de sus padres, mientras otros miles de hijos caen anónimos en las calles del hambre, la incomprensión y el paco, con padres demasiado ocupados en sus finanzas o en sus miserias como para interesarse en los destinos futuros de los nietos que no llegarán jamás. Maldita generación.

Cada mentira, cada estafa, nos costará la sangre de mil hijos o sobrinos o nietos o bisnietos, porque la guerra continúa en las avenidas de la burla, pero la guerra no se hizo para ganar, sino para morir. Y gana el indolente, el indiferente al clamor del ombligo, el que soporte a la Parca caminando entre los suyos con una sonrisa en la guadaña.

Bienaventurada la Grieta porque llegó para dividir, pero no a una generación de la otra, sino a la historia de muertos alegres separada de los nietos por llegar. Es mejor librar esa batalla hoy que heredársela a ellos.  Sólo así se limpia la simiente maldita de fracaso.


CR

Copyrigh®2017 por Carlos Rigel

17 de julio de 2017

Yo robo, tú robas, él roba... ¿Todos robamos?




La conjugación perfecta que intenta redimir las causas del robo reciente de nuestra ex Presidente se vuelve frecuente al leer en los comentarios de muros de periodístas y locutores amigos y allegados en la intervención de militantes kirchneristas que, a través de un furor que busca capitalizar con un dominio insolente o de una esperada sagacidad indiscutible, el argumento del derrotado con las evidencias de la siguiente premisa: “¿Quién les dijo que éste otro no roba también?”.

Y como se trata del alegato de la misma raza que se inspira en el ridículo y burlón Navarro de C5N, y se potencia con las imbecilidades de Brancatelli con sus muñequitas estúpidas, dos escarapelas bochornosamente pelotudas de la oposición, vamos a someter a análisis minucioso estas expresiones que los identifican, como el “roba pero hace”.

Analicemos este formato del pensamiento que, como dije, intenta redimir el delito pretérito insistiendo en que nada cambió en estilo con el delito actual, por ende, lo anterior queda eximido de toda prueba concreta cuando amplía la fechoría hasta volverla común y ordinaria, como decir: “Todos somos asesinos… todos somos estafadores.. todos somos mentirosos… etcétera”, dimensión que, se espera, determine inocencias del tipo: “Aquí no ha pasado nada nuevo”, ergo: “No pasó nada", y que al incorporarlo a la idiosincracia nacional, quedaría así: “Si todos somos culpables, es mejor declararnos todos inocentes. Y listo”.

De esta manera tan divertida como deductiva, podemos corregir la realidad, distorsionándola a gusto para acertarle a la construcción de un modelo individual libertino –algo similar a lo hecho por la psicología con los mitos del pasado, interpretados cómodamente para las explicaciones de nuestros facultados–, y donde una de las aplicaciones posibles es que no estamos educando a nuestros pibes en las buenas costumbres, sino formándolos en el robo, la mentira, el crimen y el paco. Y la impotencia para modificar las cosas nos dicta que no hay problema alguno –“Si no podés vencerlos, únete a ellos”– porque “la mayoría de los pibes hacen lo mismo”. Y cuando el paradigma es multiplicado por gran cantidad de gente, pasa de común a ser normal, de normativo.

Hay múltiples aplicaciones peligrosas de esta generalidad: “Si todas las minas se muestran en bolas en las redes es porque quieren cojer”, pero, “Si no quieren cojer, hay que forzarlas para que descubran su naturaleza pérfida y caliente”, lo que nos deja a los pies de la violación y el asesinato tan escandalosamente común en los diarios. ¿Acaso un día también será normal?

Pero, además, hay otra premisa que sí proviene del análisis contemporáneo y holístico, y que advierte otra característica del fenotipo criollo, el “Yo en su lugar haría lo mismo”. Así las respuestas que busco del otro las encuentro en mí, en mi propio comportamiento, lo que, a fin de cuentas, habla más de mí que del otro hipotético. Pero, en conclusión, “Aquel es igual a mi”, forma empírica de prejuzgarlo y definirlo sin siquiera conocerlo para luego descartarlo.

“Digo y pienso del otro lo que sé e impugno de mí mismo”. Doy vuelta el binomio y ataco con lo que sé de mí pero aplicado en el otro.  "Me deploro, pero agrediré al otro para no lastimarme a mí mismo”. Es decir: “Si fuera Presidente yo también me robaría todo”, porque allí completa el ecuación en el criterio de la generalidad. “El otro también debe ser capaz de hacer lo que yo haría”. La nueva forma de la ética también resulta dañada, porque “no ser sorprendidos mintiendo, es igual que decir la verdad” y que, precisamente, es la conducta del ladrón. “Robaré mientras nadie me descubra”.

De las variantes del método del simil llegamos al vivo criollo, ese fenotipo marca nacional que nos brinda un discurso genial para cagarnos, porque su engaño proviene de la picardía de enredarnos en ventajas ilusorias, de volvernos cómplices y socios, o de nuestra avaricia o de nuestra inocencia, porque nos compromete con su prosodia mágica y bella. De los creadores del “roba pero hace”, hay un diccionario de freases edificadas para ilustrar al vivo criollo, por ejemplo: “Y no quiero que me den, sino que me pongan donde hay”, “Te doy 50 firmame por 100”, y suilezas por el estilo.

“Macri roba”… ¿Por qué decís eso?... “Porque Cristina también robaba”. Y cuál es la evidencia que sustenta esta afirmación: “Yo lo haría”. Así funciona la certeza. Claro que aquí no aplica la confirmación del robo en cuestión, hay que suponerla, porque ellos no afirman “Cristina robaba”, apenas hoy no lo niegan con el mismo énfasis prolongado de 8 años más los 4 anteriores. Pero es seguro que el actual debe estar haciéndolo. Y  así evaden la cuestión con la “gran Martinez de Hoz”, cuando decía “Ya no hablemos del pasado”, porque quieren convocarnos de lleno al presente. “Dejemos lo anterior en paz y ocupémonos del hoy” –“Porque todos tienemos un muerto en nuestro haber”, como me respondió un militante del peronismo en mi muro–, reclamo de la conjugación temporal que puede esgrimirla hasta un criminal nazi prófugo de la Segunda Guerra. Proponen que, al menos, debemos reconciliarnos con el pasado dejándolo pasar por alto, aunque se trate de una etapa cerrada hace menos de dos años con un robo nacional que superó al del 1998-2001 valuado en 120 mil millones.

Entonces, nuestro problema parece que ya no es que antes nos robaron hasta los calzones de la soga, sino la sospecha del robo actual, del cual no hace falta prueba alguna y que opera por descarte porque, como decíamos, “todos somos ladrones”, y esta ex última queda exonerada de las causas de sus delitos porque el nuevo Presidente también debe estar robándonos. Lo probable anula lo específico así como lo empírico sustenta lo inductivo. El hecho concreto es que nos robaron miles de millones, pero como el actual Presidente también debe estar robándonos, lo otro resulta desgrasado y validado por la cotidianeidad del procedimiento y lo único que debemos evaluar es por quién queremos ser robados.

La practicidad de este razonamiento proviene de un criollismo naturalizado: “Entre que te robe un amigo y que lo haga un enemigo, es mejor que sea un amigo”. Ergo: “Nosotros somos tus amigos, nuestro robo es honesto e hidalgo, lo justo”. Por eso igualan en la misma balanza risueña a los miles de millones desviados, robados y encubiertos, con los Panamápapers. Es que de algo deben sustentarse. Equiparan a los millones no declarados en una cuenta offshore vacía del Presidente para tirar la pelota afuera de tener que responder qué hizo la ex Presidente salida en 2015 con nuestros dineros. Una cosa parece que exime de responder la otra.

Y el resultado de tanto delito aceptado, no declarado usado como campaña política del regreso quedaría así: “¡El problema no es la otra que con su banda de ladrones robó como una hija de puta desquiciada, sino que ahora este otro nos sigue robando! ¡Para eso, mejor, volvamos con lo anterior, porque estábamos más tranquilos, era un robo seguro y sin traumas sociales!”. 

Educaron a una generación con este sistema de valores desfigurados a la que llamaron "la década ganada", cuyos índices son más que evidentes en las estadísticas de delito callejero seguido de muerte y de consumo de drogas. La flamante competencia no trata del mejor deportista ni el mejor calificado en matemáticas o informática, sino quien se hace de una fortuna más rápido y quien tiene más muertes en su cosecha. Y así quedaría la realidad corregida en manos de la militancia y sus dirigentes para el regreso defendida a capa y espada hoy tanto como ayer.

Bien, no soy parte. Yo no.
CR




Copyrigh®2017 por Carlos Rigel

12 de julio de 2017

Cosmonauta de la Creación





Autor de la frase "El hombre existe para llenar el universo 
de arte", nuestro artista plástico Guillermo Carlos Didiego 
comparte unas reflexiones reveladoras donde examina el arte en 
la corriente contínua de la creatividad universal y que ayudan 
a definirlo como un ser incontenible y tridimensional en una Creación 
vasta y ecléctica que, a menudo, se expresa conforme con la 
euclidiana bidimensionalidad de estar.

"Hay pintores que construyen su color en un extenso camino de esclavitud pictórico plástica. Tanto lo ideológico, como las experiencias personales, los sentimientos o las emociones integran la construcción de la obra de arte, ejerciendo una afortunada o desafortunada dominación sobre una estética de la que es imposible escapar, por ser nosotros mismos parte de lo que creamos en ese instante. Otros eligen el camino del afinamiento personal. Podríamos decir que el lienzo blanco sobre la que se plasma su estética, son ellos mismos, apoyando su creación en una ejecución estricta y exclusiva del oficio Es un propósito difícil y hasta riesgoso, no hay posibilidad de subterfugio ni distanciamiento.

La teoría del “extrañamiento” de la que habla Viktor Shklovski, así como buscó un modelo que permitiera explicar cómo los mecanismos literarios producen efectos estéticos, los artistas visuales también buscaron como recrear algo, rever la realidad de otra forma, extraña o diferente a su propia naturaleza, alterando la mirada de los observadores, creando en ellos de este modo un sentimiento de alienación o, mejor dicho, de descubrir que usualmente están alienados, al darles una perspectiva de la habitual visión de la realidad al presentarla en imágenes diversas a las acostumbradas, o al representarlas de un modo en el cual se nota que la idea es una ficción, por ejemplo mediante la exageración, el grotesco, la parodia o el absurdo, etc.

"El propósito del arte es el de comunicar la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas o concebidas. La técnica del arte de ’extrañar’ a los objetos, de hacer difíciles las formas, de incrementar la dificultad y magnitud de la idea encuentra su razón en que el proceso de percepción no es estético como un fin en sí mismo y debe ser prolongado. El arte es una manera de experimentar la cualidad o esencia artística de un objeto; no siendo el objeto lo importante."

Dicho de otro modo, el arte presenta a los objetos desde otra óptica. Los arranca de su percepción automatizada y cotidiana dándoles vida en sí mismos y en su reflejo en el arte.

Todo Yo del pintor pasa a ser instrumento del decir iconográfico del arte. El hombre, artista en esos casos, intenta ser color, órgano catedrático o quizás melancolía luz humana, enriquecidas por el temblor de sus humanísimas manos guiadas por sus dislocadas emociones.

Si tuviera que autodefinirme, diría: ‘’Soy aquel que asume todos los riesgos de mostrar sentimientos y situaciones, exponiendo mi sensibilidad al desnudo, sin adorno de conclusiones morales, ni de falsas alturas políticas, religiosas o éticas. En mi pintura humanísima, sincera, verdadera, aparece la cotidianidad sin arrogancia ni agregados épicos, simplemente la verdad de lo consuetudinario y lo simple, pero tamizados por una sensibilidad atenta, de pintor atemporal, exagerando una percepción profunda y significativa que transformará esos hechos simples de cada día, en una experiencia trascendente.’’

Purgatorio (2017), obra en 3D, Guillermo Didiego.

Somos los artistas los más encumbrados constructores de una conciencia social reflexiva, de un arduo trabajo, los únicos seres incompletos de la naturaleza y por ello, imperfectos de la creación. Somos estos únicos, hombres espectadores obligados a tomar conciencia.

Toman conciencia el ingeniero, el científico, el periodista, el que medita sobre su situación y sus conflictos, pero el artista es el más alto exponente de esa necesidad, porque su toma de conciencia es la más universal y completa. Opta por captar, luchar o por capturar el sentimiento del existir. Puede intentar hacerlo con un Himno holderliniano o con un ciclo terrenal y celeste como el de la dantesca cúpula de la Capilla Sixtina o el trozo de montaña marmóreo que contiene al potente David, pero también puede hacerlo a través de lo mínimo, de las cosas de nuestro entorno, del aquí y del ahora.

Si es verdaderamente pintor, comprenderemos y sentiremos que es su imagen, que al mostrar lo que vemos y sentimos todos los días, como arte mágico, esa realidad aparentemente inmediata, es devuelta a una profundidad que se nos escapa antes de la pincelada que plasma su esencia.

Si es sociólogo explica; el político y el filósofo interpretan, el pintor nos da en cambio, algo total; el sentimiento de vida como conciencia del existir. Ni la piedra, ni el animal ni el vegetal, necesitan sentirse vivir, pero sí el hombre. Y entre todos corresponde al artista entregar la expresión de ese sentimiento total.

A lo largo las generaciones de artistas, son pura y simplemente nuestra conciencia humana.

Mi obra es ecléctica, y esto perecería ser en un artista un defecto, casi un pecado. Sin embargo, contrariamente, el declive de la arquitectura clasicista se inició en la primera mitad del siglo XIX debido a que el Neoclasicismo del siglo XVIII, impuesto por la Academia, limitaba la creatividad del arquitecto a las normas clásicas. La mayor ambición del siglo fue la de crear un estilo. Será el eclecticismo historicista el que rompa el rígido esquema académico permitiendo la creatividad y libertad compositiva. Mi obra se centra en una serie de temas excluyentes Mi conciencia artística libre y emocionada, se posa en el más variado paisaje, desde lo humano, hasta lo animal, abordando también objetos, sujetos y paisajes, a veces oníricos o casi mágicos. Esta libertad me permite abusar de mi paleta y elevar mi obra a una celebración verdadera, a una afirmación, diría, religiosa final, que nada tiene que ver con las facilidades fideístas. Creo que éste es el aspecto que más me satisface de mi persona, de mi obra. Yo formalmente plasmo mis pensamientos con entusiasmo, al haber encontrado en estos tiempos de falaces, cosmografías y quejas plañideras, que mi pintura es una ciencia conjetural, que permite trasmutar los sentimientos de un tiempo sin tiempo."

Publicado en Facebook, Junio de 2017
Un abrazo, querido Guille.
CR