28 de septiembre de 2017

Sanctus infernum




Seguramente debe haber material narrativo o ensayístico, y del bueno, que universalmente refleje la inclinación de los autores por la bebida, el alcoholismo, aunque dudo que el concepto de “inclinación” los favorezca cuando en verdad se trata de una medida ¿de protección?, ¿de coherencia?, ¿de nivelación con una realidad deforme a la cual deben anclarse dócilmente? Bukowsky quizá haya sido el escritor alcohólico más representativo del universo bibliotecado, pero no reviste dimensión menor que nuestro literato local Abelardo Castillo y su pasaje por un valle de botellas en sombras entintado en el volumen El que tiene sed (1985). 

Pero dudo que todos ellos hayan sacado provecho alguno del estado alterado –aunque debió haber favorecidos por el alcohol durante el proceso de escritura–, ya que no era, en su mayoría, una elección libre, tormento inevitable sin redención conocida, sino que fuera el analgésico diario contra una epidemia de dolencias existenciales sufridas a la altura del alma. Cómo reprocharles algo. Poe tenía el alma enferma, lucidez correctiva de Cortázar en detrimento de un crítico psicoanalista que afirmó que lo que tenía enferma el padre del cuento era su mente. Pero deberíamos incluir en la lista de padecimientos y virtudes al alcoholismo como abismo y también como cumbre del racionalismo dialéctico. Sin duda, la pluma es impulsada por el corazón de autor, pero nadie quiera saber acerca del combustible que utiliza para no detenerse.

La bebida alcohólica es la droga más barata y accesible que conocemos, y no me asombra que sea el embudo de atracción al agujero negro por el que atraviesan muchos de nuestros faunos más admirados. El desconocimiento social que provoca ocultar o mantener en secreto la condición de alcohólico acaso nos prive del debate sobre sus vidas, saber si se trata del escritor que bebe o el bebedor que escribe. Pero merece una recopilación a modo de ensayo dedicado a estos hermanos y hermanas que padecieron el cielo inconciente de la bebida y retrataron el infierno de una anestesia desesperada cuando también soportaban el cruel entendimiento de sus existencias, tal vez la peor de todas las noticias: Saberse escritores y no poder evadirlo.

Espero tener listo el estudio recopilador de experiencias para editar en el volumen La montaña prometida en Abril de 2018.



CR


Copyrigh®2017 por Carlos Rigel

16 de septiembre de 2017

Lahret Satrapás, el maldito











Largo es el camino que lleva al infierno literario, plagado 
de silencios concupiscentes, operativos mediáticos y falsos testimonios, todo por dos mangos y un poco de ruido. 
Un relato temible y tenebroso al estilo del nefasto Rigel.
¡No, no... Aaahhh!



          Perdida la recta vereda de la virtud en la selva estúpida, agonizaba de noche cuando Satanacchia, el Ángel Tétrico de la Suprema Oscuridad, se presentó ante mí resuelto a terminar con mis sufrimientos diarios. Y he aquí que extendiendo sus alas de paraguas deshilachado me tendió la mano para montar a su espalda y emprender el viaje final hacia mi puesto tan temido en el Averno.
—¡Deteneos! —dije con la autoridad de quien no le teme– ¡Aguardad!
Estaba decidido a dilatar el tiempo cuanto pudiera hasta planear algo en salvataje de mi alma. No vale mucho pero es la única que dispongo por el momento. Así que agregué:
—¡Aguardad a que prenda un faso… Que aun quienes yacen frente al cadalso disponen de un último deseo y un faso!
Viendo que ya buscaba la caja de Marlboro y el encendedor, no tuvo más alternativa que obedecer.
—Se os conceden vuestros pedidos —respondió el maldito, como buscando recuperar su estupefacta autoestima—, podéis prenderlo.
Para ganar tiempo, hice lo posible para que el cigarrillo cayera al suelo y rodara bajo la cama. Luego de espiar entre medias viejas y zapatos volcados, metí la mano y lo recuperé. Lo prendí y tiré el encendedor sobre el cenicero.
—Antes de partir con vuestras huestes, venenoso señor —dije mientras pitaba sereno—, debo haceros una pregunta.
Llamado a su juego, mientras el maligno evadía el slip achinchulinado sobre la alfombra desde la semana anterior, lo vi responder seguro de sí mismo, dijo:
—¿Y cuál es, fausto caballero, la cuestión de vuestra inquietud?
—Pero os anticipo que si la respondéis, quedando yo satisfecho y de buen talante —continué—, entonces os prometo ser vuestro eficiente Ministro de Asuntos Lujuriales y Literarios por toda la Eternidad. Y si bien precisáis de servicios creativos, publicitarios o de folletería, pues podré cabalmente cumplir las demandas en expansión de vuestro cáustico reino.
He aquí que el ángel tenebroso caminó dubitativo por mi dormitorio, sopesando la increíble oferta mientras evadía mis calzones en el suelo. Al fin, extrajo el celular y salió al livin para hablar en privado. Luego de varios intentos lo vi sacudir el aparato visiblemente perturbado.
—¡En el patio tendréis mejor señal! —le grité desde la cama.
          Al fin lo escuché comunicarse muy animoso con algún feo caballero o de las tinieblas o del cielo.
—¡Debiste traer vuestro ardiente Note-Book! —agregué de costado.
Aproveché y prendí otro faso.


Luego de un rato volvió solícito y reflexivo, y me preguntó:
—¿Y cómo he de saber que quedareis satisfecho con lo que deseáis saber, neblinoso señor?
            Molesto con la ofensa le respondí:
—¿Acaso pensáis que os quiero cagar? ¡No es de genuinos caballeros, criatura cavernosa!... Mas he de quedar satisfecho con vuestros manifiestos de la «a» a la «z», como precede a vuestra merced y como le corresponde en esta edad a tan majestuoso ángel y de tan fiero talante.
            Lo vi dudar en la penumbra, la mirada perdida en la pared.
—De lo contrario —agregué—, he de ir a desgano y os prometo difamaros copiosamente entre los habitantes del reino maldito, proclamando vuestras inclinaciones sexuales y debilidades impropias de quien tan famoso es.
Sonrió y vi sus dientes alargados.
—¿Y qué diríais, cáustico señor —dijo con la voz ácida y la mirada desafiante—, qué diríais, digo, que pudiera afectar mis famas?
            Rápidamente agoté las alternativas.
—Por ejemplo, que os gusta que vuestros generales os bombeen antes de la batalla.
—¡Opft!
—…Y que conserváis una foto del Altísimo en vuestro despacho…
—¡Nghá!
—… ¡Y que conozco a vuestra psicóloga!
—¡Noj, rufián!
—…¡Y que os vi con un libro de Coelho!…
—¡Ay, ay, ay, ay!
—…¡Y que, en verdad, os expulsaron del Cielo por marica!
—¡Oh! ¡Basta, basta… oh, canalla infame! ¡Oh, temible fementida de mala ralea!… ¡Haced vuestra maldita pregunta, vándalo desalmado!
El abominable ángel de la oscuridad esperaba mi acertijo.
—Pues quiero saber —volqué la ceniza mientras pensaba—… quiero saber…
—¡Apresuraos pues tiemblan mis alas!
—Quiero saber… en quienes reposa la fuente de la virtud literaria nacional de estos tiempos… Sí, eso mismo.
            Lo vi arquear las cejas.
—¿Tan sólo eso?… ¿Y por eso atormentaríais mis famas, temible ánima desamparada? ¡Pues abre grande los ojos y te será mostrado lo que pedís!… ¡Ahora lo veréis!
Casi en el acto una pared desapareció por completo y se reconjugó al instante en un portal plástico de juguete, la entrada a un castillo en miniatura o algo así, y he aquí que al abrirse reveló en su interior un hermoso sello de PVC Made in China, aún con la etiqueta de precio y código de barras, resguardado por cinco gárgolas y dos enanos todos de yeso  y pintados con esmalte sintético naranja, marrón y negro. El suelo estaba lleno de latitas de cerveza vacías manchadas con sangre de cabrito. O quizá era plasticola roja. Y he aquí que ante mis ojos el sello trucho imitación lacre se quebró y una voz dijo: «El Noveno sello ha sido abierto».
Y la verdad se me fue mostrada...


Era la Feria del Libro del autor al lector, y en ella vi los nombres, como recién escritos con birome, de las nuevas fuentes editoriales y así vi a cada autor del momento listo para la foto de Ñ, todos ellos exitosos. Pero también se me fueron mostradas las otras tinieblas. Allí lo vi a Caparrós tranzando con Planeta un premio fusilado, a O'Donnel pagando cuatro libros simultáneos al equipo de ghostwriter, allí lo vi a Domínguez haciendo malabarismos por conseguir quien le escriba un artículo para Clarín, lo vi a Bucai mezquinando a su ghostwriter el pago del último libro el del ocaso, lo vi a don Mariscal burlándose de sus estúpidos lectores, lo vi a Martínez renegociando su fama a puertas cerradas, lo vi a Andahasi borrando a toda velocidad el título de una obra ajena de cuarta y sin estética alguna, y luego aplicando el suyo para cumplir con el pedido editorial. Además se me fue revelado el equipo de ganadores de Castillo, desfilaron caras en la oscuridad, títulos y editores mafiosos, quema de libros en desprecio de autores éticos, convocatorias para robar ideas de autores noveles, premios falsos con y sin valor alguno, operativos publicitarios con premios inventados para sustentar las ventas, aplausos, conferencias sobre la nada, libros de tapas a todocolor y de hojas en blanco pero llenos de letras, como si dijieran algo importante…


Hipando de emoción y con lágrimas en los ojos, dije al ángel nefasto:
           —Es suficiente… ahora dejadme dormir pues temprano debo pagar la boleta de la luz, que ya está al corte.
Se volvió en seco para mirarme.
     —¡Pues ese no fue el trato, temible caballero! —vi la mirada láser amarilla—. ¡Acordasteis servirme con vuestros dudosos talentos!
Apagué el cigarrillo.
—Dije muy claro «La fuente de la virtud literaria» —comencé diciendo—, ¿y me mostráis el lúgubre aparato del márquetin?, ¿acaso buscáis cagarme con vuestras tibias imprecaciones? ¡Si no es así, decidme cuál de ellos será Premio Cervantes de Literatura… o Príncipe de Asturias a la revelación latina!
Visiblemente desorientado lo vi sacar el iPod y revisar en la pantallita varias carpetas futuras. Sus dedos temblaban.
—¡Pero si vuestro pedido no es cumplido de cabo a rabo, y según mis expuestas y claras condiciones —agregué—,  entonces no estoy dispuesto a cumpliros vuestras demandas, y que el Padre universal dirima esta confusa cuestión, pues he sido estafado por vuestros patéticos engaños!
Acomodé las sábanas, me tapé y apagué la luz.
—Ahora marchaos pues mañana debo laburar. ¡Y trabad la puerta con llave cuando salís y pasadla por abajo!… no sea que los gatos la meen… perverso ignorante.






Publicado en el volumen El verbo tangente
Buenos Aires, 2012

Copyright®2012 por Carlos Rigel

12 de septiembre de 2017

La muerte de Judas




A través de las edades y los procesos de conquista cultural occidental hemos ido aceptando convenciones de una tradición histórica inercial como verdades cómodas y simples para aprehenderlas sin cuestionarlas. No hay nada que dudar, todo está resuelto, y resta aplicarlas así como están. Son iconologías simples y rápidas, y presuponen que ya fueron meditadas, razonadas y etiquetadas por alguien anteriormente para acomodarlas, al fin, en los estantes de la gran memoria universal, la misma que nutre y provee a la formación ética, estética y moral al ser. Cambiarlas es entrar en crisis y dudar de ellas es buscar cambiarlas.

La iconología de Platón es el filósofo y el maestro, la iconología de Hitler es el exterminador demente, la iconología de Jesús es el profeta milagroso y bueno. Cada uno representa un arquetipo social y posee un compartimiento definido e inconfundible. El caso de Judas también ocupa un fenotipo específico, es la iconología del traidor y suicida. De allí, a su vez, desprende otro icono alarmante de la traición que es el beso en el huerto

De nuevo: No hay nada que dudar. Así fue enseñado, así fue memorizado y así debe ser repetido. El paradigma que contiene cada concepto puede ser intensificado por nuevas conclusiones en el campo de la psicológía, pero nunca negado ni puesto en duda o alterado radicalmente. Excepto, claro, el desecharlo todo, como resuelve el ateísmo y el cientificismo epistemológico actual. Contra la nada no sobreviven preguntas y de última, queda siempre el recurso categórico del descarte por tratarse de "chapucería popular".

Pero la tarea del revisionista no incluye ni la negación ni la adhesión en intensidad, y aunque conserva el derecho lógico a la duda cartesiana, no se inspira en conclusiones previas, sino que las deshecha para reverlas de nuevo con una luz integral distinta. No tiene preconceptos ni prejuicios y el método de la duda metódica no es ilimitado, es finito hasta que la circunferencia está cerrada. El plano es exacto o por completo inexacto, y mínimos detalles de una crónica subestimada alteran las conclusiones. Por ejemplo la muerte Judas es un caso de suicidio, esa es la versión histórica, ¿y si lo suicidaron? La exploración de evidencias del texto bíblico abre más dudas que certezas. ¿Y si todo fue distinto por un camino diferente a lo que la Iglesia afirma aunque con el mismo final?

Apenas 18 versículos citan el nombre del Iscariote en la totalidad de La Biblia para resolver su vida completa y su destino último. Y porque el Nuevo Testamento lo menciona brevemente, es que la Iglesia nos dice cómo debemos entender su ausencia. Ella, la institución, nos dice lo que falta. Y sobreviene entonces la mancha que pervive en el eje piadoso del colegio apostólico original con el odio de la incomprensión, y luego heredado al orbe completo del pueblo cristiano mundial. Allí tampoco hay nada que dudar. Tal parece que el odio a Judas sí es válido y permitido sin alterar la misericordia proclamada.

La revelación en sí no fue la traducción del agnóstico Evangelio según Judas del cóptico antiguo por científicos prestigiosos, sino el rencor iracundo del nazi Papa Benedicto XVI cuando en 2006 clausura la polémica mundial sobre la figura del Iscariote y sentencia impiadoso: “¡Fue un traidor, un ser inmundo y despreciable!”, lo que lleva a preguntarnos, Judas ¿cumplió con el plan de Dios o del Diablo?, ¿cuál triunfó? La respuesta es una trampa dialéctica porque, o vivimos a la luz de la redención o en las sombras abyectas de la condena. Pero, más allá del esquema escolástico resultante, se encuentra su muerte, dogmatizada y caratulada cómodamente como “suicidio”. 

Sin embargo, la descripción sucinta de Pedro sobre la muerte de Judas en el comienzo del capítulo Hechos despierta más interrogantes que cualquier otra certeza anterior y amanece como especulación imaginaria con sus variantes, al extremo de habitar los fundamentos de la secta de los Cainitas, quienes proponen que fue un homicidio. Y vale recordar que hasta el siglo IV, la representaciones de Judas colgado del árbol poseen rasgos inconfundibles de lo que podríamos llamar "tortura sangrienta", señales luego obviadas a través de los tiempos y los milenios al ícono resumido del ahorcado. Y siendo la entrega de su maestro, como afirman los evangelios, fue caratulado como "traidor", quizá la mayor injusticia en la historia del cristianismo.

Movido por esa inquietud revisionista, hace mucho me senté a escribir una novela con el formato de un evangelio completo, el de Judas Iscariote, y narrado en primera persona. Es decir, para el estilo dimensional narrativo de mi preferencia yo era Judas, una experiencia inolvidable para mi. Debía ser él, debía vestirme como él, pensar y proceder como él, con avaricia y a veces hasta con delito en el corazón de autor, para resolver un gran enigma: Su muerte.

Terminé de corregirla en Diciembre de 2002 y su título fue La pasión de Judas. Mi objetivo era modificar la naturaleza de nuestros sentimientos hacia su figura hasta despertar la piedad y la cristiana compasión. Y allí cuento los pormenores y detalles de una vida extrema con un final desesperante, estrepitoso y muy conmocionante, pero también alejado de las convenciones y los dogmas de la iglesia conservadora. 

No importa que el resultado final pueda ser incómodo o hiriente de susceptibilidades, sino que el plano cronológico de acontecimientos debe necesariamente coincidir con la dimensión emocional del protagonista. La crónica objetiva y externa debe ser consecuente con la subjetiva e interna. Sin embargo, ese mismo ejercicio de sentido común me dice que no coincide la figura de quien vende a su amigo por 30 monedas con la del atormentado que rato después se suicida por lo que hizo. No cierra. Entonces hay que reverlo todo, hasta el entorno.

En el ensayo de revisionismo La anomalía de Jerusalén, escrito en 2004, revelo los estudios analíticos sobre las causas del beso en el huerto y concluyo en que el origen está en el desacuerdo con Caifás sobre el método de captura de Jesús una hora antes de los sucesos, pero también siembro la duda sobre la muerte horas después en la madrugada de una jornada trágica. La muerte de Judas cierra un episodio donde nada salió como se esperaba que debía salir... y termina en un crimen con el histórico protagonista colgado.

Dos editoriales rechazaron publicarla, y allí quedó la historia abandonada en animación suspendida en los estantes cibernéticos de una computadora hoy viejísima. Pero lo atractivo del texto es que Judas narra su muerte y sigue contando la historia, no se detiene allí. He ahí la particularidad de la hipótesis subjetiva que expongo como una ficción. Escribir es pensar, y pensar es especular, poner todo patas arriba y mirar el resultado, pensarlo todo de nuevo, iluminando la crónica con cada incógnita resuelta.

Como aclaro en un comentario reciente por las redes, es tiempo de empezar a acomodar los papeles y a dejarlos en orden, ir pasando en limpio los bosquejos de una vida vivida. Bien, en Abril de 2018 publicaré los capítulos finales de esta novela inédita hasta la fecha en el volumen de ensayos La montaña prometida.

CR

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4 de septiembre de 2017

Una montaña para Pedro



En Abril de 2018 publicaré mi 15to. libro La montaña prometida. Contiene ensayos literarios, análisis periodísticos y sátiras, todas ellas prosas reunidas desde 2015 a la fecha. Saldrá dedicado al narrador y poeta matancero fallecido hace pocas semanas, don Pedro Chappa, y muy posiblemente incluirá el capítulo Diario de la Guerra Cruda sobre el ascenso registrado de otra dictadura en América Latina. 

En tiempos de una guerra mediático-política que nos tiene a muchos enfrentados, intuyo que será uno de los pocos homenajesª que recibirá el fauno perdido por la literatura del oeste del conurbano bonaerense, y prefiero dejarlo escrito, ya que sus últimas palabras para mí fueron de su preferencia por mis ensayos más que por la narrativa de ficción. Y no se trata de lo que dice, en sí mismo, sino de quién lo dice, ya que su prosa y su poesía fueron, en mi opinión, admirables. No creo que ni La Matanza ni Buenos Aires sepan de la enorme figura que termina de extinguirse. Bien, pero para eso existen las guerras ideológicas, para morir lo valioso.

El volumen oscilará las 450 páginas pero siempre con mucha sátira humorística, como es mi estilo. También incluirá aforismos, microrrelatos, microreflexiones, algunos poemas de mi pluma y de otras invitadas, modesto homenaje a poetas de la literatura universal que contribuirán al goce de la lectura. La idea que justifica este género no es arbitraria ni menos aún timorata, sino que consiste en la fractura del viejo esquema que exige de géneros fijos y cerrados, donde el lector esta predispuesto para recibir un cuento o un poema al dar vuelta la página, ausente de toda sorpresa, cuando la mejor parte de un libro es no saber lo que sigue.

Decía Bocaccio que en una bandada de palomas blancas, un cuervo negro añade más belleza incluso que el candor de un cisne. La belleza no es siempre complaciente, pero de alguna manera siempre tiene que dejarnos esa sensación de descubrimiento que, a falta de palabras para explicarlo mejor, yo diría que se parece un poco a la sensación que uno tiene ante lo nuevo, ante lo diferente, lo insospechado. La invitación es a buscar el pájaro adecuado para la bandada blanca de este tiempo. Tal vez he inspirado mi vida en la busca de cuervos nuevos.

Merece una aclaración acerca del número de títulos editados a la fecha, ya que la foto general de publicidad habla de 12 obras, a las cuales debo agregar la traducción del libro de Blake El matrimonio del Cielo y el Infierno, de 1790, con la biografía del artista, y también, el análisis capítulado de la historia de Kafka La metamorfosis, que incluye la obra completa escrita en 1915 por el autor praguense. 

Aún cuando sigo postergando el cierre de dos novelas de ficción, bastante avanzadas ambas, se trata en la categoría de mi 7ma. recopilación de ensayos libres de la tiranía del registro unificado por tema, como dictamina el género periodístico, y que yo he preferido ampliar a lo literario en busca de un volumen atractivo sin otra pretención más que la lectura. 

Hace mucho tiempo entendí que nada importante se producirá desde La Matanza literaria que afecte a la inercia del órden nacional y menos latino, por ende, mis títulos nacen con carta natal pero también con obituario final, acaso para liberarlos y liberarme de toda promesa incumplida, de toda ilusión. A decir verdad, a esta edad, ya ni siquiera me interesa saber si redacto bien. 

Como ya aclaré en otra oportunidad, descubro que publicar mis textos es una manera de olvidarlos, de soltarles la mano al abismo, de abandonarlos cada uno a sus pequeños destinos, porque lo cierto es que no seré activista de mis propios libros y no será necesario que hable de ellos. Como otro cualquier fruto maduro, su destino bien tarde es caer al suelo con la esperanza de un tardío pero estival renacimiento. Pero de no producirse, de no escuchar el canto del gallo prosódico, simplemente quedarán sepultados hibernantes en la quieta hipotermia de la tierra. Miro elevarse mi biblioteca y comprendo que hay que ganarse el digno honor de alquilar allí un departamente luminoso en ese edificio de pensamiento universal.



ªTermino de enterarme por las redes del volumen que recopila Fabián Banga de homenaje a Pedro Chappa por editorial Leviatán con autores destacados de La Matanza. Ojalá sea un éxito total.


b CR

Copyrigh®2017 por Carlos Rigel


10 de agosto de 2017

La desnutrida subjetividad contemporánea




Un fenómeno observable de la narrativa contemporánea 
es la extinción de personajes memorables que permitan fijarlos 
en nuestra memoria. La ausencia de ejemplos viene de la mano 
con la falta de historias sólidas y bien estructuradas que los revelen y 
que expongan su naturaleza humana cuando la subjetividad profunda 
del protagonista no resulta favorecida.
Y frente a la inmensa cantidad de libros editados, el factor literario 
es mínimo cuando la subversión narrativa es la víctima 
por ausencia.

El momento crónico que vivimos es propicio para la literatura subversiva que caracterizó a las mejores obras del traumático siglo XX. De la crisis del individuo y sus necesidades frente a la existencia masificada de la urbanidad surgen las mejores obras de literatura. La exploración del hombre solitario frente a las circunstancias extremas de la sociedad en la madrugada belicosa y delirante que vivimos le ha permitido a los autores exponer al hombre ante las fracturas de la vida y su tiempo. Y de todos ellos, quizá, Kafka es quien mejor identifica el ejemplo del quiebre entre el hombre y la maquinaria del siglo XX. 

Pero, en especial, esta segunda década del tercer milenio llega con variedad de conflictos, con hambre, con miserias y asimetrías peores que la clausuradas en la década final del siglo XX. Sociedades todavía insatisfechas en lo elemental, los feudos sobrevivientes peor que en el medioevo europeo, pueblos enteros engañados y conducidos al abismo de la desesperación, alzamientos armados, dictaduras nacidas de la democracia y regímenes totalitarios nativos de repúblicas, etcétera. Todo lo que soñábamos erradicado en el siglo XX migró al XXI con igual potencia. 

Nada ha sido resuelto y hasta sería apreciable expresar que hoy es más difícil que en edades anteriores saber dónde está el enemigo y dónde el amigo, dónde el beneficio y dónde el maleficio. Por otro lado, no es de asombrar que hoy veamos a personas pobres, mal arropadas, hambrientas o desamparadas y faltas de recursos, con un teléfono móvil o una tablet conectados al abrigo a un sistema de resúmenes pre-digeridos, de bromas y chimentos que escudan su desgracia con fantasías. La edad tecnolátrica fracturada en esquirlas, como una granada, en el vientre de la inmensa maquinaria del engranaje social, lastimando más que iluminando conciencias, desgrasando las ideas, despojándolas gradualmente de calor y de color hacia la unificación imposible que ni el marxismo hubiera logrado cohesionar. 

Pero recordemos que cuando esta pasada centuria de clivajes y resilencias apenas iniciaba, hace un siglo, prosperó en diversidad de especies de tinta y pensamiento con la obra de Wells, de Joyce, de Kafka, de Unamuno, de Hemingway, de Orwell, etc., todos ellos inquisidores del alma cuando atravesaron los valles insanos –o sospechosamente felices– en eso que llamamos la condición humana, cuando yace enfrentada con la adversidad, todos ellos tractores de la narrativa, o mercenarios o soldados, de los cambios, visiones luego evolucionadas en la literatura de Huxley, de Ballard, de Sábato, de García Márquez, de Bradbury… Un siglo completo de incendiarios provocadores de paradigmas, de voces marginales con sus no tan fantásticas advertencias en las márgenes de una urbanidad con destellos de la vislumbrada deformidad, impulsores apadrinados por los otros monstruos transformadores del anterior siglo XIX narrativo. Todas las alarmas estaban encendidas, conjurando, expulsando la probabilidad de la llegada de un Frankenstein socializado. 

Y cuando todas esas advertencias al fin se han cumplido, cuando todas esas humanas y sociales malformaciones se revelan con toda su potencia clínica, cosmética y patológica, resulta que los autores no encuentran temas atractivos para narrar. Entonces derrumban sus escritos en poemas de ecos personales y solitarios, en cuentos del grandilocuente solitarismo padecido, en novelas del amor frustrado donde la sociedad es el factor implícito y descontado pero nunca el desafío narrativo, en el sexo amplificado o el desencuentro amoroso como una tragedia platónica… cuando allí afuera la guerra continúa. Como dice un periodista y novelista amigo: “¿Cómo podrían escribir algo interesante si se han pasado la vida sentados en una silla?”. Entonces la silla pasa a ser lo trascendente y eje de la narrativa contemporánea, y no las vivencias del autor, porque no las tiene y no las busca. 

Existe una aplicación frecuente de la pragmática contemporánea en lo que podríamos definir como la narrativa compensada donde el autor, ante la falta de un tema interesante bien estructurado en la trama, más elaborada digamos, nos propone en reemplazo una mayor profundidad descriptiva del alma del protagonista bajo el supuesto de que la ausencia de uno puede ser compensada por lo otro, al estilo de El lobo estepario de Hesse, o bien, de una descripción más precisa de su entorno, como por ejemplo, la enumeración de objetos inanimados del narrador francés Robbe Grillet, donde la ausencia de un tema sólido es remendada con la descripción precisa revestida con los objetos que rodean al protagonista. Así, el narrador intenta establecer la dimensión humana del escrito, a través de una galaxia cosmética de estatuillas, ceniceros, floreros, cuadros, etcétera, bajo la hipótesis en la cual la subjetividad varía según las preferencias decorativas de la habitación donde se desarrollan los acontecimientos que el autor quiere que conozcamos de la historia. Esa corteza de artículos, piensa, nos ayudarán a definir la personalidad del protagonista. 

Pero, si el extremo fenomenológico en la narrativa propuesta de esta edad es el personaje y sus circunstancias internas, donde el autor compensa las fallas de una historia débil con una mejor introversión al protagonista, una dimensión más profunda en el perfil del personaje y su entorno inmediato, entonces, ¿por qué no tenemos como resultado a un nuevo Harry Haller o un mejor Rodion Raskolnikov? ¿Por qué no tenemos a un novedoso Sr. Montag ni tampoco a un nuevo Gatsby o un Fernando Vidal Olmos mejor diseñado, o una nueva Alejandra o un Olivera más misterioso o un renovado Sr. Aureliano Buendía

Tanto escrito publicado y no aparece un Gregorio Samsa para intranquilizarnos el alma como tampoco un Quijote para divertirnos y meditar la bella locura de mirar la vida del lado correcto, porque la conclusión preliminar es que dicho formato económico de narrativa actual no ha producido la textura esperada. De explorar nuestras memorias no encontraremos a un solo personaje reciente que nos ilustre con sus ocurrencias ni las soluciones a sus dilemas, no habrá una frase para citar de ellos, porque descubriremos que no habitan en nuestra vida. Nos hemos quedado sin ilusorios arquetipos y fenotipos ejemplares para acompañar nuestras vidas, una manera retórica de decir que tenemos muchos libros editados para tan poca literatura final. 

Pocas veces encontraremos al amor mejor definido que frente al abismo y la tragedia como en la obra de Sófocles o Flaubert, incluso Shakespeare, por citar sólo un tema y distintas visiones. Sin embargo, el hombre o la mujer que habitan los escritos, me refiero a los protagonistas de hoy en la creación del autor, afectados por las fuerzas centrípetas del narrador, no son más profundos que los diseñados por Balzac o Dostoievsky o Hesse, porque la derrota final de la subversión narrativa encuentra su explicación pero no en el mundo interior del escritor moderno, sino en el hamburguesamiento mental, en la claudicación de la crítica y la conformidad con la inercia social tal cual está. 

Para que quede claro, si tenemos injusticias y atrocidades, sociedades hambrientas, delitos sociales, crímenes de Lesa Humanidad, totalitarismos, represión, alteración intencional de la historia y desfiguracion permanente de la verdad, entonces ¿por qué no aparece en la literatura contemporánea un nuevo Dr. Zhivago? La respuesta es simple: Porque no queda ni un ‘Pasternak’, eludiendo y burlando al sistema. Al contrario, ahora tenemos en las sombras a autores defensores de ese sistema que hambrea y castiga a países de la Tierra, y que mantiene en su silencio a regímenes totalitarios brutales, incurriendo en atropellos y crímenes de estilo medieval. ¿Cómo podría surgir un Pasternak de las ruinas si hay conformismo? No lo hay ni en luces ni en oscuridades.

Claro que el aburguesamiento inexplicable del escritor actual no se corresponde con la realidad brutal que hay allí afuera, sólo que ya no hay deseos de cambiar nada y no quedan reproches por hacer. Allí descansa la pérdida de las utopías. Es cuando con escribir a diario alcanza para sentirse feliz. No hay tractores del horizonte narrativo ni poético porque los autores se han conformado cada uno con la quintita en los fondos del terreno imaginario. Y de allí extraen unos pocos rabanitos y cosechan tomates cherry suficientes como para una ensalada diaria. La maestría de este tiempo será el aderezo agradable para completar la combinación desabrida. Pero ¿cuándo fue que perdimos la guerra grande de los sueños e ideales? Recobrar las armas y bálsamos de la pluma es deuda, porque para escribir hay que ser un guerrillero aunque se trate de la guerra equivocada.

CR

Nota republicada del 2 de Agosto bajo el título de Intranautas para evadir la censura inexplicable de Facebook.



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