9 de febrero de 2014

La Felipera en la estratósfera


Un fragmento del Quijote en las Indias. El tan famoso discurso del marqués caudillo Chiroga Tresmenes, gobernador de la tribu de los Taluets, a la indiada precordillerana de la aldea Ciudad Católica Real, La Rioja, Sudamérica, 1619.


"Dijo así:
—¿Están todo?, ¿sí? Bien —y luego de aclararse la garganta, comenzó diciendo—… Queridos coterráneos de mi aldea, que Dios los bendiga, Viracocha los proteja y el rey los ilumine hasta chamuscar… vine hoy a decirles que «la monarquía es el arte de lo posible», y puesto que no hay genio sin disparate es por eso que les traigo una esselente novedad que ni el mismísimo tano Da Vinci la hubiera imaginado mejor, ¡La Felipera!... ¡La catapulta más grande jamás construida por el hombre! Sí, aquí mismo, al pie de la cordiyiera. Una catapulta tan inmensa que ni el propio mago Merlino pudiera concebir en la peor fiebre de muerte. Ustede dirán, ¿y para qué diablos queremos una catapulta tan descomunal? Pero yio les digo que es nessario, sí, es muy nessario pues nuestras rutas con el rey están comprometidas por piratas y saqueadores furtivos, y esta será nuestra vía legítima de comunicación con el reino de Su Majestad, el esselentísimo Felipe, sabrán ustede que al rey Fernando lo mataron como a un animal rabioso. Ahora, imaginen tamaña catapulta con lanzamiento aéreos de galeones entero, con ancla y velas, muy por encima de las nube, de aquí a España en tres hora, ida y vuelta. Así que, yia ven ustede, ¿qué indígena no aprovecharía semejante ventaja de la modernidad?
Tras un breve respiro para beber un traguito de agua y que aprovechó el caudillo Chiroga para disponer mejor las ideas, la indiada lo ovacionó con una cañonada de gritos y aplausos fervorosos. Luego, siguiendo los pasos predeterminados de la función, continuó:
—Como un arco iris pero entre el palacio del rey y vuestra aldea, aquí mismo, para el crecimiento de nuestra colonia cordillerana y en detrimento de la Ciudad de los Reyes, en el Alto Perú, ustedes saben bien de las ínfulas de los chalacos peruanos del Cuzco y del Callao, pues ya veo que Su Majestad muy pronto establecerá capitales y virreinatos, ¿y nos quedaremo mirando de afuera?, que si no nos entregamos afanosamente a «La Felipera» de que les hablo, y si entráramos en guerra con el reino incañol del Perú, ¿con qué pertrechos los atacaremo para defender las tierras de Su Majestad?
El malón de indígenas ovacionaba al caudillo como parte de un programa comunal y cotidiano, y no porque siguieran en detalle los anuncios del líder, sólo respondían a un programa. La prédica de las ovaciones era bien novedosa pero desprolija, Unos pocos gritaban «¡Chiroga y Colón, un solo corazón!, ¡Chiroga y Colón, un solo corazón!». Otros vociferaban «¡El que no salta es portugués, el que no salta es portugués!» y arengaban a los demás a continuar saltando y cantando.
Sin embargo, observó el manchego que la comunidad no estaba completa en la totalidad de miembros. Precisamente, al menos un tercio de los ausentes de la manifestación se mantenía distante de las ovaciones y en absoluto silencio, pétreos y hasta con la mirada iracunda cuando seguían los ademanes de Chiroga. Algunos, incluso, le dispensaban cada tanto al insigne caballero alguna mirada entre confusa, inerte o desafiante.
—Y se preguntarán ustede —retomó el marqués para distender y acallar los ardores de la tribu—, se preguntarán quién es este ilustre cabayiero que nos acompaña recién allegado de las cortes reales. Recurrentemente les diré que, siendo emisario y heraldo, Su Majestad nos envía gratas novedades a través del ilustre don Quijote, así como les digo, pues en la capital del reino mismo ha comenzado la construcción de «La Virreinal», la otra catapulta hermana melliza de «la Felipera», así que, yia ven ustede. Una orientada al reino, y otra orientada a vuestra aldea riojana.
De nuevo se produjo un estallido de aplausos.
—…Imaginen la cara del rey… ¡Guas!, Je, je, je, recibiéndonos en su propio patio con nuestro cargamento de cardos, aceitunas y cueros de bestias —y gesticulando leer un documento imaginario, agregó—. Su Majestad, aquí le mando este cuero carneado ayier mismo que estrechamente vos me demandaste y muy temprano por la mañana. Déjelo estaqueado al sol, no sea que agusane, y… ¿cómo dice vuestra merced?, ¿que necesita un atado de esclavos para la servidumbre?, ¡lo tendrá hoy mismo por la noche! A ver, che, vos, vos y vos, ¡a la catapulta!… Su Majestad, cuente siempre con los súcditos del sur, y véngase a tomar un vino cuando guste,  y ¿cómo dice…? ¿una tira de bestias para el rey de Nápoles? ¡Ya mismo sale para allá! —hizo un ademán de reajustar en el aire la dirección de un disparo elevado, y agregó—… alineamos el tiro y listo, Nápoles, ¡allí va!  ¡Fium!... Je, je, ya entreveo que esta aldea será el eje de una nueva civilización continental de indios, la más importante de las provincias de ultramar. Y quién les dice si un día no seré yio el mismísimo virrey de La Riojana, en línea con los grandes reinos de la tierra; o quizá rey. Pero, hora, ¡acabemos con el transporte a lomo de burro o a lomo de brutos indígena!, ¡acabemos con océanos peligroso plagados de monstruos apóstata y enemigos del rey! Un día, los marinos del Atlántico verán sobre sus cabeza el tráfico incesante de envíos entre España y Las India, ¡allí va una tira de bueyes, aquí viene un costal de granos!, ¡allí pasa un saco de tabaco, aquí vuelve una silla de tortura! ¡Ahí va un barril de aceitunas, venga ese obispo! Ya ven que ni la Luna del tano Galileo está lejos con semejante artificio. ¡Reputo…! no, perdón, repito, repito, ¡la Catapulta «La Felipera, La Rioja-España 1700» a toda velocidad ¡es una realidad! indígenas amigo…! ¡Y está en marcha!... ¡Mano a la obras! Que Dios los bendiga y Viracocha los acompañe."



Copyright@2014 por Carlos Rigel

16 de enero de 2014

El rezo de la Luna roja

Iglesia de la Inmaculada Concepción, San Juan





A 79 años de cuando la Luna se
 llenó de sangre y una ciudad 
desapareció


Las décadas parecen haber cubierto la tragedia a fuerza de estaciones y de soles, una tras otra, como una sentencia olvidada salida del Antiguo Testamento, alguna vez cobrada indexada. La Luna pretérita parece haber registrado el horror: dicen que estando llena, era roja, por ende, tenía sangre en su semblante selenita. Anunciaba un desastre.

Setenta años transcurrieron desde la homilía del Padre Esteban, párroco de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, en el departamento de Concepción, en nuestra provincia de San Juan, reflexión pública que clausuraba las Novenas anuales de cada 8 de Diciembre destinadas a la Virgen María.

Doña Emilia Delia y sus hermanos más jóvenes, Rosa, y el menor de los tres, Pedro Luís, estaban entre los presentes aquella jornada de coronación cuando escucharon al Padre Esteban, una y otra vez, pedir que rezaran porque la Luna estaba roja, el derramamiento de sangre se acercaba. Fue como decir que la luna estaba pintada de muerte. Doña Emilia jamás olvidará esas palabras, porque junto con sangre yacen ahora grabadas a fuego en sus recuerdos.

Las fiestas navideñas debieron transcurrir como fiestas navideñas y hasta el pedido inquietante del párroco pareció quedar olvidado. Con un extenso historial de servicios desde las épocas coloniales, el templo fue motivo en las crónicas sarmientinas cuando el ex Presidente cuyano describe su confección hecha casi por entero de adobes, arquería de ladrillo y argamasa, y que conservaba en sus muros las reliquias pasadas de santos curas. Continuando la tradición católica, debió haber misas y servicios pastorales con regularidad hasta mediados de Enero del año siguiente, en 1944, y casi cuarenta días luego de la homilía profética.

Incluso los relatos de doña Emilia dicen que, para la Luna siguiente, la iglesia estaba llena de gente, porque para cuando se cumplió la hora del desastre se brindaban los sacramentos del casamiento, como regularmente ocurría los Sábados después de la tarde. Y a las 20:45 de la noche, con el calor agobiante de una provincia cordillerana hecha de basaltos y silicatos cocinados en lo profundo de la placa atlántica –y luego empujados por la placa Pacífico y derramados desde las cuchillas de los Andes–, tembló. La tierra bajo la ciudad se partió.

La historia posterior hablará acerca del epicentro en Albardón, a 20 km de la ciudad, también de la intensidad de 8 grados en una escala máxima de 9, incluso el recuento tétrico que oscila entre 5 mil y 20 mil muertos en una ciudad de 80 mil habitantes, pero poco o nada agregan para cuantificar la densidad de lo ocurrido. La tragedia es humana, no natural. Adquiere otra gravedad al registrar que el párroco, don Esteban, quedó atrapado junto a los fieles presentes bajo los escombros de la iglesia venida abajo, y desde allí se lo escuchó pedir ayuda malherido. Pero debió ser uno más de tantos pedidos emergentes de las profundidades.

A menudo he pensado que en la mente del presbítero no sólo debió constar como antecedente la lectura de la Luna previa sino, quizás, una pesadilla o un sueño anterior que, precisamente, lo llevó a confirmar el horror con sus símbolos trágicos del holocausto que seguía. La fase roja selenita llegó para sellar el mensaje con la certeza de lo inexorable.

Cuenta doña Emilia que, en sus 14 años, ella estaba recibiendo en ese preciso instante un dinero de manos de su madre, la Sra. Rosalía Molina, para ir de compras a la verdulería, cuando la casa se quebró. Las gruesas columnas recientes hechas de hormigón se abrieron para siempre. Las paredes cayeron como aplastadas por un peso monstruoso que, en verdad, no estaba encima, sino debajo de ellas. Doña Rosalía, antes que entregar el dinero, lo soltó, la sujetó de la muñeca y tiró a la muchacha con fuerza hacia la vereda, de manera que el envión la salvó del desmoronamiento de las paredes que cayeron casi en su totalidad hacia el interior del hogar. Diferente fue para los dos hermanos menores, Rosa y Pedro Luis, que en ese momento jugaban sobre una montaña de tierra extraída del futuro pozo ciego cavado en los fondos del terreno por el padre de familia, don Luis Triscornia, quien al verlos perder el equilibrio y rodar en descenso peligroso, alcanzó a tirarse sobre la loma y sujetarlos antes de que cayeran al vacío diez metros hasta el final del pozo.

Casi de inmediato la ciudad quedó en tinieblas porque un empleado de guardia en la empresa de electricidad urbana cortó el servicio por completo, previendo los resultados de los cables y las redes expuestos entre los destrozos y los heridos, también de los sobrevivientes a la catástrofe que por instinto suelen correr a guarecerse en las veredas contra las cuales, en aquella oportunidad, se desmoronaron los paredones frontales de los hogares junto con los postes de electricidad.



Y si la ciudad hecha de paredes de barro, techos de cañas y manos de cal, de pasillos y callejuelas angostas, había quedado en ruinas tras ese terremoto, el siguiente, apenas minutos después y acaso más poderoso, devastó los intentos de socorro, asesinó a quienes trataban de extraer a los suyos de entre las ruinas, aplastó por igual lo muerto y lo herido, selló toda ilusión, toda esperanza. Para las 20:52, la hora histórica oficial de sismo, la capital era un espectro asediado por un monstruo invisible de basalto, fractura y granito

En apenas minutos la ciudad cuyana pasó de la mansedumbre estival al terror en la total oscuridad gobernada por un demonio tectónico morador de las profundidades de la cordillera. Ahora, ánimas suplicantes poblaban el aire negro con ruegos, pedidos de ayuda, gritos desesperados y, como si no fuera suficiente, aullidos. La noche recién comenzaba. La nocturnidad reduce la perspectiva tanto como los aullidos amplían tenebrosamente el territorio, extendiendo la dimensión del desastre. El lamento de los perros es, aún hoy, una pesadilla inolvidable en las memorias de doña Emilia, sumado a los temblores que continuaron imperdonables durante el ascenso de la madrugada mineral para llevar el horror al extremo.

Menos del veinte por ciento de las casas quedaron en pié; aún aquellas construidas con hormigón no resistieron la sucesión de movimientos telúricos casi diarios que golpearon a las construcciones desafiantes, porque durante las jornadas siguientes continuaron irregulares, imprevisibles, recordándoles la hegemonía, el imperio, del desastre. Pero al amanecer del día Domingo, horas después de los sismos iniciales, el Sol, con especial perversión ese día, reveló los alcances de la devastación: No había ciudad sino una costra alta de escombros, no había calles sino besanas irregulares entre los pedazos y las lomas de la mampostería quebrada y sembrada por los llantos, los gritos, los aullidos y los pedidos de ayuda.

El Hospital Rawson sobrevivió en pie a la tragedia, su construcción resistió los sismos, pero por la época era un edificio pequeño y de poca dotación profesional frente a semejante catástrofe, por lo que los heridos que podían llegar hasta él eran atendidos por los médicos y las enfermeras en la plaza frente a la entrada. Como en las últimas guerras conocidas, se aplicó el recurso quirúrgico extremo de cortar por lo sano: frente a un brazo o pierna herida se procedió extirpando el trauma por completo. De allí la cantidad de mutilados. Muchos fueron trasladados a la provincia hermana de Mendoza.


Recuerda doña Emilia que habían sobrevivido al desastre con lo puesto. Alimentos, ropa, camas, muebles, yacían sepultados bajo una montaña sin identidad ni forma. No quedaban despensas, no había oficinas ni electricidad, el dinero, aún teniéndolo, no tenía valor, no había salas de atención primaria en aquellos días, ni existían los equipos de salvamento, como en nuestra actualidad, por lo que transitaban la zona del desastre en busca de alimentos, caminando entre fragmentos, pedazos de casas, brazos, piernas y cuerpos emergentes de personas muertas. Las pocas y mínimas pertenencias arrancadas a las ruinas, quizás una prenda y algún alimento, eran transportadas en bolsas, en bicicletas y carritos, quien sabe con cuál rumbo.

Para cuando las tareas de asistencia y salvamento recayeron en el ejército argentino, el calor y el olor a muerte había fijado su imperio peor que en una guerra civil. Y a orillas del canal de deshielo que cruza el departamento de Chimbas, a minutos de la capital, se instaló una carpa enorme de emergencia para los desamparados. Más precisamente en el terraplén que desciende desde el canal de riego –por entonces apenas una huella honda y ancha cavada por la corriente– y hacia las vías del ferrocarril, se armó la tienda de campaña del ejército desde donde diariamente se proveyó de asistencia médica, cuchetas y el alimento básico, principalmente compuesto por charqui, carne secada a la sal. También se destinaron compañías completas a la remoción de escombros en busca de sobrevivientes; las tareas eran a pala, pico y barreta, trabajo arduo interrumpido y golpeado por nuevos sismos, lo que debió volver insuficiente cualquier esfuerzo de salvataje con vida.

Cuenta doña Emilia que su padre, el gringo don Luís Triscornia, aprovechó el cañaveral frondoso que bordea el curso cíclico de las aguas del canal y en la emergencia armó unas mesas y estantes hechos con cañas verdes para apilar las pocas prendas y los alimentos que recuperaba diariamente de la que fuera su casa, a treinta cuadras de la carpa militar de salvamento donde entonces se refugiaban.

Pero como si le faltara un ingrediente al horror, acaso una plaga para nombrarla bíblica, tras los calores sofocantes llegaron las tormentas inclementes del verano sanjuanino, de manera que el desborde del canal, superado por la lluvia incesante, arrastró lo poco recuperado junto con las cuchetas en la tienda de emergencia. San Juan, acaso para licuar la fe última con una lava nunca divisada, parecía castigada por el Cielo y por la Tierra.

El gringo Luis Triscornia, ese viejo radical severo y trabajador, especie de guerrero de pico y pala, como un destino cotidiano, regresó a la casa para herir la montaña de ruinas, de barro y de cemento, y reunir los pedazos resultantes del hogar perdido. Pero no fue hasta entrado el invierno que terminó de armar una casilla de una única habitación en los fondos del terreno, hecha de adobes de barro y chapas de cartón con alquitrán, para regresar a su familia con él y comenzar de nuevo.

Cuando fui chico y visité la casa, vi los restos de esa piedra primaria improvisada contra la medianera del lote, un cuadrado salvador de cinco por seis que a pesar de los años mantenía unos orgullosos setenta centímetros de elevación, relleno en su interior de tierra, paja y arena desmoronada con las décadas y las lluvias, prueba de que alguna vez allí algo habitado se alzó del suelo.

Tras la catástrofe urbana es de imaginar que no había trabajo excepto en los viñedos en las afueras de la ciudad, por ende, doña Emilia y su hermana consiguieron empleo en los secaderos de pasas de uva por 20 centavos la jornada completa al rayo del sol; para el caso salían entre las tres y las cinco de la madrugada y caminaban cincuenta cuadras entre los escombros hasta salir de la capital desaparecida, y un tramo más todavía hasta la finca de destino. Doña Rosalía Molina, la madre de ambas, en cambio, salió con una canasta a vender verduras entre los barrios erigidos primeros sobre el derrumbe; así fue que recibió una mesa grande y fuerte de madera de algarrobo en parte de pago y sobre la cual desayuné o almorcé muchas veces cuando, durante las vacaciones de verano, viajaba desde Buenos Aires de visita a la casa.


Rosalía Molina - Foto de 1951

Quizá la inflexión necesaria de esta crónica es la campaña de doña Eva Duarte "Evita" para recaudar fondos de asistencia a los damnificados por el terremoto, motivo por el cual recibieron una casa nueva que yo conocí de chico, construida en el frente del terreno y que volvió peronista inquebrantable al gringo Luis, causa que lo llevó muchas veces a la cárcel. Años después, tras la Revolución Libertadora y bajo la prohibición del peronismo, proscrito como se entiende, el tano insolente de agradecimiento volvía de Obras Sanitarias de la Nación, donde trabajaba como peón, y muy entrado en copas se detenía en la Comisaría de Concepción a gritarles a los policías de calle "¡Viva Perón, carajo!", y la invitación a gozar las comodidades del calabozo era inmediata; ni siquiera se requería de papeleo.

Ninguna crónica puede completar lo vivido ni mucho menos establecer la dimensión de una tragedia prolongada por la agonía, porque a los recuerdos de los sobrevivientes deberíamos agregarle el relato de quienes no sobrevivieron, cada uno con su propio calvario. La recopilación periodística del terremoto tardó en conjugarse aún mucho tiempo después que concluyó la remoción de escombros, verdaderas excavaciones en manos de los trabajadores del ejército argentino. Así se plasmó la imagen aterradora, entre otras, de tres cadáveres descubiertos de pie detrás de las ruinas: Una abuela, contra la esquina interior de una habitación, protegiendo tras cada uno de sus brazos, a dos pequeños, también de pie. Llevaban meses de muertos y nunca se sabrá si murieron electrocutados, de asfixia o de espanto.

San Juan, la provincia cuyana, cambió para siempre, incluso su urbanidad a través del Código de Construcción Civil; las calles ahora son anchas, previendo nuevos sismos y el instintivo escape de sus moradores al derrumbe desde el interior al exterior; incluso es una ciudad relativamente moderna, de estructuras antisísmicas. Más de dos generaciones después no le quedan huellas a la ciudad de lo padecido por su gente en ese verano esperpéntico. San Juan tardó años en recuperarse.

El gringo Luis Triscornia - Foto de 1974

Setenta años pasaron de aquel 15 de Enero de 1944 y casi no quedan testigos moradores de la tragedia que aún habiten allí para completar la crónica. Para encontrar sobrevivientes a un holocausto no hace falta mirar lejos: caminan entre nosotros, acaso superados o desgraciados, cada uno con su propia teodisea a cuestas, llamados a testificar o simplemente a lamentar. Incluso recuerda doña Emilia que don Esteban, el párroco de la homilía trágica, sepultado bajo las ruinas de la Iglesia de la Inmaculada Concepción, durante tres días posteriores al terremoto pidió ayuda hasta que su voz menguó y finalmente cesó. Allí mismo se erige hoy el colegio San José mientras que la nueva iglesia se construyó a pocas cuadras, en la calle Tucumán, y en ella hay una foto retrato que lo recuerda, aunque poco dice de su alarmante profecía y menos de su agónico final.


Pero doña Emilia Delia –a fin de cuentas, mi madre–, aún viviendo en Buenos Aires y como única sobreviviente de ese clan luchador, mirará siempre la Luna Llena, tratando de leer la semántica premonitoria, semblante maléfico o benéfico, de su maquillaje selenita y en apariencia siempre estático.



Rigel

Copyright®2014 por Carlos Rigel

2 de enero de 2014

Quimera

  1. f. Monstruo imaginario con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón.
  2. Ilusión, fantasía que se cree posible, pero que no lo es.

Soy creyente, es cierto, pero mi estilo de credulidad no conoce ni acepta los fanatismos controlados ni por los medios ni por los gobiernos. Nadie merece un centavo mío en la apuesta. Además, que sea creyente de Cristo y defensor del actual Papa no me aplica una venda ni aturde mi análisis cotidiano de una realidad política asquerosa. También soy peronista pero no adhiero a esta payasada. En un país con cuarenta millones de personas, un cuarto de la población argentina, es decir, diez millones son pobres. Y no es un accidente, es un resultado. ¿Hasta cuándo el pueblo argentino tolerará el insulto del robo en sus narices?, ¿tan fácil aceptamos que nos metan las manos en los bolsillos? Ya vimos antes a los Echegaray, los Báez, los Yomas, los Gostanián, y los alcahuetes de turno encubiertos o disimulados amablemente por los De Vidos, los Capitanich, los Oyarbides, los D'Elias, los Cohan, los Corachs, los Granillos Ocampos, los jueces, la corte suprema, los tribunales, los secretarios y los ministros de la Gran Tragedia Nacional. Siempre hay un cadete para explicar lo inexplicable: el robo eterno del patrimonio público y el consecuente desamparo de la población. Sólo cambian al careta de turno. 

En sólo 20 años de democracia de los últimos 30 hemos creado a los nuevos multimillonarios no salidos de la patronal, sino de la Rosada. Ahora son "inversores", como los jefes narcos. La misma reserva de combustible federal que debería brindarnos crecimiento, nuevos hospitales, rutas, escuelas, bibliotecas, redes ferroviarias, urbanización, agua potable limpia, energías alternativas y un crecimiento demográfico con poblaciones nuevas donde no las hay, hoy es dedicado a la compra de complejos turísticos privados, pago de sobornos, mantenimiento de boludos útiles como infantería de choque, aeropuertos privados, fortines y bunkers con cajas fuertes, fiestas obscenas con derroche de nuestros dineros, cuentas en la banca del exterior, lujos repugnantes en manos de ex cajeros, ex maestranzas y ex camioneros, los nuevos cadetes especializados del panteón divino de los Kirchner, y que como subproducto de la indiferencia civil nos trae inundados, apagones, desaparecidos, amenazas, robos, pestes, saqueos, desamparo y muerte. 

Lo vimos antes con el turco Menem y la pandilla de gansters que nos llevó al ocaso del "uno a uno", la teoría según la cual "la riqueza de los de arriba derrama sobre los de abajo" mientras robaban y asesinaban, la misma realidad enferma por la que la sociedad optó libremente anestesiarse de psicofármacos antes que estallar de hartazgo y que nos llevó a crear una servidumbre calificada de turismo por Grecia, taxistas brindando con champán importado, reclamando la vuelta de esa Argentina de la gran fiesta, la misma que luego trajo sangre a las calles para cerrar el episodio, la santificación de la timba, el "roba pero hace" o el "ya se robó todo, ahora administrará sin robar". Y mientras nos empobrecen de hambre, de vergüenza y de miseria, nos sonríen. Y los argentinos nos callamos. 

¿Dónde quedó nuestro sentido de la moral? ¿Dónde está el peronismo ético del trabajo?, ¿son esos pibes boludos que pasan por la calle con una pancarta y la bandera de La Cámpora, pensando torpemente que conquistaron algo? ¿En verdad esos veinte mil muchachos representan nuestro sentir y pueden más que la totalidad de una nación dormida pero inquieta de espanto?

En el comienzo de la era kirchnerista vi que la primera gestión del fallecido ex Presidente, apenas asumido, fue renegociar las concesiones por los peajes. Y he aquí que quedaron igual, sin ningún beneficio ni comunal ni vial ni nacional, excepto que renovaron los contratos a las mismas empresas por 20 años. Y en esa mínima señal creí ver la continuidad del modelo menemista. No hacía falta para mí ver los festejos por la venta de la cementera Loma Negra a los brasileños, era la rendición de la patronal criolla y la confirmación del poderío imperial de Brasil sobre Argentina, celebrada en la cúpula del gobierno como "un buen negocio". No se advirtió como una pérdida del patrimonio argentino. Y en ese fervor del finado "Nestitor" por la cifra de la venta de la empresa icono del crecimiento nacional, me di cuenta que había comenzado otro período de traición a la Patria. 

La Presidente es apenas una careta más del carnaval nacional, y no es la última, eso ya lo sabemos pero, ¿en verdad lo sabemos? Como ese compañero de la infancia que ahora milita en el PJ que un día me dice "es la lucha contra los monopolios", y mientras él se aferra a ese discurso -propina para los giles-, pienso en los miles de millones de pesos que se caen por el tubo de atrás de la Rosada en las cuentitas privadas de los secretarios y amigos, los de las eternas licencias turísticas, esos hijos de puta de los que nunca sabremos sus nombres. Para eso cambian Procuradores, Presidentes del Banco Central, fiscales, etc., para asegurarse un robo tranquilo y sin contratiempos. Ellos son el nuevo feudalismo rodeado de una corte de esclavos nacidos obedientes para mirar al suelo, gastando las zapatillas, con una pancarta en la mano. Vuelvo a preguntar, ¿en verdad lo sabemos y lo aceptamos? 

¿Qué carajos nos pasa a los argentinos? Si hay saqueos en la base de la sociedad es reflejo especular del saqueo a la República en lo alto de la política, coincido y adhiero con Santiago Kovadlof en su lectura reciente. Preferimos corrompernos antes que admitir que esto no sirve. ¿De veras preferiremos que nuestros hijos trafiquen drogas, roben y maten para borrar las huellas, como hacen ellos? ¿Creemos que un muro custodiado y elegante estilo dominicano u hondureño nos alcanzará para salvarnos del resentimiento en las calles? ¿En verdad evaluamos la realidad por la satisfacción de los bolsillos? Cómo mierda no aprendimos en los '90 que el mirar para otro lado con la satisfacción fugaz de los índices termina con la sangre de nuestros hijos derramada en el asfalto. 

Y así, compraron de nuevo nuestra indiferencia de oferta con un acondicionador de aire y un auto. No es distinto que cuando compraban lealtad de masas con una caja de vino y una bolsa de fideos; sólo es más caro. Allí drenan los ahorros de nuestros hijos y nietos. Es la cotización en la bolsa de valores: un aire y un auto. Eso le heredaremos a nuestra simiente, un aire que para entonces será viejo y sin repuestos, y un auto de patente vencida. Eso vale nuestra obsecuente dignidad de esclavos. ¿En verdad creemos que no habrá consecuencias? ¿Cuándo fue que empezamos a aceptar que no ser descubiertos mintiendo es igual que decir la verdad? ¿Cuando fue que olvidamos al peón que levanta la cosecha de papas con una hernia en el corazón? ¿O al pibe que descalzo empuja un carrito sin ilusiones? ¿Qué carajos nos pasó? Tal parece que Sarmiento, San Martín, Lavalle, Favaloro y Gardel no fueron argentinos, sino uruguayos.



Barón Carlos Rigel





Copyright@2014 por Carlos Rigel

21 de diciembre de 2013

La máquina de premios


Una vez escribí, casi con ingenuidad, que "una editorial 
no es una extensión filantrópica del arte".
Pero veamos los números, quizás es peor de 
lo que parece. 


El taxi vuela por Avda. Santa Fe con Gustavo Nielsen y yo abordo, expectantes del tráfico demencial de las cuatro de la tarde, el auto pica, frena, volantea y acelera. Gustavo llega tarde a un café con un amigo o un empresario, no recuerdo. Y a la ligera, me cuenta los pormenores de la expulsión del patrimonio editorial de Juan Forn (ese otro gigante de la narrativa nacional) desde que denunciara un certamen literario fraudulento del que había sido listado como jurado de preselección. Y hasta Gustavo me impone "Ya sé, vos dirás, ¿y qué tiene que ver todo esto con la literatura?... Nada". Casi divertido, agrega. "No tenemos nada que ver con todo eso... Somos trabajadores de la escritura".

Pero analicemos el contenido de estas patrañas y sus orígenes que llevaron a un juicio poco difundido por Clarín. Para eso, es necesario primero conocer el funcionamiento regular del aparato editorial que promueve esas estafas. Planeta, por ejemplo, edita entre quince y hasta veinte títulos por mes. De cada uno fabrica cinco mil ejemplares a un costo de imprenta de unos 12 pesos cada pieza, sumando en total, digamos, de unos 60 mil pesos por cada obra en cantidad, que luego de multiplicarlo por 15 títulos arroja un volumen total de 900 mil pesos por mes. No es difícil concluir que la operación engloba un volumen total de casi 11 millones de pesos anuales de costo a un promedio de ciento ochenta novedades editoriales al año. Esto explica el ingreso al mercado de unos 75 mil ejemplares al mes de autores diversos a través de las bocas de comercio, las librerías –aproximadamente unos novecientos mil ejemplares al año– que a un promedio de venta al consumidor de cien pesos por ejemplar representan un valor, digamos, de noventa millones de pesos en el mercado nacional al año y que pueden ascender a un techo de ciento veinte millones de pesos. Pero, claro, no todas son ventas. Se trata de una operación de riesgo cuyas ventas totales pueden ascender al 30 o 40 por ciento. El resto sale de oferta para recuperar los costos de producción. La pregunta es, en cuánto participan los autores en ese volumen de dinero, y la respuesta es la siguiente: Si el autor es de prestigio, con capacidad de negociar, imponer los derechos de autor, entre un 10 y un 15 por ciento del texto que lo involucra. Pero si no tiene ese reconocimiento, esa fama, esa autoridad, entonces no participa en nada. 

La distribución la conocemos, es propia del sello y con un fuerte aparato publicitario inspirado y promovido por el márquetin. De allí la oferta al comerciante, el librero: Planeta le permite márgenes de ganancia por ejemplar vendido de hasta el 60 por ciento, muy por encima de los márgenes de ganancia de otros sellos editores, lo que motiva al comerciante a ceder el mejor puesto de su vidriera a las novedades editoriales del sello en cuestión. Opera allí la conveniencia. Por ese motivo, también, el sello reclama la delantera de la vidriera y los mejores puestos para su nómina de objetos. En gran medida, se trata de autores desconocidos, en muchos casos proyectos de autores españoles, y aventura como sello editor un recupero del costo, probablemente con márgenes ajustados de ganancia, pero sin pérdidas jamás en el volumen anual de invadir el mercado con 900 mil ejemplares anuales. 

Claro es, esos autores involucrados nunca se atreverán a reclamar los derechos de autor que, en todo este juego de fenicios, esta feria de cambistas en las escaleras del Sanhedrín hebreo, han quedado sepultados por los números y la logística. La oportunidad, el sueño, de proyectarse al mercado con un best-seller amerita sacrificar ilusiones y derechos, cobros concretamente. No cuentan y, por lo general, no cobran. Es el juego editorial y en el paradigma comercial de astucias, ofertas, volúmenes y contrastucias, no alteran al producto, no son parte en la ecuación macro, porque "si no son ellos, serán otros" los autores beneficiados con la apuesta. Autores sobran. Se trata de jugar el sueño, pero nadie les aclaró a los narradores que no se trata del sueño de ellos, la ilusión de trascender, sino de cerrar el balance anual del sello editor construido a partir de sus ilusiones. No importan los autores, sino sus sueños. El sello editor lo sabe y cuenta con ello. 

Es conocido que, por defecto, el editor le aplica a todo autor el criterio comercial corriente "si tenes tres mil lectores, te editamos" que es cuando el narrador se pregunta "Pero, si no edito, ¿cómo diablos voy a construir un público lector?". De nuevo el huevo o la gallina. Para construir un público de lectores, el narrador primero debe erguirse como escritor y eso conlleva años de trabajo y de manera paralela ocuparse de la edificación de ese público seguidor. Es algo así como acertar a las tres cifras en la quiniela, pero no hay otra vía. Del intento de evasión, de la busca de caminos alternativos, surgen las porquerías y los operativos fraudulentos. Y para ser honestos, cuentan con la avaricia del autor mediocre, porque si no lo fuera, no aceptaría la propuesta. 

Luego de tres meses el sello recupera el material excedente no vendido por el comercio, y lo introducen de oferta en las ferias de la Avenida Corrientes con un recupero bajo, digamos, 4 pesos el ejemplar, o incluso menos, negociado todo este volumen por "kilos" o "toneladas" de cosas. Veremos entonces a los operarios de distribución tirar por el aire los bultos en el pasamanos del camión a la vereda, como si fueran ladrillos, que hasta a veces ruedan por el suelo o caen heridos de muerte, machucados, insalvables. 

Pero cuando el editor acierta con un título, cuando un autor se destaca, producen cien mil ejemplares. Y reeditan, quizás, hasta sesenta mil más. Entonces recuperan millones. La política editorial implementada en los '90, y aún vigente, nació de invertir el proceso y con la rueda dada vuelta asegurarse un destacado anual, un best-seller, y cubrir el amplio espectro de éxitos editoriales que soporten la experimentación de noveles sin poner en riesgo, como empresa, ni un centavo de sus bolsillos.

El famoso y desprestigiado "Premio Planeta de novela", precisamente, nació de subvertir las cuentas y la logística, y de asegurarse un ganador antes del concurso. El procedimiento era así: En una mesa de una oficina a puertas cerradas convocaban al autor, que podía ser conocido o en vías de crecimiento, y le ofrecían un contrato: "No cobras ni un centavo del premio (eso es para los giles), pero disponés de todo el aparato comercial del sello en la apuesta a tu éxito. Para el mercado, serás un ganador". Lo que el autor en cuestión debía evaluar era la conveniencia de ese aparato en la oferta de fama rápida para empujar la promoción personal, aun resignando la cuantía del premio. Era la pantalla necesaria para cerrar el negocio y promover el éxito del balance anual del sello con márgenes favorables y, además, los beneficios secundarios para el autor de un prestigio artificial forzado por la publicidad, no necesariamente por el mérito literario. 

El apéndice de la estafa dice, además, que debe asegurarse la continuidad del negocio: Escritores en vías de desarrollo son observados a través del material que presentan, pero no cómo posibles partícipes a incluir en la nómina de autores exitosos, sino como contribuyentes al reflujo permanente de ideas novedosas a tener en cuenta para el plagio. Ya diremos el por qué de este detalle menor.

En el caso de los autores seniors de proyección urbana o nacional, se conmutaban los derechos de autor anticipados por el supuesto "pago del premio", un eufemismo, bajo el formato de anticipos de dinero por contrato, promoción favorable que sólo pudo beneficiar a aquellos que se habían ocupado previamente de construir un público lector. El concurso jamás existió. Lo que más tarde revela el juicio de Nielsen contra Piglia y Planeta, es que había pagos previos al autor de Plata quemada que luego sería conocido como el "ganador del certamen", incluso antes de la convocatoria pública a participar. En efecto, antes del concurso, Piglia y su obra, eran "los güiner". Así como lo fueron otros autores ganadores del premio. Basta consultar la nómina anual desde sus comienzos para descubrirlos. Todos ellos tranzaron.

La falta de difusión que tuvo el fallo de este juicio de parte de Clarín hacia la conmoción, deja en claro que el periódico optó entre la conveniencia de, o avanzar con el desprestigio de uno de sus anunciantes privilegiados —el Grupo Planetao de investigar el reclamo justo de un autor particular. Entre David y Goliath, prefirieron apostar al gigante corrupto, aún viéndolo caer. Negocios son negocios y frente a los dígitos, poco o nada importa la verdad. Es el mismo diario que paga artículos de colaboradores marginados para cambiarle la autoría por el de uno de los miembros de su elenco estable de pediodistas, cuyos prestigios, aún prestados, prevalecen por sobre la honestidad. A fin de cuentas, Planeta, el Grupo Clarín y Alfaguara santificaron la porquería, y lo siguen haciendo a diario, de allí el operativo del diario de «Aquí nada ha pasado».

Ese es el trato que aún se les dispensa a los autores concursantes, son giles, giles ilusos, porque, inocentes, piensan que detrás de la convocatoria y el aparato, hay un concurso verdadero con jurados de preselección y una mesa de votación por el mejor texto. Esa es la ilusión. Lo doloroso es saber que detrás de este festival de promiscuidad comercial están los autores universales, reconocidos y prestigiosos, probablemente de la nómina del mismo sello, que aceptaban por unos pesos involucrar sus nombres en la entrega de un galardón fraudulento. Por eso mismo quedaron afectados autores famosos como miembros de jurados en diversos certámenes salpicados por la porquería. Entre ellos, Tomás Eloy Martínez y otros. El premio jamás existió. El material recibido de los concursantes entró en la industria papelera de reciclado de pulpa sin haber sido tocado, excepto en el caso de los "recomendados", lo que abre otro capítulo para analizar.

Pero en cuanto al autor involucrado en el operativo comercial, la estafa social, diría, resta un detalle ominoso: El contrato que, para el caso, no sólo trata de la sesión de derechos de la obra por 10 y hasta 15 años, sino el compromiso de presentar un título nuevo cada 6 meses, sopena de escarmiento al autor por incumplir con sus deberes. Así se promueve la otra parte de la estafa, cuando autores mediocres deben incluirse en el operativo del robo de material ajeno, aportado a veces por el mismo sello, bajo la forma de carpetas, material anillado, CDs., extraídos de los mismos certámenes. Toman la obra de un autor desconocido, un 'gil' del concurso, y se inspiran en ella, la cambian, la adecuan, como propia y hasta la registran. A veces los "autores" ni siquiera saben del contenido del volumen, como el caso de Jorge Bucai, porque el texto nació de un ghostwriter, un autor secreto y fantasma que es quien escribe el texto. Y así cumplen con el contrato. Y ¿de dónde sale ese material cuasi-anónimo reinventado? Es simple, de los "recomendados" en los certámenes. 

El noventa y cinco por ciento del material presentado a concurso es basura y no justifica evaluarlo, es cierto, pero el cinco por ciento restante participará del reflujo de títulos que aparecerá en el mercado como novedades originales plagiados de los autores sujetos a contrato con el material concursado por autores desconocidos. Así se sustenta la fama ofertada por los sellos editores. Si dichos autores no disponen de ideas para mantener el flujo constante de títulos reclamado por el mercado y regulado por el contrato con el sello editor, digamos, la sociedad misma, los cientos de concursantes, se las aportarán con la contribución voluntaria anual de anónimos ilusos, material en poder del mismo sello. Como se observa, es un negocio redondo. Nada se pierde y todo se transforma.

Luego, para desencanto de los autores marginales, veremos temas y textos editados sospechosamente similares al material presentado en certámenes de convocatoria abierta. Recordemos que para ganar un juicio por plagio, la normativa jurídica dice que el material debe tener un cincuenta por ciento de similitud. En otras palabras, para un autor acuciado por el vencimiento del plazo acordado en el contrato, quien recibe o cuenta en su poder de un CD de un gil concursante, representa un mes de trabajo. Un mes para plagiar a un autor desconocido, un iluso concursante que acaso presentó su mejor idea, su mejor escrito, con todas las ilusiones. Y si hay reclamos, se va a juicio. También recordemos que, para el caso de un juicio por plagio, no cuenta la palabra de un autor reconocido contra la palabra de un autor desconocido, sino los porcentajes de copia. Ellos hablan. Pero, un detalle mínimo, así destruyen el prestigio, la ética, del escritor involucrado en el robo.

Cómo políticos de nuestro congreso o secretarías o ministerios, ningún autor favorecido por este sistema perfecto de engaño apuntará su dedo acusador contra los organizadores y promotores de la estafa, precisamente, por temor de que el dedo editorial los apunte a ellos, además de ser expulsado de la nómina, como le ocurrió a Juan Forn –y al propio Nielsen– al no prestarse al juego de engaños y triquiñuelas de un premio literario falso de nacimiento, al cual Forn debía preseleccionar. 

Lo que dijo nuestro autor en aquella oportunidad, por vergüenza ajena y antes del fallo del jurado, fue que "si el premio lo gana Fulano, es fraudulento", noticia pública que originó la corrida editorial para reunir un jurado de preselección de urgencia y sentarse a evaluar el material presentado por cientos de concursantes para buscar a otro ganador, diferente del anunciado, pero sólo para evadir la difamación comercial, no porque fueran éticos ni les interesara saber cuál era la mejor obra o quién el mejor novelista, porque el supuesto premio es el soporte publicitario que emplea el editor con un libro en programa de edición, y lo hace para asegurarse las ventas al momento de la distribución. Lo mismo hizo TeLeFe hace años con la promoción de Bandana: Generar un concurso que las diera como ganadoras para luego decir "Estas son las mejores".

Al 'Premio Planeta de novela' le sobrevino el desprestigio total, pero no se trata de sospechas -no hay que concederles ese beneficio- sino de evidencias. Uno de los últimos manotazos de ahogado del sello editor y sus secuaces fue premiar (otro eufemismo) a Martín Caparrós, requisito previo para delegarle el manejo del concurso con sus conocidos operativos mediáticos de Montoneros S.A. El procedimiento en la oportunidad para "elegir al mejor" ya lo conocemos. Pero el nombre de la convocatoria es hoy mala palabra, tanto que más tarde inauguran el desparecido premio de novela 'Planeta y Casa de las Américas' con un resultado previsible, porque no cambiaron la concepción de los negocios, y eso no se arregla con más premios. Cien mil pesos de pago por el premio al año, de noventa millones de ganancias, son migajas; el doble también. Pero no se trata de dinero, es la naturaleza basura del negocio donde el peón que estiba bultos cobra mejor que el autor. 

No son canastos de pan tibio en el ascenso de la mañana, porque no hablamos de libros en el sentido afectivo, sino de objetos de interés social y previsibles de ser controlados comercialmente, como celulares o zapatillas o papas, y como tales son tratados. Los autores son un nombre en la cubierta. La maquina funciona perfecta a menos que alguien descubra la porquería, y Nielsen la descubrió. Ese fue El fin de la historia de Fukuyama, la irrupción de los grupos españoles de compra por Argentina en los '90, cuando rifábamos empresas y medios, la globalización de los mercados, verso trágico iniciado por el menemismo y continuada por el actual gobierno, porque también se nutre de ese mismo sistema perverso: Se le fueron abiertas las puertas a capitales que no eran más que mesas de dinero con directorios, vocales, síndicos y presentaciones ante la oficina de Inspección General de Justicia. 

Los autores pueden ser ingeniosos o imbéciles, no importan en la ecuación. Recordando la conversación con Gustavo en el taxi por Avda. Santa Fe, la pregunta que resta es ¿dónde quedó la narrativa? ¿Dónde quedó el tema, el estilo, el nuevo Balzac, dónde el Sartre de este tiempo? 

No hay apuesta a futuro para con los autores noveles ni riesgo alguno para la editorial. El mismo Edgardo Lois, autor del Grupo Boedo, decía al respecto: "Si tranzás con todo eso, no podés ser un buen tipo". La literatura no reside allí y hay que recordarle a los autores jóvenes que están solos. Para quienes miran de lejos, el mantenerse al margen de la fuerza centrípeta de esta máquina destructora de autores sigue siendo la alternativa, y también el construir y cuidar su propia nómina de lectores; y de ser posible, incrementarla. Pero frente al paradigma de un capitalismo caníbal que no advierte el arte sino los dígitos resultantes, a no ser que sean Nielsens, ser independiente es lo mejor que les puede ocurrir.



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