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16 de agosto de 2014

Sin huella

11 de Agosto de 2014


Sin huella

Qué poco vale una tribulación cuando la sangre muere y ese gran suicida que es el tiempo nos lo recuerda en cada minuto cuando se lanza al abismo y cae como un edificio sin raíz. Somos instantes.

Barón Carlos Rigel





Copyright®2014 por Carlos Rigel

25 de abril de 2014

Ladran, Sancho...



Censura, discriminación, coerción, apriete, 
conventilleo y ataques ocultos, operativos y campañas
de desprestigio. Tales son las herramientas
al servicio de la literatura de identidad local en La Matanza.

Ni la técnica, ni la teoría literaria, ni el estilo,
ni el estudio comparativo, ni la experimentación, ni la alegoría,
ni el ensayo, ni el conocimiento, ni la exuberancia, ni...

Así es, una y otra vez, miembros bastante estúpidos de "Autores de La Matanza", sociedad espiritual regional a la que alguna vez serví en la promoción de la libre expresión literaria, vuelven a dejar burlas, amenazas, advertencias y desprecios en mi mensajero o en el muro de novedades. Son "La Camporita pseudo-ilustrada" y se supone que debo evadirlos, o quizá convocarme al silencio.

Anoche una profesora de un Magisterio local recomendó a los estudiantes de la división leer mi blog acerca de los reportes periódicos sobre el conflicto en Venezuela. Una de las estudiantes, miembro de la organización en cuestión (lo deduzco ahora), al escuchar mi nombre, se puso de pie y reclamó que, entonces, también debían escuchar sus poemas. Hubo un cruce de palabras entre la estudiante y la profesora, digamos, relativas a las comparaciones y lo inaceptable de la propuesta, una acción desproporcionada y rebelde o grosera, y la expulsión final de la alumna de clase. Incluso su impedimento de continuar asistiendo como estudiante regular.

Cualquiera puede advertir que nada tengo que ver en este asunto. Pero hoy amanecieron las quejas y los desprecios en mi Facebook. Termino de enterarme del episodio horas después. Y como verdaderos insectos nacidos del Proceso, luego huyen, bloquean, clausuran. Piensan que si no les debo respeto, al menos debo leerlos, escucharlos y hasta temerles. Dueños de la censura, la mediocridad extrema y la coerción, no los envidio, no los recuerdo y no les temo. Pero cuando atacan se parecen a los umbandistas, porque nunca dan la cara. Como las ratas, aparecen cuando se apaga la luz, muerden y escapan.

No vine a defender mi espacio de Libre Expresión, sino a ejercerlo, y al hacerlo, no les estoy pidiendo permiso. Yo veo texturas donde la mayoría de ustedes son ciegos. Mientras tanto, lean cuentitos y poemitas, siéntanse protegidos por las autoridades, reúnanse, discriminen, censuren, apláudanse o vitoréense, no pasa nada. Carlos Rigel no necesita ni de ustedes ni de las autoridades locales, ni de las provinciales, ni de las gubernamentales y ni siquiera de organismos como los medios, la locución de programas, o la OEA, o la ONU, algunos de cuyos miembros allegados más bien a menudo me aconsejan moderación y cautela con mis expresiones en la redes sociales sobre la crisis en Centroamérica. A todos les digo: Gánense mi silencio con nobleza y libertad, no con censura y amenazas.

La unión hace la fuerza, es cierto, pero no la conciencia y no mejora la inteligencia. Quien no es digno en soledad, tampoco lo será en comunidad. La multiplicidad tampoco establece promedios que luego se repartan entre sus componentes. No funciona así, el álgebra aquí no sirve: Guárdense sus marcas de calidad o expóngaselas a otros. La cantidad y variedad de hormigas no construye obras de arte, sino hormigueros. No me interesa la identidad buscada y ni siquiera trabajo para eso. Aplaudir no es difícil, regálense ustedes títulos de "escritor", yo sólo escribo. 

Ni la chusma ni las autoridades hacen a mi versión del relato, porque no acepto relatos oficiales ni vivo a la sombra de sus dádivas o beneficios. La conclusión de la Libertad de Expresión, es el Acceso Libre a la Información a la que todos tenemos derecho soberano, y frente a ella no respondo antes ustedes, sino ante mi conciencia. Pero quiero que sepan los "Autores de La Matanza", sobre todo los amateurs y noveles que se acercan a esa movida, que cuando voy a comer un asado, no cuento los mosquitos que pueden picarme.

Barón Carlos Rigel

8 de abril de 2014

Enfermedades según las clases sociales


¿Quién quiere ser pobre y sano, pudiendo 
ser rico y enfermo?

Muchos años de mi vida he venido observando el detalle de las enfermedades y padecimientos de los ricos, y en la otra vereda social, las de las clases bajas. Pero luego de unos años de ejercicio nuestros médicos alegremente descienden a la clase media y baja las de la clase alta, para ver si prenden o no, acaso pensando tanto en el reflujo permanente de la fuente de trabajo como honrando acuerdos preexistentes con los laboratorios cuando aportan unos pesitos al presupuesto mensual.

Por ejemplo, en las clases bajas es común el resfrío, la gripe, la tos convulsa, la rubeola, apendicitis, faringitis, etcétera, cuya medicación es moderadamente accesible y cubierta por las obras sociales. Mientras que en las clases altas, estos padecimientos comunes se convierten en Síndrome de Pephsington de Desdoblamiento Endovascularístide Rectilíneoinferior, con una medicación de 8 mil dólares las 12 dosis necesarias para sobrevivir un mes hasta el siguiente exámen. O también Microalteración Bipolar con descarga Glandulovertoide Correntosanguíneo del Círculo de Willis, con una prescripción de 12 mil dólares las 4 grageas, bueno, para que el Círculo de Willis funcione correctamente y no se salga de lugar cada vez que visitan al médico de cabecera una vez al mes, con análisis clínicos frecuentes como para darle de comer también a los laboratorios, si alcanza para todos.

Y así, lo que comúnmente en la clase baja se resuelve con un par de lentes, en la clase alta requiere de exámenes y pruebas clínicas con lentillas especiales traídas desde Italia y marco de Platino u Oricalco importado de la Atlántida.

Lo interesante es que cuando los médicos prueban de aplicar estos llamados "padecimientos" en las clases bajas, estos pobres diablos hasta se sienten honrados de padecer algo tan complejo, como si de pronto se hubieran recibido de ricos o de profundos, acaso sin entender un cuerno de qué carajos es lo que padecen. Algo parecido a lo ocurrido en los últimos 20 años con la telefonía móvil en su descenso de la clase media, trabajadora y pudiente a las clases bajas, desempleadas y menesterosas.

Pero me imagino el cuento para quienes la fortuna los favorece con la lotería y cambian de la noche a la mañana de posición social: "Amigo, usted padeció siempre de Rengotaralaitodea Gastrocongénita Ulcerosa Leve del Miocardio, ventrículo derecho, pero jamás se la descubrieron. Y no es operable... pero se medica". 

De manera tal que este buen señor bendecido por la azarosa veleidad de la suerte, sale del consultorio médico como un Woody Allen espectral pero con la relativa tranquilidad de saber que dispone con una cuenta banacaria para solventar los gastos de lo que sea, sin saber que se trata de lo inverso, es decir, justamente, que por tener una cuenta bancaria es que sus padecimientos ahora son caros. Y claro, pero de pronto, la felicidad no es tan feliz, pero sí segura. 

Pero lo cierto es que el agraciado con la extraña enfermedad, quizá padecida por tres personas en todo el mundo –según dice el facultado–, ahora ingresa en ese campeonato abierto que busca saber quién tiene más enfermedades, quién las operación con más puntos, o el dolor más inaguantable, o quien se desmayó más veces de cólicos, es decir, ese torneo obsceno de padecimientos comparados, tan común en la tertulia social, para ver quién ha sufrido más que quién, buscando, naturalmente, la compasión ajena, cosa vulgar que detesto. Prefiero ser saludable aunque me odien.

¡Y después quieren que crea en la medicina!

Rigel

Copyright®2014 por Carlos Rigel

17 de marzo de 2014

Gangrena desde el corazón




No es Lázaro quien se ha levantado de la tierra, 
tampoco un Golem de la tradición hebrea, 
sino el mismo Frankenstein. 
La variedad de uno a otro es que éste no tiene Alma 
y ni siquiera tierra; él sembrará y cosechará.


El pacto. El pacto y la siembra. La siembra de una semilla insana, como un virus de zombis. Y los ciclos de la naturaleza social, los pulsos del crecimiento de algo podrido de nacimiento. Como en un rito secreto celebrado en un sótano perdido de algún palacio de Centroamérica, con la concurrencia nutrida de un consorcio de autoridades máximas y representativas del continente de hace pocos años, qué otra novedad podían traernos más que la oscuridad. Los brotes de la peste han emergido a la superficie latina. El cuerpo social de América muestra los síntomas de la fiebre: es el rechazo de los anticuerpos, el interferón celular que advierte al tejido circundante. 

La asunción de extinto Néstor Kirchner fue la marca, el motivo del encuentro, y la propuesta del ALCA fue el disparador en épocas del nefasto G. Bush hijo. Más tarde viene el encuentro de jerarcas latinos, el pacto, el cáliz compartido, la copa desbordante de cocaína, de armas, de uranio, los juramentos sobre la espada de un Bolivar que, mudo, se retuerce en la tumba: la pluma estoica de metal ahora yace en manos de Fidel. Al libertador no le ahorran justificativos para el disgusto: le faltan las manos que fueron molidas, pulverizadas y mezcladas con el vino y la sangre del pacto. Y a sabiendas, los convenios con el Cartel del Sol, además de armarse para la guerra que viene. Claro que para llegar a Argentina y volver a Venezuela hay que cruzar por Brasil. Y todo eso observado por ojos electrónicos. 

Hitler en su mística satánica buscaba las señales terrestres del Hombre Nuevo, paradigma de una raza aria encontrada en la ficción de Flik, justificación final que cerró la tapa al frasco del holocausto. No es distinto al Frankenstein latino que persigue el pacto cubo-bolivariano, una especie de mercenario nuevo, nervioso, asesino y leal, dispuesto a todo. Pero el pacto no alcanza, también hay que conducir a los pueblos camino o al triunfo o al abismo. Ahora el enemigo es tanto interno como externo. Y en medio del pacto y la ceguera, sociedades por completo postergadas, hambreadas, de reclamos casi primitivos. Demasiados frentes abiertos para resistir; demasiada descomposición para vivir, demasiada indolencia para andar.

No sabemos si Cuba entendió el mensaje aunque obstina por estas horas en no mirar ni escuchar. Mientras mantuvo sus términos en la isla, e iluminada parcialmente como subproducto de un declamado "bloqueo" y de los contraluces de un siglo XX que aún no termina, incluso teníamos derecho a mirarla románticamente, nacida en una zona de clivaje con dos severos padres fecundadores, aunque sin madre conocida. Crecía entre la duda social de un deseo y una certeza equitativa que aterra. Pero desde que invade el continente y promueve el aplastamiento de la protesta civil por el control del petróleo, las armas, las drogas, y hasta el uranio administrado por la cúpula militar de Venezuela, la máscara de Cuba ha caído y ahora nos muestra, nos revela, su verdadera naturaleza ruin, inhumana y ambiciosa. Cuba rompió su impuesto autobloqueo, y como un violador prófugo causa estragos en las calles continentales. No hay vuelta atrás. Ahora surge la pregunta largamente evitada: ¿Cómo se llama una revolución 50 años después de cumplidos los objetivos? 

El corazón putrefacto dividido en dos hemisferios, el cubano y el venezolano, amenaza pudrir al organismo latino. Nuestro gobierno, con la inconciente Cristina Fernández al mando, ha buscado a los peores aliados, ha continuado los pulsos de una liturgia de los secretos sucios; cree acaso que los embarques de intercambio entre Venezuela y Argentina no son detectados por la inteligencia de la comunidad internacional; ambos gobiernos piensan que los buques de doble fondo que vienen con estupefacientes y uranio crudo, y van con uranio enriquecido y armas no son detectados desde el cielo por los radares espías electrónicos de potencias extranjeras; creen acaso que los despachos de toneladas anuales de cocaína que amablemente las FARCS le envían a la ETA a través de Ezeiza no están intelectualmente descubiertos en sus fines, que no hay conclusión a tanta señal. Tampoco a la asistencia de personal militar chino, cubano y ruso detectado en las filas de la GNB; incluso argentino; o que nuestras armas también matan venezolanos en estos días, sobre todo para quienes piensan que debemos mantenernos ajenos al conflicto.

Qué misterio que el Papa sea argentino, nacido en estas comunidades hambrientas de verdad, de honestidad y de justicia, como parido por un rayo separador en el Valle de las Sombras que cruza el jardín de las delicias tenebrosas. Es una suerte que ahora more en el Vaticano, sino estaría expuesto en un féretro de álamo, rodeado de calas con una ráfaga bajo la sotana. Es el Dalai Lama del nuevo siglo, el refugiado de Dios. Tanto dictador común no tiene derecho a presentarse erguido frente a él, cuantos sean tienen la obligación de quebrarse como es debido ante su presencia, o de llegar con un tutor en la pierna. Es la señal de la impureza pública en el altar. 

Las calles de Venezuela drenan sangre, es cierto, pero si pensábamos que Hitler fue lo peor de la humanidad del siglo XX, quedémonos a observar; seremos espectadores víctimas de la quietud del XXI. Así comenzó la Segunda Guerra. Curiosamente, la respuesta al paradigma sanguíneo de la infección, el mecanismo biológico de defensa, viene a quedar en manos de la resistencia venezolana. La gangrena avanza esta vez desde el corazón, quizá salvemos los brazos y las piernas y, con suerte, estaremos listos para armar un frankenstein perfectamente latino pero, a fin de cuentas, sin latidos.

Barón Carlos Rigel

Copyright®2014 por Carlos Rigel

2 de enero de 2014

Quimera

  1. f. Monstruo imaginario con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón.
  2. Ilusión, fantasía que se cree posible, pero que no lo es.

Soy creyente, es cierto, pero mi estilo de credulidad no conoce ni acepta los fanatismos controlados ni por los medios ni por los gobiernos. Nadie merece un centavo mío en la apuesta. Además, que sea creyente de Cristo y defensor del actual Papa no me aplica una venda ni aturde mi análisis cotidiano de una realidad política asquerosa. También soy peronista pero no adhiero a esta payasada. En un país con cuarenta millones de personas, un cuarto de la población argentina, es decir, diez millones son pobres. Y no es un accidente, es un resultado. ¿Hasta cuándo el pueblo argentino tolerará el insulto del robo en sus narices?, ¿tan fácil aceptamos que nos metan las manos en los bolsillos? Ya vimos antes a los Echegaray, los Báez, los Yomas, los Gostanián, y los alcahuetes de turno encubiertos o disimulados amablemente por los De Vidos, los Capitanich, los Oyarbides, los D'Elias, los Cohan, los Corachs, los Granillos Ocampos, los jueces, la corte suprema, los tribunales, los secretarios y los ministros de la Gran Tragedia Nacional. Siempre hay un cadete para explicar lo inexplicable: el robo eterno del patrimonio público y el consecuente desamparo de la población. Sólo cambian al careta de turno. 

En sólo 20 años de democracia de los últimos 30 hemos creado a los nuevos multimillonarios no salidos de la patronal, sino de la Rosada. Ahora son "inversores", como los jefes narcos. La misma reserva de combustible federal que debería brindarnos crecimiento, nuevos hospitales, rutas, escuelas, bibliotecas, redes ferroviarias, urbanización, agua potable limpia, energías alternativas y un crecimiento demográfico con poblaciones nuevas donde no las hay, hoy es dedicado a la compra de complejos turísticos privados, pago de sobornos, mantenimiento de boludos útiles como infantería de choque, aeropuertos privados, fortines y bunkers con cajas fuertes, fiestas obscenas con derroche de nuestros dineros, cuentas en la banca del exterior, lujos repugnantes en manos de ex cajeros, ex maestranzas y ex camioneros, los nuevos cadetes especializados del panteón divino de los Kirchner, y que como subproducto de la indiferencia civil nos trae inundados, apagones, desaparecidos, amenazas, robos, pestes, saqueos, desamparo y muerte. 

Lo vimos antes con el turco Menem y la pandilla de gansters que nos llevó al ocaso del "uno a uno", la teoría según la cual "la riqueza de los de arriba derrama sobre los de abajo" mientras robaban y asesinaban, la misma realidad enferma por la que la sociedad optó libremente anestesiarse de psicofármacos antes que estallar de hartazgo y que nos llevó a crear una servidumbre calificada de turismo por Grecia, taxistas brindando con champán importado, reclamando la vuelta de esa Argentina de la gran fiesta, la misma que luego trajo sangre a las calles para cerrar el episodio, la santificación de la timba, el "roba pero hace" o el "ya se robó todo, ahora administrará sin robar". Y mientras nos empobrecen de hambre, de vergüenza y de miseria, nos sonríen. Y los argentinos nos callamos. 

¿Dónde quedó nuestro sentido de la moral? ¿Dónde está el peronismo ético del trabajo?, ¿son esos pibes boludos que pasan por la calle con una pancarta y la bandera de La Cámpora, pensando torpemente que conquistaron algo? ¿En verdad esos veinte mil muchachos representan nuestro sentir y pueden más que la totalidad de una nación dormida pero inquieta de espanto?

En el comienzo de la era kirchnerista vi que la primera gestión del fallecido ex Presidente, apenas asumido, fue renegociar las concesiones por los peajes. Y he aquí que quedaron igual, sin ningún beneficio ni comunal ni vial ni nacional, excepto que renovaron los contratos a las mismas empresas por 20 años. Y en esa mínima señal creí ver la continuidad del modelo menemista. No hacía falta para mí ver los festejos por la venta de la cementera Loma Negra a los brasileños, era la rendición de la patronal criolla y la confirmación del poderío imperial de Brasil sobre Argentina, celebrada en la cúpula del gobierno como "un buen negocio". No se advirtió como una pérdida del patrimonio argentino. Y en ese fervor del finado "Nestitor" por la cifra de la venta de la empresa icono del crecimiento nacional, me di cuenta que había comenzado otro período de traición a la Patria. 

La Presidente es apenas una careta más del carnaval nacional, y no es la última, eso ya lo sabemos pero, ¿en verdad lo sabemos? Como ese compañero de la infancia que ahora milita en el PJ que un día me dice "es la lucha contra los monopolios", y mientras él se aferra a ese discurso -propina para los giles-, pienso en los miles de millones de pesos que se caen por el tubo de atrás de la Rosada en las cuentitas privadas de los secretarios y amigos, los de las eternas licencias turísticas, esos hijos de puta de los que nunca sabremos sus nombres. Para eso cambian Procuradores, Presidentes del Banco Central, fiscales, etc., para asegurarse un robo tranquilo y sin contratiempos. Ellos son el nuevo feudalismo rodeado de una corte de esclavos nacidos obedientes para mirar al suelo, gastando las zapatillas, con una pancarta en la mano. Vuelvo a preguntar, ¿en verdad lo sabemos y lo aceptamos? 

¿Qué carajos nos pasa a los argentinos? Si hay saqueos en la base de la sociedad es reflejo especular del saqueo a la República en lo alto de la política, coincido y adhiero con Santiago Kovadlof en su lectura reciente. Preferimos corrompernos antes que admitir que esto no sirve. ¿De veras preferiremos que nuestros hijos trafiquen drogas, roben y maten para borrar las huellas, como hacen ellos? ¿Creemos que un muro custodiado y elegante estilo dominicano u hondureño nos alcanzará para salvarnos del resentimiento en las calles? ¿En verdad evaluamos la realidad por la satisfacción de los bolsillos? Cómo mierda no aprendimos en los '90 que el mirar para otro lado con la satisfacción fugaz de los índices termina con la sangre de nuestros hijos derramada en el asfalto. 

Y así, compraron de nuevo nuestra indiferencia de oferta con un acondicionador de aire y un auto. No es distinto que cuando compraban lealtad de masas con una caja de vino y una bolsa de fideos; sólo es más caro. Allí drenan los ahorros de nuestros hijos y nietos. Es la cotización en la bolsa de valores: un aire y un auto. Eso le heredaremos a nuestra simiente, un aire que para entonces será viejo y sin repuestos, y un auto de patente vencida. Eso vale nuestra obsecuente dignidad de esclavos. ¿En verdad creemos que no habrá consecuencias? ¿Cuándo fue que empezamos a aceptar que no ser descubiertos mintiendo es igual que decir la verdad? ¿Cuando fue que olvidamos al peón que levanta la cosecha de papas con una hernia en el corazón? ¿O al pibe que descalzo empuja un carrito sin ilusiones? ¿Qué carajos nos pasó? Tal parece que Sarmiento, San Martín, Lavalle, Favaloro y Gardel no fueron argentinos, sino uruguayos.



Barón Carlos Rigel





Copyright@2014 por Carlos Rigel

14 de julio de 2011

Memorias de odio y el Mal




Inevitable encimar otro post al de Cazadores de utopías, pero ocurre que me es imperdible citar un fragmento de la carta de Norberto Galasso a Fito Páez, contaminado con mis propias oscuridades. 


Una vez escribí acerca del "odio sabio" que conservaba en mi memoria luego del 21 de diciembre de 2001 cuando, después de haber sido asesinados unos cuantos muchachos en la gesta lacrimógena, vi a agentes policiales descargar culatazos, como hachas rabiosas, en la nuca de pibes de la edad de mis hijas, estando éstos vencidos en el suelo boca abajo y mientras esperaban ser esposados. ¿Cómo olvidar ese odio? ¿Como no estremecerme ante esos recuerdos feroces?
Más tarde, inspirado en otras experiencias nefastas de mi entorno, escribí en el volumen La metáfora tóxica, texto que aún se encuentra abierto al aporte narrativo y reflexivo, un pensamiento anacrónico que aún me despierta sensaciones opuestas de revelación y ocultamiento:

"El odio es tan fuerte como el amor, siempre lo fue, porque aquél destruye con rencor lo que de éste ha venido. Nacido del rencor y concebido con odio, el Mal existe entre nosotros; también reside en el corazón. Suponer que una persona maliciosa pueda modificar su conducta por razonamiento o por remordimiento, es como esperar que una culebra nos abrace y dosifique su veneno para sanarnos de alguna enfermedad. Bien y Mal son dos mares divididos por la Existencia pero integrados en el mismo ser.
Así como algunos crecen en la bondad, otros crecen en la maldad. No se trata de corazones impuros de Bien, sino de corazones puros en el Mal. Repudiarlos , hacharles las arterias, es correcto para con ellos. Mostrarles piedad nos enfrenta a la trampa, porque son quienes para destruir a alguien, destruyen a los inocentes quienes lo rodean. Quien muestra piedad con un demonio humano, no sabe lo que hace, porque santifica los frutos de sus impurezas. Comprenderlos es como pretender encontrar razones en el Bien. Sentar en la misma mesa al Bien y al Mal no crea bondad, sino escarnio. Porque mientras el Bien piensa en los detalles del banquete y en servir a los comensales, el Mal piensa en incendiar la casa y huir tras robar los platos, asesinar al anfitrión y violar a su esposa e hijas. 
Subestimar su poder nos convierte en bestias ciegas y nadie recibirá un premio por descuidar sus señales. Que otros se ganen en cielo de los ingenuos: Cuidaré con hacha lo que me ha sido dado..."


Quizás esta antesala prolongada me permite el fluir de conciencia necesario para cargarme adecuadamente de lo que mi conciencia dicta como razonable. Cualquiera dirá "estás equivocado, te fuiste al carajo", pero sé que no es así, sé que no perdido el sentido común ni parte alguna de mi naturaleza humana nacida de  mi género, lo que pienso no es más que una combinación posible en la trinchera abierta que vive entre cimas y abismos del ser. Escribe Norberto Galasso:

"En la vida es necesario a veces tener asco y tener odio también. Eso me lo enseñó el confesor de Eva Perón, el sacerdote Hernán Benítez. Me decía: Mire m’hijo. Hay que odiar. Hay que odiar a todos los que frustraron el país, lo entregaron, provocaron miseria y represión. Yo, todas las mañanas, me doy un baño, me tomo una taza de café caliente y después me siento en mi sillón y odio..."

Río y océano, los líquidos del Bien y del Mal resultan unidos pero separados, son agua salada y dulce que se limitan y nunca se mezclan. Dicen quienes han visto el fenómeno que en el Río de la Plata el agua dulce llega hasta el mar y mimetiza allí su comportamiento con el agua salada, allí se detiene en un muro flexible de volutas positivas y negativas, atacándose con guerrilla en una trinchera inconfundible para siempre. Así son el Bien y el Mal. Pero el odio no siempre lleva al Mal. Sí a la enfermedad en el débil, pero no al Mal. Se debe ser íntegro y fuerte para no caer en el maldad. Odiar requiere disciplina y esfuerzo. Quizás la parte del cristianismo –una de ellas– que menos me incluye es la de perdonar el mal. Nada debe ser dejado para después. Por eso hay esclavos cristianos y guerreros cristianos. Me suena a que Jesús hubiera negociado piadoso con aquellos seres poseídos llamados Legión en el cementerio cercano a Bethesda, y concediéndoles un tiempo más de posesión y tormento sobre la carne de esos pobres, hubiera seguido adelante rumbo a mejores batallas, abandonando a esos hombres a su suerte; o quizás haber consensuado un porcentaje con los cambistas en las escalinatas del templo, en vez de caerles con un palo. No se procede con indiferencia frente al Mal sino que se lo destruye. 


Pero el odio debe ser claro para no degenerar en rencor inútil, que es lo que promueve la enfermedad del espíritu y luego del cuerpo. Y nadie piense que de mucha correcta bondad se llega a la estupidez. Me recuerda una anécdota de la Madre Teresa de Calcuta cuando una periodista le pregunta cuánto amor es necesario para construir un hospital y ella, siempre vieja y siempre sabia, le responde: "Cuando voy a controlar a los albañiles que trabajan allí, ¿usted cree que los trato con amor?". Claro, hacer lo correcto, aún inspirados por el amor, puede despertar el odio. Una vez un viejo toba del barrio me dijo: "Hacé siempre lo correcto y te odiarán", premisa de una lógica hegeliana que no negué ni afirme, hasta que la vida se reveló acertada con ese pensamiento. Pero del odio al Mal el paso es largo y no está ligado sino por filamentos razonablemente absurdos y que aparecen como raíces llegadas del corazón. El odio es atributo de la mente, el Mal del corazón. Por eso el cretino asesina a un rebelde y luego, cuando ve las hordas en su puerta, reclama paz, una paz desarticulada del Bien que nunca existió. Y sólo porque en la justicia se promedia el fallo entre el odio social y lo correcto, entonces falla y nace el odio rencoroso en las víctimas. Por eso el odio debe continuar siendo venido de la razón y en la medida adecuada. Así hay una disciplina para la bondad, bien, también se requiere constancia y principios para odiar. Nietzsche fue sabio y fuerte en su odio al cristianismo pero también sistemático en la lucidez. Por eso llegó a una lógica cítrica pero sin insultos. Sólo una odiosa razón.


Por eso también debemos sentarnos y odiar y amar sin cuestionarnos la dualidad. Amar y no odiar es estar inconcluso; también lo inverso. Si nadie pregunta por qué tenemos amor y el Mal, tampoco nadie pregunte por qué entonces en el mismo eje tenemos odio y el Bien. Quizás, la parte que menos me gusta de Dios es que no tiene espaldas; él mismo fue hecho a nuestra imagen y semejanza, y no le reprocho el no haber encontrado un modelo mejor que copiar.



Copyright®2011 por Carlos Rigel