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10 de septiembre de 2014

Censura y represión

No es necesario portar una metralla para convertirse en represor, tampoco conducir un Falcon o un Jeep ni levantar ciudadanos de las calles, se es represor en el amor a la arbitrariedad, cuando se reprimen las ideas, pero sobre todo cuando no agradan sus contenidos o cuando son diferentes a la campana comúnmente aceptada y se las reprime. 

Existe un segmento cultural, un componente social, que acompaña a la humanidad desde épocas inmemoriales: El represor. En edades crudas usaban las armas pero en tiempos de paz subliman sus potencias y las vuelven palabras, muchas veces sin argumentos, pero palabras al fin, y acciones cuyo objetivo es evitar la difusión pública de las ideas, anular los debates abiertos, bajo la premisa orweliana de que "malos pensamientos promueven malas acciones" incurriendo torpemente en lo opuesto, que es cuando "malas acciones promueven malas conductas sociales" aunque, finalmente, sólo atrasan lo inevitable y sobran ejemplos culturales transitados por nuestra sociedad como, por ejemplo, los debates sobre el divorcio, el destape, etcétera, en los '80. Pero si no alcanzan los argumentos y las palabras encuentran otros métodos accesibles. Veamos algunos de los recursos y el comportamiento de estas figuras selváticas que habitan y comparten nuestra biósfera.

Siendo represor se reprimen las palabras cuando se condena a quien las pronuncia, pero si se impide la pronunciación de las mismas ahí adquiere el nombre de censura, que viene de la voz latina censor y tiene su origen en Roma, eso nos dice que como tarea es antigua. En tiempos de libertades cívicas el primer paso es la censura, es decir, el impedimento de las ideas por supresión o anulación, pero de intentarlo de nuevo, de obstinar en lo mismo y de porfiar en los argumentos, sobreviene entonces la represión que es cuando incluso las palabras son usadas como un arma para allanar, detener e impedir una manifestación individual, no para educar ni iluminar, sino como amenaza, como agresión disuasiva.

En la edad Media, incluso Shakespeare debió sortear los obstáculos de la censura ejercida por los Comisarios reales cuando llegaban con sus soldados a clausurar las obras públicas si se juzgaban nocivas a los valores de la sociedad de aquel momento, o tal vez una idea o un concepto de la dramaturgia que pudiera afectar la moral pública. Eran los "representantes del poder" en esos tiempos. Aún lo son. Siempre hay representantes del poder, a veces ocultos en la sociedad para ejercer la censura y nos recuerdan que si tuvieran una metralla, regresarían como represores. 

Pero veamos un simple y mínimo acto de censura con evolución: La primera vez se allana una idea es censura, clara y recta, pero si se ejerce nuevamente con conocimiento de lo que se quiere censurar, es decir, una confirmación de la supresión de una idea o un sentimiento, dejó de ser censura y ahora se llama represión y el diccionario se refiere a una acción del poder para contener, detener o castigar, y cuyo territorio de actuación es bastante amplio y por completo discrecional. Por eso tanto el censor como su correlato, el represor, son paradigmas reveladores del primitivismo que busca impedir y retrasar la evolución social a períodos oscurantistas y brutales. Prueba de ellos son el destape de la sociedad española que luego de 40 años de censura, supresión y represión, que dejaron huellas profundas en las costumbres de dos generaciones, explota hacia una libertad expresiva irrestricta, prueba visible de la invalidez de los métodos represores para erradicar una concepción social o individual; con todo el despliegue de coerciones apenas logran retrasar los procesos.

Pero lo cierto es que para ejercer dicha represión se necesita una cuota básica de poder y naturalmente que es nacida del propio Estado. Finalmente, hablamos de un agente, un funcionario regular o de oficio secular del organismo. El mismo Trotsky inspirado en el pensamiento de Max Weber estaría de acuerdo en que para ejercer esa cuota de poder no sólo se requiere de funcionarios acreditados como parte del Estado, sino de externos creyentes en la validez de sus métodos. La institución en sí misma no alcanza para penetrar a la sociedad completa, sino que requiere y se nutre del reflujo permanente de servidores nacidos en la propia sociedad que reprime.


La censura fue ejercida en obras musicales, obras literarias e incluso en mapas. La idea es que algo no salga a conocimiento público y trata de los estilos empleados para el objetivo. Por eso es característica de tiempos o monárquicos o militares o de imperio religioso, con cortes marciales o tribunales inquisidores. Para eso antes se nombraban a los Comisarios Reales o Delegados Papales o Interventores, y se les otorgaba poder y el comando de agentes o soldados pero también, a su vez, se designaban a espías para observar a los peligrosos y prevenir las protestas, las reuniones sospechosas. El extremo final de esta medida de sospecha conspirativa del Estado para con una sociedad completa la conocemos: El Estado de sitio, que es cuando la reunión de más de dos personas presupone una conspiración.

La humanidad tuvo a grandes sospechosos miembros de las artes, Shakespeare fue un peligroso, Cyrano también lo fue, Pasternak, Cabrera Infante, Roa Bastos, Wilde, Monterroso, Neruda, todos ellos y muchos otros, fueron peligrosos para el Estado. Hubo y hay tantos peligrosos que el ejercicio de la censura se mantiene vigente por los cultores y moderadores, los representantes o servidores del Poder y del Estado, porque también subyace en épocas republicanas oculta de manera latente, siempre hay quien nos advierte que de no ser obedecida la palabra imperante, y ante la respuesta contestataria, entonces se ejerce la represión como medida terminal. Ellos administran las voces, las califican, las clasifican, las desagregan, las verifican en sus contenidos. Y si es necesario, las censuran. Y si se obstina, entonces se reprime. Para esto se emplean las armas o las palabras o los gritos. En efecto, cuando no alcanzan las voces, entonces se suman muchas voces hasta conformar gritos y barullo que aplaquen al fin las voces solitarias, porque el objetivo es que no sean escuchadas. Basta con impedir el conocimiento del concepto. Wilde podría darnos una clase magistral de cuando los ladridos de la jauría se suman para tapar una voz.

Uno de los grupos de choque y censura reconocidos y ocultos en la actualidad de nuestra sociedad, por ejemplo, pertenece a la misma iglesia católica. Como institución dispone de su jauría de censores y represores quienes allanan el debate de temas sensibles como el aborto; así es, ellos son quienes reciben las instrucciones de acallar las voces nocivas en sus argumentos en los debates abiertos, y así administran los motivos y las justificaciones de la demagogia católica. A veces, los veremos asomar en las mesas periodísticas con la levadura conocida pero, como parodia, sólo persigue el fin de impedir el desarrollo del debate, no se trata de la razón ni los motivos. Pero cuando esos "grupos de tareas" no son escuchados por la sociedad, o son superados en los argumentos básicos, entonces pierden la compostura y aplican el recurso extremo de las amenazas de bomba en edificios públicos, en hospitales, en juzgados, en salas de debate, en estudios de televisión. Allí vemos que el censor llevado al extremo es represor.


El implemento de la censura represiva la vemos aplicada de manera siniestra en lo individual cuando se elimina a un testigo clave en un juicio, allí también vemos que la censura es represión. Y por supuesto que estos ejecutores cobran por esos servicios, o dineros o regalías o beneficios. Tanto represores como censores reciben una paga por los servicios cumplidos, la idea es mantenerlos conformes y dichosos con sus funciones. Los Estados e instituciones siempre encuentran un cifra tentadora para los verdugos porque siempre tienen un precio accesible.

Se reprime cuando se permite el ejercicio de la represión y de su hermana menor, la censura, ya sea pacífica o ejercida por la fuerza, y es común entre los represores y censores en tiempos de luz, el gran acto de cobardía suprema que viene luego, tras la acusación, cuando se la niega; cuando se buscan justificativos para exculparse de haberse sumado anteriormente a la condena, cuando tras haberla implementado se la quita de la acción y se la traslada a la ambigüedad, cuando se la niega o se miente o se calla frente a las evidencias que es cuando luego de haber tirado la piedra se oculta la mano, no sea que los descubran en su verdadera naturaleza risueña y nefasta: Son represores en épocas de paz. 

Pero no hay censores ni represores famosos en la historia de la humanidad, sólo cuando exceden sus propias marcas y se vuelven déspotas, tiranos o asesinos, de allí el fascismo exteriorizado en pleno siglo XX y lo que va del actual, ciudadanos comunes que ante un estímulo adecuado ven en un adversario al enemigo digno de muerte. No se trata de cuál es más sabio ni mejor argumentado, sino de impedir la imposición de una idea, retrasarla; pero de no cruzar esa marca que orilla el crimen social, por suerte, la sociedad los olvida. Nadie recuerda el nombre del verdugo de Juan el Bautista. Ninguno de ellos le dejó una huella perdurable al tiempo, ninguno es recordado en alguna biblioteca por fuera del registro de remesas y pagos a funcionarios y siervos pasajeros del Estado. Pero no hay que temerles, por el momento sólo son los idiotas de turno.


Si no comprendieron qué contiene 
el ejercicio irrestricto de la Libertad de expresión, 
están a años luz de comprender el costo que 
tiene el derecho de Acceso libre a la información.



Barón Carlos Rigel


Copyright®2014 por Carlos Rigel

25 de agosto de 2014

Un fragmento del ensayo Cicatriz paradojal







Publico las primeras páginas que introducen al texto 
editarse próximamente en el volumen La cicatriz universal
 y que explora la refutación del físico norteamericano 
Leonard Susskind al físico inglés Stephen Hawking acerca 
de una hipótesis polémica conocida como 
La paradoja de la información y que explora el destino 
final de la historia en los términos de un agujero negro estelar, 
paradigma hasta hoy irresuelto.


"Recordaba la polémica desatada desde hace más de tres décadas entre dos académicos peso pesados de la física como el inglés Stephen Hawking y el estadounidense Leonard Susskind en los extremos opuestos de las teorías cosmogónicas atinentes a los Agujeros Negros proyectados al final de los tiempos.

Pero procedamos a recordar vagamente que un Agujero Negro es un producto pesado, un residuo estelar, porque nace en los escombros de una supernova, una estrella agotada y colapsada. El núcleo residual es tan masivo y poderoso que comienza a absorber la materia circundante. Así las fuerzas gravitatorias crecen infinitamente proporcionales a la masa que acaparan. Cuanto más agregan, más grande se vuelve, y más poderoso el campo de fuerza. Incluso la luz que, es mejor recordar el enunciado de Planck, viaja como una onda de alta frecuencia pero se comporta como una partícula de alta energía cuando toma contacto con la materia, hablamos entonces del fotón, ese elemento que choca contra los objetos y permite a nuestros ojos ver, el fotón, decía, también cae hacia el núcleo gravitatorio del Agujero Negro. Y conviene destacar que cae tan libremente toda materia debido a que el objeto, el cadáver nuclear de la estrella, no emite ningún tipo de radiación desde su interior masivo hacia el exterior, por lo tanto ninguna fuerza ofrece una resistencia que repela o que compense el derrumbe gravitatorio hacia el núcleo estelar.

Si tenemos en cuenta que el tamaño observable de cualquier estrella de universo, su volumen, durante su vida activa o secuencia principal, como se le llama a esta fase de fulgor estable, es resultado de dos fuerzas opuestas, la del poder gravitatorio o campo magnético, que lleva a la materia a derrumbarse sobre su mismo núcleo, y una fuerza opuesta que limita el cierre sobre el mismo centro, y se trata del propio calor. En efecto, es la radiación misma que, como sabemos, expande toda materia, la hincha, por ende se opone al derrumbe y determina el límite al poder atractivo que intenta compactarlo todo contra el centro de gravedad. De esa manera, el tamaño de un astro es resultado de esas dos fuerzas opuestas, la gravedad que intenta comprimirla y la radiación que, al contrario, la expulsa hacia el exterior, resultando en una esfera visible de un tamaño resultante. Como decía, ese equilibrio de fuerzas contrarias da como resultado siempre el tamaño aparente de una estrella. Pero avancemos un poco más para conocer las diferencias mecánicas entre una estrella y un agujero negro.

Un astro activo mantiene su tamaño con algunos ligeros cambios en las distintas etapas de su vida hasta que llega el final. Pero una vez que un sol como el nuestro ha consumido todo su combustible, la radiación ya no cuenta y el objeto, por lo tanto, sólo está sujeto a la tracción de la gravedad.

Entonces aparecen en escena las distintas maneras de manifestar ese final. Allí entra en consideración una variable significativa a tener en cuenta: el tamaño, la cantidad de materia o masa de la estrella. Tras finalizar la fase activa, las más pequeñas, como por ejemplo el Sol, nuestro sol, simplemente agonizan apacibles y finalmente se apagan, volviéndose objetos fríos y opacos. Mientras que las estrellas muy grandes, más de cien veces el tamaño del nuestro, inician un colapso espectacular en varios pasos pero cuyo resultado final es que estallan produciendo el fenómeno estelar llamado nova o supernova. La masa total se expande miles de veces en un estallido cuya luminosidad puede ser vista desde cualquier lugar de nuestra galaxia e incluso desde otras comunidades de galaxias distantes. Esa materia desintegrada y de muy baja densidad finalmente se enfría y apaga.

Ahora, bien, las supernovas, decíamos, estallan pero dejan tras de sí un residuo, un núcleo masivo, oscuro y muy poderoso. Son esos núcleos pesados, precisamente, los que evolucionan a Agujeros Negros y cuyo primer alimento en su larga vida voraz es la propia materia antes liberada durante la explosión y luego inerte, opaca, ahora de nuevo reunida con un destino menos, o acaso nada, luminoso. Es de conclusión inmediata que esa materia muerta atraída de nuevo al núcleo no vuelve a la actividad, no emite radiación alguna ante la fricción de partículas y si acaso produce calor, que es probable, no es verificable, pero que sí se manifestará, como resultado del incremento masivo, en un aumento proporcional del poder de gravedad. Y cuanto más grande más pesado, y cuanto más crece más extiende sus brazos, ampliando el radio de influencia y capturando materia cada vez más lejos, fagocitando incluso otros objetos más pequeños de otras o incluso de su misma especie. Por ende, un agujero negro sólo puede crecer de manera indefinida, de allí su poder aterrador.


Por ese motivo no emite ningún tipo de partícula u onda que oponga una resistencia o contrarreste a la caída de lo que captura el objeto. Así comienza la vida activa de un agujero negro. Y es negro, porque si observáramos esa porción del cielo advertiríamos un boquete oscuro en el cielo. Pero esto es sólo a simple vista, ya que si estudiáramos al objeto en diferentes radio-frecuencias, verificaríamos una actividad inusual como, por ejemplo, el efecto Doppler sobre la luz que lo circunda o que viaja en las cercanías del ogro estelar, una característica del movimiento que es mejor recordar..." 

Barón Carlos Rigel


Copyright®2014 por Carlos Rigel

2 de julio de 2014

Ruido "literario"



La llamada "movida" no contiene nada. 
Es cáscara y sólo ha llegado para ocultar la aparición 
de un artista destacado, mediocrizándolo todo y
volviéndolo fútil, duplicando la cuota de trabajo de
quien acaso tiene alguna cualidad sobresaliente. 
Presagio incómodo de Ortega y Gasset, la vulgaridad 
se ha revelado tomado la delantera. Para esta 
nueva corriente de amateurs y allegados, la audacia 
compensa a la ausencia de técnica, de estilo, 
de conocimiento y de lectura analítica.

Congresos internacionales, cursos de escritura, encuentros de lectura, simposios, cafés literarios, coloquios, torneos de escritura, olimpíadas de letras, mundiales de poesía, caminatas por bosques culturales, presentaciones en organismos públicos, en bibliotecas deslumbrantes, ofertas de escritores fantasmas, ofertas de talleres on-line, concursos de narrativa, certámenes, ruido, ruido y más ruido.

Y lo cierto es que no han generado un autor destacado que merezca ser tenido en cuenta, un escritor que deba ser recordado, o una página memorable, una metáfora fresca o precisa o exacta o existencial o empírica o filosófica o marxista o contracultural, una llave de acceso a lo fundamental, un verso que deje huella o roto o especular o concéntrico, ni un alejandrino perfecto o una oración que parta de un hachazo a la vida o al amor o al mundo, un epicentro que haga eco y que perdure por fuerza de los escombros y las ruinas o la génesis de un pensamiento nuevo.

Sólo embeleso, preciosismo y más embeleso, y el desmayo frente a la palabra propia; eso y el CD explicativo de lo que no dice o no evidencia. Decía una vez Abelardo Castillo que la invasión de amateurs en la escritura se debía a que era, acaso, la corriente artística más económica. Claro, filmar, fotografiar, actuar o pintar es caro. A esa baratura debemos incluso la proliferación de autores "terapéuticos", es decir, quienes no cuentan con los 800 pesos mensuales para pagar 4 sesiones al mes de psiquiatra o de psicólogo; entonces se anotan en un "taller de escritura", que quizá les sale gratis, y allí disponen de un público obligado a escuchar las sandeces que escriben. Para ellos es el "techo", la cumbre. Entonces hinchan las pelotas con poemitas y escritos de poca profundidad pero que, sin embargo, por ellos es que esperan nuestra admiración, la mano cálida, la palabra grata y estimulante. O el Nobel.

Como quienes se me acercan para sugerirme que escriba el libro de sus vidas porque aventuran que me llenaré de dinero; suponen que será un éxito editorial. Y quizá se han pasado la vida fichando, gastando las veredas de la casa a la despensa, o cuya experiencia sobresaliente ha sido soportar la cola para pagar la luz o llevar una pancarta con alguna boludez o del Papa o de los desaparecidos o de la guerra o de la Paz o de los fondos buitres, lo que dicte la moda. Son los protagonistas de la nada. 

Y yo de nuevo les respondo que si son autores de la Teoría de la Relatividad Enquistada o mejores que la Madre Teresa de Calculta o si disponen de 30 mil pesos, lo hago, genus irritabile vatum, sí, lo hago. Pero hay quienes no son tan atrevidos y creen tener la dosis necesaria de éxito en la vida y se lanzan a la aventura de atormentar al prójimo con sus escritos, de contar lo mismo pero con la oración dada vuelta. Y nunca algo nuevo.

Tanto ruido y sólo más ruido pero ¿dónde está el Balzac de este tiempo? ¿Dónde el Góngora o el Lorca? No hacen falta binoculares para mirar esta edad: La metáfora está muerta. 

Barón Carlos Rigel



Copyright@2014 por Carlos Rigel

24 de junio de 2014

El relato de los buitres


Tenemos a un nuevo demonio causante de la totalidad 
de nuestros males. Nunca somos nosotros mismos 
ni los delincuentes que solemos votar. Los buitres son 
carroñeros, es cierto, despojan de tejido a un muerto. 
La pregunta es si se trata de un cadáver producto de 
muerte natural o de un crimen.


Hay un nuevo demonio que nos impide ser irresponsablemente felices. En efecto, se trata del Juez Thomas Griesa, símbolo capitalista de un búmeran lanzado al aire hace años y que, una y otra vez, la aerodinámica hiperbólica de los compromisos incumplidos nos vuelve a traer para machucarnos la nuca festiva de pueblo inconciente. Es que el impulsor de nuestros males siempre parece estar afuera, y nunca son quienes votamos. Recordemos la lista de Ministros y Secretarios que encabezaban comitivas a los distintos organismos de crédito internacional para pedirles que nos solventaran la fiesta, los bonos y letras de cambio emitidas al mercado acordes a un crecimiento jamás tenido. Esos Ministros y Secretarios cobraron sus comisiones, sueldos, viáticos, y ahora el fardo es nuestro. 

Pero, ¡claro que nos olvidamos de las fiestas!, ¿o acaso nadie recuerda a taxistas y quiosqueros de vacaciones por Grecia, brindando con champán en la época del uno-a-uno? Enumeremos, en un ejercicio asqueroso, la lista de Ministros desde Grinspun hasta Capitanich, pasando por el nefasto Cavallo, la versión democrática del "Martínez de Hoz" del Proceso. No eran los salvadores, sino los entregadores de nuestras finanzas. Ahora debemos hacernos cargos de sus "éxitos económicos", o disfrutados o padecidos por nosotros.

Se trata del reclamo judicial de tenedores de bonos de la deuda que, alegremente, emitió, entre otros, el extinto Cavallo, y reafirmado tres veces Ministro de Economía –para que no quepa duda alguna– y hoy renovado en sus fórmulas, causa de los mismos inversores y prestamistas a quienes, luego de entregarnos sus dineros a la banca nacional, les hicimos en las narices "pito-catalán" con el default en épocas del anacrónico Rodríguez Sa, declaración aplaudida y ovacionada por el Congreso Nacional antes los ojos del mundo, esos ahorristas o financistas a quienes el actual gobierno les impuso, a cara de perro, un plazo y un precio bajo amenaza de quedar fuera de cualquier recupero futuro. Incluso a comienzos de la década kirchnerista se saldaron algunas deudas, pero fue un ilusión para aquellos y para nosotros, porque fue el encaje para recuperar el crédito y volver a pedir. Hubo quienes aceptaron el canje por otros títulos nuevos cuyas fechas también expiraron, bueno, por efecto de la entropía euclidiana del tiempo: los años pasan. Pero hubo otros quienes capturaron esas letras, las reunieron y esperaron. Aunque después descubrimos que ese dinero para saldar deudas se lo dimos a los nuevos garcas, que eran los mismos que los de antes, es decir, a Báez y al finado Néstor; o nos lo quitaron o se los permitimos robar, es lo mismo.

Hace unos años supe el caso de un empresario griego que tomó bonos de la deuda argentina por valor de 720 millones de dólares de su fortuna personal, títulos emitidos por la Casa de la Moneda de Gostanián, ¿lo recuerdan?. Y desde que vencen los plazos comienzan los versos, las idas y vueltas, y el reclamo correspondiente del cobro. Y en el resumen final, las cifras se duplican o triplican por los intereses, la inflación internacional, las costas del fallo judicial y la comisión de los abogados ajenos y propios; todo sobre las espaldas de los argentinos. Una y otra vez, los juicios de los pito-catalanes pasados nos caen en la cabeza, porque es como manejar borracho a alta velocidad y chocar contra una familia en bicicleta y matarlos a todos, pero salvarse uno mismo y quedar en coma. Y ahora, tras el despertar clínico, decir: "Pero, ¿cómo, me van a hacer juicio? ¿Si yo también la pasé mal?".

Ahora, esos y otros bonos alegres de nuestras democracias consecutivas de los últimos 30 años, o lejanas o recientes, regresan con los fueros de su lado. Quienes nos llevaron a la quema, también contrajeron las deudas originadas por pésimas administraciones o por las fiestas o las estafas; y se fueron; o todavía están. Estos son los resultados. Y vimos que las consecuencias se acercaban, pero creímos que el vivido estado de coma económico y social, los trueques del pretérito y la crisis, bastarían para librarnos de las culpas de haber votado una y otra vez a desmesurados hijos de puta en nuestros gobiernos. Así terminan los fervores pasados. Y si con la apertura democrática debatíamos ardientemente, y como buenos pelotudos, la legitimidad o ilegitimidad de 45 mil millones de deuda externa; ahora son escalofriantes 250 mil millones. El valor de dos o tres provincias de la patria.

Ya vimos los tironeos con la Fragata Libertad retenida en Ghana, resolvimos el rescate y el regreso de la nave escuela marítima, pero la orden de embargo continúa. Es que cagamos a medio mundo con el verso de la apuesta al crecimiento y el desarrollo. El reclamo es legítimo, porque fue legitimado con nuestros votos y con nuestros aplausos. Es más, ahora mismo también estamos homologando los reclamos del futuro, para el después, cuando los juicios lleguen lento pero a tiempo de una deuda externa cuadruplicada en apenas tres décadas; se multiplica a sí misma cada diez años por la obra de los brillantes estadistas que conducen nuestros destinos al ocaso. 

Ahora hay que tratar de allanarle al juez Griesa de los EEUU un "Consejo de la Magistratura" intervenido con loby de los pibes de La Cámpora; o quizá promoverle un juicio político, como a Campagnolli. Veamos cómo dice el Secretario Foster que debemos pensar estratégicamente acerca de los llamados fondos buitres, es decir, el reclamo judicial de la suma de las estafas a la banca exterior organizadas por los últimos seis gobiernos democráticos –dos de ellos reelegidos–, y que incluye al actual con cargo de hambre y postergación social pasada, presente y futura de nuestro pueblo. O se refinancian con mayores intereses y nuevos plazos –que seguramente vencerán impagos–, o se contrae deuda nueva; quizá ambos. El futuro está vendido. Pedimos dinero e hipotecamos la casa para celebrar el cumpleaños de quince de nuestra hija, vencieron los plazos y, haya salido lindo o feo, hay que pagarlo. De eso también trata el juego de votar delincuentes simpáticos. O de qué pensaban que se trató el éxito de la visita al Club de París ¿de regalos? Se le debían al Club 4 mil millones, con los intereses sumaban 6 mil millones en total, pero fue acordado el pago de 9 mil. Los 3 mil excedentes corresponden a supuestos "punitorios" que, al parecer, no estaban incluidos en los intereses. A fin de cuentas, nuestros dineros defendidos con poco patriotismo. El Club de País, contento, más que feliz. Y sí, hubo regalos.

Barón Carlos Rigel


Copyright@2014 por Carlos Rigel

28 de mayo de 2014

Carta cerrada






Si viera el mundo de las realizaciones del hombre, de los éxitos, de la equidad, de la Paz y la armonía, celebraría como un hombre satisfecho más, uno del montón, uno que alza la pancarta mientras besa una botella sin pensar que transita descalzo el pavimento. Detesto vivir exhausto de aturdimiento, avergonzado por gobiernos pueriles de una intachable ordinariez, odio tener que mirar con desconfianza las sonrisas populares. Pero para ver logros debo desver robos y estafas, para escuchar discursos debo desoír las trampas, para lanzar una bengala debo quitarle al plato a alguien, para vivir satisfecho de mi coima debo olvidar el reclamo de los justos, debo soportar que unos hagan negocio, sepultando a los siempre depositarios de la hambruna; renunciar a la realidad para llenarme con la actualidad, aceptar que los mejores, o los cercanos, destacan, y olvidar al resto como si nunca hubieran existido, renunciar a los radares de mi inteligencia, de mi intuición, de mi lucidez, que me vuelven un eterno ofuscado, para aceptar mirar la realidad por un tubo de dos pulgadas y sumarme a los festejos abiertos de no fijarme en los costos futuros cuando ya los vi antes. 

Y pienso, entonces, en un pibe, uno cualquiera, uno a quien no le di educación, ni alimento, ni abrigo al frío, y lo golpee, y lo insulté, y lo robé, y lo violé. Y ahora ese pibe creció y se dedica al robo, al paco, a la violación, al asesinato. Se abren dos caminos: Uno es expulsarlo, cuidarme de sus fechorías, observarlo, monstruizarlo y demonizarlo, despreciarlo, prevenirme contra el robo, amenazarlo de muerte; incluso asesinarlo previendo lo inevitable. Otro camino es, con adulaciones, pícaramente adornarlo, destacar el valor de sobrevivir a una vida dura, contratarlo, nombrarlo sobreviviente y héroe, y aprovechar sus cualidades en el delito antes que lo haga otro; decirle: "Sos ejemplo y maestro"; condecorarlo capitán de su camino y teniente de otros destinos. Y volverme rico en su marginalidad; ser su dios y él mi Cristo. Pero nunca pensar en la otra alternativa olvidada, que es comulgar en el fracaso y decirle "No es tu culpa, me equivoqué. Todo salió mal."



Donde hubo risas siempre quedan lágrimas. "Este es el camino, no hay otro", escuché una vez. "Es lo que merecemos", dicen otros, bajando los brazos, acaso completos de resignación, pero quiero pensar que conservamos una reserva de equidad en nuestros corazones, y que cuando nos piden un pan no damos una piedra. "En la vida hay que elegir", nos decía una campaña política de hace pocos meses. "Ellos", incluso, establecen qué debemos elegir, como quien dice: "Entre el SIDA y el cáncer terminal, ¿qué elegís?" o, igual de brutal, "entre perder una mano o un pie, elegí". Pero incluso, la ilusión de optar es una trampa, porque sabemos que tras la elección nada cambió. Sólo buscaba consenso para seguir, demostrándonos así que sin él también se puede, desobedeciendo el resultado de la consulta. No hubo cambios en el rumbo, sino confirmación por inercia.

Y no es que quiera libremente ser un retobado, pero no puedo celebrar mi jardín cuando crece cercado con alambres electrocutados. No es así. No es lo que quiero ver, pero no puedo optar con salud el absurdo alegre cotidiano para no ver donde mora la razón amarga de padecer una tectónica social de placas, todos desunidos, alegres pero enemigos, amargos, risueños o falaces. La vergüenza nos sienta bien. No pienso con mi bolsillo, no mido mis éxitos o fracasos ni los comparo con la desgracia o el mérito de nadie. Pero estamos rodeados de capitanes en el delito, de adulones, de festejos injustificados, donde para aceptar los logros de esta edad debemos mirar por el tubo indicado y regalado para no ver el revés de la moneda. Nos dan las instrucciones de adónde ver y cómo se debe mirar. Y sonreír. Aislarme holístico en la montaña a meditar la existencia y olvidar a quienes viven abajo con una hernia en el corazón. No mirar, y no mirar, y no mirar, hasta que no existan más.

A los argentinos no nos interesa la verdad, sino estar contentos. Quisiera mirar de otra manera, pero no puedo. Ver donde "ellos" esperan que yo vea, implica una renuncia a la moral, a la ética, a la estética, y es lo único que tengo, además de un par de zapatos gastados.

Barón Carlos Rigel

Cppyright@2014 por Carlos Rigel

15 de mayo de 2014

Zombis en la penumbra


Hace algunos años pregunté 
desde cuándo era que los gobiernos nos decían 
a los autores cómo debíamos interpretar la realidad. 
Hoy no hay pregunta, sino una alarma.

Quien haya leído el conjuro de George Orwell sabe cómo entender las señales de un tiempo nefasto. Se suponía que el mundo intelectual operaba como una trinchera estética y ética de preservación social frente a los abusos y los atropellos de los Estados y los gobiernos, una voz independiente y solitaria, una alarma crítica cuyo umbral de dolor civil estaba autodeterminado por su propia conciencia y no reglada por los regímenes de la Tierra. Y Orwell, precisamente, tras renunciar al marxirmo stalinista –luego de haber sido simpático con la revolución rusa–, dedicó su obra a explorar a ese Estado intolerante, inhumano y militarizado con una obra de ficción poderosa con títulos inolvidables como las novelas Rebelión en la granja (Reino Unido, 1945) y, quizá las más famosa, la distopía 1984 (Reino Unido, 1949), cuando idealiza al mundo resultante del stalinismo casi 40 años después de su presente –recurso también empleado por Hugo Gernsback con el nazismo, y cuyo nombre de pila hoy reviste un premio importante de la ficción-científica– para revelarnos el lado interno de un Estado policial llevado al extremo de la observación individual, persecutoria y restrictiva, y que la crítica literaria y hasta histórica o sociológica de la segunda mitad del siglo XX, concluyó en que con ella conjuraba, allanaba, la difusión del marxismo, impidiendo que se consumara en la sociedad humana por rechazo a una desproporción brutal pero posible. 

De esa historia de ficción ejemplar provienen los recursos literarios plasmados hábilmente como las "pantallas" de video internas para la vigilancia de cada hogar y de cada individuo por un Estado central invisible y casi anónimo, cuyo líder superior –real o ilusorio, aún dentro de la ficción– es el Gran Hermano o Hermano mayor. También la intervención directa del Estado en la supresión de términos y palabras en la confección de los diccionarios de uso público cada vez más reducidos y simplificados –porque filosóficamente su autor se inspiró en una premisa inductiva: Aquello que no se puede nombrar no puede ser pensado, y lo que no puede ser pensado no existe–, la eliminación de los sentimientos en favor de las relaciones mecánicas de procreación, el estado de guerra permanente como parte del "relato oficial" contra un enemigo del cual no se sabe si es real o inventado, las ejecuciones públicas de los enemigos del sistema y la promoción de eventos de asistencia obligatoria para la descarga regular del odio y el resentimiento acumulativos. 

Escena de la película Brazil (Terry Gilliam, 1985), versión libre inspirada
en la novela de Orwell.
Ese sistema le dice al individuo quién es el enemigo y quien el amigo, cuál es la matemática aceptada y cuál la perniciosa, cuál es la verdad y cuál la mentira, cuáles las formas de pensar y expresarse, y cuales las condenables (llamadas crimental), cuáles son los sueños aceptados y cuáles los delictivos, cuál es el lenguaje, el idioma, y cómo proceder en la intimidad como un miembro afiliado "sano" de un partido único y absoluto llamado INGSOC, herramienta de un estado totalitario. Incluso ese régimen posee el atributo de cambiar el relato histórico sin necesidad de dar explicaciones y cuya aceptación social debe ser inmediata y sin objeciones particulares: "Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado". Cualquier transgresión de las normas establecidas por el sistema merece la detención, la interrogación, la tortura y luego de una confesión pública de reparación, el asesinato, la eliminación total del cuerpo físico, de la historia y de los registros individuales y comunales. Algo así como no haber existido nunca.

Escena en la versión del cineasta Michael Radford, Inglaterra, 1984.

Hasta me sentí agradecido con la obra y su autor, un agradecimiento superior al literario. Era la voz que vociferaba advertencias desde las márgenes urbanas de un siglo anacrónico y de múltiples engaños; él junto a Huxley y Bradbury en la confección de una trilogía ficcional inquietante que debíamos tener sembrada en la profundidad de nuestra conciencia civil. Ahora sabemos que para completar el paradigma de la utopía en el pensamiento de Montaigne, recobrado anteriormente por Tomás Moro cuando se inspira a su vez en los escritos de Platón, debe existir la distopía como una alarma que arruine la fantasía de habitar una sociedad perfecta e idílica sin saber quién nos ofrece la panacea; acaso para poner los pies en la tierra y leer entrelíneas los discursos. Y cuando pensábamos que la tapa conceptual estaba puesta, segura, no lo estaba. Y el frasco se dio vuelta.


Hoy la voz en el desierto no clama: Toca la flauta por monedas. Es el flautista de Hamelin y acaso la parte menos contada de la historia, la segunda parte, cuando lleva niños al río y no ratas. Es el nuevo báculo "Made in China" de Moisés, pero sin tierra prometida, sino de camino al abismo. Las aguas se abren para recibirnos; la trampa se halla en el medio, cuando el punto de partida esté demasiado lejos para regresar y la otra orilla parezca inalcanzable. Sigamos adelante mientras tanto con los ojos bien cerrados, a ver qué pasa.

Casi 90 días después de comenzadas las protestas en Venezuela tenemos el deber de preguntarnos qué es en verdad lo que ocurre allí, por qué están muriendo, por qué, aún con temor de la captura, la tortura y la muerte, siguen saliendo a las calles, arriesgando sus vidas y a sus familias. "Chavez fue para Venezuela lo que Hitler para Alemania", dijo Vargas Llosa, con quien jamás creí tener un tilde de acuerdo, ni como hombre político ni como estilo narrativo. Pero es tiempo de meditarlo.


Hugo Chávez y las FARCs, durante la planificación del
golpe de Estado al ex Presidente Carlos Andrés Pérez

Es mi última nota sobre el alzamiento popular de Venezuela, que tanta mala sangre me ha traido. Yo sé que acepté un camino solitario y hasta repelente para la mayoría de mis lectores, con pérdida de compañeros en las redes sociales, pero no todos somos zombis ni de uno u otro sistema. Huir del capitalismo descontrolado en el que vivimos hacia los brazos del marxismo feudal, es como huir del SIDA en dirección al cáncer terminal. Mientras tanto, luego de mandar oportunamente a la putísima que los parió a todo el movimiento bolivariano de América, el mismo que nos ha traído al castrismo oculto en sus bolsillos, vuelvo a preguntar ¿cuándo fue que nos enseñaron a separar al Terrorismo de Estado malo del bueno?


"Periodismo es publicar lo que alguien 
no quiere que publiques, todo lo demás 
son relaciones públicas".
                                             George Orwell

Barón Carlos Rigel


Copyright@2014 por Carlos Rigel

11 de mayo de 2014

Apóstoles de Freud



La raza nueva, 
los mismos apóstoles de siempre


Hace apenas horas un amigo novelista premiado y reconocido, contó en su muro, con detalles bastante inquietantes, un sueño incómodo y estridente que tuvo. Y preguntó si alguien sabía algo acerca de sus símbolos. Reconociendo yo algunos de los detalles, inspirado acaso en Jung, discípulo de Freud, hice mi comentario junto a otras amistades del escritor. E hizo su aparición una apóstol del psicoanálisis, burlándose de la totalidad de los comentarios en un acto de superioridad relajante y hasta insolente. 

Y así, ida y vuelta, se dio un debate laxo y harto innecesario, un mano a mano, entre ella y yo. La rareza es que de todos los comentarios, el más coqueto, el más "académico" y hueco, era el de ella, ya que no aventuró conclusión alguna sobre el sueño en cuestión y se limitó, luego de expresar la burla hacia los demás, a exponer sus conocimientos facultados en un barullo acostumbrado y perfectamente hueco. No tiene nada nuevo para aportar, sino la actitud soberbia de tirarnos con un título encima, avalado por el dios Freud, y revelada en su consejo final al dueño del sueño de que utilizara esos símbolos oníricos en una nueva novela, cosa también fútil cuando es dicha a un escritor premiado con 20 títulos inmejorables. Nada al fin que merezca rescatarse, sólo el desagrado de su soberbia entrando como un hacha de bajeza facultada entre los allegados del escritor.

La otra inferencia parabólica de este tiempo que completa el binomio es que semanalmente visito yo a una parapsicóloga amiga familiar de muchos años, una vidente quien me dispensa el trato y los cuidados de un hermano menor. Nunca hay predicciones hacia a mí, tampoco consultas de mi parte, pero sí un café amable y el encuentro ecléctico y hasta errático con la hermana mayor que nunca tuve. Pero no soy su paciente, apenas un amigo. 

Sin embargo, cíclicamente reconozco entre ellos, sus pacientes, a un médico, un técnico en comunicaciones, dos abogados y, he aquí el misterio, a tres psicoanalistas, cuando menos, quienes le dejan "la cabeza a la miseria", en palabras de mi amiga; de allí, quizá, el motivo de mis distentidas visitas, más próximas a la amistad que a la indagación del tiempo y sus vaivenes. 

Ellos, los psicoanalistas, son el nuevo apostolado y son parte del problema, no de la solución de nuestras malformaciones, sino un componente más de la deformidad social que vivimos. Antes la humanidad venía observado a quienes intentan sobresalir por encima del orden humano y desde ese púlpito ceñestial, nos observan a su vez, como bichos de estudio. Sólo ellos tienen la explicación justa y exacta, y mientras nos dispensan sus recetas, debemos convocarnos al silencio porque son los obispos y cardenales del nuevo reino, que a fin de cuentas es el mismo de antes. Únicos representantes del dios Freud, sus apostolados están verificados por nuestras facultades como para agregarle solemnidad de clase. No son parte de la sociedad deforme en la que vivimos y trabajamos, sino que son visitantes inmaculados de galaxias lejanas llegados para iluminarnos. Tan risueños son.

A bajar los humos porque nadie sobresale por encima de la biosfera donde vivimos: pocos superan los dos metros de altura, aunque dicha estatura no se mide en centímetros.

"Un psicoanalista sólo tiene derecho a sacar una ventaja de su posición, aunque ésta por tanto le sea reconocida como tal: la de recordar con Freud, que en su materia, el artista siempre le lleva la delantera, y que no tiene por qué hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino."

Jacques Lacan, 
durante el homenaje a Marguerite Duras 


Barón Carlos Rigel

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