6 de marzo de 2012

Trípodes y el unicornio


Dicen que para enfrentar una crítica siendo objetivos, debemos dejar pasar el tiempo para hacerlo desprovistos de pasión y ansiedad. Bien, lo dejé pasar.


Y veía de nuevo las escenas de La guerra de los mundos, de Steven Spielberg, inspirada en la novela de Herbert George Wells cuando aún tengo vívidas las imágenes de la versión de 1953 dirigida por Byron Haskin de cuando mi viejo me llevó a verla… ¡Pero qué desencanto!
Recuerda la historia norteamericana una noche de pánico allá por 1936 cuando el actor y director Orson Wells llevó a la radio una adaptación de la obra The War of the worlds de H. G. Wells, con una ficcional cobertura periodística tan vívida que irradió el terror a los oyentes de la emisión porque creyeron que esa noche, en verdad, estaban siendo invadidos.
Se trata de la misma novela, aunque pienso que en esta última, Spielberg, le debe más al escritor inglés Christopher Priest, autor de La maquina espacial (1976), que al mismo Wells.
En la obra de Priest, recuerdo que a fines del siglo 19 una pareja de viajeros aborda la maquina del tiempo, y por esas cosas de espacio einsteniano arriban a Marte mientras los marcianos ultiman los detalles del ataque a la humanidad. En el planeta rojo habitan dos especies extraterrestres, una monstruosa y sanguinaria en sus costumbres alimenticias —no más que la nuestra—, y la otra humana, subyugados éstos últimos como esclavos y como alimento. Y los monstruos de la historia, precisamente, se desplazan en máquinas de altura provistas de trípodes desde donde observan las actividades humanas a través de ventanillas circulares de vidrios negros. Por otra parte viven a base de sangre humana, por eso los crían a éstos como a ganado, para proveerse de fluido fresco como único alimento.
Nuestros dos viajeros terrestres también resultan elegidos por los monstruos, junto a otros humanos de origen marciano, para abordar una de las naves que vienen a invadir la Tierra, bueno, como parte de la provisión de víveres.
Bien, pero la película de Spielberg también le debe un trago largo a la novela Fade out (Los visitantes, 1975), de Patrick Tilley cuando recupera el concepto de una invasión intraterrestre, porque en la historia de Tilley, las naves que invaden a la humanidad y paralizan al mundo, no bajan del cielo sino que afloran de la tierra bajo nuestros pies, donde yacían enterradas en la espera del momento elegido para actuar.
Como vemos, no hay obra absoluta de nacimiento ya que resume una genética de la creatividad cuyos orígenes se pierden en los albores de la historia humana. Cada autor, aunque no lo busque, adhiere a los cincuenta o sesenta siglos previos.
Y como asistimos a una edad ruidosa pero sin ecos de eternidad es bueno dejar que el tiempo pase frente a obras contemporáneas para observarlas desapasionados, libres de prejuicios y lecturas engañosas de taquillas y anuncios espectaculares.


De la versión de Spielberg me cabe destacar que tras verla varias veces no me terminó de convencer. Más bien me resultó una guerrilla de conflictos humanos y familiares menos que una guerra entre especies. Su corta extensión interior —dicho desde la maduración del tiempo del espectador—, la inexistencia del panorama mundial, la ausencia de ciudades arrasadas o acaso la falta de posesión de imágenes o escenas que afirmen el poderío extraterrestre por sobre el humano, y tal vez la falta de tensión institucional, creo que le restó eficacia a la poderosa historia de Wells. Algo así como ver el asalto a un banco a tres cuadras de distancia.


La ausencia de la voz de Morgan Freeman en el desarrollo de la historia también nos abstrajo del estilo narrativo abierto al comienzo, tan parco que hasta la sentencia final quedó descolgada. La composición general me sonó más bien a un atentado terrorista contra los Estados Unidos en la segunda página del Washington Post, que a una guerra inter-especies que ocupa la primera plana del mundo. Menos espectacular que una agresión real de las que ya sabemos.
Se hace evidente que aplaudir demasiado a los directores desfigura el esmero por sus desafíos. Así nos pasó con nuestro Eliseo Subiela. A diferencia de aquella película que siendo chico me aterró, La guerra de los mundos de Spielberg es un film que no pasa de ser un tibio desafío tecnológico de computadoras, resolviendo movimientos virtuales de objetos inexistentes —como se hace ahora— en cada escena.
La buena y por momentos sobreactuada caracterización de Tom Cruise y la adecuada pero no brillante actuación de Dakota Fanning, no alcanzan para cubrir los baches narrativos, cuando todavía recuerdo el ataque de xenofobia que sufre la protagonista de 1953, Sylvia van Buren (la actriz Ann Robinson) —recordemos que en la historia para esos momentos ambos protagonistas se ocultan en un sótano— cuando resulta manchada con sangre alienígena luego de que el Dr. Clayton Forrester (Gene Barry), le encaja un fierrazo a un extraterrestre, pequeño detalle que nos muestra que el enfrentamiento no es sólo tecnológico, sino un conflicto territorial y de especies: Es la sangre de ellos o la nuestra, con repulsión incluida.



Por otra parte recibo en préstamo la edición prometida por su director en DVD, me refiero a Blade runner (1982) del británico Ridley Scott, en una presentación cuidada aunque la imagen del envase resulte una patética muestra del diseño gráfico del tercer milenio, como si en ella anunciara una película de Will Smith contra el Hombre Araña o algo por estilo. Bueno, caramba, pero qué calidad de imagen y de sonido… Si recuerdo a Scott durante una entrevista cuando decía enfurecerse al ver el resultado deplorable de las copias en cintas alquiladas en los videoclubes, porque el original tenía una calidad extraordinaria. En efecto, así es.
La vi como nunca antes, incluida la escena del unicornio, más tarde eliminada del original, en un momento expansivo de furia sagrada. Hay una combinación de sentimientos sensuales que esa imagen me produce cuando la veo enfrentada a la mugre de Los Angeles, a la duplicidad de lo humano y lo artificial, y de pronto comprendo la singularidad que el místico unicornio representa en ese momento privado de la historia. Si es acaso el epicentro de la misma.
Elegida recientemente como la mejor película de ficción científica e inspirada en la novela de Philip Dick Do androids dream of electric sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), su título no deja espacio a duda sobre el contenido urbano, futurista y filosófico de un mundo con bases de silicio que todavía no encuentra las respuestas elementales de la existencia.
La división de clases entre los de arriba y los abajo, resulta patética en una ciudad en la que la clase pobre y corrupta vive a nivel del suelo, mientras que las clases inteligentes y pudientes viven en los pisos altos, en bloques de viviendas sólidas, como ciudades verticales. A su vez, el parque automotor evidencia clases polarizadas a ultranza entre modelos 1960 y vehículos complejos y aéreos.
En una ciudad medieval de marginalidad veremos a androides —réplicas como prefirió llamarlos Scott— convertidos en objetos inhumanos llenos de humanidad. Zhora (la actriz Johanna Cassidy), la mujer artificial que brinda el espectáculo tétrico de hacerse el amor con una serpiente en un bar nocturno del barrio chino —felizmente no filmada por Scott aunque sugerida—, de pronto se transforma ante nosotros en un reptil letal, lleno de odio y crimen, una especie de mamba ultravenenosa. No puedo abstraerme de imaginar a una serpiente devorando a otra de su misma especie cuando la vemos demonizarse mientras intenta ahorcar al detective Decker (Harrison Ford), su obsesivo persecutor, lo que me lleva a suponer el estímulo de Scott para con los profesionales en busca de tomas concisas y marcadas de fuerte personalidad.


Roy Batty, modelo de combate (el actor Rutger Hauer, en un momento de su carrera para la eternidad) adoptará actitudes caprichosas, cínicas y destructivas. León, otro androide (el actor Brion James) nos dejará boquiabiertos cuando está a punto de insertar sus dedos en los ojos de Decker en venganza por la muerte de Zhora.
Como ya una vez escribí acerca de la entrega apasionada de la androide Rachael en los brazos del detective Decker, es que ahora evito rememorar ese momento sublime del cine universal. ¿Pero qué es lo nuevo si hasta aquí tienen un comportamiento perfectamente humano?
Sin embargo, nos sorprenderá una y otra vez la redención final de Roy Batty (R. Hauer) emblema de la ciborespecie sobre el cierre de su propia agonía, cuando salva la vida de quien lo persigue para asesinarlo, y frente a él, por un instante pequeñísimo, hace una poesía infinita de su paso corto y agradecido por la existencia. Al final sonríe en un destello mágico de aceptación frente a lo inevitable, ya sobre el derrumbe de su conciencia, y redimido como persona, muere. 
La metáfora excede lo creativo: Se puede vivir como monstruo y sin embargo morir como hombre. 


En esta etapa de la humanidad, Blade runner en la composición de Philip Dick y Ridley Scott, viene a cerrar el paradigma abierto por Frankenstein (1818) de Mary Shelley cuando  sintetiza la futopía del simil, lo quasi-humano: Bestia cruel y compasiva, criatura emocional y sanguinaria, dios electrónico y nano-ameba virtual, amorfo mecanismo de superfluidos, defectuosa perfección con sentimientos y conciencia. El futuro viene rápido hacia nosotros y nos sonríe, pero exhala neón.
Una delicia volver a verla, porque también destaca una edad en que los directores no se conformaban con irreales tomas de computadora, sino que originaban ciudades completas en escala, lo que brindaba la posibilidad de tomas de excelente calidad, iluminación artística y foco perfecto.



Sólo le reprocho a Scott la eliminación en la versión nueva de la escena final de la fuga en la versión de 1982, cuando vemos por primera vez a Decker muy feliz de escaparse con la androide Rachael —lo suponemos, ya que a ella no se la ve— en un día por primera vez soleado, atravesando un valle de pinos y verdes y montañas, en contraste con la lluvia de un millón de años que parece atacar a la mugrosa ciudad de Los Angeles, sumiéndola en la espectral humedad, las goteras y el incesante repiquetear del aguacero que nos hace incomodar porque migran a nuestra humanidad vagos recuerdos de La lluvia (1951) de Ray Bradbury, con astronautas perdidos en un Venus lluvioso hasta la inclemencia, con olores de ropa mojada, zapatos reblandecidos y gomosos, cansado de meter las manos en los bolsillos y extraer un caldo de objetos amasados por la lluvia y los vapores. Rachael está a salvo con Decker, su otrora persecutor, y camino a la felicidad inter-especies. ¿Tendrán hijos electrónicos?


Al tanto, un pensamiento allana y concluye la visita de esta joya de fines del milenio a nuestra época superficial: En busca del sueño REM, a diferencia de las personas, los androides cuentan unicornios saltando la verja. Desprende de ella una cascada de razonamientos en parte ya prefigurados por Stanislav Lem en Diario de las estrellas (1957) cuando propone, en la decadente humanidad futura, una secta de androides devotos de Dios, lo que lleva a preguntarnos: ¿Dará cabida el cielo judeocristiano a los androides creyentes?


Observando, al fin, el génesis de gigantes como Wells, de buenos novelistas como Dick, Priest y Tilley, de cineastas de raza como Scott y en memoria de Orson Wells, frente a una estética que todavía no está haciendo historia, a Steven Spielberg y su floja Guerra de los mundos, sobre diez le doy apenas dos puntos. Los ocho restantes los reparto entre el cine y la literatura universal.

Febrero de 2007
del volumen La metáfora tóxica

Copyright®2012 por Carlos Rigel



3 de marzo de 2012

Euclidiano mundo de Jasper / Republicado


Truchado y picoteado incluso por James Cameron en la secuencia de los islotes flotantes, el creativo cineasta Anthony Lucas sigue siendo uno de los mejores maquetadores y animadores del cine contemporáneo.


Termino de ver por cable el complejo cortometraje australiano de Anthony Lucas La misteriosa exploración geográfica de Jasper Morello realizado en 2005 y confieso que me dejó boquiabierto desde la primera escena.
Un film en donde los protagonistas son bidimensionales, apenas figuras negras planas en el clásico teatro de sombras, según el carácter de cada personaje, o bien estiradas y delgadas (como en el caso del doctor Claude Belgon y del mismo Jasper Morello), o petisas y gordas (como Griswald, el capitán de la nave), El concepto atractivo es esa especie de aerobuque de manivelas, ruedas victorianas y hélices a vapor que navegan y de la cuál Morello es el navegante, universo euclidiano que liga la primigenia caricatura y las marionetas inexpresivas medievales. La historia recuerda vagamente un cuento tortuoso de Poe, Manuscrito hallado en una botella (1833), de hecho el desenlace de la historia concuerda en la misma interminable pesadumbre de la lejanía, la inexorable autoreclusión de escribir un diario personal con poca o nula esperanza, carta de amor desesperada con bitácora de viaje incluida, y que preanuncia un final abierto y desolador.


Diría, en general, que hay en el realizador un homenaje implí- cito que va de Poe a Verne. Y aunque los personajes son bidimensionales, he aquí la curiosidad, el resto del mundo visible en el film es opacamente tridimensional. Se trata de un planeta nuboso, antiguo y descolorido. Durante el viaje, un choque aéreo provoca el abandono de la tripulación y el abordaje de emergencia en una nave extraña y sin brújula para comenzar una aventura sin rumbo por regiones cada vez más remotas y extrañas.
Islas aéreas, máquinas voladoras y el descubrimiento accidental de la cura a una epidemia que azota a la humanidad son los ingredientes restantes del meticuloso mundo de Anthony Lucas que podríamos titular Perdidos en el aire.
Creo haber visto en el comienzo una nave especie de aeroplano monoplaza de diseño davin- ciano usado por Led Zeppelin como logotipo cuando el grupo se hallaba en la cumbre, allá por los ‘70. Una pieza de videoteca.





1 de marzo de 2012

Iron Shakespeare Voigh: La Bestia





Es curioso que una película de contenido 
tridimensional como "Runaway train" (Escape en tren, 1985) haya pasado desapercibida para la crítica y el público 
de los ´80. He aquí algunas apreciaciones.



Del director Andrei Konchalovsky, con los actores Jon Voigh y Erick Roberts, no recuerdo críticas ni analíticas ni favorables acerca de su estreno. Hoy ya es vieja, pero conserva los ingredientes que me agradan en películas que pretendan perdurar en el interés del cinéfilo. Durante años la busqué en los video clubs obviamente para disfrutar de nuevo sus símbolos, pero terminé frustrado. Por suerte hoy se la puede ver en cable.

El argumento parece simple; no lo es. Dos reos peligrosos escapan de una prisión de máxima seguridad en las gélidas orillas de América del norte, más precisamente en Alaska, y abordan una formación de cuatro locomotoras. Allí, ocultos, aguardan la partida vaya a adónde vaya, la idea es huir. Cuando inician el viaje, el motorman abordo sufre un infarto y cae de la máquina principal, que si bien acciona los frenos automáticos de la formación, a esa altura el convoy es imparable de manera que es resto del viaje será sin control, alcanzando la máxima velocidad. 

Jon Voigh será Manny —acaso su mejor actuación—, un convicto semi animal en guerra contra el mundo, metáfora de La bestia que avanza sembrando maldad y destrucción, montado ahora en los Cuatro Jinetes del Apocalipsis —las cuatro locomotoras—, mientras que Buck —el actor Erick Roberts—, es apenas un violador convicto invitado de última hora en la fuga. Pero la figura bíblica no se devela hasta que aparece de la nada una mujer en el convoy, la joven aprendiz de motorman Sara, caracterizada por la actriz Rebecca De Mornay.


Tenemos entonces una metáfora de Adán y Eva ante La bestia, la humanidad pero esta vez rumbo al ocaso. Así conforman el plano del Comienzo, el Génesis, pero aplicado al final de los tiempos, el Apocalipsis. Acaso es el Hombre frente a la segunda oportunidad, la busca del perdón, cada uno con sus pecados, y la oportunidad de la redención. Lo cierto es que superada la mitad de la historia, el film adquiere un carácter profético. Sabemos que las máquinas son imparables porque no desean parar. Incluso hay una toma angular del avance del convoy en que parecen vivas, sobre todo cuando la máquina frontal cabecéa furiosa en el paisaje ártico, como un monstruo descontrolado y solitario.


«Cuando salgamos de acá, sé de una compañía que podemos asaltar —le propone el joven Buck a Many, y agrega—. Conozco los detalles de la nómina de sueldos; será un golpe fácil. Y me iré a las Vegas a gastar dinero en putas y a vivir como un rey», alarde que da origen al monólogo inolvidable del actor norteamericano Jon Voigh en respuesta: 

«¿Sabés que vas a hacer cuando salgas de acá?, ¡buscarte un trabajo, eso es lo que harás! ¡Escuchame!... ¡Sí, un trabajo, lavando platos o limpiando inodoros, eso harás! ¡Y cuando el hombre llegue al final del día a controlar lo que hiciste, no alzarás los ojos del suelo, no sea que el odio te ciegue y te abalances y comiences a golpearlo hasta matarlo! Y esperarás a que revise cada detalle, ah, sí, y temblarás cuando te diga que algo no está bien limpio, o que haz olvidado lustrar tal rincón. Y te tragarás todo ese orgullo y ese dolor, y fregarás esa mancha una y otra vez… ¡hasta que brille de limpia! Y cuando llegue el viernes recibirás tu paga. Y si podés hacer eso, entonces podés ser el presidente de la compañía Chase Mannhatan».


Hay entre los tres protagonistas un momento sombrío de violencia. Sara le grita a Many: «¡Sos un animal!». Y él responde: «No, peor… humano». Aunque el descubrimiento posterior lo delata en toda su brutalidad. Es el momento de mayor tensión que estalla en furia homicida. Los dos hombres se acechan para matarse y alentados por la mujer. La escena exaspera porque vemos a Many convertido en un monstruo feroz. Y, quizá, en ese extremo de ira y oscuridad, el hombre se observa a sí mismo y ve a La Bestia poseída en él. Y allí la historia cambia porque sobreviene un destello de comprensión y autocompasión. Acaso por esa debilidad revelada, ahora humanizado por descubrimiento de su bestialidad, es que los Jinetes del Apocalipsis (las cuatro locomotoras), lo castigan, arrancándole un pedazo de la mano en una escena estridente de hielo, sangre y metal.


No sirve contarla toda. La película termina con una dolorosa Misa en Re Menor de Vivaldi, y una toma brutal del fin: Montada en el jinete sobreviviente, la Bestia avanza hacia su destrucción final. Así debe terminar.


La sentencia sugestiva que cierra la historia corresponde a la obra Ricardo III del eterno Shakespeare: «Aún la bestia más feroz conoce la compasión. Yo no la conozco y sin embargo no soy la bestia». 

La anécdota del extrafilm es que el guión original pertenecía al cineasta nipón Akira Kurosawa, quien cede la realización a Konchalovsky por esos misterios de la creación que jamás descubriremos. Por lo tanto, para los amantes del cine, sugiero conseguir una copia de video o grabarla del cable, y analizarla con perspectiva y simpatía por la imagen. Y estar siempre receptivo a la metáfora. Con eso es suficiente. La joyita: Jon Voigh chuzando el aire con un cortante convertido en un lobo asesino.

Junio de 2003
Capítulo del volumen La piedra de Babel


Copyright © 2012 por Carlos Rigel

20 de enero de 2012

La sandía panificada



Una enamorada milonga del espacio profundo


Echado al cordón bajo la autopista y a la sombra de un enero cremoso, comía el corazón arena de una sandía tibia recién afanada, cuando la vi pasar, autógena y parrillera. Los destellos vibratorios de sus achuras me encumbraron. Y me quedé sin fichas. Los ojos como canastos de pan, las mitocondrias hinchadas como galaxias en celo. Si apenas me cayó de la mejilla una pepita negra de amor. Y de mi pantalón una mosca voló enamorada.
No tuve más que tirarle con la sandía. ¡Adios amor!




Copyright®2012 por Carlos Rigel 

20 de noviembre de 2011

Poema sin título de Andrea Dagnillo

Una extensión de mis derechos de autor 
que protege los descuidos de una poeta emergente.


Un mundo de pecados, una audáz escapada, una mirada cómplice, una tarde de luna impacientada, un amanecer lleno de miel, una canción falsa, un remordimiento y otro más, un cuarto lleno de deseos, un volcán en nuestras bocas, un instante de suspiros, nuestra piel desesperada, una travesía bajo las sábanas, un relámpago de nuestra carne, una noche desesperada e interminable, una madrugada que termina y sólo quedan los deseos sin descubrir.

                                                     Andrea Dagnillo


Copyright®2011 por Carlos Rigel 

15 de noviembre de 2011

El mar en llamas





Marathónica de Poesía y Narrativa en Mar de Ajó, 2011,
organizada por la Fundación de poetas René Villar del 10 al 13 de Noviembre.


Apenas median horas entre el arribo a Mar de Ajó y mi ponencia anunciada por los coordinadores Horacio y Rubén Gómez. Se trata de la convención de autores y artistas de la Costa Atlántica, Mar del Plata y que incluye en este episodio a narradores y poetas de ciudad de Buenos Aires, GBA y provincias del interior. Transcurre en un noviembre anacrónico de calor, de viento y frío nocturno en el lujoso hotel Latinoamericano de Mar de Ajó, frente al mar.
En su mayoría se trata de coordinadores de encuentros de autores independientes, cafés literarios y talleres de escritura, incluso estudiosos de los procesos creativos, con irrupción de poetas y narradores, tanto veteranos como amateurs. 
La ponencia a cargo del autor prevista para las 19:45 –en la que el saco y la corbata no estuvieron ausentes–, comenzó finalmente a las 20:05, y aunque se me dispensaron dieciocho minutos, ocupé treinta y cinco minutos con atención absoluta del público –aprox. 100 personas–, clausurando la segunda jornada y previo a la actuación de Alfred Hopkins.
Como es sabido, jamás leo ni hablo de mi obra, y preferí comenzar con un análisis breve del estado de la letras en el Partido de La Matanza –ya que debo fundamentar mi presencia allí–, hasta dedicarme al tema propuesto. Como es habitual, hay reflexiones atinadas y risas, y lo que puede entenderse como el agradecimiento de la gente, que es cuando extienden manos para recibirnos de regreso a un ruidoso anonimato tras finalizar la ponencia.


La observación es que la poesía parece agotada, acorralada por lugares comunes perfectamente olvidables. Recuerdo entonces al premio Cervantes español Antonio Gamoneda cuando habla de "poetas imperiales" y de "poetas conquistados" porque siguen las estructuras mentales del siglo de Oro. Peor aún, es evidente el avance de la prosa por sobre la poesía clásica ya que el verso libre tiene más de narrativa que de sonoridad rítmica.
Pero quizás la novedad, el momento de ruptura con la solemnidad, el destello de contracultura, es la "Poesía sucia" del marplatense Víctor Clementi, especie de ogro semántico –o monstruo enamorado–, quien además caracterizó junto a Ana Pocorena y para estallido de risas del público su obra "(Osama) Bill Lamen", que vendría a ser el reportaje a un terrorista fundamentalista nacido de un experimento genético en la amalgama desopilante de Bill Clinton y Bin Laden, precisamente el humor arriesgado que yo agradezco.


Diría que al menos cincuenta autores expusieron, presentaron o leyeron sus textos durante las cuatro jornadas. Así escucho "años atrás", "tan es así" y otras variedades de la mala escritura y que revela la popular entrega a la redacción con poco estudio del español y menos lectura. Pero en todo caso habla de la formación media o baja de los moderadores del área que no sólo afecta a la costa sino a la latinidad. Hay más impulso que academia y la busca de "la belleza en los intersticios de la verdad" de las reflexiones hegelianas, no alcanzan para justificar la ausencia.

La cordialidad del grupo humano es intachable; así también la actuación del equipo de coordinadores: Horacio y Rubén Gómez, Lucía Vizio y Alicia Erdelysrky, que siendo autores resignan espacios propios en beneficio de las visitas. Sé cómo es eso. Tengo especial interés en asistir a la ponencia "La magia de los cafés literarios", lectura defectuosa a cargo de Josefina Rodríguez quien lista el origen de los cafés en Arabia y Europa medieval y, para mi asombro, salta al Café Tortoni, a comienzos del siglo XX, obviando nuestras payadas de pulpería que serían la versión autóctona más antigua de nuestros mates literarios. Por suerte en el Día de la Tradición Isabel Corrao Santos recita un fragmento extenso de Santos Vega de Hidalgo, salvando la fecha.
También soy invitado a la cena de camaradería preparada por los organizadores para la noche del sábado y me toca la mesa de autores marplatenses, algunos muy jóvenes, todos ellos coordinados por Marcela Predieri. 

La Patagonia está presente o recordada en la figura legendaria de Vicente Zito Lema, tras 19 horas de viaje para alcanzarnos, llegado desde una cárcel de mujeres, quienes editan un libro de poemas que me hubiera encantado escuchar. Por desgracia mi valija espera despanzurrada y vacía en la cama el viaje de regreso a Buenos Aires.
Una rareza: vendí todos los ejemplares que llevé, excepto uno que regalé a Augusto, un autor muy joven en lucha lúcida contra un visible síndrome de Down.




8 de noviembre de 2011

Hay que renovar las formas de morir


¿Acaso hay otra manera de morir que no 
sea de un paro cardiorespiratorio? 
Un aporte invalorable del gran deceso nacional 
a la poco imaginativa medicina contemporánea: 
Nuevas y mejores formas de morir. Facultad 
de Medicina, tomar nota.


Cuando un periodista le pregunta a un médico los motivos de un fallecimiento o célebre o anónimo, accidental o fortuito, la respuesta es siempre la misma. "El motivo del deceso fue paro cardiorespitatorio". Que yo sepa, en la naturaleza, todo lo que tenga sangre termina de esa manera, aunque las causas de origen puedan ser tan variadas como las siguientes: 

Por autoelectrocusión, por mordida de dinosaurio rabioso, patada de canguro salvaje, aplastamiento por meteoro extraterrestre, ataque tentacular de un pulpo gigante, disparo buco-cerebral, transplante interrumpido por un partido, paquete de medidas económicas, choque de galaxias, envenenamiento político, abandono médico por el convenio con la funeraria, por un penal errado, de asco, por disparo con rayo láser, gárgaras con cianuro, incautamiento sorpresivo de ahorros, de amor, de venganza con hamburguesas macdonalisias, a quemarropa con un libro de Coelho, de agusanamiento cerebral,  de vergüenza, por dormirse en las vías, de horror, con uno de Caparros pero de mil páginas, de linchamiento con tetranrick, por motivos desconocidos, por una maldición egipcia, por entutoramiento de cuello ajustado, por un botellazo cumpleañero, con uno de O’Donnell autografiado como si lo hubiera escrito él, por encargo del presidente, por contagio de La muerte roja de Poe, por disparo de policía descuidado, por un fierrazo tribunero, de asfixia con un pedazo de vacío cuando en el noticiero aparece Chirolita como senador, por succionamiento de sangre del Chupacabras, lo mismo pero por Drácula, por atragantamiento con un globo aeroestático, de intoxicación con jabón el polvo, de indigestión con fosfato de hidrógeno, etcétera.


La lista es interminable, pero no importa cuál fuera el motivo, el fin es siempre igual. Tal parece que la Muerte viene poco inteligente ya que sigue el mismo patrón desde que los reptiles dominaban la Tierra. ¿Podrá la medicina moderna aportar nuevas y más creativas formas de morir?


Octubre de 2005


Copyright@2011 por Carlos Rigel