6 de septiembre de 2014

Grupo Almafuerte





La novedad del distrito
para la promoción de las Artes y 
el pensamiento libre.

Concientes del momento crítico que vive la sociedad nacional, el recrudecimiento de la censura y la condena a la libre expresión del ser, sumado a la necesidad continua de expresarnos con mayor libertad, nace el Grupo Almafuerte como entidad de trabajo para la difusión y promoción de las expresiones artísticas y académicas, cuyas vertientes abrevan tanto en artistas y pensadores locales y nacionales como invitados del exterior con una convocatoria de amplitud expresiva interdisciplinaria, un selló que ampara a músicos, escritores, escultores, pintores, historiadores, ensayistas, fotógrafos, periodistas, académicos, pensadores, dramaturgos, actores, etcétera, ya que no prima lo discriminatorio ni sectorial o lo político, tampoco lo religioso o lo étnico, sino la tolerancia, el respeto al conocimiento, la libertad de pensamiento, la excelencia, el estudio, la calidad artística y cultural, el esfuerzo y la preocupación permanente por la difusión de las artes y el pensamiento libre.


Nuestro país ha vivido etapas represivas y restrictivas, dolorosamente aprendimos de ellas; tampoco las artes o las expresiones del ser piden permiso para manifestarse, y la intención no es desagregar al partido de La Matanza del resto del país ni del mundo, crear una isla inconexa autosuficiente, sino injertarla en una corriente contemporánea de artistas y pensadores, concientes en que las diferencias étnicas, regionales, políticas, religiosas y de clase, son fuente de conflictos sociales discriminatorios permanentes y que los habitantes del distrito padecemos con frecuencia. Como tal, la convocatoria está abierta a todos los ciudadanos del mundo que deseen promover sus obras en nuestras ciudades con presentaciones públicas amplias con el respaldo intelectual y académico correspondiente. Si nuestro distrito no será un corazón abierto entonces que duerma en la barbarie.


1 de septiembre de 2014

Hiperprólogo




Como es mi costumbre con los títulos 
nuevos, publico el prólogo del volumen
La cicatriz universal, de próxima salida 
a la venta.

Hiperprólogo

«De tanto escrito olvidado, sepultado y fosilizado en distintas computadoras caídas en su deber, poco falta que reste publicar de mi pluma pretérita. Diría que casi no tengo deudas importantes con las décadas pasadas, aunque al concluir este pensamiento, recuerde unos cuentos extraviados y nunca recuperados, quizá en alguna carpeta perdida durante mis mudanzas por cambios de domicilio.

Coincide el momento, es cierto, cuando se suman los pedidos de los lectores de textos más profundos y prolongados, la necesidad de sustentar una lectura a lo largo de los días como una compañía silenciosa, un libro como una constante diaria, un destino reincidente habitando el cotidiano vivir, como comer o dormir, excepto que luego de leído y acaso, con mucha suerte, releído, pase a hibernar como parte de una biblioteca de lomos escritos y erguidos de pie, como pequeñas torres fósiles de signos; o tal vez duerma aplastado bajo los cuerpos inertes de otros títulos en una mesa de luz; o quizá peor destino, nunca lo sabremos. Como decía un amigo frecuente de mis escritos, cada libro, cada ejemplar, tiene su propia vida, su propio rumbo.

Pero volviendo al tema de origen, algunos de mis lectores reclaman un mayor compromiso con la edición de títulos de larga lectura; entre ellos destaco al músico, narrador y poeta Kazán, a Mariano Iaciancio, a Dora Goitía, quizás haya otros. Y ante ellos, me justifico: sé que el formato de los diarios de autor conforma una especie de golosina para el lector, un caramelo aditivo que por lo general adorna la obra mayor y más poderosa que frecuenta a los autores famosos, pero en mí ha operado a la inversa, digo que ha sido la apertura luego de los cuentos recopilados en el volumen REM de relatos, única muestra vigente y publicada, hasta el momento, de mi narrativa ficcional. Y, sin embargo, al volver a editarlos, poco me identificaban ya esos textos olvidados, sentí que era otro quien los había escrito pero porque esa etapa quedó en el pasado y priorizo en esta edad la novela y el ensayo como desafíos permanentes.

Hace poco decía que no pienso hoy en función del cuento, género no suprimido pero menos frecuente en mis escritos, y no pienso en él como pensaba y me obsesionaba hace décadas en el pasado, en mis comienzos.

Pero esta breve reflexión me permite conjeturar que sólo me queda una ruta por delante y es la de la novela, pero he aquí que no la novela tradicional ya que desde 1986 trabajo a diario con un pensamiento descubierto y analizado con una de mis amigas escritoras, la Sra. H. Flesca, cuando concluíamos que el tiempo del género de la novela había llegado a su fin, y que sobrevenía la edad de la metanovela. Claro que esto fue dicho antes del arribo de los grupos editores españoles a nuestras tierras, lo que configura una retraso de cincuenta años para la literatura experimental y progresiva heredada de los ’70. Pero lo cierto es que he tenido que elaborar una teoría acerca de la dimensión de un género tan poco indagado como la metanovela, si hasta creo que fue una creación dialéctica de la sinergia dual de ese momento, un neologismo nacido pasional, más como una especulación de la futurología que como una señal continua del presente. Y sin embargo, la siento verdadera en mi conciencia; vale la pena buscarla, como ya dije, aunque los fracasos se acumulen previo al incinerador de los sacrificios literarios. Cada autor debe disponer de su propio y selectivo incinerador, Gehenna pírrica de holocaustos privados, aunque mucho antes de cumplir el pedido final de Kafka, preferiría prenderle fuego a él antes que a su obra, o acaso cortarle la mano a Sábato antes que hiciera fuego cuatro de sus novelas anteriores a Sobre héroes y tumbas, las que ahora, definitivamente, pueblan de ánimas paginadas las estanterías fantasmas de bibliotecas universales, como las de Alejandría.

Pero a ese género misterioso de la metanovela pertenece el texto Diario del fin (2010) muy pronto a editarse; y también, creo yo, las andanzas de don Quijote en las Indias comenzado en 2005 y sin fecha de conclusión —porque la sigo escribiendo—, y de la cual, desde que publiqué un capítulo de anticipo en 2013, tengo reclamos de presentar al menos la primera parte de la saga; e incluso el siguiente proyecto al que sumo imágenes y pastillas narrativas sueltas, y que trata de una adaptación del Fausto de Goethe al clima urbano de una Buenos Aires ilusoria y mordaz, y cuyo protagonista es un escritor. 

Sólo falta aclarar que imponernos metas ambiciosas, más grandes que nuestra exigua inteligencia, exige la conducta diaria de crecer hacia ellas, comer, mirar, amanecer vestido como otro, vivir otra vida, y ese proceso es lento. Como recuerdo en un capítulo de este volumen, nunca sabremos cuándo se cierra el interruptor que dispara el comienzo de un texto, pero no como un escrito ceremonial a cumplir, sino como el grito de un pedazo de nuestra vida que busca manifestarse en el mundo de las realizaciones. Así operan los demonios de la pluma.

En resumen, quizá sobreviva algún ensayo que justifique la re-elaboración del texto y su publicación posterior, y hasta confieso que uno de ellos se trata de un análisis de metástasis entre lo antropológico y lo antroposófico, cuyo título fue eliminado a última hora del presente volumen, y se trata de Señales del Alma, escrito en 2005, porque reclama el compromiso adicional de re-escribirlo, además de una conclusión que merezca una edición solitaria. Claramente advierto una categoría de escrito pasional y tan irresponsable del tipo La anomalía de Jerusalén, también de 2005, aunque editado recién en 2012.

Quizás haya sido necesario exorcisarme de tanto brevario pero, como digo, ha concluido el tiempo de los confites y los caramelos narrativos, los textos cortos están llegando a su fin aunque sé que nunca se extinguirán por completo. Recuerdo entonces un concepto oportuno de Cortázar: Cuando se agotan los temas, entonces se empieza a escribir.

Bien, quizás ahora comience a escribir.»

Barón Carlos Rigel


Copyright®2014 por Carlos Rigel

25 de agosto de 2014

Un fragmento del ensayo Cicatriz paradojal







Publico las primeras páginas que introducen al texto 
editarse próximamente en el volumen La cicatriz universal
 y que explora la refutación del físico norteamericano 
Leonard Susskind al físico inglés Stephen Hawking acerca 
de una hipótesis polémica conocida como 
La paradoja de la información y que explora el destino 
final de la historia en los términos de un agujero negro estelar, 
paradigma hasta hoy irresuelto.


"Recordaba la polémica desatada desde hace más de tres décadas entre dos académicos peso pesados de la física como el inglés Stephen Hawking y el estadounidense Leonard Susskind en los extremos opuestos de las teorías cosmogónicas atinentes a los Agujeros Negros proyectados al final de los tiempos.

Pero procedamos a recordar vagamente que un Agujero Negro es un producto pesado, un residuo estelar, porque nace en los escombros de una supernova, una estrella agotada y colapsada. El núcleo residual es tan masivo y poderoso que comienza a absorber la materia circundante. Así las fuerzas gravitatorias crecen infinitamente proporcionales a la masa que acaparan. Cuanto más agregan, más grande se vuelve, y más poderoso el campo de fuerza. Incluso la luz que, es mejor recordar el enunciado de Planck, viaja como una onda de alta frecuencia pero se comporta como una partícula de alta energía cuando toma contacto con la materia, hablamos entonces del fotón, ese elemento que choca contra los objetos y permite a nuestros ojos ver, el fotón, decía, también cae hacia el núcleo gravitatorio del Agujero Negro. Y conviene destacar que cae tan libremente toda materia debido a que el objeto, el cadáver nuclear de la estrella, no emite ningún tipo de radiación desde su interior masivo hacia el exterior, por lo tanto ninguna fuerza ofrece una resistencia que repela o que compense el derrumbe gravitatorio hacia el núcleo estelar.

Si tenemos en cuenta que el tamaño observable de cualquier estrella de universo, su volumen, durante su vida activa o secuencia principal, como se le llama a esta fase de fulgor estable, es resultado de dos fuerzas opuestas, la del poder gravitatorio o campo magnético, que lleva a la materia a derrumbarse sobre su mismo núcleo, y una fuerza opuesta que limita el cierre sobre el mismo centro, y se trata del propio calor. En efecto, es la radiación misma que, como sabemos, expande toda materia, la hincha, por ende se opone al derrumbe y determina el límite al poder atractivo que intenta compactarlo todo contra el centro de gravedad. De esa manera, el tamaño de un astro es resultado de esas dos fuerzas opuestas, la gravedad que intenta comprimirla y la radiación que, al contrario, la expulsa hacia el exterior, resultando en una esfera visible de un tamaño resultante. Como decía, ese equilibrio de fuerzas contrarias da como resultado siempre el tamaño aparente de una estrella. Pero avancemos un poco más para conocer las diferencias mecánicas entre una estrella y un agujero negro.

Un astro activo mantiene su tamaño con algunos ligeros cambios en las distintas etapas de su vida hasta que llega el final. Pero una vez que un sol como el nuestro ha consumido todo su combustible, la radiación ya no cuenta y el objeto, por lo tanto, sólo está sujeto a la tracción de la gravedad.

Entonces aparecen en escena las distintas maneras de manifestar ese final. Allí entra en consideración una variable significativa a tener en cuenta: el tamaño, la cantidad de materia o masa de la estrella. Tras finalizar la fase activa, las más pequeñas, como por ejemplo el Sol, nuestro sol, simplemente agonizan apacibles y finalmente se apagan, volviéndose objetos fríos y opacos. Mientras que las estrellas muy grandes, más de cien veces el tamaño del nuestro, inician un colapso espectacular en varios pasos pero cuyo resultado final es que estallan produciendo el fenómeno estelar llamado nova o supernova. La masa total se expande miles de veces en un estallido cuya luminosidad puede ser vista desde cualquier lugar de nuestra galaxia e incluso desde otras comunidades de galaxias distantes. Esa materia desintegrada y de muy baja densidad finalmente se enfría y apaga.

Ahora, bien, las supernovas, decíamos, estallan pero dejan tras de sí un residuo, un núcleo masivo, oscuro y muy poderoso. Son esos núcleos pesados, precisamente, los que evolucionan a Agujeros Negros y cuyo primer alimento en su larga vida voraz es la propia materia antes liberada durante la explosión y luego inerte, opaca, ahora de nuevo reunida con un destino menos, o acaso nada, luminoso. Es de conclusión inmediata que esa materia muerta atraída de nuevo al núcleo no vuelve a la actividad, no emite radiación alguna ante la fricción de partículas y si acaso produce calor, que es probable, no es verificable, pero que sí se manifestará, como resultado del incremento masivo, en un aumento proporcional del poder de gravedad. Y cuanto más grande más pesado, y cuanto más crece más extiende sus brazos, ampliando el radio de influencia y capturando materia cada vez más lejos, fagocitando incluso otros objetos más pequeños de otras o incluso de su misma especie. Por ende, un agujero negro sólo puede crecer de manera indefinida, de allí su poder aterrador.


Por ese motivo no emite ningún tipo de partícula u onda que oponga una resistencia o contrarreste a la caída de lo que captura el objeto. Así comienza la vida activa de un agujero negro. Y es negro, porque si observáramos esa porción del cielo advertiríamos un boquete oscuro en el cielo. Pero esto es sólo a simple vista, ya que si estudiáramos al objeto en diferentes radio-frecuencias, verificaríamos una actividad inusual como, por ejemplo, el efecto Doppler sobre la luz que lo circunda o que viaja en las cercanías del ogro estelar, una característica del movimiento que es mejor recordar..." 

Barón Carlos Rigel


Copyright®2014 por Carlos Rigel

16 de agosto de 2014

Sin huella

11 de Agosto de 2014


Sin huella

Qué poco vale una tribulación cuando la sangre muere y ese gran suicida que es el tiempo nos lo recuerda en cada minuto cuando se lanza al abismo y cae como un edificio sin raíz. Somos instantes.

Barón Carlos Rigel





Copyright®2014 por Carlos Rigel

13 de agosto de 2014

Reportaje para TVMC de Martín Biaggini.








Muy pronto linkearé el reportaje de Martín Biaggini para TVMC, Arte y cultura, respetando los derechos de propiedad intelectual de la productora local. El mismo fue realizado el Domingo 10 de Agosto en la Biblioteca Popular de la Imagen de la ciudad de San Justo, institución a la cual extiendo mi agradecimiento por facilitar la institución.

El perfil del ciclo expone al público a los actores de la cultura del distrito, y el mismo Biaggini sabe de mis reservas objeciones a revelarme como parte de una comunidad a la que no me siento integrada y de la que decidí apartarme voluntariamente luego del episodio de censura padecido en público en 2012. La misma generación creada por el Proceso represivo y censor que vivió el país en décadas recientes me anulaba el micrófono. Son la evidencia más clara del triunfo procesista en un segmento de la sociedad que subyace perfectamente camuflado en la ciudadanía. Se parecen a nuestros políticos.


La diferencia es que yo viví esas épocas, nadie me explicará lo que contienen. Mi autoexilio fue voluntario, como es sabido, renuncié a participar de grupos represivos, lo cual me ha traído desde entonces ataques, burlas, desprecios y operativos de desprestigio. Sin embargo, nobleza obliga: adeudo a la educación y el extremo respeto de Biaggini y a su labor, lo que me llevó a aceptar la entrevista cuando he renunciado a participar de eventos públicos en el distrito. Fui censurado en un espacio abierto promovido por instituciones de gobierno y nadie protestó.

Por primera vez para la región que me vio nacer doy una nota sobre mi vida y mis escritos, mis orígenes como narrador y hasta confieso que debí hacer memoria ante el micrófono frente a preguntas simples aunque incisivas y de respuestas olvidadas. Jamás creí necesario recopilar eventos de mi destino a través de 30 años vividos con lapicera, máquina de escribir y teclados, desde los comienzos con la redacción tortuosa, el premio, el abandono de la escritura, hasta el retorno en 200o para descubrir el placer de escribir sin esperar nada a cambio, porque ni siquiera he reclamado espacios para leer mi trabajo nunca, siempre en favor de otros. Las notas y reportajes dadas en otros momentos fueron en beneficio del descubrimiento de otros autores. Pero no tengo nada que ocultar y menos de qué arrepentirme, soy lo que soy: una persona que piensa, dialoga con sus lectores y escribe. El mismo ejercicio cotidiano que llevo a mis libros.

CR





23 de julio de 2014

La Creación según Roff

Nueva vida, 2011

Explorando la obra del artista 
Roberto Feldman Form, quien próximamente expondrá 
en ArDi, Feria de Arte y Diseño, en el 
Hipódromo Argentino de Palermo, ciudad de 
Buenos Aires, del 31 de Julio al 4 de Agosto.


Acerca de las Crónicas –más tarde retituladas marcianas– del autor norteamericano Ray Bradbury, en su edición Minotauro, 1955 para Argentina, nuestro autor Jorge Luis Borges expresó en el prólogo unas palabras inolvidables: "Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado", sentencia perfecta que, incluso, causó admiración en el autor del género cientifiction y por la que confesó alguna vez haber redescubierto a nuestro autor, cuando la fama del argentino cruzaba el globo. Y como renacido de esos eslabones perdidos de ADN ajeno que van armando nuestra vida, recordé y busqué esta cita borgeana como pulsión fundamental para explorarme frente a una obra fascinante que merece ser analizada una a una y, también, gozada en su totalidad además de compartida.

No siempre los artistas me inquietan y rara vez he citado sus obras en mi sitio, espacio más dedicado a la crítica que al análisis y menos a la admiración, pero que también eventualmente la habita. Así, el espacio de agradecimiento a la obra total de Guillermo Didiego, o las menciones y homenajes silenciosos a la obra de Pastor Berrios Herrera. Pero éste es el caso de otro artista, y escribo esa palabra como una síntesis y conciente de la dimensión que diferencia y separa felizmente al pintor del artista. Abundan a menudo los pintores hechos de práctica y de nula visión; ese segmento saturado de artesanos, y muchas veces de improvisados, prolifera en todas las artes, pero es mejor recordar que de allí no nacen los artistas. No sabemos dónde nacen los artistas, y aunque hurguemos en sus existencias poco dirán que nos ayude a comprenderlos. Se trata de nuestro artista plástico Roberto Feldman Form.

La obra de Roff es vasta e ignota, cosmológicamente generosa, habitada por un amor genitivo que atraviesa enormes cantidades de tiempo desde el Comienzo y hasta el fin de las edades, pero elegí una de entre todas ellas, se trata de Nueva vida (2011), como un icono expresivo del creativo. Es absolutamente arbitrario de mi parte y cualquier otro mostrará una preferencia diferente.

Y luego de ese impacto frontal es que miro la obra suspendido en alguna nebulosa distante. Es matriz y cigota solar, la Flor de la Vida para los místicos, que siendo mapa del Comienzo, también es ovario del origen, mitocondria y gen. La idea del ciclo sideral en la construcción del ser y la revolución, y una tras otra, pero no vista como una alteración del tiempo, sino como una necesidad vital del crecimiento universal. Detrás del aparente caos de la eclosión y el océano de plasma yacen los planos de la existencia. El verde del núcleo mitocondrial expande en azul, recordando las temperaturas inhumanas del origen, más tarde expresadas en rojos candentes, ahora sí, comprensibles para la mente, y que auguran la natividad y el epicentro de las edades. Pero la suma de ciclos orbitales o la cocción de átomos o sistemas solares no explican el paradigma celular, aunque lo prueban más allá de toda duda.

A veces me pregunto si las "expresiones" del arte adeudan o al autor o al público, porque soy yo, apenas un hombre cualquiera, quien completa esa manifestación bidimensional enmarcada según mi profundidad o mi superficialidad. Es mi vida íntegra la que ve en una obra, un espejo. Esa actitud especular me dice lo siguiente: es lo que veo, más lo que siento frente a lo que la obra me dice, y la comprensión posterior, siempre intelectual, que me invita a mirarla nuevamente para entonces especular con sus lecturas cognitivas, todas ellas posibles, y que parpadean entre distintas preferencias simbólicas. 

Así es la mente cuando mira a contraluz, capacidad sensorial del mundo onírico revelado en la vigilia. Y en ese titubear del pensamiento lúcido es que advertimos la tridimensionalidad del ser y de la obra y su autor, la misma que tanta veces he mencionado –y que no siempre he aclarado–, como la cualidad sobresaliente de quienes destacan por sobre el común del género. Aunque griten lo contrario, el hombre es bidimensional desde su origen, y el tercer valor debe ganarlo en su corta existencia: se trata del valor restante, la profundidad y aunque no nace en todos los miembros del género vive en él como un gen.

Quizá la ambigüedad de esta obra, entre sistema solar, estallido primigenio o matriz femenina, no es intención del artista, sino el acierto: es el alma sabia la que se revela en su antigüedad. De subvertir el resultado es que nacen respuestas a otras preguntas: los genes del hombre yacen en los planos de la existencia; habitaban el Sol apenas después del Inicio, y como el código genético, no es un accidente sino un deseo de la Creación. 

Pero esa traslación de estado es estática sólo para el hombre ordinario, y aunque recuerda la mansedumbre con que los astros se mueven por la bóveda celeste, incluso la multiplicación infinita de todas ellas es, para el creador, apenas una chispa en la Eternidad. Por ende, en la obra de Roff, descubro la vasta y vaga acumulación del tiempo, recordando la frase de Borges. "El hombre existe para llenar el Universo de arte", dijo una vez Guillermo Didiego, el otro artista allegado a mi vida, pequeña vanidad que desde su intachable subjetividad sólo el arte puede acertar y aceptar. Incluso para observar y comprender el tiempo humano, o universal, y acaso dejarle una huella profunda, hay que proceder como un dios.



Barón Carlos Rigel


Copyright®2014 por Carlos Rigel

12 de julio de 2014

Localidad del viento


Quizá mi confusión provino de la ambigüedad genérica 
ya que la convocatoria claramente titulaba "Poesía de 
La Matanza: 40 años de historia" aunque más tarde leí 
que era anunciada en un reportaje o nota periodística 
a la organizadora como la "historia de la literatura" y 
hasta "investigación de la literatura", y así fui sin saber
con certeza de qué se trataba aunque deduje uno o varios 
géneros a través de los años.

Invitado por una de las organizadoras del evento, nuestra joven y bella poeta Anahí Cao, asistí puntual al evento en la casa social de los maestros, SUTEBA, sede San Justo, a un encuentro menos literario que poético en la disertación de Eduardo Dalter, donde los términos genéricos de la escritura fueron resumidos –drásticamente diría–, a la poesía con muy vagas menciones a la narrativa y nulas al ensayo, el estudio comparativo, la crítica literaria e incluso los géneros del revisionismo histórico, de la recopilación y la compilación histórica local, como hacía alusión el título amplio de un reportaje extra-eventual que amaneció mi interés. 

Es comprensible que la alternativa de intentar reunir la dimensión conciente de toda una literatura aterre y supere cualquier expectativa aunque abarque apenas los antecedentes literarios de los 40 años recientes para un distrito que se acerca en la actualidad a los dos millones de habitantes. Y también es cierto que el poeta es el arquetipo social del escritor en la metáfora faulkneriana, pero esto dicho en una cultura nacional que sobresale y que admira a los novelistas y narradores de la tradición sarmientina, es decir, los géneros que presentan un desafío narrativo superlativo y que implican una exteriorización profunda de su pensamiento y su intelecto, pero no sólo del autor, sino también del lector y la crítica: Es posible escribir 400 páginas, lo difícil es que el autor se anime a leer sus propias 400 páginas, aún cuando espera que el lector se someta al sacrificio que ni su propio autor acepta. 

Quizá por eso mismo prospera la poesía: no requiere ningún sacrificio leer diez renglones y permite una evaluación preliminar de la salud creativa del autor sin acceder a la selva inhóspita de páginas. Pero hay que recordar que pocos poetas se atrevieron a indagar las profundidades abisales del ser como explora Benedetti en sus novelas. Tal vez por eso mismo la novela y, la dimensión aún superior que algunos exploramos, la metanovela, siguen siendo los formatos inaccesibles de la excelencia académica, aunque se apilen las derrotas previo al incinerador. Por eso la conocida metáfora de Faulkner se autodestruye contra Cervantes y no la sobrevive.

Metáfora abierta: Hacia el final de su vida, William Faulkner, ese brillante granjero alcohólico y poeta frustrado resignado a la prosa, decepcionado con su obra, reconoció "Ojalá no hubiera escrito tantas novelas y hubiera escrito más cuentos, o acaso sólo poesía". Por esa fisura abierta se filtran los poetas de hoy, tomando una delantera nunca ofrecida y menos aún ganada.

Existir no alcanza, escribir no basta, así como respirar tampoco es suficiente para vivir. La Matanza no es culta, lo sabemos, y prospera en oasis geográficos erráticos que aún no pesan en la totalidad para identificarla. Y aunque no pertenezco al organismo espectral llamado "Autores de La Matanza", fueron exiguas en la tarde las menciones a los grupos de narradores de ciudades como Lomas del Mirador, o los poéticos de Tapiales o Villa Luzuriaga o Isidro Casanova o Rafael Castillo, La Tablada o Barrio Evita, muy poco de Gregorio de Laferrere, menos acaso de Virrey del Pino. Las menciones fueron más bien para el grupo Ramos Mejía y sus figuras destacadas por desaparecidas, coincidente con los fecundadores del emprendimiento editorial "La Luna que se cortó con una botella" en los '70 y hoy abreviada a "La Luna que". Pero el hueco sigue siendo meteórico, no existe un censo de autores aunque tampoco serviría para conocer a ciencia cierta cuántos autores en verdad son y aislados de los aficionados, y cuáles sus orígenes.



Quizá el contraluz confuso proviene de pensar en compartimientos mentales como "grupos" de trabajo segmentados según la ciudad, cuando en verdad los autores son solitarios, arbitrariamente dispuestos según el lugar de residencia por motivos socioeconómicos, lo que ha causado no pocas controversias. A esta altura de mi vida, no sé si acaso sirva clasificar según la localización exacta en el mundo excepto, quizá, el país y dicho con ciertas reservas: los autores son urbanos o rurales, como Bukowski y Rulfo, y o regionales o universales, como Cabrera Infante y Jorge Luis Borges, pero no sé si hay más, porque nunca se me ocurriría clasificar por ciudad a Kafka o a Neruda o incluso a Wilde, y mucho menos a Becket o a Arnold o Emerson, ya todos ellos conviven en mi mente aunque no los cruce en la panadería a la vuelta de mi casa, porque sólo un descabellado lograría integrar bajo un mismo techo a Marechal y a Martínez Estrada o a Roberto Arlt y Lugones. Sino, dónde deberíamos poner según este criterio a Julio Cortázar ¿fue porteño o parisino? ¿nacional o universalista? Quiroga, ¿era uruguayo o argentino o nacional? Son autores y ya. Caen donde pueden, hoy escriben aquí, mañana en Fiorito y más tarde en la cárcel de Sierra Chica o en Andalucía, qué más da.

Una de mis tantas estrellas narrativas fue el culto don Augusto Monterroso, premio Príncipe de Asturias, a quien tuve el honor de conocer en Buenos Aires, escritor nacido en Honduras, nacionalizado y preso en Guatemala, exiliado en México, que vivió en Chile como escudero de Neruda y que trabajó en Costa Rica y Nicaragua para morir, luego de varias vueltas al mundo, en México. Pregunto ¿a quién diablos le pertenece su patrimonio literario? Respuesta: A nosotros, la humanidad, aunque el recurso legal le asigne propiedad jurídica a su familia, por supuesto. Su existencia, sus padecimientos y cárcel vuelven su obra nuestra.

William Faulkner, el premio Nobel de Literatura tan querido y repelido, linaje de Melville y padre etílico de Bukowski, y cuya obra total suma veintiuna novelas, tres volúmenes de cuentos y apenas dos de poesía, también dijo "Entre el güisqui y la nada, me quedo con el güisqui". Aunque, en verdad, se quedó con la escritura.

Al final del encuentro se leyó poesía, algunas intensas, otras débiles, alguna memorable y otras inconsistentes, pero todas ellas ejemplares de un variedad que tampoco obedece a una clasificación ni ontológica o académica. Los poetas invitados a la lectura: Patricia Verón, Omar Cao y su hija, Anahí Cao, María Sueldo, José Paredero, Gino Bencivenga, Raúl Pérez Arias, Víctor Cuello, entre otros autores locales. Tampoco hubo una introducción analítica según el estilo de cada poeta y previo a sus lecturas, o vivencial o filosófico, o romántico o social, tradicionalista o simplemente semántico y cadencioso, lo que avanza con el criterio de la caducidad por donde menos ayuda a la comprensión o a la definición del perfil productivo de cada autor. Es abrumador, aún hoy, no saber qué es la poesía, pero es una suerte poder reconocerla al escucharla; también por ausencia. Por azar no nos ha tocado un poeta de dos etapas inconexas, como don Juan Ramón Jiménez, con mudanzas a cuestas, sino estaríamos en problemas.

Recuerdo que alguna vez me trencé en aporreo intelectual con el académico centroamericano Martin Jamieson cuando aventuró que Argentina tenía más autores que Panamá por una cuestión demográfica simple: mayor cantidad de habitantes. Molesto con esa idea, pensaba yo –y sostenía, mientras compartíamos un vino en su oficina de Caballito–, que, por el contrario, para iguales áreas superficiales, Irlanda tenía la misma cantidad de habitantes que Panamá, y sin embargo aquella isla lateral había dado al universo a tantos autores de prestigio, como Escoto Erigena, el Duque de Wellington, George Moore, Swift, Bernhard Shaw, Joyce, Wilde y acaso el más notable, don William Butler Yeats, y el menos importante para mí, Sir Conan Doyle, mientras que Panamá también ha dado hombres de genio pero en mucha menor cantidad. Mi intención no era hacerle daño a mi amigo con la comparación aunque ya estaba herido de muerte espantosa.

Prevalece, claro, la intención amena de estas propuestas y sin academicismos, aunque a veces los extraño, también el disparador común en estas reuniones que es la lectura pública de la poesía nacida siempre para ser recitada: Terminó como un café literario. Para concluir, la aparición o mengua de los autores en una región no es una cuestión estadística ni un fenómeno localizado geográficamente o poblacional y ni siquiera temporal: habitar la tierra tampoco basta.

A veces me han interesado menos los orígenes regionales de los autores, o sus domicilios postales, que sus orígenes literarios, por ejemplo, ¿cómo sospechar que un autor como Kafka tuviera su fascinante natividad narrativa en autores tan remotos como Melville y Swift?

Finalmente, si hay un escritor argentino, muy bien; si hay uno nacional, mejor; si uno es rural o tradicionalista, perfecto; si hay otro que es universalista, excelente. Y si uno de ellos vive cerca de nuestra casa, bueno, a alegrarnos de sobremanera, porque la lluvia, como el viento, no llega adonde se espera o se maldice, sino que cae y corre donde quiere. Por eso también hay sequías. 


Fotos de Martín Alejandro Biaggini

 Barón Carlos Rigel
Copyright@2014 por Carlos Rigel