24 de julio de 2017

Gehenna del ADN



Comparto la reflexión que publiqué en Facebook 
el Domingo 23 de Julio de 2017.



La segunda parte de la Grieta quedará sellada con masilla plástica en Octubre. Las últimas amistades del silencio y de la tolerancia en las redes sociales sobrevivientes al 2015 amanecerán al enfrentamiento final con insultos, bloqueos, desaparecidos y extinciones, como me ocurrió a fines de Octubre de ese año electivo.

Pero ya no pienso en un país para mí. Mi tiempo pasó. La edad de la Patria que me correspondía se perdió en algún momento entre 1983 y 1990. Ya ni siquiera pienso en un país para mis hijas e hijos.

Superada la resignación que me atormentó durante años, pienso en un país para heredarle a mis nietos donde el populismo no sea la alternativa desagradable que los hipnotice con promesas en medio de la miseria, el delito y el narcotráfico.

Veo morir a esa juventud venezolana y me convenzo que vale la pena empujar las décadas soportando el peso sucio de las anteriores para que los nuestros no corran el mismo destino. El lastre de arrastrar a nuestras espaldas la trinchera de enojos de un año al siguiente debe terminar aquí con nosotros.

Orillé tantas veces el fracaso que hasta hoy creo que ese fue el éxito de nuestra generación: mandarnos al muere. Como si la Guerra del Atlántico Sur hubiera proyectado las esquirlas y el fuego de sus combates en el continente y todavía continuara. Cayeron más muertos en democracia que en el Proceso y en la guerra. Por eso tantos muertos y todos jóvenes. Es la sangre que lava el pavimento de nuestros errores.

Sólo así encuentro la explicación redentora que exonera las culpas sociales de no mirar dos veces antes de cruzar la calle. Porque un accidente social sedimentó a otro hasta formar una corteza de fósiles moldeados por el infortunio de vivir eufóricos entre sonrisas y lágrimas. Y los éxitos inexplicables nos trajeron, al fin, a la desdicha acumulada de la vergüenza y el odio. Porque trazamos ruta a París y terminamos en Nigeria, y más brutos y hambrientos que antes.

Porque ocurrió lo que no debía ocurrir: Padres enseñando a sus hijos a delinquir e hijos mintiendo para encubrir los delitos de sus padres, mientras otros miles de hijos caen anónimos en las calles del hambre, la incomprensión y el paco, con padres demasiado ocupados en sus finanzas o en sus miserias como para interesarse en los destinos futuros de los nietos que no llegarán jamás. Maldita generación.

Cada mentira, cada estafa, nos costará la sangre de mil hijos o sobrinos o nietos o bisnietos, porque la guerra continúa en las avenidas de la burla. Pero la guerra no se hizo para ganar, sino para morir. Y gana el indolente, el indiferente al clamor del ombligo, el que soporte a la Parca caminando entre los suyos con una sonrisa en la guadaña.

Bienaventurada la Grieta porque llegó para dividir, pero no a una generación de la otra, sino a la historia de muertos alegres separada de los nietos por llegar. Es mejor librar esa batalla hoy que heredársela a ellos.  Sólo así se limpia la simiente maldita de fracaso.



CR


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