28 de mayo de 2014

Carta cerrada






Si viera el mundo de las realizaciones del hombre, de los éxitos, de la equidad, de la Paz y la armonía, celebraría como un hombre satisfecho más, uno del montón, uno que alza la pancarta mientras besa una botella sin pensar que transita descalzo el pavimento. Detesto vivir exhausto de aturdimiento, avergonzado por gobiernos pueriles de una intachable ordinariez, odio tener que mirar con desconfianza las sonrisas populares. Pero para ver logros debo desver robos y estafas, para escuchar discursos debo desoír las trampas, para lanzar una bengala debo quitarle al plato a alguien, para vivir satisfecho de mi coima debo olvidar el reclamo de los justos, debo soportar que unos hagan negocio, sepultando a los siempre depositarios de la hambruna; renunciar a la realidad para llenarme con la actualidad, aceptar que los mejores, o los cercanos, destacan, y olvidar al resto como si nunca hubieran existido, renunciar a los radares de mi inteligencia, de mi intuición, de mi lucidez, que me vuelven un eterno ofuscado, para aceptar mirar la realidad por un tubo de dos pulgadas y sumarme a los festejos abiertos de no fijarme en los costos futuros cuando ya los vi antes. 

Y pienso, entonces, en un pibe, uno cualquiera, uno a quien no le di educación, ni alimento, ni abrigo al frío, y lo golpee, y lo insulté, y lo robé, y lo violé. Y ahora ese pibe creció y se dedica al robo, al paco, a la violación, al asesinato. Se abren dos caminos: Uno es expulsarlo, cuidarme de sus fechorías, observarlo, monstruizarlo y demonizarlo, despreciarlo, prevenirme contra el robo, amenazarlo de muerte; incluso asesinarlo previendo lo inevitable. Otro camino es, con adulaciones, pícaramente adornarlo, destacar el valor de sobrevivir a una vida dura, contratarlo, nombrarlo sobreviviente y héroe, y aprovechar sus cualidades en el delito antes que lo haga otro; decirle: "Sos ejemplo y maestro"; condecorarlo capitán de su camino y teniente de otros destinos. Y volverme rico en su marginalidad; ser su dios y él mi Cristo. Pero nunca pensar en la otra alternativa olvidada, que es comulgar en el fracaso y decirle "No es tu culpa, me equivoqué. Todo salió mal."



Donde hubo risas siempre quedan lágrimas. "Este es el camino, no hay otro", escuché una vez. "Es lo que merecemos", dicen otros, bajando los brazos, acaso completos de resignación, pero quiero pensar que conservamos una reserva de equidad en nuestros corazones, y que cuando nos piden un pan no damos una piedra. "En la vida hay que elegir", nos decía una campaña política de hace pocos meses. "Ellos", incluso, establecen qué debemos elegir, como quien dice: "Entre el SIDA y el cáncer terminal, ¿qué elegís?" o, igual de brutal, "entre perder una mano o un pie, elegí". Pero incluso, la ilusión de optar es una trampa, porque sabemos que tras la elección nada cambió. Sólo buscaba consenso para seguir, demostrándonos así que sin él también se puede, desobedeciendo el resultado de la consulta. No hubo cambios en el rumbo, sino confirmación por inercia.

Y no es que quiera libremente ser un retobado, pero no puedo celebrar mi jardín cuando crece cercado con alambres electrocutados. No es así. No es lo que quiero ver, pero no puedo optar con salud el absurdo alegre cotidiano para no ver donde mora la razón amarga de padecer una tectónica social de placas, todos desunidos, alegres pero enemigos, amargos, risueños o falaces. La vergüenza nos sienta bien. No pienso con mi bolsillo, no mido mis éxitos o fracasos ni los comparo con la desgracia o el mérito de nadie. Pero estamos rodeados de capitanes en el delito, de adulones, de festejos injustificados, donde para aceptar los logros de esta edad debemos mirar por el tubo indicado y regalado para no ver el revés de la moneda. Nos dan las instrucciones de adónde ver y cómo se debe mirar. Y sonreír. Aislarme holístico en la montaña a meditar la existencia y olvidar a quienes viven abajo con una hernia en el corazón. No mirar, y no mirar, y no mirar, hasta que no existan más.

A los argentinos no nos interesa la verdad, sino estar contentos. Quisiera mirar de otra manera, pero no puedo. Ver donde "ellos" esperan que yo vea, implica una renuncia a la moral, a la ética, a la estética, y es lo único que tengo, además de un par de zapatos gastados.

Barón Carlos Rigel

Cppyright@2014 por Carlos Rigel

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