10 de octubre de 2012

Semántica superior

No valen los trucos cuando las galaxias vienen picadas: 
Ardides y suspicacias no mejoran nuestras pobres cualidades.


Viendo claramente que los extraterrestres visitaban mi localidad con insistencia, me anticipé al encuentro superior, preparándome en un idioma común a ambas especies. Así, rápidamente, recordé la conclusión popular acerca de que las matemáticas son, precisamente, el lenguaje común a toda raza inteligente. 

Y así como así, conminado por semejante responsabilidad de representar a la humanidad, saqué mi regla de cálculos, la calculadora Casio y hasta la libreta de la despensa. Practiqué los números probando mis habilidades con sumas y restas de dos y hasta tres dígitos, e incluso con algunas trampas que me sorprendieron hasta agotar mis fuerzas deductivas.

Y el momento tan temido se hizo presente: Un humanoide estaba llamando a mi puerta. Abrumado al principio por la xenofobia, superé mis limitaciones y lo hice pasar y sentarse a la mesa. Sentí una perturbación gravitatoria pero podía soportarla con verdadero estoicismo.  No me asombró que dejara su arma láser en la mesita del costado y sacara un aparatito plano y sumamente complejo el cual, luego de maniobrarlo, se lo conectó en la garganta. Deduje que los canales superiores de la lógica y los dígitos estaban abiertos de par en par a la espera de mis destrezas idiomáticas. El universo completo aguardaba los instantes siguientes. A mi alrededor, los átomos estallaban como petardos de Navidad.

Comencé diciendo:
–22, 38, 578  17  5 3.968... 2315.
Y él, perturbado por mi aseveración, respondió de inmediato.
–¡945.681!

Empecé a sudar. Me sentí frustrado.
–65  776.986 –aclaré para moderar los ánimos, y de inmediato agregué–, 365,  5  708.908 4.665,  23... ¡18.265!

Ladeó la cabeza y vi que las antenitas se agitaban nerviosas.

Y mientras meditaba mi afirmación, saqué de la heladera un tinto fresco. Puse dos vasos y serví con diligencia.
–65  899 5.769  "776.986" –repitió con cierto dejo de sarcasmo, y prosiguió– 78 7  89.805 365,  688.798... 24 5.868.

Era demasiado para mis limitadas prácticas lingüísticas, por lo que pedí cierta indulgencia.
–235  38,  5.787.809  17  5 39.687  878... 2315.

Disconforme con mi bajo rendimiento matemático, lo vi levantarse muy ofuscado y tras desdeñar la invitación del vino de la paz, lo vi marcharse para siempre sin siquiera darse vuelta a despedirse.

Lagrimeando de rabia, hice pedazos la libretita de Don Nicola, y la Casio quedó hecha tiras a puro mordiscos. Jamás intentaré volver a representar a la humanidad. El problema no fue la semántica, sino el aglutinamiento de vocales sin consonantes. Ahora lo sé.



Copyright®2012 por Carlos Rigel

9 de octubre de 2012

Confusión

No entiendo por qué confunden mi blog personal con mi perfil de Facebook. Dejan aquí sus novedades y poco falta para que encuentre anuncios de recauchutado de cubiertas o manubrios usados en buen estado o broches para la ropa automáticos. Nada me quita en sueño y nadie me deslumbra, es cierto, pero recomiendo mejor y más sano pagar las 4 sesiones del psicoanalista, como corresponde, que perturbar mi sagrado silencio. Mi lugar es pequeño pero es mío.
Por favor, hagan sus propios blogs. Busquen otro lugar donde dejar sus inquietudes o filosóficas o comerciales.

16 de septiembre de 2012

Quijote dixit


Fragmento de un capítulo de la novela 
Las aventuras de don Quijote de La Mancha en el reino de las Indias, texto de vuestro humilde autor a editar durante 2013 con sello Astrorey Public Ediciones



Capítulo XX
El extraño discurso del caudillo Chiroga Tresmenes a la indiada riojana

«... Se le hizo al manchego que era una descortesía indigna de la orden de caballería salir a patrullar los caminos sin pedir la autorización del Alcalde de la comarca. Y a orillas de la cordillera, el caballero de La Mancha, sin descender el rocín, escuchó con atención el tan extraño discurso del Marqués-caudillo Chiroga Tresmenes frente a la concentrada tribu de los taluet. Dijo así:

—Queridos coterráneos de mi aldea, que Dios los bendiga, Viracocha los proteja y el rey los ilumine hasta chamuscar… vine hoy a decirles que «la monarquía es el arte de lo posible», y puesto que no hay genio sin disparate es por eso que les traigo una excelente novedad que ni el mismísimo tano Da Vinci la hubiera imaginado mejor, ¡La Felipera!... ¡La catapulta más grande jamás construida por el hombre! Sí, aquí mismo, al pie de la cordiyiera. Una catapulta tan inmensa que ni el Mago Merlino pudiera concebir en la peor fiebre de muerte. Ustede dirán, ¿y para qué diablos queremos una catapulta tan descomunal? Pero yio les digo que es nessario, sí, es tan nessario pues nuestras rutas con el rey están comprometidas por piratas y saqueadores furtivos, y esta será nuestra vía legítima de comunicación con el reino de su Majestad, el excelentísimo Felipe. Imaginen ustede tamaña catapulta con lanzamientos aéreos de galeones enteros, con ancla y velas, todo, muy por encima de las nubes, de aquí a España en tres horas, ida y vuelta. Así que, miren ustede, ¿qué indígena no aprovecharía semejante ventaja de la modernidad?

Tras un breve respiro que aprovechó el caudillo Chiroga para disponer mejor las ideas, la indiada obediente lo ovacionó con una cañonada de gritos y aplausos fervorosos. Luego, continuó:

—Como un arco iris pero entre el palacio del rey y nuestra aldea, aquí mismo, para el crecimiento de nuestra querida colonia cordillerana y en detrimento de la Ciudad de los Reyes en el Alto Perú, ustede saben bien de las infulas de los incañoles del Cuzco, pues ya veo que Su Majestad muy pronto establecerá capitales y virreinatos, ¿y nos quedaremos mirando de afuera?, que si no nos entregamos afanosamente a «La Felipera» de que les hablo, y si entraramos en guerra con el reino incañol del Perú, ¿con qué los atacaremos para defender las tierras de Su Majestad?

El malón de indígenas ovacionó al caudillo como parte de un programa de ovaciones comunales a reiterados caudillos autóctonos. Chiroga no parecía ser el primero.

—Yia sé, ustede se preguntarán quién es este ilustre cabayiero que nos acompaña recién llegado de las cortes reales. Pues les diré que, siendo emisario y heraldo, Su Majestad nos envía gratas novedades a través de don Quijote, así como les digo, pues en la capital misma del reino ha comenzado la construcción de «La Virreinal», la otra catapulta hermana melliza de «la Felipera», así que, yia ven ustedes.

De nuevo se produjo el estallido de aplausos.

—…Imaginen la cara del rey, recibiéndonos en su propio patio con vuestro cargamento de cardos, aceitunas y cueros de bestias je, je —y gesticulando leer un documento imaginario, agregó: —Su Majestad, aquí le mando este cuero carneado ayer mismo que estrechamente vos me demandaste y muy temprano por la mañana. Dejadlo estaqueado al sol, no sea que agusane, y… ¿cómo dice vuestra merced?, ¿que necesita un atado de esclavos para la servidumbre?, ¡lo tendra hoy mismo por la noche! A ver, che: vos, vos y vos, ¡a la catapulta!… Su Majestad, cuente siempre con los súbditos del sur, y véngase a tomar un vino cuando guste,  y ¿cómo dice…? ¿una tira de bestias para el rey de Nápoles? ¡Yia mismo sale para allá! —hizo un ademán en el aire de reajustar la dirección de un disparo elevado, y agregó—… alineamos el tiro y listo, Nápoles, ¡allí va!  ¡Fium!... Je, je, ya entreveo que esta aldea será el eje de una nueva civilización continental de indios, la más importante de las provincias de ultramar. Y quién les dice si un día no seré yo el mismísimo virrey de La Rioja, en línea con los grandes reinos de la tierra; o quizá rey. Pero, hora, ¡acabemos con el transporte a lomo de burro o lomo de brutos indígenas!, ¡acabemos con océanos peligrosos plagados de monstruos apóstatas y enemigos del rey! Un día, los marinos del Atlántico verán sobre sus cabezas el tráfico incesante de envíos entre España y Las Indias, ¡allí va una tira de bueyes, aquí viene un costal de granos!, ¡allí pasa un saco de tabaco, aquí vuelve una silla de tortura! ¡Ahí va un barril de aceitunas, venga ese obispo! Yia pueden ver que ni la Luna del tano Galileo está lejos con semejante artificio. ¡Reputo…! no, perdón, repito, repito, ¡la Catapulta «La Felipera» La Rioja-España 1700 a toda velocidad, es una realidad, indígenas amigo… y está en marcha!... ¡Manos a la obra! Que Dios los bendiga y Viracocha los acompañe.»

Como se puede deducir, el fragmento pertenece a un capítulo donde nuestro manchego hidalgo se encuentra ya en Argentina.


Copyright®2012 por Carlos Rigel

28 de agosto de 2012

Las metáforas sangran


Menos presuntuosa que una guerra cuando flexiona la historia 
de la humanidad, una herida menor, o imaginaria o real, 
de pronto cambia una realidad y la vuelve trascendente.


Cuando José Saramago, durante el Congreso Internacional de Lengua Española (Rosario, 2005), ejemplificaba su recordada lectura de El túnel (1948) de Ernesto Sábato con la metáfora inolvidable de "una puñalada", la imagen asociada que yo recuerde no es la primera cita violenta que acompaña a la semántica literaria. La obra había entrado tan profunda en su carne que parecía sangrar desde entonces.

El homenaje de un premio Nobel a nuestro recientemente extinto autor de Sobre héroes y tumbas (1961) parecía propio y hasta brutal ante un público que escuchaba perplejo y esperaba el cierre de la alegoría delictual, tratando de imaginar la profundidad de semejante agresión y sus vertientes narrativas. Sábato miraba fijo y lagrimeaba en esa oportunidad mientras seguía los pormenores del discurso en portuespañol. Restaban minutos de lectura para cerrar el círculo. 

Pero la imagen citada, en su línea, no es la inicial en el rubro literario: Hay otras puñaladas ejemplares y dignas del Nobel también. Recuerdan las letras del siglo XX una noche cualquiera para la eternidad cuando Samuel Becket cruzaba un parque envuelto por el follaje y las sombras modeladas y proyectadas sin perspectiva en la oscuridad, cuando una de ellas se prolongó más de la cuenta y llegó con filo injustificado y certero; y se hundió en su tórax. El dramaturgo y narrador, autor de Esperando a Godot (1952), debió sentir el metal empujando la ropa, atravesándola y entrando en su carne, y cayó malherido; debió ser hospitalizado y hasta pasar un tiempo internado hasta recuperarse del ataque inesperado.
Lo cierto es que el vagabundo agresor de esa noche fue capturado y encerrado. Samuel Becket, luego de la convalecencia, pidió visitarlo y la pregunta no se hizo esperar: Por qué había hecho aquello. Pero no había una respuesta concreta. Y en medio de vaguedades e inconsistencias, el agresor debió responder: "No lo sé... Por nada".

En conclusión, no había un motivo para el ataque feroz dispensado aquella mala noche. "Por nada", seguramente repitió Becket, ahogando las últimas sílabas en la profundidad de la herida abierta en sus pensamientos. Incluso muchos años después del episodio, Samuel Becket continuó explorando en sus obras ese componente de nada que arraiga en la naturaleza humana y que la vuelve una incógnita. No todo tiene explicación, ni algo de lo existente es por completo previsible. El factor humano conserva una cuota, un pedazo, incalculable de no sé qué, de no sé por qué, de nada, de nada que hiere y cala profundo. Y desangrarse. Y desangrarnos. En esa parcela cotidiana se mueve la vida, girando como una frenética perinola de la suerte, cuánto tiempo tengo, adónde voy, para qué sigo, no recuerdo por qué debo seguir ni qué hacía ayer, cómo llegué a este punto en el camino. Y aun cuando vemos el precipicio por delante, continuamos rectos, o al ocaso o al triunfo o a la nada. 

La obsesión, el nihilismo y una puñalada histórica. Hay heridas para las que no alcanzan las suturas del mundo. Pregúntenle a Aquiles. Y Samuel Becket, con los rasgos kafkianos de un puñal avinagrado, fue Premio Nobel por explorar con su obra, precisamente, el contenido de la Nada, pero esa tarde Sábato lloró al escuchar que Saramago, en Rosario, cerraba la metáfora abierta de su recuerdo de la lectura de El túnel, cuando dijo: "Y me sacaron el puñal... pero me quedó la herida". El portugués jamás olvidó ese cuento de ciento sesenta páginas para el suicidio, comúnmente listado como novela. No lo es. Los cuentos también se hunden en la carne. Incluso las metáforas sangran. 

Menos presuntuoso que una guerra cuando flexiona en la historia de la humanidad, una herida menor, o imaginaria o real, de pronto cambia una realidad y la vuelve trascendente. Y de nuevo "el sujeto" merodeando, acechando, como el vagabundo inconciente de esa noche: eje, tamo y destino. Becket aún debe reír en su sarcástico derrotismo, viejo burlón, pero no me lo imagino a Saramago lidiando con los extremos de dos patriarcas del sagrado pesimismo, Sábato y Becket, unidos los tres por un harakiri poco ceremonial pero de alto voltaje literario. Y kafka que, de lejos, vocifera burlas y barbaridades. Es demasiado para cualquiera.


Copyright@2012 por Carlos Rigel

26 de agosto de 2012

Epifanía


Que el abyecto reclame espacios,

que el inútil exija libertad sin saber 
para qué sirve, cómo se usa.
Que cada quien tramite su pedazo y
que el carroñero espere los despojos.
Que el reo se crea libre y soberano y
que el mediocre pida un lugar de rango.
Que el canalla sea recibido con honores,
que el lego de pocas luces se crea un gigante
y que el viento no borre sus huellas.
Que quien miente reclame el premio,
y quien conspira reciba el reino entero.
Que entre imberbes se aplaudan y vitoreen, 
que las bestias sean los nuevos dignatarios.
Que otros reclamen el liderazgo de las moscas,
que el rufián reciba y guíe a las hordas y
que el avaro, del tarro, pelee las sobras.
Que el corazón sucio sea dignificado y
que compre otros corazones por baratijas.
Que el trampero ponga sus trampas y
que la presa sea, al menos, considerable.
Que el inmundo se tenga por puro y justo
y le sea dada la primera butaca, no menos.
Que el ciego caiga en el abismo cuando 
se apoye confiadamente en otro ciego.
Que el enfermo padezca lo que debe,
y que el ignorante cante la victoria.


Todo lo pierdo porque nunca fue mío. Ni aún mi simiente me sigue. De Dios no espero nada porque nada le reclamo. Ser grande requiere resonar sólo por un motivo poderoso; pero no nací para reclamar; nada es mío. Nada. Si mi propio caballo no me sigue, entonces no es mi caballo. La vida vierte: Esto también pasará. Dios: no te pido nada, no merezco ni aun las sobras que nadie quiere. Haré de mi sombra mi único reino. Yo también pasaré porque no soy más que yo. 


Rigel

Copyright®2012 por Carlos Rigel

17 de agosto de 2012

El origen

Un arcángel viejo con lágrimas en los ojos y un ejemplar en sus manos, como un tesoro, ambos ante un escritorio con bordes de oro al pie de los antiguos portones del cielo en una provincia del viejo imperio pero que también es estrella del nuevo imperio, ¿es un sueño?


Y la otra Sodoma fue abandonada.
La escupida de Dios la tapó.
Las almas de Yarima y Apolonio
vagan con el viento junto a los planos
del Nuevo Reino, ahora desgranados 

por la arenisca del desierto  
en los gritos de Juan.

Sus fragmentos yacen en el fondo
del Mar Fósil. De aguas dulces 
pero negras, el nombre del mar 
es Pilatia; cruza el mundo de extremo 
a extremo entre el Atlántico y el Pacífico.
Un mar de manos traidoras;
a diario se lavan a sí mismas,
de diestra a siniestra.

Armagedón es la capital del estado
pero si visitás las ruinas de Jerusalén,
sitiada aún por la centuria,
llevá casco y chaleco antibalas. 


15 de agosto de 2012

La muerte de Dios


En un juicio celebrado el 17 de enero de 1918 se 
condenó a Dios a morir fusilado (tellagorri)

Tras la Revolución Rusa de 1917, el Estado Bolchevique quiso acabar con todo aquello que había representado a la Rusia de los Zares, empezando por los monarcas y toda su familia y trasladándolo hasta el capitalismo y la religión.
Muchos fueron los juicios sumarísimos los que se celebraron en los que se trataba de declarar culpable a todo aquel que no comulgase con la doctrina comunista. 
Uno de esos sorprendentes e hilarantes momentos se produjo el 17 de enero de 1918, apenas tres meses después de finalizar la Revolución de Octubre, y en el que llevaron hasta el estrado una acusación formal contra Dios, en la que se le acusaba de todos los males ocurridos a la humanidad y sobre todo por el cargo de genocidio.
Se había organizado un tribunal popular que tendría que escuchar detenidamente todo lo que la fiscalía argumentaría en contra del acusado. A falta de una presencia física en el banquillo de los acusados, se colocó una Biblia sobre la que señalaban los dedos acusadores.

Anatoli Lunacharski, impulsor del juicio
Presidiendo la vista estaba Anatoli Lunacharski, impulsor del juicio y ambicioso personaje, cuyo ascenso político dentro del aparato bolchevique se había producido rápidamente, colocándose como una de las personas de confianza del propio Lenin.
Pero, como todo juicio que se precie, también se contaba con la presencia de un grupo de abogados que debían asumir la defensa de Dios.Entre los argumentos que presentaron para conseguir la libre absolución del acusado, se alegó los  graves trastornos que padecía Dios, lo que le había llevado a cometer todos los crímenes contra la Humanidad de los que se le acusaba.
Una vez que intervinieron ambas partes, y realizados los alegatos finales, el tribunal popular declaró a Dios culpable de todos los delitos por los que se le acusaba, entre ellos el de genocidio.
Anatoli Lunacharski fue entonces cuando leyó la sentencia impuesta al acusado, quien debería morir a la salida del sol del día siguiente. A las 6:30 de la mañana un grupo de soldados bolcheviques, en una disposición exacta a la de un pelotón de fusilamiento, hicieron disparar sus armas con cinco ráfagas que apuntaban hacia el cielo moscovita. Una vez ejecutada la pena se declaro a Dios como muerto, intentando así acabar con el poder que había ejercido la religión sobre el pueblo ruso.
El propio Lunacharski reconocería tiempo después el grave error cometido al ejercer este tipo de acciones.
Fuentes de consulta: tellagorri