12 de abril de 2010

El interminable asesinato de Cristo



Título del post a medias parodiado de Armando Beilin y su libro 
–todavía a la venta, como seguramente merece– me refiero a La segunda 
muerte de Jesucristo, y del polémico ensayo El asesinato de Cristo 
de Wilhem Reich, pero que me sirven para ejemplificar lo que pienso 
del mundo cristiano cuando veo una cruz con un Jesús condenado 
a colgar de ella para siempre, siendo yo cristiano.

Recuerdo en 2007 mi solitaria visita en Mar de Ajó a la parroquia Nuestra Señora de Luján, de la calle Jorge Newery al 350, porque tiene un emblema que me agradó y que difiere de otras parroquias o iglesias visitadas: El símbolo crístico que identifica a la entidad. No se trata del reconocido hombre muerto colgado de la cruz, sangrante y espinoso, como es habitual en los templos cristianos, sino en otra circunstancia de su vida, me refiero a la del pescador vivo, certero, triunfal y hegemónico que convoca a todos los hombres y mujeres. Cristo de pie con los brazos amplios en una barca cuya proa parece saltar de la pared para alcanzarnos con su mensaje.

Y me recuerda a su vez esas toscas pero eficaces publicidades de talleres de reparación de autos en que cortan un tercio de un auto viejo –casi siempre un pedazo del baúl con rueda trasera incluida– para pegarlo a la pared encima de la persiana del local y a nadie se le ocurre pensar que un auto vino volando y se incrustó en la pared, que aunque alguien lo pensara estaría disculpado, porque un auto es un componente bidimensional ya que fue concebido para las calles y no para volar; de ahí lo fallido del concepto de quitarlo del suelo pero que es curiosidad que atrae al desdichado conductor particular para reparar su auto en ese taller y no en el de al lado, como quien dice: “No quiere chocar, entonces vuele.”

En cambio este hombre asoma, brota de la pared y uno cree ver que atrás queda la Mar Grande, atrás queda la muerte que sigue, el Sanhedrín, los impuestos y esas variedades de la época y de esta también. Y se me viene a la mente Moisés cuando abrió las aguas e imagino –o quiero imaginar– que el líder judío debió tener igual posición y actitud en sus brazos para ordenarle a las aguas que se abran, excepto que en este Jesús, un brazo está en alto como una antorcha al cielo, mientras que el otro yace abierto al orbe humano, como si cielo y tierra se unieran en el mismo momento, en cambio en Moisés debió ser de ambos brazos abiertos. Bien, pero me agrada la idea del creativo, porque esa perspectiva invita a sentirse un pez más del cardumen. No hay red, no hay anzuelo, no hay carnada: Sólo el llamado a emerger.

Y digo que hasta ese día no me sentí jamás reconfortado de entrar en una parroquia o iglesia por fastuosa o costosa que esta pueda ser pero ese día sí, porque quizá di con el lenguaje común de la convocatoria, la identificación necesaria que debe existir entre la institución y el hombre común, pero que no acepto que sea la del martirio ni del asesinato ni de la tortura. Y aunque busqué en esa parroquia otras señales con las que identificarme, no las hallé; eran las mismas estatuillas tan huecas de emoción como llenas de yeso.

Entonces –y a esto quería llegar– cada vez que veo una cruz cristiana, ya sea en una iglesia o el pecho de una persona no dejo de pensar que convocan a Jesús de Nazareth nuevamente al flagelo, lo invitan a vivir de nuevo generosamente el tormento, el tránsito al Calvario. Lo obligan a morir una y otra vez. Como el permanente recuerdo de un fallecido al que citamos de nuevo a reunirse con nuestros recuerdos del sufrimiento, de la terapia intensiva y la quimioterapia y el cáncer y el dolor y la agonía y ese colage de últimas circunstancias que acompañaron a una partida y que, al fin, dan nacimiento a un fantasma hecho de dolor y que vaga entre los reinos con lamentaciones y sufrimiento porque sólo fue convocado para volver a sufrirlo y no para liberarlo de él, como en un acto de magia supremo que hace nacer a un pájaro pero encerrado en una jaula para dejarlo morir de hambre, sed y soledad. Y tras su muerte, volver a traerlo a la vida pero dentro de la misma jaula, condenado a un holocausto que no merece.

Entonces me pregunto cómo diablos hizo el cristianismo para no escuchar, para no ver, para no sentir. De todo lo hecho luego de tres años de tránsito obrando milagros, apenas quedó el Calvario y la figura de una cruz, símbolo y castigo ejemplar romano a su vez heredado de Cartago. ¿Cómo se hace para tener ojos y no saber todavía para qué sirven?

Dicho de paso, tengo presente un dogma –o lugar común– del hollywood actual en el cual los delincuentes, es decir, drogadictos, mafiosos, asesinos –casi siempre negros o latinos– usan cruces cristianas de oro o de plata, con gruesas y largas cadenas como un ícono de protección. Algo así como que “a mayor criminalidad, más intenso el cristianismo”. Este lugar común es tan común –sobreviva la redundancia– como que los demonios, o personas infernales, fuman, a diferencia de la gente bien nacida y bien vivida que no lo hacen. O que los terroristas son todos creyentes de Alá. Y esperan que la iconología funcione de la siguiente manera:

Cristiano = Delincuente
Demonio = Fumador

Entonces, ¿cómo identifico a un delincuente? Respuesta: lleva cruces en su pecho. Y ¿cómo identifico a un demonio? Respuesta: fuma. Es re simple.


Ahora bien, entre el sufrimiento interminable de allí arriba y el delito iconográfico de aquí abajo, estamos nada menos que nosotros, los ajenos al castigo, los sin entrada en las butacas del Calvario, los creyentes del milagro, los que ya superamos el soborno del cielo y la amenaza del infierno, los que creemos que el secreto no está en su muerte sino en su obra, por ende en su vida; los Torpes Soldados del Sagrado Corazón, quienes sabemos que el Padre Mario fumaba 4 paquetes de cigarrillos diarios y era una luz en el mundo; nosotros quienes no dudamos y quienes no necesitamos pruebas o demostraciones, a quienes los descubrimientos astronómicos o cuánticos no nos cambian, los mismos a quienes las pruebas de Carbono14 no nos dicen nada, y quienes además creemos que es más complejo de lo que parece, porque leímos a Nietzsche y a Freud y a Kant y a Reich, y hasta los comprendimos, pero no cambiamos por ello, y quienes ni siquiera llevamos una cruz con cadenita bajo nuestra camisa porque no la necesitamos.
No hay recompensa para nosotros ya que jamás la pedimos.

El mundo descartiano de la duda y el escepticismo no tiene nada para ofrecernos, pero a quienes se declaran creyentes y se encolumnan detrás de una cruz, sepan que no heredarán la Tierra sino el Vaticano, porque fue hecho para ustedes, y heredarán también el odio al judío y no recibirán la Vida Eterna porque sería un desperdicio del reino, pero además sepan que a diario lo matan.

Copyright®2010 por Carlos Rigel

10 de abril de 2010

Tiendita ejecutiva


No sé por qué tengo la impresión de que esta presidenta gobierna así, como se viste: estilo Catálogo de Cortinas de los '70.


7 de abril de 2010

Quasimodo, Ministro de Cultura y Protocolo

Inquietantes
declaraciones de Martín Palermo: "Si me condecoraron
cuando erré tre, entonce voy a
errá tre más"


Así como alguna vez el Turco condecoró en nuestra tierra a Pinochet, cuando éste entre 1979 y 1982 intentó envenenar a la población argentina a través del agua potable de OSN, el actual gobierno kirchnerista –mediocre hasta la médula–, termina de condecorar a Martín Palermo con la orden de "Ciudadano Ilustre", quizá por errar tres penales consecutivos para el seleccionado nacional durante un recordado episodio que todos queremos olvidar.

Combinando ambos momentos pienso en la intoxicación mortal de perder 3 a 0 contra Colombia y recuerdo la noticia de la cantidad de infartados en Inglaterra cuando perdieron en los penales contra Argentina. Aquí sabemos de sapos tragados con esfuerzo y cuánto cuesta soportar la verrugas en nuestra garganta. Creo que Palermo no volvió a vestir la celeste y blanca desde aquella oportunidad, aunque eso no mengua los tres pepinos perdidos ni la condecoración que lo iguala con Pinochet –aunque también tristemente con Vilas–, si ese día podríamos habernos tomado un licuado de Woolite con jabón en polvo y vidrio molido fino que no hubiera pasado nada. Porque frente al envenenamiento público fue más eficaz Palermo que Pinochet, como si su ilustre ciudadanía nos inmunizara para siempre de la cicuta nacional de penales errados de hoy y de siempre, y que augura: "Lo que no te hace más fuerte, te mata".

No se trata de condecorar a un científico que trabaja por dos mangos en la penumbra de un sótano del Centro Atómico, o a un médico que asiste heridos de una catástrofe en el extranjero, o a un cacique del norte que resiste la invasión territorial de empresas privadas, no, sino de condecorar los aplausos genéricos con reservas de un sector social inmune a la acidez nacional y la crítica, porque si a este jugador le otorgan semejante condecoración, luego del veneno en su propia ley, entonces cave preguntarnos qué diablos le darán a los grandes cuando se presenten.

Diferente sería igual condecoración al final de su vida, plusvalía deportiva cuando se retira, porque no habría objeciones ya que se evalúa la trayectoria total –aun contemplados errores y derrotas–, como con Guillermo Vilas. En cambio así, cuanto director técnico dirija al seleccionado nacional deberá evadir a Palermo por dos motivos: por patadura, y para preservarnos del "mérito" de penales errados futuros que nos arruinen una clasificación o una final palpitante. Porque si Argentina estuviera empatando en el último minuto de una final frente a Alemania o frente a Inglaterra y hubiera un penal... ¿aceptaríamos a Palermo para patearlo aunque sea Ciudadano Ilustre?... O mejor, tras apuntar al arco y desmayar de un pelotazo a un señor de la tribuna para despedirnos así en la derrota, su condecoración ¿impedirá nuestra catarsis de insultos?

Por eso, queridos e ignorantes amigos del gobierno, es mejor recordarles que se busca premiar un evento destacado pero aislado en la vida de una persona sobresaliente (por ejemplo un libro o un descubrimiento), o se destaca una actuación ejemplar (por ejemplo una valiente acción civil) o, en el extremo, se condecora la obra total, final y cerrada de una personalidad (una vida dedicada a la literatura o el estudio o el deporte), alguien que ya no nos pueda avergonzar degradando incluso nuestra condecoración.
Esto último nos preserva, por ejemplo, de que una personalidad reconocida en unos años caiga en la mala y se dedique a asaltar bancos, o a estafar pagando cheques sin fondos. Esos actos también resultarían contemplados en nuestra condecoración. Por eso se entregan al final de la vida, para salvar el buen nombre del mérito que se entrega, porque sería más humillante quitársela que habérsela dado. Es la diferencia entre premio, mérito (o reconocimiento) y condecoración.

Así tenemos a un condecorado del que alguna vez rogamos ferviente y certeramente que no pateara y que cediera el lugar. Condenados al fracaso hay que seguir adelante, como el pelado que cae de un décimo piso y cuando va por el quinto dice: "Por ahora vamo bien".
Pero además, se rumorea en lo pasillos de la Casa Gelatina que está en proyecto condecorar al General Menéndez por no haberse suicidado, como corresponde, de múltiples disparos en la cabeza tras la rendición a los ingleses en las islas por la misma época en que Pinochet planeaba envenenarnos. Y después perdimos 5 a 0 en Buenos Aires, tal vez como una vacuna preventiva contra el 3 a 0 y los 3 penales seguidos del Ciudadano Ilustre Martín Palermo que nos hubieran puesto al menos 3 a 3 para salvar el honor de una afrenta ahora irreparable y tan bochornosa como ilustrada.
Imaginemos qué tamaño de condecoración le hubiera correspondido a Pinochet si el plan de envenenamiento de Buenos Aires hubiera resultado aunque sea en un 50% de los muertos esperados.
Sin duda (¡y la putísima que lo remil parió!), gracias a la intachable ordinariez del actual gobierno, estamos mejorando nuestra inmunología contra intoxicaciones cívicas masivas.

Entonces, ¡sean pacientes porque hay abundante veneno para todos!


2010 © Copyright, Carlos Rigel

7 de marzo de 2010

La Teoría del Caos (correctamente ordenada)

Las 7 leyes de la Teoría del Caos de John Briggs y David Peat apestan, por eso es necesario enunciar la Teoría del Caos Restringida (limitada por el orden de todas las cosas) dando origen a las inquietantes leyes del Orden Anárquico.


Sir Fred Hoyle, astrónomo inglés quien supo alterar el aquelarre científico de los ’70 en el exitista siglo XX, propuso dos evidencias, dos momentos específicos de manifestación concreta del Gran Espíritu Creador en nuestro universo presente. Y hasta precisó en coordenadas temporales esos dos instantes de creación absoluta cuyos resultados eran claramente observables. Uno fue, por supuesto, el Comienzo retratado en el Gran Estallido General del átomo primigenio, principio remanente expresado tanto en la presencia de materia en el cosmos, como también en la velocidad de recesión hoy observada en las galaxias, llamada Expansión universal. El segundo momento fue, para asombro y desorientación de sus seguidores, la composición de la Novena sinfonía, opus 125, de Beethoven, también conocida como la Coral. Según Hoyle, el Gran Espíritu Creador corporizó sus destellos en el compositor vienés durante la confección de la obra desde su inicio en 1814 y hasta su finalización en 1824.

Es famoso el amor del científico británico por los Cuartetos del músico sordo a los que consideraba perfectos, pero tengo en cuenta que hasta la fecha de su muerte, en 2001, Hoyle no presentó ecuaciones para someterlas a revisión, ni soluciones físicas que echen luz a su afirmación; tampoco nadie se las reclamó. Aunque seguramente no esperó cuestionamientos, lo cierto es que ni un solo científico se atrevió a refutar su pensamiento expresado en el prólogo de un grueso compendio de astrofísica general.

Es de suponer que hay afirmaciones que no requieren demostración física y sólo pueden tener sentido en el corazón y en el espíritu humano, sin necesidad de quebrantar las leyes de las ciencias duras, ya que durante una autopsia un médico forense tampoco verifica la presencia de recuerdos o emociones, tampoco de sueños o esperanzas, y sin embargo nadie se atrevería a negar los sentimientos del ser, ni la potencia del mundo onírico. Y me resulta absurdo pretender que el universo espiritual tenga su expresión más acabada en la exploración de un físico con las herramientas del cinismo y del escepticismo, hurgueteando en lo inmaterial, por ejemplo, para medir los sueños con instrumentos y electrodos. Lo único que así se verifica es una anomalía durante las horas de sueño que ocupa un ciclo de 15 minutos durante cada hora de reposo, llamado sueño REM. Pero eso nada dice acerca del contenido de un sueño, es decir, qué se soñó, ni de sus símbolos; ni tampoco de las advertencias, por ejemplo, bajo la forma de premoniciones.

Pero cuando se produce el razonamiento inverso, es decir, cuando un físico invade con afirmaciones dogmáticas el territorio espiritual me abruma de distinta manera, porque presupongo que venció la herramienta del escepticismo natural de la ciencia compuesta por vectores, momentos y módulos para ingresar en un territorio potencialmente imaginario y posible. Y con absoluta impunidad cruza del mundo material como por una membrana espectral a una dimensión distinta de posibilidades con herramientas nacidas en la credulidad o la fe o la esperanza. Y lo objetivo felizmente pasa a ser un elemento factible de la subjetividad. Los utensilios no son tan diferentes porque también obedecen a una razón y una lógica, quizá de una distinta naturaleza pero con igual sentido común, compuesta de subjetividades, percepciones e intuiciones.

Lo inquietante es que Hoyle no haya superpuesto las herramientas de la credulidad por sobre las de la física, como hizo, por ejemplo, Sábato cuando renuncia a la física nuclear para dedicarse a la novela, lo temible es que las haya incluido en una misma ciencia. Una ciencia nueva compuesta de vectores y esperanzas, donde el Big Bang y la Coral respondan a un mismo impulso inicial. Donde una ecuación precisa tenga la misma definición que un sueño, o que una ilusión resulte en un módulo de intensidad capaz de destruir 146 electrones desorientados, disciplina científica donde el álgebra topológica degenere hasta volverse perniciosa, o que la hipotenusa se entregue a las drogas y la prostitución. Y todo unificado en un mismo horizonte universal de acontecimientos. Sin negaciones ontológicas, ni conflictos intrínsecos. Al fin, libre de apasionadas contradicciones.

No es igual a la Teoría del Caos cuando intenta relacionar el batir de las alas de una mariposa con un terremoto en la India, como propuso Michael Crichton en una historia llevada al cine hace unos años, inspirado acaso en Las siete leyes del Caos de John Briggs y David Peat, cuando promueven erróneamente la combinación de sucesos aleatorios –pero específicos– supuestamente ligados entre sí, estableciendo una regla ilusoria para aplicar, digo, a la ambigüedad de lo indeterminable, porque los sucesos no obedecen a reglas, justamente porque son caóticos, pero tampoco a relaciones ya que no están ligados por ejes de causalidad o influencia, porque es como decir que las galaxias brillan menos desde que existen los telescopios.

Que la manifestación poliforme existe y que es permanente no hay duda, pero que obedezca a leyes o principios es, cuando menos, estúpido desde la génesis misma del razonamiento. Si tiro libro tras libro mas o menos en la misma dirección de un ambiente es posible que se arme una montaña de libros y es posible que uno ruede y hasta quede parado, pero relacionar ese libro parado con el descenso fallido de una nave en Marte y no con una moneda que cae de mi pantalón, ni con el taxi que atropella a un ciclista en Italia, es discriminar la relación en favor de una hipótesis personal, individualizada inexplicablemente.

«Si quiero instaurar el caos social, entonces debo aplicar estas siete leyes y listo. Pero si después quiero restituir el orden, aplico estas otras. Y listo». Y al Universo sólo le resta comportarse como dicen y enuncian esas leyes.

Es comprensible que la posibilidad que encierra esta calcomanía le resulte mágica y hasta novedosa al hombre común, pero lo que proponen es tan absurdo que si utilizo una línea luminosa de unión entre dos sucesos aparentemente relacionados, uno en Marte cuando una piedra vuela al viento y otro en Lima cuando un ladrón le da una limosna a un pobre, debo continuar tirando líneas porque este último está en relación con otro suceso en Japón ocurrido ayer cuando una nena tropezó con un juguete, y con las explosiones solares de hace tres millones de años, y con la caída de la bolsa dentro de un mes, y con el cavernícola que le arrancó un ojo a un oso antes de morir hace un millón de años, de tal manera que al terminar la hipótesis tendría un universo saturado de líneas hasta quedar blanco y por completo luminoso, abarcando la totalidad de sucesos en todas las regiones y edades posibles, bueno, porque transcurren bajo un mismo techo universal. Y el paso que le falta es terminar con el enunciado del hombre vulgar y decir: «¡Todo está relacionado con todo!» de ojos desbordados y sonrisa alegre para terminar de caer en el mismo abismo ordinario de siempre.

Si no existiera una proclividad a un cierto límite de probabilidades, entendido como un orden, entonces el problema no sería la inmensa variedad de fractales de copos de nieve –es cierto, donde no hay dos iguales–, sino el aglutinamiento, en donde un copo de nieve de una décima de gramo descendería cariñosamente sobre mi cabeza mientras que, a mi lado, otro de dos toneladas aplastaría un auto. Eso es caos.

Porque como tal, el caos es resultado de la imprevisibilidad y la arbitrariedad, por eso es caótico. Entonces al caos que ellos proponen, le verifico un orden. Y conste que aún me falta una variable indeterminada en la ecuación, un componente x que no me permitirá jamás conocer el límite de dos sucesos establecidos, porque aunque fuerce la lógica no puedo saber si la nube de arena de hoy en Nigeria tiene relación con el golpe militar de ayer en la Galaxia de Andrómeda o si está ligado al meteoro de hace dos millones de años que sacó a la Luna de lugar. Aún cuando comience por dos eventos concretos elegidos y separados de la vastedad la propuesta sigue operando con fallas, porque lo cierto es que desde cualquier relación establecida el final es conocido y tiene por respuesta la totalidad de lo que existió, lo que existe y existirá hasta el fin en todas partes ya que no pueden ser aislados de otros sucesos.

Pero si todo, absolutamente todo, está relacionado entonces fracasa el criterio de la relación individual porque se vuelve caprichosa e indeterminable, y entonces hablo simplemente de un universo manifestándose a cada instante y en todas partes sin obedecer a reglas ni a leyes pero tampoco a relaciones de ningún tipo. Lo que sí observaré todavía serán las constantes y sus variantes que quizá merezcan un estudio en particular. Porque de sostener el razonamiento del caos total y subyacente, entonces no existe orden.

Lo opuesto al caos total es, por supuesto, el orden total y prefiguro entonces La Teoría del Orden. Es decir Las siete leyes del Orden, que a fin de cuentas tienen las mismas explicaciones y resultados tangibles que las del Caos. Sólo hay que cambiarle el título al libro y hasta venderlos juntos para quedar al fin como al principio: con dos universos disociados, el del Caos total y el del Orden absoluto. Ambos verificables. Como quien dice: «Si quiero instaurar el caos social, entonces debo aplicar estas siete leyes y listo. Pero si después quiero restituir el orden, aplico estas otras. Y listo». Y sólo le resta al universo comportarse como dicen y enuncian esas leyes.

No es así. Quizá la molesta contradicción viene de ordenar el supuesto caos en leyes, porque si eliminaran esa palabra del título reemplazándola por observaciones, quizá podría leerlo sin cuestionamientos iniciales acaso para desencantarme más tarde. Pero no es así y debo abstraerme a un orden autárquico y hermético, como quien enuncia las reglas a seguir para ser bizarro, o quien establece Los siete pasos para cometer un crimen pasional. Y lo comienza describiendo: «Primer paso: Llénese de odio cuando vea salir a su esposa de un hotel con el pendejo barrendero», y que luego detalle los pormenores de la situación y el estado emocional que debe verificar un hombre, paso a paso, previo al asesinato.

En la Teoría de Caos, Homero Simpson y Ludwig Van Beethoven se disputan la autoría legítima de la Novena sinfonía, Opus 125, la Coral.




Pero lo que sí puedo hacer mientras tanto es admirar cuanto quiera el resultado de ese caos y ese orden combinados con sus misteriosas bellezas y tinieblas pero sin intentar explicarlos, porque es como cuando la psicología contemporánea intenta explicar el origen de los mitos griegos, y justifican –o matan– lo bello con lo ridículo, y hasta les parece razonable porque se sienten convocados a explicar lo inexplicable. Entonces a través del mito enuncian reglas que aplican a la sociedad para acomodarlas luego, de regreso, al mito mismo y que todo encaje en un molde fijo, freudiano y, para sus sacerdotes, felizmente satisfactorio. Y quizá hasta gocen de la sonrisa tímida y concupiscente desde la esfera de Parménides de su dios Freud. Con él allí todo es perfecto y obedece a causas simples o complejas, pero tranquilizadoras.

Si el caos no responde claramente a las 7 leyes enunciadas por John Briggs y David Peat, entonces no es caos. Por descarte, ¿se trata de orden?

Claro que luego de pensarlo, siguiendo la misma línea cáustica de razonamientos, en el otro extremo de la Teoría del Psicoanálisis se encuentra la Teoría del Caos, correctamente ordenada y sustentada para la fascinación del lector común. Son consecutivas y hasta permutativas. El paso es largo pero va en la misma dirección. Era lo que restaba ordenar y explicar. De manera que el hombre común pueda justificar: «Mi asesinato de hoy tiene relación con el nacimiento de una flor en Júpiter», y todo resulte amablemente comprensible y hasta lógico.

Ajeno a medir las consecuencias de su afirmación, el científico británico unificó los universos disociados de Plank y de Jung. El de la materia con sus partículas y el intangible del Alma. No hay reproches, Hegel también descansa en paz junto a Kierkegaard: el muro se derrumbó desde adentro. Que los hombres sigan pensando lo que quieran cada uno en su compartimiento estático al abrigo de sus creencias y sus leyes, esos universos siguen siendo uno solo, íntegro, único e indivisible.


2010 © Copyright, Carlos Rigel

15 de febrero de 2010

The Wall Pinkfreud: la vieja táctica de aturdir



Señor Marafioti: Un mono en una nave espacial
no es un astronauta, sigue siendo un mono 
en una nave espacial. 


Escribir tonterías encubiertas de inteligentes –como lo hace Marafioti– no es difícil. Ni siquiera se requiere de inteligencia. Basta con aturdir al público de una manera adecuada de tal forma que el "oponente" es decir, quien lee o quien escucha, desista de preguntar. Sin embargo hay que agregar que cuando una tontería además es sustentada con pruebas y ecuaciones, si bien estas no mejoran la calidad de la tontería en cuestión, debemos admitir que quizá sí son capaces de confundir al desprevenido, o quizá ser evadidas por complejas, ya que a menudo los "pícaros" emplean la tontería con más soltura que los propios tontos, prueba de que hay migración de comportamientos. Pero incluso estas migraciones son unidirecccionales: Un tonto jamás empleará la inteligencia con soltura.
Lo cierto es que en el trayecto que va de la inteligencia a la estupidez advertimos que coexiste una subcategoría, como un fulgor de la dialéctica callejera: un fenotipo que no parece tonto y sin embargo simula ser inteligente. Un rango de ambigüedad al que Marco Denevi llamó “la viveza criolla”. Y estableció su ubicación en un punto intermedio entre ambos extremos. Es nuestra concepción criolla de un arquetipo autóctono. Se trata del “vivo”.
En efecto, entre los "estúpidos" y los "inteligentes", se encuentran los “vivos”, entendido como una categoría no menos destacada que la estupidez pura. Por un lado sin el conocimiento suficiente –y su empleo– que sí caracteriza al inteligente, y por otro con sus inmediatas reacciones –las que evitan la pronta descalificación–, y que lo llevan a ocupar rápidamente un lugar entre los inteligentes pero solo entre paréntesis.
Y conste que al decir inteligente, no estamos diciendo "sabio". No, simplemente nos estamos refiriendo a una base de conocimiento que le permite al "inteligente" relacionar y asociar un evento o circunstancia, ofreciéndonos una rápida respuesta inspirada o en la experiencia o en la teoría inherente al tema. Decimos que es "inteligente" aquel que, una vez planteado un dilema, responde a la cuestión casi de inmediato a veces empleando la sutileza, o incluso la ironía casi siempre de la mano de la desproporción, la comparación, etc. En fin, una serie de herramientas que conducen a cerrar un tema con lucidez, con armonía y hasta con la prepotencia que otorga el conocimiento.
Incluso a veces con la gracia que eterniza ese momento y lo vuelve memorable.
Pero, una rareza, también podemos incluir en la categoría de "inteligente" a una computadora y como tal no tiene nada de graciosa; tampoco nada de sabiduría. Incluso a veces son tontas.
El inteligente responde rápido, excéntrico o concéntrico, sagaz o absoluto. Hasta su silencio forma parte de la respuesta cuando nos mira sonriente sin pronunciar palabra.
En la otra rivera, el estúpido no tiene las respuestas prontas pero acepta el dilema. Su primera reacción es la de "estupefacción" frente al interrogante. Quizá lo resuelva más tarde cuando alcance la masa crítica de conocimientos. Entonces recordará el dilema y ofrecerá su respuesta. Tal vez haya que esperarlo años enteros.
Para el mismo caso, el “vivo” explora los alrededores del tema y hasta nos resulta brillante al comienzo, cualquier baldío le viene bien para tirar la pelota afuera y lo hace tantas veces que nos agota con astucia –de eso se trata la "viveza criolla"–, pero sin aportar nada a su esclarecimiento. Y así hasta que diluye por cansancio el interés en la pregunta.
No tiene respuestas concretas y ni siquiera habla acerca del tema en cuestión, sino de sí mismo. Le encanta escucharse, dominar el interés ajeno. En sus manos –o en su proverbial lengua– nada será definido ni resuelto. Nada será esclarecido, simplemente porque no tiene las respuestas para satisfacer las preguntas. Pero lo veremos brillar como una supernova durante ese instante de esplendor en que los oídos ajenos se prestan a su pirotecnia verbal. Es un juego de poder y él es un prestidigitador deslumbrante. Su magia dura lo que dura el descubrir el hilo que baja de su manga y sujeta los naipes. Y aun descubierto el hilo, dirá que es una hilacha de la manga.
Porque el "vivo" quiere ser escuchado, quiere ser el centro de la galaxia aunque no sea más que por unos minutos. Es la antípoda del sabio que hace silencio. Y por supuesto que esta particular categoría argentina, el "vivo criollo", no está listada en el Diccionario filosófico de Voltaire. Su aparición en nuestra corteza ciudadana es reciente.
El estúpido no tubo las respuestas a tiempo. Para él el interrogante sigue abierto, irresuelto. Quizá cuando lo refiera o refracte en otras experiencias por paralelismo o por oposición, entonces recordará la pregunta y ofrecerá su respuesta. Y fluirá como un canal con una extraña sapiencia pero que deshiela en la misma cumbre que el “inteligente”. Son las mismas aguas, pero tardías.
El tonto sería una especie de estúpido sin motivación; sin la capacidad de asociar. El tonto no tiene ni tendrá nunca la respuesta a una pregunta, simplemente porque no la entiende. Y hay tontos famosos porque la tontedad puede quedar a un ilusorio paso de la sabiduría, como en el caso de "Chance Gardiner" en la película Desde el jardín.
El tonto es, frente a la estupidez, lo que el inteligente frente a la sabiduría, pero en la dirección opuesta: Problemática de un nivel diferente. Y hasta podemos afirmar que el "vivo" no es tonto, pero si intenta explorar el mundo complejo de los acontecimientos dejará al descubierto su verdadera incapacidad. Demostrará que no es "inteligente", y eso mismo lo dejará a un paso de la tontera. No de la estupidez.


Bien. Leo el rosario de tonterías –que por momentos se me va volviendo repugnante– que escribe Marcos Marafioti en la monografía "Psicoanálisis de The Wall por Pink Floyd" y que debo declarar que hasta el título me confundió, ya que pensé que el mismo grupo británico hacía su propio autoanálisis –y perdón por la superposición de conceptos– y que me suena a algo así como enunciar "la hipotenusa de la melancolía por la Diáspora", del sitio Monografias.com, y aclaro que se trata de un señor quien dice cursar la licenciatura de Psicología en la Cátedra Irene Friedhental de la Universidad de Buenos Aires –que no sé si creer que por ese motivo mejora el análisis o evade la discusión–, escrito en 2003 y –¡Dios y los santos evangelios nos libren de los terapeutas freudianos!–, que hasta me propongo rebatirlo, demolerlo, hacerlo confesar su completa ignorancia y dejarlo vencido e incapacitado de cometer nuevos vejámenes, excepto el de atender, servir, discutir, embolsar y entregar hortalizas y vueltos en una verdulería céntrica.
Y conste que la intención no es desvalorar ni al comercio ni a las verduras u hortalizas que a diario consumimos, sino a mejorar el conocimiento de un pobre ser que no encuentra un lugar adecuado en el mundo pero que cree haberlo hallado en el Psicoanálisis. Entonces, bien le viene comenzar por atender señoras, pibes y viejitos. Allí también reside la condición humana.
Y hasta confieso que no terminé de leerlo por el mismo motivo que no comemos un pescado cuando huele feo para verificar que está podrido, ya que pronto descubrí que su intención no era la de esclarecer el tema propuesto, sino de exponer sus conocimientos freudianos sin pedir permiso. Lo de Pink Floyd fue una excusa, como quien asegura tener una muestra de orina del Quijote y luego sostiene que se le derramó en el baño. Entonces propone enérgicamente que estudien su baño. Lo cierto es que me sonó a deslumbrante precariedad, como si fuera un mono al cual se le entrega una nave espacial con rayo láser. O quizá, con una ojiva nuclear.
La maraña que logra Marafioti solo podría entenderse como parte de la necesidad de deslumbrar a su profesora. En eso sí fue freudiano. Quién sabe si habrá logrado su cometido. Yo espero por el bien del sano desequilibrio nacional –que a menudo sustenta la creatividad pública– que no.
Pero se me ocurren dos o tres razones para abandonar el caso:
1) es que seguramente nadie quien se interese o disfrute la obra de Roger Waters habrá leído esa monografía;
2) menos aún leerán mi blog;
y 3) –acaso la peor razón– es que el sólo acto de analizar una tontería no demuestra ni justifica un ensayo o estudio sobre la lucidez, ni sobre el conocimiento ni sobre la sabiduría para abordar un absurdo, porque eso mismo sería una tontería.
Comprendo que aun una monografía debe querer esclarecer algo ya que se trata de una especie de nano-ensayo (o, mejor dicho, un proto-estudio) o bien por enumeración de elementos, por disposición de ellos o por conclusión. Imagino que estas muletillas son usadas en nuestras alucinógenas universidades para despertar a los estudiantes a una suicida salubridad ciudadana: se trata de brindar las herramientas adecuadas para asesinarse con el nudo de nuestra propia corbata. De alguna manera, Marafioti nos dice: ¡Esto es muy complejo para ustedes pero, cálmense, yo los puedo ayudar!
Y entonces desata sus hipótesis, que hasta me parece escuchar alguna de las risueñas teorías del "Profesor Fansworth" de Futurama.
El mismo Nietszche decía que no hay que agitar las aguas para que parezcan profundas –siendo él mismo un gran enturbiador–, pero creo entrever aquí en la monografía de Marafioti que deliberadamente él vierte agua en la tierra y grita: ¡Una laguna! ¡Yo mismo he de desentrañar sus misterios!
Pero es barro nada más. Psicología queriendo analizar una obra musical.
La sola lectura de su “Conclusión” nos enfrenta a un disparate que no concluye sino que agrega más confusión y que termina siendo tristemente risible. Y si buscaba aportar, bueno, fracasó porque nos demuestra que un mono en una nave espacial no es un astronauta; sigue siendo un mono en una nave espacial.
Hay nebulosas contenidas en los programas de la universidad; hay galaxias en nuestras facultades, en nuestra ciudad. Hasta para imaginar un plato volador hay que ser imaginativo: Marafioti nos prueba que existe vida en otros mundos.
Como cuando Cavallo afirmó que los jubilados seguían trabajando porque el dinero ahora sí valía. Fue unos años antes del "corralito", y uno se preguntaba ¿cómo hacés para vivir equivocado? ¿practicás a diario, o tomás clases en una academia?
No, en una facultad.
Cito textualmente:
"... Evidencia todo lo enumerado: "que los fenómenos anímicos son en sí psicológicos y tienen que ser tratados con medios psicológicos..."

Lo que me suena a liturgia, algo así como que para comer una pizza hay que ir a Italia y consultar a un tano.

"... En concreto Freud refutó el principio aristotélico de  identidad cuando afirmó que un aparato psíquico no coincide con un cuerpo...

Tiene razón, Los Mitos griegos no coinciden con un hexágono, pero que cite a Freud no es garantía de acierto.

"...Expresa la división real del sujeto que es juzgado con severidad por su autoobservación y conciencia moral..."

¿Eh, qué?... ¿De qué diablos está hablando, del animal prehistórico de Jurasic Park o del vicepresidente?

"... Por otro lado, la estructuración del inconsciente a cargo de la fantasía crea un mundo fantasmagórico, donde el afecto retorna en angustia al objeto fóbico."

¿Cómo?... Se refiere al mundo fantasmagórico creado por la fantasía del inconciente estructurado donde el objeto fóbico retorna el afecto en angustia... ¿del director del film, del animador, de la película, de la letra o de su autor, Roger Waters?... En fin, creí que psicoanalizaba la letra, no el film.

Debemos resistir esta burla cínica. La belleza no puede ser asesinada por una ecuación o bien o mal expresada. The Wall es un milagro nacido de una tragedia personal de Roger Waters, como fue La Divina Comedia para Dante tras la pérdida de Beatricce, y hasta puede ser un equívoco quizá como la cosmovisión de Kafka que origina su obra. No su obra, ya que esta es y sobran palabras. Pero el resto aporta poco o nada y, como en este caso, es basura. Cuando una circunstancia vivencial es sublimada en obra de arte, prescinde del análisis freudiano e importa un carajo qué diablos piense Freud o los torpes diáconos de su colegio apostólico.
Quizá en el próximo episodio Marafioti nos traiga un análisis detallado sobre "la Taberna de Moe" de Los Simpson, pero proyectada en la alegórica Caverna de Platón con las sagaces reflexiones de Barney (¡Berrrp!).
En fin. De cualquier manera le aconsejo pensar seriamente en lo de atender una verdulería. Es mejor practicar con zapallos antes que con cabezas. ¡Plofff!


CR

8 de febrero de 2010

La guerrilla de los mundos



Naves achorizadas sobrevuelan Buenos Aires. 
Mientras tanto...


Cuando en pleno mediodía, y desde un cielo diáfano, descendió en mi patio el primer ovni, me encontró escabiando, mientras el costillar de asado lagrimeaba sobre las brasas. Mi actitud inmediata, entonces, fue poner un vaso más y servirle un tinto fresco. Como buen cristiano, dejó el rayo láser en el suelo. Hasta le ofrecí soda que, inexpresivo, desdeñó de inmediato mientras miraba inquieto el asado. Yo le conté de Spielberg y de las gomas de la vecina de al lado. Le pregunté —con semejante cabeza— qué analgésico usaba. Pero al ver que del ovni seguían bajando humanoides, interesados en la parrilla y desinteresados por lo visto en mi amistad y las reglas de la sana cortesía, no tuve más remedio que sacar la 38 y empezar a los tiros. ¡Ping! ¡Flang! ¡Pum!

Del libro La hipotenusa perniciosa, 2012
Barón Carlos Rigel

Copyright@2010 por Carlos Rigel

2 de febrero de 2010

Clasificados: Vendo galaxia

SÓLO PARA ENTENDIDOS

Vendo o permuto galaxia.
Muy buena. Núcleo a nuevo.
Retoques en brazos y espiral
(tiene un quiñe de un lado)
Agujeros negros s/cargo.
Excelente espectro de luz.
Papeles al día.

Tratar con el dueño.
Giuseppe 16 6687 9987
de 18 a 22 hs.