15 de febrero de 2010

The Wall Pinkfreud: la vieja táctica de aturdir



Señor Marafioti: Un mono en una nave espacial
no es un astronauta, sigue siendo un mono 
en una nave espacial. 


Escribir tonterías encubiertas de inteligentes –como lo hace Marafioti– no es difícil. Ni siquiera se requiere de inteligencia. Basta con aturdir al público de una manera adecuada de tal forma que el "oponente" es decir, quien lee o quien escucha, desista de preguntar. Sin embargo hay que agregar que cuando una tontería además es sustentada con pruebas y ecuaciones, si bien estas no mejoran la calidad de la tontería en cuestión, debemos admitir que quizá sí son capaces de confundir al desprevenido, o quizá ser evadidas por complejas, ya que a menudo los "pícaros" emplean la tontería con más soltura que los propios tontos, prueba de que hay migración de comportamientos. Pero incluso estas migraciones son unidirecccionales: Un tonto jamás empleará la inteligencia con soltura.
Lo cierto es que en el trayecto que va de la inteligencia a la estupidez advertimos que coexiste una subcategoría, como un fulgor de la dialéctica callejera: un fenotipo que no parece tonto y sin embargo simula ser inteligente. Un rango de ambigüedad al que Marco Denevi llamó “la viveza criolla”. Y estableció su ubicación en un punto intermedio entre ambos extremos. Es nuestra concepción criolla de un arquetipo autóctono. Se trata del “vivo”.
En efecto, entre los "estúpidos" y los "inteligentes", se encuentran los “vivos”, entendido como una categoría no menos destacada que la estupidez pura. Por un lado sin el conocimiento suficiente –y su empleo– que sí caracteriza al inteligente, y por otro con sus inmediatas reacciones –las que evitan la pronta descalificación–, y que lo llevan a ocupar rápidamente un lugar entre los inteligentes pero solo entre paréntesis.
Y conste que al decir inteligente, no estamos diciendo "sabio". No, simplemente nos estamos refiriendo a una base de conocimiento que le permite al "inteligente" relacionar y asociar un evento o circunstancia, ofreciéndonos una rápida respuesta inspirada o en la experiencia o en la teoría inherente al tema. Decimos que es "inteligente" aquel que, una vez planteado un dilema, responde a la cuestión casi de inmediato a veces empleando la sutileza, o incluso la ironía casi siempre de la mano de la desproporción, la comparación, etc. En fin, una serie de herramientas que conducen a cerrar un tema con lucidez, con armonía y hasta con la prepotencia que otorga el conocimiento.
Incluso a veces con la gracia que eterniza ese momento y lo vuelve memorable.
Pero, una rareza, también podemos incluir en la categoría de "inteligente" a una computadora y como tal no tiene nada de graciosa; tampoco nada de sabiduría. Incluso a veces son tontas.
El inteligente responde rápido, excéntrico o concéntrico, sagaz o absoluto. Hasta su silencio forma parte de la respuesta cuando nos mira sonriente sin pronunciar palabra.
En la otra rivera, el estúpido no tiene las respuestas prontas pero acepta el dilema. Su primera reacción es la de "estupefacción" frente al interrogante. Quizá lo resuelva más tarde cuando alcance la masa crítica de conocimientos. Entonces recordará el dilema y ofrecerá su respuesta. Tal vez haya que esperarlo años enteros.
Para el mismo caso, el “vivo” explora los alrededores del tema y hasta nos resulta brillante al comienzo, cualquier baldío le viene bien para tirar la pelota afuera y lo hace tantas veces que nos agota con astucia –de eso se trata la "viveza criolla"–, pero sin aportar nada a su esclarecimiento. Y así hasta que diluye por cansancio el interés en la pregunta.
No tiene respuestas concretas y ni siquiera habla acerca del tema en cuestión, sino de sí mismo. Le encanta escucharse, dominar el interés ajeno. En sus manos –o en su proverbial lengua– nada será definido ni resuelto. Nada será esclarecido, simplemente porque no tiene las respuestas para satisfacer las preguntas. Pero lo veremos brillar como una supernova durante ese instante de esplendor en que los oídos ajenos se prestan a su pirotecnia verbal. Es un juego de poder y él es un prestidigitador deslumbrante. Su magia dura lo que dura el descubrir el hilo que baja de su manga y sujeta los naipes. Y aun descubierto el hilo, dirá que es una hilacha de la manga.
Porque el "vivo" quiere ser escuchado, quiere ser el centro de la galaxia aunque no sea más que por unos minutos. Es la antípoda del sabio que hace silencio. Y por supuesto que esta particular categoría argentina, el "vivo criollo", no está listada en el Diccionario filosófico de Voltaire. Su aparición en nuestra corteza ciudadana es reciente.
El estúpido no tubo las respuestas a tiempo. Para él el interrogante sigue abierto, irresuelto. Quizá cuando lo refiera o refracte en otras experiencias por paralelismo o por oposición, entonces recordará la pregunta y ofrecerá su respuesta. Y fluirá como un canal con una extraña sapiencia pero que deshiela en la misma cumbre que el “inteligente”. Son las mismas aguas, pero tardías.
El tonto sería una especie de estúpido sin motivación; sin la capacidad de asociar. El tonto no tiene ni tendrá nunca la respuesta a una pregunta, simplemente porque no la entiende. Y hay tontos famosos porque la tontedad puede quedar a un ilusorio paso de la sabiduría, como en el caso de "Chance Gardiner" en la película Desde el jardín.
El tonto es, frente a la estupidez, lo que el inteligente frente a la sabiduría, pero en la dirección opuesta: Problemática de un nivel diferente. Y hasta podemos afirmar que el "vivo" no es tonto, pero si intenta explorar el mundo complejo de los acontecimientos dejará al descubierto su verdadera incapacidad. Demostrará que no es "inteligente", y eso mismo lo dejará a un paso de la tontera. No de la estupidez.


Bien. Leo el rosario de tonterías –que por momentos se me va volviendo repugnante– que escribe Marcos Marafioti en la monografía "Psicoanálisis de The Wall por Pink Floyd" y que debo declarar que hasta el título me confundió, ya que pensé que el mismo grupo británico hacía su propio autoanálisis –y perdón por la superposición de conceptos– y que me suena a algo así como enunciar "la hipotenusa de la melancolía por la Diáspora", del sitio Monografias.com, y aclaro que se trata de un señor quien dice cursar la licenciatura de Psicología en la Cátedra Irene Friedhental de la Universidad de Buenos Aires –que no sé si creer que por ese motivo mejora el análisis o evade la discusión–, escrito en 2003 y –¡Dios y los santos evangelios nos libren de los terapeutas freudianos!–, que hasta me propongo rebatirlo, demolerlo, hacerlo confesar su completa ignorancia y dejarlo vencido e incapacitado de cometer nuevos vejámenes, excepto el de atender, servir, discutir, embolsar y entregar hortalizas y vueltos en una verdulería céntrica.
Y conste que la intención no es desvalorar ni al comercio ni a las verduras u hortalizas que a diario consumimos, sino a mejorar el conocimiento de un pobre ser que no encuentra un lugar adecuado en el mundo pero que cree haberlo hallado en el Psicoanálisis. Entonces, bien le viene comenzar por atender señoras, pibes y viejitos. Allí también reside la condición humana.
Y hasta confieso que no terminé de leerlo por el mismo motivo que no comemos un pescado cuando huele feo para verificar que está podrido, ya que pronto descubrí que su intención no era la de esclarecer el tema propuesto, sino de exponer sus conocimientos freudianos sin pedir permiso. Lo de Pink Floyd fue una excusa, como quien asegura tener una muestra de orina del Quijote y luego sostiene que se le derramó en el baño. Entonces propone enérgicamente que estudien su baño. Lo cierto es que me sonó a deslumbrante precariedad, como si fuera un mono al cual se le entrega una nave espacial con rayo láser. O quizá, con una ojiva nuclear.
La maraña que logra Marafioti solo podría entenderse como parte de la necesidad de deslumbrar a su profesora. En eso sí fue freudiano. Quién sabe si habrá logrado su cometido. Yo espero por el bien del sano desequilibrio nacional –que a menudo sustenta la creatividad pública– que no.
Pero se me ocurren dos o tres razones para abandonar el caso:
1) es que seguramente nadie quien se interese o disfrute la obra de Roger Waters habrá leído esa monografía;
2) menos aún leerán mi blog;
y 3) –acaso la peor razón– es que el sólo acto de analizar una tontería no demuestra ni justifica un ensayo o estudio sobre la lucidez, ni sobre el conocimiento ni sobre la sabiduría para abordar un absurdo, porque eso mismo sería una tontería.
Comprendo que aun una monografía debe querer esclarecer algo ya que se trata de una especie de nano-ensayo (o, mejor dicho, un proto-estudio) o bien por enumeración de elementos, por disposición de ellos o por conclusión. Imagino que estas muletillas son usadas en nuestras alucinógenas universidades para despertar a los estudiantes a una suicida salubridad ciudadana: se trata de brindar las herramientas adecuadas para asesinarse con el nudo de nuestra propia corbata. De alguna manera, Marafioti nos dice: ¡Esto es muy complejo para ustedes pero, cálmense, yo los puedo ayudar!
Y entonces desata sus hipótesis, que hasta me parece escuchar alguna de las risueñas teorías del "Profesor Fansworth" de Futurama.
El mismo Nietszche decía que no hay que agitar las aguas para que parezcan profundas –siendo él mismo un gran enturbiador–, pero creo entrever aquí en la monografía de Marafioti que deliberadamente él vierte agua en la tierra y grita: ¡Una laguna! ¡Yo mismo he de desentrañar sus misterios!
Pero es barro nada más. Psicología queriendo analizar una obra musical.
La sola lectura de su “Conclusión” nos enfrenta a un disparate que no concluye sino que agrega más confusión y que termina siendo tristemente risible. Y si buscaba aportar, bueno, fracasó porque nos demuestra que un mono en una nave espacial no es un astronauta; sigue siendo un mono en una nave espacial.
Hay nebulosas contenidas en los programas de la universidad; hay galaxias en nuestras facultades, en nuestra ciudad. Hasta para imaginar un plato volador hay que ser imaginativo: Marafioti nos prueba que existe vida en otros mundos.
Como cuando Cavallo afirmó que los jubilados seguían trabajando porque el dinero ahora sí valía. Fue unos años antes del "corralito", y uno se preguntaba ¿cómo hacés para vivir equivocado? ¿practicás a diario, o tomás clases en una academia?
No, en una facultad.
Cito textualmente:
"... Evidencia todo lo enumerado: "que los fenómenos anímicos son en sí psicológicos y tienen que ser tratados con medios psicológicos..."

Lo que me suena a liturgia, algo así como que para comer una pizza hay que ir a Italia y consultar a un tano.

"... En concreto Freud refutó el principio aristotélico de  identidad cuando afirmó que un aparato psíquico no coincide con un cuerpo...

Tiene razón, Los Mitos griegos no coinciden con un hexágono, pero que cite a Freud no es garantía de acierto.

"...Expresa la división real del sujeto que es juzgado con severidad por su autoobservación y conciencia moral..."

¿Eh, qué?... ¿De qué diablos está hablando, del animal prehistórico de Jurasic Park o del vicepresidente?

"... Por otro lado, la estructuración del inconsciente a cargo de la fantasía crea un mundo fantasmagórico, donde el afecto retorna en angustia al objeto fóbico."

¿Cómo?... Se refiere al mundo fantasmagórico creado por la fantasía del inconciente estructurado donde el objeto fóbico retorna el afecto en angustia... ¿del director del film, del animador, de la película, de la letra o de su autor, Roger Waters?... En fin, creí que psicoanalizaba la letra, no el film.

Debemos resistir esta burla cínica. La belleza no puede ser asesinada por una ecuación o bien o mal expresada. The Wall es un milagro nacido de una tragedia personal de Roger Waters, como fue La Divina Comedia para Dante tras la pérdida de Beatricce, y hasta puede ser un equívoco quizá como la cosmovisión de Kafka que origina su obra. No su obra, ya que esta es y sobran palabras. Pero el resto aporta poco o nada y, como en este caso, es basura. Cuando una circunstancia vivencial es sublimada en obra de arte, prescinde del análisis freudiano e importa un carajo qué diablos piense Freud o los torpes diáconos de su colegio apostólico.
Quizá en el próximo episodio Marafioti nos traiga un análisis detallado sobre "la Taberna de Moe" de Los Simpson, pero proyectada en la alegórica Caverna de Platón con las sagaces reflexiones de Barney (¡Berrrp!).
En fin. De cualquier manera le aconsejo pensar seriamente en lo de atender una verdulería. Es mejor practicar con zapallos antes que con cabezas. ¡Plofff!


CR