18 de mayo de 2013

Esos vándalos marginales



La república de la escritura en territorios del Alma

Es cierto que Confucio no apreciaba el arte sino por los servicios que podía prestar al Estado. Y por su parte, Platón no admitía más que los poemas en honor de los próceres y a los dioses, aunque en las Leyes prohibió todo arte que no fuera útil a la República. Pero el fenómeno se agudiza en las grandes revoluciones acaso porque no hay peores conservatistas que los revolucionarios triunfantes. Ya Rousseau denunciaba al carácter corrupto e infeccioso del arte. La Revolución arrasa con el arte y no produce ningún artista de importancia, y mientras que en los escenarios se ponen obras que titulan El esposo republicano o Republicana y Virgen o también Vírgenes patricias, se fusila a los mejores íconos vivientes.

De épocas recientes recordamos a Pasternak y la odisea secreta de enviar a occidente los originales de Dr. Shivago; y de la revolución cubana la erradicación completa de las memorias civiles de, quizás, su mejor autor, don Guillermo Cabrera Infante, Premio Cervantes de Literatura. No me asombra que una doctora amiga cubana, muy destacada en medicina, desconozca haber tenido de paisano a semejante escritor nacido en sus tierras, luego expulsado y exiliado en Inglaterra, ahora fallecido. Pero nada como los extremos a que se llegó en la ex Unión Soviética, cuando los nihilistas rusos proclamaron que un par de botas era más útil que todo Shakespeare. 

En la vereda ideológica opuesta, a Neruda, sacado en camilla de la Chile sacudida por el Golpe militar; o a don Roa Basto, expulsado de la Paraguay militar con rumbo incierto, o a Lorca y su destino en la España en llamas. Y del movimiento obrero argentino, basta sumar a la lista negra a Borges, a Mujica Laines y a Cortázar. En muchos sentidos es explicable: esos rebeldes son siempre peligrosos para el Estado. De manera tal que un poema o una prosa o una obra teatral se vuelve una herramienta desestabilizadora contra el sistema. 

Es la reserva que tengo con toda Revolución de izquierda o de derecha: Volverme reaccionario contra sus bases ideológicas cuando, según ellos, debería sentirme favorecido. Bajo pretexto de cuidarme el estómago y los pies, me aporrean la cabeza y el Alma.




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4 de mayo de 2013

Diarios de Autor: la trilogía en Mayo, CABA.



Los tres tomos básicos de apertura a la lectura Diarios de autor fueron diseñados para el descubrimiento del narrador Carlos Rigel, a través del humor, la ironía y la reflexión filosófica y narrativa.

La piedra de Babel 
Texto que abre un espacio de sátiras y sarcasmos de la cotidianidad potenciadas por las ficciones, texto que invita a la lectura y el descubrimiento del autor con breves introducciones reveladoras del pensamiento crítico. Agrega, además, un modesto análisis  de algunas piezas de cine. También una visión nueva y sucinta de la historia del iceberg que colisiona al Titanic: Abbassat, la piedra de Babel y que inspira al título de este primer tomo. Veinte textos de temática variada engloban el presente volumen y entre ellos, algunas sátiras conocidas como Dulce, perruno hogar y Desilusión. También una sección de aforismos y reflexiones cortas El dedo gordo de Aquiles. 


La hipotenusa perniciosa 
El volumen de ensayos breves, modera entre la reflexión y el análisis crítico de una urbanidad confusa y a menudo no observada, indetectable de transparente. En sus páginas el autor nos expone su particular visual de un tiempo formidable de información pero de poca o nula capacidad de reflexión. Dieciséis títulos incluye el volumen y entre ellos, Pink Wallfreud (la crítica a una crítica psicoanalítica de una obra musical) y Las Aguas de la Fe entre los cuales median las sátiras y la diversión narrativa junto al análisis desmitificador de las ciencias duras y la epistemología científica.


El Verbo tangente 
El volumen de crónicas y ensayos que cierra la trilogía, dedica sus páginas casi exclusivamente a la reflexión y el análisis de contenidos, tanto de conceptos filosóficos, de autores, como de medios de comunicación y de artistas universales en general, con mínimas y breves incursiones en el territorio de la ficción. También abre espacio a la exposición abierta de sus creencias religiosas. Diecisiete textos reunidos y el epílogo que cierra la trilogía presente Diarios de autor y entre ellos un análisis de la Teoría de la Relatividad, vista por el común de la gente, y el texto que titula el presente volumen El Verbo tangente con las confesiones de un creyente en el tercer milenio.




3 de mayo de 2013

Mayo en Espacio10 Arte, Palermo, CABA.


Invito a los seguidores de este muro a la presentación del ensayo La anomalía de Jerusalén (AstroRey, 2012). La tarjeta contiene la dirección del evento.
Entro otros, presentaré además, la trilogía "Diarios de Autor" y la segunda edición del libro de ficciones, REM. En breve publicaré una reseña de cada título. Los espero.

23 de abril de 2013

Silentio dat



Luego de ver el 8vo. documental sobre La Guerra Civil Española, creo saber menos que antes, si el estupor me golpea en la frente, pero concluyo de manera diferente a Picasso y la anécdota famosa que acompaña a una de sus obras más conocidas, el Guernica, cuando se cruzó con el Embajador alemán Otto Abetz en un granero de los Agustinos, en París.

Otto Abetz: “¿Quién hizo esto? ¿Usted?”
Pablo Picasso: “No, ustedes lo hicieron”.

Pero no es así, con amor y espanto digo "se lo hicieron ustedes, amados españoles, fueron ustedes".


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19 de abril de 2013

Los ciclos del Fuego



¿Quién apagó el nuestro?

Oculta en una carpeta de un disco rígido viejo, encontré la película hoy olvidada Quest for fire (1981) del director canadiense Jean-Jacques Annaud, estrenada aquí por esos años como La guerra del fuego, film que lanzó a la fama al actor secundario de la historia, Ron Perlman (caracterizando a Amoukar), pero que sin embargo sepultó hasta la desaparición al primer actor y ganador del Oscar por esa actuación, Everett McGill (protagonizando a Naoh), y que podría resumir como la odisea mesolítica de tres hombres de una comunidad Neanderthal de hace 80 mil años, encargados de salir en busca del fuego para traerlo de regreso a la aldea, la misma que langüidece en el frío y la desprotección de no tenerlo, en una época en que sólo podía extraerse de la naturaleza, ya que el hombre no podía producirlo artificialmente. Citemos que en esa edad, la posesión del fuego implicaba el poder.

Y lo cierto es que examinando los créditos en detalle, veo el nombre del escritor británico Anthony Burgess como asesor en materia de diálogos especiales, es decir, el lenguaje que emplean los cavernícolas para comunicarse, un conjunto de fonemas y monosílabos toscos, y hasta brutales, pero bastante eficaz tanto para la comunidad mesolítica como para el espectador. Y me detengo, entonces, en el espectral Anthony Burgess, autor de La naranja mecánica, novela inmortalizada por Stanley Kubric, el director británico aunque nacido en norteamérica (he allí un misterio), historia que trata de la aventura psicodélica y futura de Alex, un muchacho de 14 años, un sádico simpático, perteneciente a una banda de asaltantes y violadores, quienes también emplean un lenguaje callejero para comunicarse, y algo difícil de comprender al principio de la lectura y del film. Para tenerlo en cuenta, aún hoy nuestros jóvenes emplean un lenguaje, un sistema nominal vigente, que rebautiza las cosas comunes con nombres cortos y eficaces para ellos, no para nosotros. 


Recuerdo que en la novela de Burgess "gullivera" es cabeza, "drugos" es amigos, "cancrillo" es cigarrillo y "chai" es té; si hasta tengo presente que el autor se negó en principio al pedido del editor de confeccionar un apéndice aclaratorio de equivalencias que finalmente consta al final de la novela, aunque creo recordar que fue eliminado en ediciones posteriores, y hasta comprendo su protesta: Era una historia de ficción, no un libro de estudio. No eran necesarias las aclaraciones, la reiteración de conceptos y situaciones resuelve en el discurrir tanto del texto como del guión en el lenguaje de esos muchachos, al fin, la relación entre los nombres y los objetos.

Bueno, pero volviendo al origen, es decir, la película encontrada y vuelta a ver, me refiero a Quest for fire, imagino que de allí proviene la relación –o así quiero creerlo–, de convocar a don Anthony a participar del film para construir un lenguaje creíble de la baja edad, cuando el neanderthal enfrentaba a comunidades brutales de semi-simios en busca del fenómeno de quemar y de calentar, pero que también lo lleva a descubrir la creación del fuego artificial, que no es diferente del fuego natural, cuando conoce al hombre de cromagnón, ya que éste último sí lo sabe crear a través de la frotación insistente de maderas resecas, imagen que ha despertado la polémica de si así se crea el fuego o no, de cualquier manera repetí unas doscientas veces la escena de la creación del fuego, compartí la fascinación con Naoh de verlo nacer. Pero más allá del debate, está el lenguaje de los Neanderthal o, mejor dicho, de su creador, don Anthony Burgess, quién quedó eternizado como ¿lingüista? ¿etnólogo? ¿antropólogo? Al fin, era un novelista destacado, un obsesivo de la narrativa, no cabe duda. Recuerdo haber leído algunos artículos imperdibles de su autoría editados en el periódico europeo The observer, citados o a veces traducidos y publicados parcialmente aquí por el diario La nación, cuando aún lo compraba los domingos; era como recibir en Monte Arecibo la confirmación de señales extramundanas. 


Pero este descuartizadero de imágenes y pensamientos que adornan eclécticos mis escritos vienen a resolver el dilema de cómo se crean las cosas, en dónde nacen las ideas, quiénes conforman los tractores que horadan el suelo del horizonte imaginario. Nada crece por sí mismo del ocio inútil y vacío. Nada crece de la nada. Esperar una gran idea conlleva el paso fútil de la eternidad. El hecho es que mi generación creció de ese panteón de autores influyentes, especie de dioses mitológicos y urbanos, pero también echó raíces en el cielo con Herzog, Kubric, Clarke, Ballard, Gillien, Lelouch, Peckimpah, Bradbury, Pasolini, pero también con Borges y Bioy, Fellini, Favio, Visconti, eran el pan nuestro de cada día, raza extinguida en algún momento entre los '80 y comienzos de milenio. Y no es por presumir, sino por amplitud.

No todo el cine pasaba por Hollywood ni los hábitos de lectura por Planeta o Alfaguara, y me atrevo a decir que en la naturaleza y en el culto a esa fauna de dioses reside nuestro desprecio generacional en temas menores como Las crónicas de Narnia o El señor de los anillos o incluso Matrix. La secuela exitosa de Harry Potter o los textos de Paulo Coelho no hubieran rendido examen en los '80, y menos aún en los '70. Ahora bien, cuándo se extravió ese Olimpo perfectamente humano, no lo sé, pero se fueron apagando como luces de madrugada en el parque universal; eran dioses cuyos reinados subversivos, habiendo dejado huellas genitivas profundas, hoy parecen olvidados. 


El sol nace de ocultar en sus cenizas el secreto de las llamas, pero el fuego común, en cambio, nace para consumirse en lo fugaz, y la continuidad reside en alimentarlo de nuevo antes que se extinga en su totalidad. En los ciclos sociales se lo llama 'herencia generacional' y supone siempre la acción de mantenerlo encendido, crujiente y vigoroso. Bien, tal parece que alguien echó agua en nuestra fogata mientras dormíamos la siesta. Tendremos que frotar tronquitos para ver qué pasa.



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25 de marzo de 2013

Ciudadano del imperio jamás existido



Parodiando en el título la frase lapidaria de Camus, quien tras visitar Buenos Aires se refirió a nuestra ciudad como "la capital de un imperio jamás existido" es conveniente preguntarnos qué existe y qué no a la luz parcial del reciente suceso de la elección de un Papa de esa urbanidad, cuando sabemos del enfrentamiento que persiste entre el gobierno y el ex arzobispo de Buenos Aires quizás ahora minimizado obligadamente por nuestra presidente y su propio grupo de diáconos. Pero para esto debemos también indagar la falta de expresividad pero no del gobierno, sino de nuestra ciudadanía.

A no engañarnos: Si en vez del cardenal Jorge Bergoglio, el elegido como Papa por mayoría del cónclave, hubiera sido el cardenal de Sao Pablo, los festejos continuarían en Brasil hasta alcanzar la semana completa. Y por supuesto que nos enrostrarían a los argentinos ese triunfo imaginario, lo celebrarían como lo hacen con cada gol hecho por la selección brasileña a la selección nacional, como cada copa ganada, como cada empresa comprada a nuestra patronal parsimoniosa. La respuesta del pueblo de Brasil a cada reconocimiento o mérito alcanzado es la fiesta nacional. El carnaval carioca, desbordando las calles, danzando, alegres, alcohólicos, inagotables, muy opuesto al lastimero tango popular de nuestras tierras, cuyo tema central casi siempre es el amor perdido, nunca es el amor ganado, motivo de burlas de aquél país para con el nuestro. A diferencia del pueblo carioca, nunca por el amor ganado o por el goce disfrutado y presente. O quizás por los goces que vendrán a nuestro encuentro. 

A la hora de las verdades profundas en la idiosincracia de cada pueblo, un brasileño cree de corazón que habita el mejor país del mundo, verdad relativa pero necesaria en la confección de valores que habitan ese sentimiento sinuoso de cada ser de la Tierra y que es el patriotismo. Pero el Papa no fue brasileño, sino argentino. Y como tal, la comunidad nacional no responde con fervor sino con una eterna polémica estéril. Aproxima bastante Nietzsche cuando se define al pesimista como a un idealista resentido, pero ¿cuál fue nuestro ideal para vivir en pesimismo?

¿Tenemos un mejor cardenal para proponer en reemplazo del argentino Bergoglio? La conclusión es no, simplemente porque no se trata de listar a uno mejor –jamás habíamos pensado en el sillón de Pedro–, sino de cuestionar a otro argentino reconocido. "Ojalá no hubiera sido un compatriota", podríamos resumir. Porque somos debatientes –que es parecido a decir, combatientes– y dubitativos, la realidad no pasa por nuestro eje porque la evadimos a diario. Es nuestra gimnasia cotidiana, por eso mismo no hay una mejor propuesta. Es como la actitud del "vivo criollo". 


Claro que el argentino no tiene la solución a la propuesta, y acaso ni está preparado para ella, no es tan inteligente como para elaborar una de inmediato, pero tampoco es estúpido –es mejor aclararlo, "estúpido" no es "tonto", sino que es quien queda absorto frente a un tema determinado y específico, es decir "estupefacto"– y, tan afectos a extraer conejos de la galera criolla que para asumir el reto, de pronto asoma "el vivo" argentino, cuya una de sus vertientes urbanas es "el vividor", el ilustre personaje del cuento del tío, el trampa, el garca, el prestidigitador, el malabarista, el mago que ejecuta movimientos magistrales para el aplauso o para salirse con la suya. El garca, por defecto, es quien se sacrifica por nosotros y el "ser nacional".

Y frente a un tema planteado, la respuesta del "vivo criollo" es la perorata, la diatriba proverbial, el brillo en la elocuencia, los destellos que parecen sagaces, ese minuto que intentará fijarse en nuestra conciencia con grandes palabras, pero que tan pronto acabe no dejará marca alguna, ni una palabra; es que no debe dejar huella, no nació con tal destino, sólo debe prevenirnos de jamás volver a preguntar acerca del tema. Como, por ejemplo, la que dio la Segunda Dama de nuestro gobierno cuando le preguntaron si estaba feliz con el flamante Papa Francisco, es decir, tenía una idea de lo que debía responder, pero no el cómo ni el por qué. Sobrevienen las declaraciones de Abal Medina, otro diácono de la infamia, cuando exaspera ahora diciendo que "nunca hubo enojo con Bergoglio, fue un invento de los medios".

Y para que no se advierta que no saben ni jota del asunto planteado, incluso el "vivo criollo" ilustrará su prédica con panfletos dudosos, fotos trucadas o borrosas y con epígrafes más dudosos todavía, y hasta con experiencias personales cuyo origen no es verificable. Porque en verdad no fue una contestación, sino la evasión a una respuesta concreta. Ni un "sí" ni un "no", sólo una argumentación de complejidades satelitales que hasta parecieron profundas mientras eran pronunciadas. 

De manera que lo equivalente a la réplica buscada no está aquí y ahora, entre nosotros, sino en un hecho acontecido hace mil años en los suburbios de un distrito chino, cuando un argentino pasó por allí y lo chiistaron para brindarle un secreto magistral. Y tan pronto el supuesto emisario entregó el mensaje a nuestro compatriota, se disolvió en el aire sin dejar rastros. En esa selva de palabras se encuentra la solución a la pregunta. Después lo veremos al "vivo criollo" darse vuelta y, oculto tras las bambalinas, contar los centavos ganados en tan fugaz y efímero triunfo. Sobreviene la sentencia nacional por excelencia: "Zafé".

El argentino vive dividido, entre avergonzado y orgulloso, inseguro pero ofuscado, molesto con el éxito ajeno en detrimento del propio, "ellos son responsables de que yo no sea mejor", porque ningún individuo debe sobresalir por encima del conjunto social. Y menos aún si proviene del modelo ético. Los motivos que podríamos listar componen un catálogo, pero baste decir que lo que debería engrandecernos, nos humilla hasta el asco, y lo que nos embarra nos identifica. Es difícil de entender. Admirada nuestra nación por países pobres y abandonados, pero repudiados por las grandes naciones de la tierra, el "ser argentino" que la habita no existe sino una reunión desordenada de actitudes contradictorias, falaces, fútiles, eternamente en debate, nunca erguidos, sin certezas más allá de aquellas que duran minutos, de las que no sirven a nadie. Pero convencidos de que es así, no hay otra manera de ser probadamente eficaz, reclamamos espacio y mucho respeto para terminar eliminados en la primera ronda.

Si debiéramos buscar al mejor habitante para representarnos en el orbe internacional, entraríamos en crisis. ¿Si fuera una vedete estaríamos contentos? "No, claro que no. Aquí tenemos cerebro e inventiva, además de carne sin adiposidad". ¿Y si fuera un inteligente? "No, tampoco, vea, yo una vez pasé a su lado y no me saludó". ¿Y si fuera un deportista? "No, menos, acá no tiene méritos, además Fulano es mejor y nadie lo menciona". ¿Y si fuera un estadista? "No, pero claro que no, le explico, cuando tenía 16 años fue secretario de un empresario del Proceso". ¿Y si fuera un párroco? "No, tampoco, no, la vecina del al lado me contó que su prima dijo haber sido tocada maliciosamente por el susodicho hace 50 años". ¿Y si fuera una prostituta? "¡No! ¡De ninguna manera, aquí no se coge!, ¡es una ciudad civilizada!". 

¿Y a quién propondríamos para el cargo de Representante Universal salido de Argentina?, es simple: "Al quiosquero de acá a la vuelta, porque es un buen tipo y siempre me saluda cuando le pregunto la hora". Así es, el mismo de quien ni siquiera recordamos su apellido y hasta lo conocemos por el sobrenombre "Tito" o quizás "Pepe". Él es el mejor fenotipo de nuestro prensar y sentir. Mientras tanto opera "el garca" en representatividad provisional.

La nación se cree pensante pero vive decapitada y el faro que nos ilumina, el radiador que nos abriga en el frío ruidoso del aislamiento, no es el arte ni el fútbol ni las ciencias ni los modelos políticos o humanos, sino el Proceso de Reorganización Nacional. Oh, sí, es la escarapela, el símbolo, el filtro por el cual tamizamos la realidad, todo debe evaluarse desde allí como fuente inagotable de sentencias. Pero no el Proceso vivido, sino el imaginado. Tal parece ser el acontecimiento más destacado ocurrido durante el siglo XX. No es difícil ahora identificarse con aquella lucha, como quien dice "yo no estuve allí, pero de haber estado, hubiera hecho tal y cual cosa, ya sabrían de mí esos rufianes, pues ténganse que no soy un argentino anónimo más, sino el mismísimo Juan Pueblo encarnado". 

Es decir, reemplazamos la ausencia del compromiso nunca tenido, a falta de grandes gestas, por una ética intransigente jamás probada y, precisamente, de no haber hecho nunca algo importante ni por la patria, ni por la comunidad, ni por nosotros, ni por nadie; una especie de compensación tardía que nos mantiene atentos y ofendidos. Lo valioso del Quijote es que él creía en sus sueños y locuras, y estaba dispuesto a morir por ellas, pero de haber sido argentino jamás habría salido a los caminos; se hubiera contentado con cascotear a los paisanos de lejos y ocultar la mano, simulando ser un Quijano muy ocupado.

Así, hemos engrandecido a verdaderos hijos de puta hasta la verguenza nacional, y nuestros mejores representantes son tenidos en la letrina del contraluz. Ovacionamos a Galtieri en la Plaza pero nunca a Borges, no importó que Favaloro muriera si Cavallo acertaba con el plan, olvidamos a Milstein, a Sábato o Evita para reconocer a Cristina, porque nos identiffica en nuestra sagrada mediocridad. ¿Quién quiere ser argentino? No hay respuesta, pero es probable que nadie ostente ese apellido. Ni siquiera un compatriota. Sabemos que hasta es usado como insulto en otras culturas. 

Como un Jor-el de la historieta, ahora Bergoglio es el Papa sobreviviente de una capital imperial jamás existida que, además, elige vivir alegremente en crisis, ofuscada por la ambigüedad que impide dejarle una huella al tiempo, pero conciente de no estar haciendo algo al respecto. Mientras tanto, nadie debe ser "el mejor argentino".



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14 de marzo de 2013

¿Quo vadis, homine?


No tengo derecho a la ofuscación pública en calidad de Embajador de Paz y Cultural, pero el debate argentino abierto promueve la pasión desmedida y casi siempre por la ausencia de una autocrítica justa y, más frecuentemente, como una manera de evadir el compromiso con los temas verdaderos. No se trata del Papa, sino de nosotros. Quienes me conocen, saben que soy cristiano, pero no afecto al Vaticano. Y mi blog me permite expresar libremente mi pensamiento. Es privado. Aquí soy un autor más.
Nos llegan saludos y felicitaciones desde los pueblos de la Tierra con motivo del Papado de Francisco I, pero encuentra a nuestro pueblo, como siempre, en polémica. Y pregunto, ¿qué carajos nos pasa a los argentinos? Si viene el Dakar a Argentina, todos contentos. Si Messi hace un gol en España, fascinación total. Eligen a un argentino para liderar a la Iglesia Cristiana Mundial y comienza la polémica. El radio-pasillo del día dice que el tema es su pasado, si fue procesista o si no lo fue. Eso aliviará nuestra ofuscación cívica.

Ahora, tal parece que en épocas del Proceso toda la población argentina era guerrillera y ocupó la trinchera social y democrática, esquivando las balas y vociferando protestas contra la Junta Militar. Resulta ser que nadie miró para otro lado porque nadie vio algo raro. Todos inocentes, todos argentinos de noble hidalguía gaucha, tan rectos, valientes y firmes que tomar el control de Casa de Gobierno, a unos pocos militares, les tomó segundos. "La vida por Perón", se gritaba, hasta que se escuchó un disparo. Entonces se dejó de gritar y no quedó nadie.

Pero yo recuerdo bien. Aún conservo el odio social intacto, sepultado pero intacto: Ni siquiera hubo un paro general. Nadie se movilizó porque los gremios corrieron a negociar con el Golpe, cada uno con su listita negra para salvarse de las represalias directas. Y aplaudían y gritaban "¡Yegua-Yegua-Yegua!". Hasta recuerdo las caras al otro día del Golpe, eran del tipo: "Y bueno, se rompió". Muy similares a las del '95 con la reelección del anticristo riojano. Nadie fue. "Fueron ellos, yo no". Y como ovejas, a agachar la cabeza e ir a trabajar como si nada hubiera pasado. Mudos. Nadie se equivoque, no fue la Guerra Civil Española y su millón de muertos, dirimiendo el futuro entre el socialismo, la monarquía o la república. No se trata el nuestro de un pueblo pacífico, sino de un pueblo cagón que nunca fue dueño de su presente y que apostó a un futuro incierto mientras quitaran a la "yegua" del sillón, estando a ocho meses de las elecciones. Fuimos peores que judíos en holocausto.... Fuimos Pilatos, fuimos Hitler. Dios mío, odié a este pueblo, maldije haber nacido aquí.

Ningún Papa debió venir de visita a Argentina para pacificar a una sociedad guerrillera convulsionada contra el Estado Militar, porque no existió ninguna sociedad guerrillera convulsionada contra nadie. Hubo corderos. Corderos en el matadero nacional. Y hasta preferimos despedir y dar por muertos a los cinco mil pibes de mi edad que iban camino a Tucumán, a un enfrentamiento recto contra el ejército, mientras tocábamos la guitarra en la tribuna con Videla. Bueno, porque hasta Piero rajó y nos quedamos sin guitarra. No salimos a defenderlos ni a sumarnos, sino que aceptamos la pérdida mientras partían. Y fueron cinco mil, no fueron doscientos mil. Y luego, despedimos a los pibes que llevaban a las Malvinas. No los mandamos nosotros, sino que se los llevaron mientras cantábamos en la Plaza. Todo eso frente a nuestros ojos.

El Mundial blanqueó los sepulcros con papel picado y la euforia tapó las lágrimas. Nuestra historia dice que somos un pueblo infame. Aquí, las sonrisas terminan en lágrimas, pero las lágrimas no terminan en risas, sino con gritos y terror. Y más lágrimas. Pocos recuerdan el "San Galtieri", y menos aún el "San Bignone" de días antes, cuando ejecutan a Dalmiro Flores en Plaza de Mayo delante de todos los argentinos. No hubo un paro general por tiempo indeterminado, la ciudadanía total no se manifestó solidaria ni ofuscada. Siempre optamos por blanquear sepulcros.

Ahora me gustaría saber cuántos se embarran hoy los zapatos en una villa miseria, cuántos asisten al necesitado, cuántos aceptan dormir en un catre, cuántos comparten un mate con el cartonero, cuántos se comprometen con algo más que postear opiniones en Facebook al abrigo de una cerradura y rejas auntoimpuestas de sus hogares, nuestras felices y protectoras cárceles del temor. Y desde esa ética nacional e inmaculada se lo juzga a nuestro primer Papa hispano y americano, Francisco I. Nadie pregunte qué hacían Néstor y Cristina durante el Proceso. Nadie quiera saber si Bergoglio es peor que Anibal Fernández o Julio De Vido o si es menos limpio que Boudou. Ni un solo argentino es inocente, porque si tiene más de 20 es cómplice de la realidad. Lo que se puede debatir es quién fue menos o más responsable.

Aquí, Cristo, por bueno que fuera, sería asesinado en Plaza de Mayo por los muchachos de "La Cámpora" frente a nuestra distraída indiferencia. Y el debate. El eterno debate de los necios. Poner a la misma altura a Bergoglio y a Videla es cosa de hijos de puta. No avergoncemos más aún a nuestro país frente a los pueblos del mundo. Digo, no seamos tan hijos de puta. Tratemos de serlo menos. No digo más honestos ni tampoco menos hipócritas, sino menos hijos de puta. Por primera vez el Papa es americano, de habla hispana, y es argentino.


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