8 de mayo de 2012

Un cuento cáustico y muy tenebroso


Largo es el camino que lleva al infierno literario,
plagado de silencios concupiscentes, operativos mediáticos y falsos testimonios, todo por dos mangos y un poco de ruido.


Lahret Satrapás, el maldito


Perdida la recta vereda de la virtud en la selva estúpida, agonizaba de noche cuando Satanacchia, el Ángel Tétrico de la Suprema Oscuridad, se presentó ante mí resuelto a terminar con mis sufrimientos diarios. Y he aquí que extendiendo sus alas de paraguas deshilachado me tendió la mano para montar a su espalda y emprender el viaje final hacia mi puesto tan temido en el Averno.
—¡Deteneos! —dije con la autoridad de quien no le teme.
Estaba decidido a dilatar el tiempo cuanto pudiera hasta planear algo en salvataje de mi alma: No es mucho pero es la única que dispongo por el momento. Así que agregué:
—¡Aguardad a que prenda un faso… Que aun quienes yacen frente al cadalso disponen de un último deseo… y un faso!
Viendo que ya buscaba la caja de Marlboro y el encendedor, no tuvo más alternativa que obedecer.
—Se os conceden vuestros pedidos —respondió el maldito, como buscando recuperar su estupefacta autoestima—, podéis prenderlo.
Para ganar tiempo, hice lo posible para que el cigarrillo cayera al suelo y rodara bajo la cama. Luego de espiar entre medias viejas y zapatos volcados, metí la mano y lo recuperé. Lo prendí y tiré el encendedor sobre el cenicero.
—Antes de partir con vuestras huestes, venenoso señor —dije mientras pitaba sereno—, debo haceros una pregunta.
Llamado a su juego, mientras el maligno evadía el slip achinchulinado sobre la alfombra desde la semana anterior, lo vi responder seguro de sí mismo, dijo:
—¿Y cuál es, fausto caballero, la cuestión de vuestra inquietud?
—Pero os anticipo que si la respondéis, quedando yo satisfecho y de buen talante —continué—, entonces os prometo ser vuestro eficiente Ministro de Asuntos Lujuriales y Literarios por toda la Eternidad. Y si bien precisáis de servicios creativos, publicitarios o de folletería, pues podré cabalmente cumplir las demandas en expansión de vuestro cáus-tico reino.
He aquí que el ángel tenebroso caminó dubitativo por mi dormitorio, sopesando la increíble oferta mientras evadía mis calzones en el suelo. Al fin, extrajo el celular y salió al livin para hablar en privado. Luego de varios intentos lo vi sacudir el aparato visiblemente perturbado.
—¡En el patio tendréis mejor señal! —le grité desde la cama.
Al fin lo escuché comunicarse muy animoso con algún feo caballero o de las tinieblas o del cielo.
—Debiste traer vuestro ardiente Note-Book —agregué de costado.
Aproveché y prendí otro faso.


Luego de un rato volvió solícito y reflexivo, y me preguntó:
—¿Y cómo he de saber que quedareis satisfecho con lo que deseáis saber, neblinoso señor?
Molesto con la ofensa le respondí:
—¿Y pensáis que os quiero cagar? ¡No es de genuinos caballeros, criatura cavernosa!... Mas he de quedar satisfecho con vuestros manifiestos de la «a» a la «z», como precede a vuestra merced y como le corresponde en esta edad a tan majestuoso ángel y de tan fiero talante.
Lo vi dudar en la penumbra, la mirada perdida en la pared.
—De lo contrario —agregué—, he de ir a desgano y os prometo difamaros copiosamente entre los habitantes del reino maldito, proclamando vuestras inclinaciones sexuales y debilidades impropias de quien tan famoso es.
Sonrió y vi sus dientes alargados.
—¿Y qué diríais, cáustico señor —dijo con la voz ácida y la mirada desafiante—, qué diríais, digo, que pudiera afectar mis famas?
Rápidamente agoté las alternativas.
—Por ejemplo, que os gusta que vuestros generales os bombeen antes de la batalla.
—¡Opft!
—…Y que conserváis una foto del Altísimo en vuestro despacho…
—¡Augft!
—… ¡Y que conozco a vuestra psicóloga!
—¡Noj, rufián!
—…¡Y que os vi con un libro de Coelho!…
—¡Ay, ay, ay, ay!
—…¡Y que, en verdad, os expulsaron del Cielo por marica!
—¡Oh! ¡Basta, basta… oh, canalla infame! ¡Oh, temible fementida de mala ralea!… ¡Haced vuestra maldita pregunta, vándalo desalmado!
—Pues quiero saber —volqué la ceniza mientras pensaba—… quiero saber…
—Apresuraos pues tiemblan mis alas.
—Quiero saber… en quienes reposa la fuente de la virtud literaria nacional de estos tiempos… Sí, eso mismo.
Lo vi arquear las cejas.
—¿Tan sólo eso?… ¿Y por eso atormentaríais mis famas, temible ánima desamparada? ¡Pues abre grande los ojos y te será mostrado lo que pedís!… ¡Ahora lo veréis!
Casi en el acto una pared desapareció por completo y se reconjugó al instante en un portal plástico de juguete, la entrada a un castillo en miniatura o algo así, y he aquí que al abrirse reveló en su interior un hermoso sello de PVC Made in China, aún con la etiqueta de precio y código de barras, resguardado por cinco gárgolas y dos enanos todos de yeso todos pintados con esmalte sintético naranja, marrón y negro. El suelo estaba lleno de latitas de cerveza vacías manchadas con sangre de cabrito; o quizás plasticola roja. Y he aquí que ante mis ojos el sello se quebró y una voz dijo: «El Noveno sello ha sido abierto».
Y la verdad se me fue mostrada.


Era la Feria del Libro y en ella vi los nombres, como recién escritos con birome, de las nuevas fuentes editoriales y así vi a cada autor del momento listo para la foto de Ñ, todos ellos exitosos. Pero también se me fueron mostradas las otras tinieblas. Allí lo vi a Caparrós tranzando con Planeta un premio fusilado, a O'Donnel pagando cuatro libros simultáneos al equipo de ghostwriter, allí lo vi a Domínguez haciendo malabarismos por conseguir quien le escriba un artículo para Clarín, lo vi a Bucai mezquinando a su ghostwriter el pago del último libro el del ocaso, lo vi a don Mariscal burlándose de sus estúpidos lectores, lo vi a Martínez renegociando su fama a puertas cerradas, lo vi a Andahasi borrando a toda velocidad el título de una obra ajena de cuarta y sin estética alguna, y luego aplicando el suyo para cumplir con el pedido editorial. Además se me fue revelado el equipo de ganadores de Castillo, desfilaron caras en la oscuridad, títulos y editores mafiosos, quema de libros en desprecio de autores éticos, convocatorias para robar ideas de autores noveles, premios falsos con y sin valor alguno, operativos publicitarios con premios inventados para sustentar las ventas, aplausos, conferencias sobre la nada, libros de tapas a todocolor y de hojas en blanco pero llenos de letras, como si dijeran algo importante…


Hipando de emoción y con lágrimas en los ojos, dije al ángel nefasto:
—Es suficiente… ahora dejadme dormir pues temprano debo pagar la boleta de la luz, que ya está al corte.
Se volvió en seco para mirarme.
—¡Pues ese no fue el trato, temible caballero! —vi la mirada láser amarilla—. ¡Acordasteis servirme con vuestros dudosos talentos!
Apagué el cigarrillo.
—Dije muy claro «La fuente de la virtud literaria» —comencé diciendo—, ¿y me mostráis el lúgubre aparato del márquetin?, ¿acaso buscáis cagarme con vuestras tibias imprecaciones? ¡Si no es así, decidme cuál de ellos será Premio Cervantes de Literatura… o Príncipe de Asturias a la revelación latina!
Visiblemente desorientado lo vi sacar el iPod y revisar en la pantallita varias carpetas futuras. Sus dedos temblaban.
—¡Pero si vuestro pedido no es cumplido de cabo a rabo, y según mis expuestas y claras condiciones —agregué—,  entonces no estoy dispuesto a cumpliros vuestras demandas, y que el Padre universal dirima esta confusa cuestión, pues he sido estafado por vuestros patéticos engaños!
Acomodé las sábanas, me tapé y apagué la luz.
—Ahora marchaos pues mañana debo laburar. ¡Y trabad la puerta con llave cuando salís y pasadla por abajo!… no sea que los gatos la meen… perverso ignorante.


Publicado en El verbo tangente
Buenos Aires, 2012

Copyright®2012 por Carlos Rigel

1 de abril de 2012

24 de Marzo - 36 años - APDH La Matanza

Abro el espacio a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
creada en 1975.




En 1976 tenía yo casi 17 años y, tristemente, debo decir que recuerdo con perplejidad a la sociedad argentina mientras veía acercarse el abismo. La gente vio las señales que venían rápido a su encuentro, y sin embargo siguió adelante. Los gremios, los sindicatos, las agrupaciones estudiantiles, los barrios, los establecimientos tuvieron las señales necesarias. Mientras mi vieja cosía una tanda de números de pulóveres en el livin, en el patio yo le limpiaba y recargaba el arma a mi viejo, una 32 corta, que quizás le salvara la vida. Nunca sabíamos si volvía de trabajar. Pero no era un punga, era un obrero metalúrgico además de delegado gremial y a veces le tocaba el turno de tarde.
Y aterrado, escuché con él por la televisión el ultimátum de ocho meses enviado al gobierno de Isabel por el Gral. Rafael Videla desde Tucumán y por otro lado veía las imágenes del gremialista Lorenzo Miguel, de personajes como Casildo Herreras, las publicidades... y no entendía. Ellos no veían lo mismo que yo. El Golpe de Estado fue tomado como algo natural, como parte de las actividades civiles. Era un trámites más, como quien dice: "En la siguiente prueba nos saldrá mejor".
Apostaron al derrumbe de un gobierno democrático malo, pensando que en pocos meses habría de nuevo elecciones. Odié a este país. Lo odié.


26 de marzo de 2012

Castigar al mensajero



Rara vez cuestiono de manera pública un texto listado en mi muro de blog, ya que prefiero que el agua fluya hacia el lector, pero el texto de Krosney incumple en una regla básica en el espíritu de un investigador imparcial que examina las evidencias con espíritu osado.
No se castiga al mensajero excepto cuando altera el mensaje... o cuando opina acerca del mismo.


Luego de examinar el extenso volumen de Herbert Krosney El evangelio perdido, editado por National Geographic Society (2006) y que relata los detalles del hallazgo del evangelio de Judas Iscariote, concluyo en que se trata del mismo pensamiento tradicional que describe el acto de Judas como una traición, la misma que condena al judaísmo al desprecio cristiano. Estoy de acuerdo con la segunda parte porque es lo que observo del cristianismo de los últimos dos mil años, pero reniego de su prejuicio. No se inicia un ensayo con un pre-concepto inamovible acerca del eje del tema planteado, sino que se debe ser imparcial sobre el asunto y abierto a cualquier posibilidad devenida de la exploración de la pruebas, aunque vaya recto contra la corriente que mueve a la humanidad entera. Se trata de una causa con legajo abierto y, lejos de explorar con mente abierta y corazón puro, Krosney ya tiene un fallo acerca del acusado cuando lo etiqueta de "traidor". Pero se supone que el documento en copto nos ayuda a rever el caso, conservando un margen aceptable de incógnitas acerca de los motivos previos del autor de un beso histórico.
El mismo John Dominic Crossan, prestigioso investigador de la DePaul University, llega al extremo de poner en tela de juicio que haya existido tal beso porque no hay motivos que lo justifiquen. Y bien digo que quien encuentre los orígenes de dicho acto, revela la verdad. Y precisamente, de eso se trata: de la verdad.

Mi reacción no es contra Judas sino contra Krosney y sus conclusiones obtusas acerca de "la traición", circunstancia que desarrollo y refuto en el ensayo La anomalía de Jerusalén de reciente publicación. Es consistente con el pensamiento tradicional, pero un investigador de la historia tiene la obligación de reverlo todo sin dar nada por supuesto. Incluso un detalle menor puede ser el origen de un giro inesperado en los acontecimientos.
Estoy dispuesto a sentarme con el autor y debatir los detalles de mi desacuerdo con su punto de vista. Así sabremos cuáles elementos son tomados a la ligera. Y conste que en los evangelios jamás se habla de "traición" sino de "entrega", que es un verbo de naturaleza bien diferente. Y agrego además que aún no elaboré el ensayo sobre la muerte sospechosamente cómoda de Judas, duda persistente que conservo intacta pero con las preguntas correctas.
Sin embargo comprendo que soy un autor en un extremo alejado del mundo, imposibilitado de visitar territorios bíblicos para contar, además, con las intuiciones emocionales de estar allí. Sólo puedo pensar y escribir.



10 de marzo de 2012

Escrito en el muro de mi celda



"Tus reclamos permanentes de afecto me recuerdan que soy abandonado y que la mitad de mi vida transita por las ficciones. Es mi defecto. Lo que vos apreciás de mí, es lo que mismo que te condena. Nací para astronauta".



Copyright®2012 por Carlos Rigel

6 de marzo de 2012

Literariamente



Soñé que era un gran poeta, como Whitman, pero me despertó Poe protestando que era mejor cuentista. Cervantes tiró las colchas al suelo, insistiendo que era mejor novelista. Montaigne me volcó de la cama furioso gritando que era mejor ensayista. Al fin, me tomé una ginebra y seguí durmiendo. 




Copyright©2012 por Carlos Rigel 

Trípodes y el unicornio


Dicen que para enfrentar una crítica siendo objetivos, debemos dejar pasar el tiempo para hacerlo desprovistos de pasión y ansiedad. Bien, lo dejé pasar.


Y veía de nuevo las escenas de La guerra de los mundos, de Steven Spielberg, inspirada en la novela de Herbert George Wells cuando aún tengo vívidas las imágenes de la versión de 1953 dirigida por Byron Haskin de cuando mi viejo me llevó a verla… ¡Pero qué desencanto!
Recuerda la historia norteamericana una noche de pánico allá por 1936 cuando el actor y director Orson Wells llevó a la radio una adaptación de la obra The War of the worlds de H. G. Wells, con una ficcional cobertura periodística tan vívida que irradió el terror a los oyentes de la emisión porque creyeron que esa noche, en verdad, estaban siendo invadidos.
Se trata de la misma novela, aunque pienso que en esta última, Spielberg, le debe más al escritor inglés Christopher Priest, autor de La maquina espacial (1976), que al mismo Wells.
En la obra de Priest, recuerdo que a fines del siglo 19 una pareja de viajeros aborda la maquina del tiempo, y por esas cosas de espacio einsteniano arriban a Marte mientras los marcianos ultiman los detalles del ataque a la humanidad. En el planeta rojo habitan dos especies extraterrestres, una monstruosa y sanguinaria en sus costumbres alimenticias —no más que la nuestra—, y la otra humana, subyugados éstos últimos como esclavos y como alimento. Y los monstruos de la historia, precisamente, se desplazan en máquinas de altura provistas de trípodes desde donde observan las actividades humanas a través de ventanillas circulares de vidrios negros. Por otra parte viven a base de sangre humana, por eso los crían a éstos como a ganado, para proveerse de fluido fresco como único alimento.
Nuestros dos viajeros terrestres también resultan elegidos por los monstruos, junto a otros humanos de origen marciano, para abordar una de las naves que vienen a invadir la Tierra, bueno, como parte de la provisión de víveres.
Bien, pero la película de Spielberg también le debe un trago largo a la novela Fade out (Los visitantes, 1975), de Patrick Tilley cuando recupera el concepto de una invasión intraterrestre, porque en la historia de Tilley, las naves que invaden a la humanidad y paralizan al mundo, no bajan del cielo sino que afloran de la tierra bajo nuestros pies, donde yacían enterradas en la espera del momento elegido para actuar.
Como vemos, no hay obra absoluta de nacimiento ya que resume una genética de la creatividad cuyos orígenes se pierden en los albores de la historia humana. Cada autor, aunque no lo busque, adhiere a los cincuenta o sesenta siglos previos.
Y como asistimos a una edad ruidosa pero sin ecos de eternidad es bueno dejar que el tiempo pase frente a obras contemporáneas para observarlas desapasionados, libres de prejuicios y lecturas engañosas de taquillas y anuncios espectaculares.


De la versión de Spielberg me cabe destacar que tras verla varias veces no me terminó de convencer. Más bien me resultó una guerrilla de conflictos humanos y familiares menos que una guerra entre especies. Su corta extensión interior —dicho desde la maduración del tiempo del espectador—, la inexistencia del panorama mundial, la ausencia de ciudades arrasadas o acaso la falta de posesión de imágenes o escenas que afirmen el poderío extraterrestre por sobre el humano, y tal vez la falta de tensión institucional, creo que le restó eficacia a la poderosa historia de Wells. Algo así como ver el asalto a un banco a tres cuadras de distancia.


La ausencia de la voz de Morgan Freeman en el desarrollo de la historia también nos abstrajo del estilo narrativo abierto al comienzo, tan parco que hasta la sentencia final quedó descolgada. La composición general me sonó más bien a un atentado terrorista contra los Estados Unidos en la segunda página del Washington Post, que a una guerra inter-especies que ocupa la primera plana del mundo. Menos espectacular que una agresión real de las que ya sabemos.
Se hace evidente que aplaudir demasiado a los directores desfigura el esmero por sus desafíos. Así nos pasó con nuestro Eliseo Subiela. A diferencia de aquella película que siendo chico me aterró, La guerra de los mundos de Spielberg es un film que no pasa de ser un tibio desafío tecnológico de computadoras, resolviendo movimientos virtuales de objetos inexistentes —como se hace ahora— en cada escena.
La buena y por momentos sobreactuada caracterización de Tom Cruise y la adecuada pero no brillante actuación de Dakota Fanning, no alcanzan para cubrir los baches narrativos, cuando todavía recuerdo el ataque de xenofobia que sufre la protagonista de 1953, Sylvia van Buren (la actriz Ann Robinson) —recordemos que en la historia para esos momentos ambos protagonistas se ocultan en un sótano— cuando resulta manchada con sangre alienígena luego de que el Dr. Clayton Forrester (Gene Barry), le encaja un fierrazo a un extraterrestre, pequeño detalle que nos muestra que el enfrentamiento no es sólo tecnológico, sino un conflicto territorial y de especies: Es la sangre de ellos o la nuestra, con repulsión incluida.



Por otra parte recibo en préstamo la edición prometida por su director en DVD, me refiero a Blade runner (1982) del británico Ridley Scott, en una presentación cuidada aunque la imagen del envase resulte una patética muestra del diseño gráfico del tercer milenio, como si en ella anunciara una película de Will Smith contra el Hombre Araña o algo por estilo. Bueno, caramba, pero qué calidad de imagen y de sonido… Si recuerdo a Scott durante una entrevista cuando decía enfurecerse al ver el resultado deplorable de las copias en cintas alquiladas en los videoclubes, porque el original tenía una calidad extraordinaria. En efecto, así es.
La vi como nunca antes, incluida la escena del unicornio, más tarde eliminada del original, en un momento expansivo de furia sagrada. Hay una combinación de sentimientos sensuales que esa imagen me produce cuando la veo enfrentada a la mugre de Los Angeles, a la duplicidad de lo humano y lo artificial, y de pronto comprendo la singularidad que el místico unicornio representa en ese momento privado de la historia. Si es acaso el epicentro de la misma.
Elegida recientemente como la mejor película de ficción científica e inspirada en la novela de Philip Dick Do androids dream of electric sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), su título no deja espacio a duda sobre el contenido urbano, futurista y filosófico de un mundo con bases de silicio que todavía no encuentra las respuestas elementales de la existencia.
La división de clases entre los de arriba y los abajo, resulta patética en una ciudad en la que la clase pobre y corrupta vive a nivel del suelo, mientras que las clases inteligentes y pudientes viven en los pisos altos, en bloques de viviendas sólidas, como ciudades verticales. A su vez, el parque automotor evidencia clases polarizadas a ultranza entre modelos 1960 y vehículos complejos y aéreos.
En una ciudad medieval de marginalidad veremos a androides —réplicas como prefirió llamarlos Scott— convertidos en objetos inhumanos llenos de humanidad. Zhora (la actriz Johanna Cassidy), la mujer artificial que brinda el espectáculo tétrico de hacerse el amor con una serpiente en un bar nocturno del barrio chino —felizmente no filmada por Scott aunque sugerida—, de pronto se transforma ante nosotros en un reptil letal, lleno de odio y crimen, una especie de mamba ultravenenosa. No puedo abstraerme de imaginar a una serpiente devorando a otra de su misma especie cuando la vemos demonizarse mientras intenta ahorcar al detective Decker (Harrison Ford), su obsesivo persecutor, lo que me lleva a suponer el estímulo de Scott para con los profesionales en busca de tomas concisas y marcadas de fuerte personalidad.


Roy Batty, modelo de combate (el actor Rutger Hauer, en un momento de su carrera para la eternidad) adoptará actitudes caprichosas, cínicas y destructivas. León, otro androide (el actor Brion James) nos dejará boquiabiertos cuando está a punto de insertar sus dedos en los ojos de Decker en venganza por la muerte de Zhora.
Como ya una vez escribí acerca de la entrega apasionada de la androide Rachael en los brazos del detective Decker, es que ahora evito rememorar ese momento sublime del cine universal. ¿Pero qué es lo nuevo si hasta aquí tienen un comportamiento perfectamente humano?
Sin embargo, nos sorprenderá una y otra vez la redención final de Roy Batty (R. Hauer) emblema de la ciborespecie sobre el cierre de su propia agonía, cuando salva la vida de quien lo persigue para asesinarlo, y frente a él, por un instante pequeñísimo, hace una poesía infinita de su paso corto y agradecido por la existencia. Al final sonríe en un destello mágico de aceptación frente a lo inevitable, ya sobre el derrumbe de su conciencia, y redimido como persona, muere. 
La metáfora excede lo creativo: Se puede vivir como monstruo y sin embargo morir como hombre. 


En esta etapa de la humanidad, Blade runner en la composición de Philip Dick y Ridley Scott, viene a cerrar el paradigma abierto por Frankenstein (1818) de Mary Shelley cuando  sintetiza la futopía del simil, lo quasi-humano: Bestia cruel y compasiva, criatura emocional y sanguinaria, dios electrónico y nano-ameba virtual, amorfo mecanismo de superfluidos, defectuosa perfección con sentimientos y conciencia. El futuro viene rápido hacia nosotros y nos sonríe, pero exhala neón.
Una delicia volver a verla, porque también destaca una edad en que los directores no se conformaban con irreales tomas de computadora, sino que originaban ciudades completas en escala, lo que brindaba la posibilidad de tomas de excelente calidad, iluminación artística y foco perfecto.



Sólo le reprocho a Scott la eliminación en la versión nueva de la escena final de la fuga en la versión de 1982, cuando vemos por primera vez a Decker muy feliz de escaparse con la androide Rachael —lo suponemos, ya que a ella no se la ve— en un día por primera vez soleado, atravesando un valle de pinos y verdes y montañas, en contraste con la lluvia de un millón de años que parece atacar a la mugrosa ciudad de Los Angeles, sumiéndola en la espectral humedad, las goteras y el incesante repiquetear del aguacero que nos hace incomodar porque migran a nuestra humanidad vagos recuerdos de La lluvia (1951) de Ray Bradbury, con astronautas perdidos en un Venus lluvioso hasta la inclemencia, con olores de ropa mojada, zapatos reblandecidos y gomosos, cansado de meter las manos en los bolsillos y extraer un caldo de objetos amasados por la lluvia y los vapores. Rachael está a salvo con Decker, su otrora persecutor, y camino a la felicidad inter-especies. ¿Tendrán hijos electrónicos?


Al tanto, un pensamiento allana y concluye la visita de esta joya de fines del milenio a nuestra época superficial: En busca del sueño REM, a diferencia de las personas, los androides cuentan unicornios saltando la verja. Desprende de ella una cascada de razonamientos en parte ya prefigurados por Stanislav Lem en Diario de las estrellas (1957) cuando propone, en la decadente humanidad futura, una secta de androides devotos de Dios, lo que lleva a preguntarnos: ¿Dará cabida el cielo judeocristiano a los androides creyentes?


Observando, al fin, el génesis de gigantes como Wells, de buenos novelistas como Dick, Priest y Tilley, de cineastas de raza como Scott y en memoria de Orson Wells, frente a una estética que todavía no está haciendo historia, a Steven Spielberg y su floja Guerra de los mundos, sobre diez le doy apenas dos puntos. Los ocho restantes los reparto entre el cine y la literatura universal.

Febrero de 2007
del volumen La metáfora tóxica

Copyright®2012 por Carlos Rigel