26 de abril de 2010

Eskrache desilustrado


De manera verificable este gobierno termina de demostrarnos el miedo pavoroso que le tiene a la palabra escrita. No dudarían en mandar a asesinar si lo juzgaran necesario.




Fascinante subjetividad de la narrativa


Modesta evidencia contra los discípulos del frustrado Faulkner, reducidores furtivos de novelas a cuentos y luego de cuentos al formato final de poesías.

Inspirado en una idea poética de mi autoría, hace 8 años comencé un cuento engañosamente simple y que aún estoy escribiendo: Diario del Fin. Ya voy por la página 350, es una novela, y más complicada que gusano en hormiguero. Lo peor es que aún no está terminada.

¿Imaginan al Quijote extractado en un corto poema?


23 de abril de 2010

Abbassat, la piedra de Babel


Nunca se habló del verdadero titán de aquella 
madrugada histórica.

Durante años de mi infancia escuché a mi padre, hombre de silenciosa sabiduría, decir que "al Titanic lo hundió Dios". No ajeno a la verdad, es cierto que el desafío quedó en pie en aquellos días, vale recordarlo porque es famosa la frase que fue escrita en la proa: «Ni Dios lo hunde», pero mal haríamos en responsabilizar a un oficial menor o, quizá, a un ayudante de cubierta por haberla escrito. Sin embargo, jamás se ha hablado acerca del iceberg que lo hunde.

Me preguntaba, entonces, cuál es la medida de insulto adecuada para promover el asesinato divino. Si analizamos las causas técnicas del desastre debemos sopesarlas a todas por igual. Lo frágil del acero en semejante frío, el diseño de las bodegas, el exiguo timón para semejante barco, le excesiva velocidad y un iceberg donde no debía estar y, para colmo, de noche. Pero ¿por qué estaba allí?

El estudio de los megatémpanos desprendidos de Groenlandia muestra un origen diferente a la histórica catástrofe y sus consecuencias bíblicas, porque para cuando el desafío –me refiero a la frase conocida– quedó en pie el 10 de abril de 1912 durante la celebración del titán, el témpano hacía 3 años que había emprendido el camino del desastre y solo viajaba a horario con el futuro. Por paralelismo deberíamos retroceder en el tiempo para encontrar los motivos de la maldición. Aún sin tripulación el barco estaba condenada a muerte. Su construcción estaba maldita; también cada remache de su vestido, porque por los días en que comenzó la construcción del esqueleto en 1909, a miles de kilómetros de allí, en Llulissat, el fiordo de Groenlandia, algunos millones de toneladas de hielo se derrumbaron al mar, como cíclicamente ocurre. La catástrofe estaba dispuesta: El témpano estaba en el mar.

El Titanic fue construido por la White Star en Irlanda, pero se ha olvidado que los propios irlandeses eran discriminados y repudiados por los empleados ingleses. A menudo sufrían palizas brutales a manos de trabajadores resentidos cuando resultaban empleados en detrimento de la mano de obra inglesa. No era una novedad hallar cadáveres de irlandeses apuñalados y abandonados entre las inmensas vértebras metálicas. Pero uno de los megatémpanos del desmoronamiento comenzó el lento derivar hacia las aguas del sur a razón de unos pocos metros por día, abriéndose paso entre los escombros para interceptar al Titanic, distante años en el futuro y muy al sur, adonde rara vez llegan los icebergs. Es un misterio divino que ambos registraran casi las mismas cuarenta y seis mil toneladas de peso.

Para cuando el barco fue votado el 31 de mayo de 1911, Abbassat, un meteoro de hielo, estaba accediendo a la corriente del Labrador a una marcha poderosa e imparable de casi medio kilómetro por hora. Era "la nueva piedra de David" y estaba llegando a tiempo para la cita.

Apenas cuatro días antes del impacto rotó por última vez sobre el punto de gravedad, girando embravecido y misántropo, y estuvo listo para el encuentro de colosos. Nada lo retrasaría. Es más, el barco debería apurar la marcha si quería llegar a tiempo porque la piedra ya estaba en el lugar marcado con una tolerancia de centímetros.

Y luego del trágico encuentro, apenas veintidós días después y sin motivos para seguir existiendo, la últimas huellas del verdadero titán se diluían en las aguas del Atlántico del norte consumido por templadas corrientes y sin recuerdos de lo ocurrido. Bueno, claro, excepto en la Memoria Oceánica que conserva el agua.

Si debiera encontrar una imagen bíblica que caracterice a la catástrofe, diría que el Titanic fue la lujosa Nueva Torre Babel que el siglo XX nos obsequió.




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12 de abril de 2010

El interminable asesinato de Cristo



Título del post a medias parodiado de Armando Beilin y su libro 
–todavía a la venta, como seguramente merece– me refiero a La segunda 
muerte de Jesucristo, y del polémico ensayo El asesinato de Cristo 
de Wilhem Reich, pero que me sirven para ejemplificar lo que pienso 
del mundo cristiano cuando veo una cruz con un Jesús condenado 
a colgar de ella para siempre, siendo yo cristiano.

Recuerdo en 2007 mi solitaria visita en Mar de Ajó a la parroquia Nuestra Señora de Luján, de la calle Jorge Newery al 350, porque tiene un emblema que me agradó y que difiere de otras parroquias o iglesias visitadas: El símbolo crístico que identifica a la entidad. No se trata del reconocido hombre muerto colgado de la cruz, sangrante y espinoso, como es habitual en los templos cristianos, sino en otra circunstancia de su vida, me refiero a la del pescador vivo, certero, triunfal y hegemónico que convoca a todos los hombres y mujeres. Cristo de pie con los brazos amplios en una barca cuya proa parece saltar de la pared para alcanzarnos con su mensaje.

Y me recuerda a su vez esas toscas pero eficaces publicidades de talleres de reparación de autos en que cortan un tercio de un auto viejo –casi siempre un pedazo del baúl con rueda trasera incluida– para pegarlo a la pared encima de la persiana del local y a nadie se le ocurre pensar que un auto vino volando y se incrustó en la pared, que aunque alguien lo pensara estaría disculpado, porque un auto es un componente bidimensional ya que fue concebido para las calles y no para volar; de ahí lo fallido del concepto de quitarlo del suelo pero que es curiosidad que atrae al desdichado conductor particular para reparar su auto en ese taller y no en el de al lado, como quien dice: “No quiere chocar, entonces vuele.”

En cambio este hombre asoma, brota de la pared y uno cree ver que atrás queda la Mar Grande, atrás queda la muerte que sigue, el Sanhedrín, los impuestos y esas variedades de la época y de esta también. Y se me viene a la mente Moisés cuando abrió las aguas e imagino –o quiero imaginar– que el líder judío debió tener igual posición y actitud en sus brazos para ordenarle a las aguas que se abran, excepto que en este Jesús, un brazo está en alto como una antorcha al cielo, mientras que el otro yace abierto al orbe humano, como si cielo y tierra se unieran en el mismo momento, en cambio en Moisés debió ser de ambos brazos abiertos. Bien, pero me agrada la idea del creativo, porque esa perspectiva invita a sentirse un pez más del cardumen. No hay red, no hay anzuelo, no hay carnada: Sólo el llamado a emerger.

Y digo que hasta ese día no me sentí jamás reconfortado de entrar en una parroquia o iglesia por fastuosa o costosa que esta pueda ser pero ese día sí, porque quizá di con el lenguaje común de la convocatoria, la identificación necesaria que debe existir entre la institución y el hombre común, pero que no acepto que sea la del martirio ni del asesinato ni de la tortura. Y aunque busqué en esa parroquia otras señales con las que identificarme, no las hallé; eran las mismas estatuillas tan huecas de emoción como llenas de yeso.

Entonces –y a esto quería llegar– cada vez que veo una cruz cristiana, ya sea en una iglesia o el pecho de una persona no dejo de pensar que convocan a Jesús de Nazareth nuevamente al flagelo, lo invitan a vivir de nuevo generosamente el tormento, el tránsito al Calvario. Lo obligan a morir una y otra vez. Como el permanente recuerdo de un fallecido al que citamos de nuevo a reunirse con nuestros recuerdos del sufrimiento, de la terapia intensiva y la quimioterapia y el cáncer y el dolor y la agonía y ese colage de últimas circunstancias que acompañaron a una partida y que, al fin, dan nacimiento a un fantasma hecho de dolor y que vaga entre los reinos con lamentaciones y sufrimiento porque sólo fue convocado para volver a sufrirlo y no para liberarlo de él, como en un acto de magia supremo que hace nacer a un pájaro pero encerrado en una jaula para dejarlo morir de hambre, sed y soledad. Y tras su muerte, volver a traerlo a la vida pero dentro de la misma jaula, condenado a un holocausto que no merece.

Entonces me pregunto cómo diablos hizo el cristianismo para no escuchar, para no ver, para no sentir. De todo lo hecho luego de tres años de tránsito obrando milagros, apenas quedó el Calvario y la figura de una cruz, símbolo y castigo ejemplar romano a su vez heredado de Cartago. ¿Cómo se hace para tener ojos y no saber todavía para qué sirven?

Dicho de paso, tengo presente un dogma –o lugar común– del hollywood actual en el cual los delincuentes, es decir, drogadictos, mafiosos, asesinos –casi siempre negros o latinos– usan cruces cristianas de oro o de plata, con gruesas y largas cadenas como un ícono de protección. Algo así como que “a mayor criminalidad, más intenso el cristianismo”. Este lugar común es tan común –sobreviva la redundancia– como que los demonios, o personas infernales, fuman, a diferencia de la gente bien nacida y bien vivida que no lo hacen. O que los terroristas son todos creyentes de Alá. Y esperan que la iconología funcione de la siguiente manera:

Cristiano = Delincuente
Demonio = Fumador

Entonces, ¿cómo identifico a un delincuente? Respuesta: lleva cruces en su pecho. Y ¿cómo identifico a un demonio? Respuesta: fuma. Es re simple.


Ahora bien, entre el sufrimiento interminable de allí arriba y el delito iconográfico de aquí abajo, estamos nada menos que nosotros, los ajenos al castigo, los sin entrada en las butacas del Calvario, los creyentes del milagro, los que ya superamos el soborno del cielo y la amenaza del infierno, los que creemos que el secreto no está en su muerte sino en su obra, por ende en su vida; los Torpes Soldados del Sagrado Corazón, quienes sabemos que el Padre Mario fumaba 4 paquetes de cigarrillos diarios y era una luz en el mundo; nosotros quienes no dudamos y quienes no necesitamos pruebas o demostraciones, a quienes los descubrimientos astronómicos o cuánticos no nos cambian, los mismos a quienes las pruebas de Carbono14 no nos dicen nada, y quienes además creemos que es más complejo de lo que parece, porque leímos a Nietzsche y a Freud y a Kant y a Reich, y hasta los comprendimos, pero no cambiamos por ello, y quienes ni siquiera llevamos una cruz con cadenita bajo nuestra camisa porque no la necesitamos.
No hay recompensa para nosotros ya que jamás la pedimos.

El mundo descartiano de la duda y el escepticismo no tiene nada para ofrecernos, pero a quienes se declaran creyentes y se encolumnan detrás de una cruz, sepan que no heredarán la Tierra sino el Vaticano, porque fue hecho para ustedes, y heredarán también el odio al judío y no recibirán la Vida Eterna porque sería un desperdicio del reino, pero además sepan que a diario lo matan.

Copyright®2010 por Carlos Rigel

10 de abril de 2010

Tiendita ejecutiva


No sé por qué tengo la impresión de que esta presidenta gobierna así, como se viste: estilo Catálogo de Cortinas de los '70.


7 de abril de 2010

Quasimodo, Ministro de Cultura y Protocolo

Inquietantes
declaraciones de Martín Palermo: "Si me condecoraron
cuando erré tre, entonce voy a
errá tre más"


Así como alguna vez el Turco condecoró en nuestra tierra a Pinochet, cuando éste entre 1979 y 1982 intentó envenenar a la población argentina a través del agua potable de OSN, el actual gobierno kirchnerista –mediocre hasta la médula–, termina de condecorar a Martín Palermo con la orden de "Ciudadano Ilustre", quizá por errar tres penales consecutivos para el seleccionado nacional durante un recordado episodio que todos queremos olvidar.

Combinando ambos momentos pienso en la intoxicación mortal de perder 3 a 0 contra Colombia y recuerdo la noticia de la cantidad de infartados en Inglaterra cuando perdieron en los penales contra Argentina. Aquí sabemos de sapos tragados con esfuerzo y cuánto cuesta soportar la verrugas en nuestra garganta. Creo que Palermo no volvió a vestir la celeste y blanca desde aquella oportunidad, aunque eso no mengua los tres pepinos perdidos ni la condecoración que lo iguala con Pinochet –aunque también tristemente con Vilas–, si ese día podríamos habernos tomado un licuado de Woolite con jabón en polvo y vidrio molido fino que no hubiera pasado nada. Porque frente al envenenamiento público fue más eficaz Palermo que Pinochet, como si su ilustre ciudadanía nos inmunizara para siempre de la cicuta nacional de penales errados de hoy y de siempre, y que augura: "Lo que no te hace más fuerte, te mata".

No se trata de condecorar a un científico que trabaja por dos mangos en la penumbra de un sótano del Centro Atómico, o a un médico que asiste heridos de una catástrofe en el extranjero, o a un cacique del norte que resiste la invasión territorial de empresas privadas, no, sino de condecorar los aplausos genéricos con reservas de un sector social inmune a la acidez nacional y la crítica, porque si a este jugador le otorgan semejante condecoración, luego del veneno en su propia ley, entonces cave preguntarnos qué diablos le darán a los grandes cuando se presenten.

Diferente sería igual condecoración al final de su vida, plusvalía deportiva cuando se retira, porque no habría objeciones ya que se evalúa la trayectoria total –aun contemplados errores y derrotas–, como con Guillermo Vilas. En cambio así, cuanto director técnico dirija al seleccionado nacional deberá evadir a Palermo por dos motivos: por patadura, y para preservarnos del "mérito" de penales errados futuros que nos arruinen una clasificación o una final palpitante. Porque si Argentina estuviera empatando en el último minuto de una final frente a Alemania o frente a Inglaterra y hubiera un penal... ¿aceptaríamos a Palermo para patearlo aunque sea Ciudadano Ilustre?... O mejor, tras apuntar al arco y desmayar de un pelotazo a un señor de la tribuna para despedirnos así en la derrota, su condecoración ¿impedirá nuestra catarsis de insultos?

Por eso, queridos e ignorantes amigos del gobierno, es mejor recordarles que se busca premiar un evento destacado pero aislado en la vida de una persona sobresaliente (por ejemplo un libro o un descubrimiento), o se destaca una actuación ejemplar (por ejemplo una valiente acción civil) o, en el extremo, se condecora la obra total, final y cerrada de una personalidad (una vida dedicada a la literatura o el estudio o el deporte), alguien que ya no nos pueda avergonzar degradando incluso nuestra condecoración.
Esto último nos preserva, por ejemplo, de que una personalidad reconocida en unos años caiga en la mala y se dedique a asaltar bancos, o a estafar pagando cheques sin fondos. Esos actos también resultarían contemplados en nuestra condecoración. Por eso se entregan al final de la vida, para salvar el buen nombre del mérito que se entrega, porque sería más humillante quitársela que habérsela dado. Es la diferencia entre premio, mérito (o reconocimiento) y condecoración.

Así tenemos a un condecorado del que alguna vez rogamos ferviente y certeramente que no pateara y que cediera el lugar. Condenados al fracaso hay que seguir adelante, como el pelado que cae de un décimo piso y cuando va por el quinto dice: "Por ahora vamo bien".
Pero además, se rumorea en lo pasillos de la Casa Gelatina que está en proyecto condecorar al General Menéndez por no haberse suicidado, como corresponde, de múltiples disparos en la cabeza tras la rendición a los ingleses en las islas por la misma época en que Pinochet planeaba envenenarnos. Y después perdimos 5 a 0 en Buenos Aires, tal vez como una vacuna preventiva contra el 3 a 0 y los 3 penales seguidos del Ciudadano Ilustre Martín Palermo que nos hubieran puesto al menos 3 a 3 para salvar el honor de una afrenta ahora irreparable y tan bochornosa como ilustrada.
Imaginemos qué tamaño de condecoración le hubiera correspondido a Pinochet si el plan de envenenamiento de Buenos Aires hubiera resultado aunque sea en un 50% de los muertos esperados.
Sin duda (¡y la putísima que lo remil parió!), gracias a la intachable ordinariez del actual gobierno, estamos mejorando nuestra inmunología contra intoxicaciones cívicas masivas.

Entonces, ¡sean pacientes porque hay abundante veneno para todos!


2010 © Copyright, Carlos Rigel

7 de marzo de 2010

La Teoría del Caos (correctamente ordenada)

Las 7 leyes de la Teoría del Caos de John Briggs y David Peat apestan, por eso es necesario enunciar la Teoría del Caos Restringida (limitada por el orden de todas las cosas) dando origen a las inquietantes leyes del Orden Anárquico.


Sir Fred Hoyle, astrónomo inglés quien supo alterar el aquelarre científico de los ’70 en el exitista siglo XX, propuso dos evidencias, dos momentos específicos de manifestación concreta del Gran Espíritu Creador en nuestro universo presente. Y hasta precisó en coordenadas temporales esos dos instantes de creación absoluta cuyos resultados eran claramente observables. Uno fue, por supuesto, el Comienzo retratado en el Gran Estallido General del átomo primigenio, principio remanente expresado tanto en la presencia de materia en el cosmos, como también en la velocidad de recesión hoy observada en las galaxias, llamada Expansión universal. El segundo momento fue, para asombro y desorientación de sus seguidores, la composición de la Novena sinfonía, opus 125, de Beethoven, también conocida como la Coral. Según Hoyle, el Gran Espíritu Creador corporizó sus destellos en el compositor vienés durante la confección de la obra desde su inicio en 1814 y hasta su finalización en 1824.

Es famoso el amor del científico británico por los Cuartetos del músico sordo a los que consideraba perfectos, pero tengo en cuenta que hasta la fecha de su muerte, en 2001, Hoyle no presentó ecuaciones para someterlas a revisión, ni soluciones físicas que echen luz a su afirmación; tampoco nadie se las reclamó. Aunque seguramente no esperó cuestionamientos, lo cierto es que ni un solo científico se atrevió a refutar su pensamiento expresado en el prólogo de un grueso compendio de astrofísica general.

Es de suponer que hay afirmaciones que no requieren demostración física y sólo pueden tener sentido en el corazón y en el espíritu humano, sin necesidad de quebrantar las leyes de las ciencias duras, ya que durante una autopsia un médico forense tampoco verifica la presencia de recuerdos o emociones, tampoco de sueños o esperanzas, y sin embargo nadie se atrevería a negar los sentimientos del ser, ni la potencia del mundo onírico. Y me resulta absurdo pretender que el universo espiritual tenga su expresión más acabada en la exploración de un físico con las herramientas del cinismo y del escepticismo, hurgueteando en lo inmaterial, por ejemplo, para medir los sueños con instrumentos y electrodos. Lo único que así se verifica es una anomalía durante las horas de sueño que ocupa un ciclo de 15 minutos durante cada hora de reposo, llamado sueño REM. Pero eso nada dice acerca del contenido de un sueño, es decir, qué se soñó, ni de sus símbolos; ni tampoco de las advertencias, por ejemplo, bajo la forma de premoniciones.

Pero cuando se produce el razonamiento inverso, es decir, cuando un físico invade con afirmaciones dogmáticas el territorio espiritual me abruma de distinta manera, porque presupongo que venció la herramienta del escepticismo natural de la ciencia compuesta por vectores, momentos y módulos para ingresar en un territorio potencialmente imaginario y posible. Y con absoluta impunidad cruza del mundo material como por una membrana espectral a una dimensión distinta de posibilidades con herramientas nacidas en la credulidad o la fe o la esperanza. Y lo objetivo felizmente pasa a ser un elemento factible de la subjetividad. Los utensilios no son tan diferentes porque también obedecen a una razón y una lógica, quizá de una distinta naturaleza pero con igual sentido común, compuesta de subjetividades, percepciones e intuiciones.

Lo inquietante es que Hoyle no haya superpuesto las herramientas de la credulidad por sobre las de la física, como hizo, por ejemplo, Sábato cuando renuncia a la física nuclear para dedicarse a la novela, lo temible es que las haya incluido en una misma ciencia. Una ciencia nueva compuesta de vectores y esperanzas, donde el Big Bang y la Coral respondan a un mismo impulso inicial. Donde una ecuación precisa tenga la misma definición que un sueño, o que una ilusión resulte en un módulo de intensidad capaz de destruir 146 electrones desorientados, disciplina científica donde el álgebra topológica degenere hasta volverse perniciosa, o que la hipotenusa se entregue a las drogas y la prostitución. Y todo unificado en un mismo horizonte universal de acontecimientos. Sin negaciones ontológicas, ni conflictos intrínsecos. Al fin, libre de apasionadas contradicciones.

No es igual a la Teoría del Caos cuando intenta relacionar el batir de las alas de una mariposa con un terremoto en la India, como propuso Michael Crichton en una historia llevada al cine hace unos años, inspirado acaso en Las siete leyes del Caos de John Briggs y David Peat, cuando promueven erróneamente la combinación de sucesos aleatorios –pero específicos– supuestamente ligados entre sí, estableciendo una regla ilusoria para aplicar, digo, a la ambigüedad de lo indeterminable, porque los sucesos no obedecen a reglas, justamente porque son caóticos, pero tampoco a relaciones ya que no están ligados por ejes de causalidad o influencia, porque es como decir que las galaxias brillan menos desde que existen los telescopios.

Que la manifestación poliforme existe y que es permanente no hay duda, pero que obedezca a leyes o principios es, cuando menos, estúpido desde la génesis misma del razonamiento. Si tiro libro tras libro mas o menos en la misma dirección de un ambiente es posible que se arme una montaña de libros y es posible que uno ruede y hasta quede parado, pero relacionar ese libro parado con el descenso fallido de una nave en Marte y no con una moneda que cae de mi pantalón, ni con el taxi que atropella a un ciclista en Italia, es discriminar la relación en favor de una hipótesis personal, individualizada inexplicablemente.

«Si quiero instaurar el caos social, entonces debo aplicar estas siete leyes y listo. Pero si después quiero restituir el orden, aplico estas otras. Y listo». Y al Universo sólo le resta comportarse como dicen y enuncian esas leyes.

Es comprensible que la posibilidad que encierra esta calcomanía le resulte mágica y hasta novedosa al hombre común, pero lo que proponen es tan absurdo que si utilizo una línea luminosa de unión entre dos sucesos aparentemente relacionados, uno en Marte cuando una piedra vuela al viento y otro en Lima cuando un ladrón le da una limosna a un pobre, debo continuar tirando líneas porque este último está en relación con otro suceso en Japón ocurrido ayer cuando una nena tropezó con un juguete, y con las explosiones solares de hace tres millones de años, y con la caída de la bolsa dentro de un mes, y con el cavernícola que le arrancó un ojo a un oso antes de morir hace un millón de años, de tal manera que al terminar la hipótesis tendría un universo saturado de líneas hasta quedar blanco y por completo luminoso, abarcando la totalidad de sucesos en todas las regiones y edades posibles, bueno, porque transcurren bajo un mismo techo universal. Y el paso que le falta es terminar con el enunciado del hombre vulgar y decir: «¡Todo está relacionado con todo!» de ojos desbordados y sonrisa alegre para terminar de caer en el mismo abismo ordinario de siempre.

Si no existiera una proclividad a un cierto límite de probabilidades, entendido como un orden, entonces el problema no sería la inmensa variedad de fractales de copos de nieve –es cierto, donde no hay dos iguales–, sino el aglutinamiento, en donde un copo de nieve de una décima de gramo descendería cariñosamente sobre mi cabeza mientras que, a mi lado, otro de dos toneladas aplastaría un auto. Eso es caos.

Porque como tal, el caos es resultado de la imprevisibilidad y la arbitrariedad, por eso es caótico. Entonces al caos que ellos proponen, le verifico un orden. Y conste que aún me falta una variable indeterminada en la ecuación, un componente x que no me permitirá jamás conocer el límite de dos sucesos establecidos, porque aunque fuerce la lógica no puedo saber si la nube de arena de hoy en Nigeria tiene relación con el golpe militar de ayer en la Galaxia de Andrómeda o si está ligado al meteoro de hace dos millones de años que sacó a la Luna de lugar. Aún cuando comience por dos eventos concretos elegidos y separados de la vastedad la propuesta sigue operando con fallas, porque lo cierto es que desde cualquier relación establecida el final es conocido y tiene por respuesta la totalidad de lo que existió, lo que existe y existirá hasta el fin en todas partes ya que no pueden ser aislados de otros sucesos.

Pero si todo, absolutamente todo, está relacionado entonces fracasa el criterio de la relación individual porque se vuelve caprichosa e indeterminable, y entonces hablo simplemente de un universo manifestándose a cada instante y en todas partes sin obedecer a reglas ni a leyes pero tampoco a relaciones de ningún tipo. Lo que sí observaré todavía serán las constantes y sus variantes que quizá merezcan un estudio en particular. Porque de sostener el razonamiento del caos total y subyacente, entonces no existe orden.

Lo opuesto al caos total es, por supuesto, el orden total y prefiguro entonces La Teoría del Orden. Es decir Las siete leyes del Orden, que a fin de cuentas tienen las mismas explicaciones y resultados tangibles que las del Caos. Sólo hay que cambiarle el título al libro y hasta venderlos juntos para quedar al fin como al principio: con dos universos disociados, el del Caos total y el del Orden absoluto. Ambos verificables. Como quien dice: «Si quiero instaurar el caos social, entonces debo aplicar estas siete leyes y listo. Pero si después quiero restituir el orden, aplico estas otras. Y listo». Y sólo le resta al universo comportarse como dicen y enuncian esas leyes.

No es así. Quizá la molesta contradicción viene de ordenar el supuesto caos en leyes, porque si eliminaran esa palabra del título reemplazándola por observaciones, quizá podría leerlo sin cuestionamientos iniciales acaso para desencantarme más tarde. Pero no es así y debo abstraerme a un orden autárquico y hermético, como quien enuncia las reglas a seguir para ser bizarro, o quien establece Los siete pasos para cometer un crimen pasional. Y lo comienza describiendo: «Primer paso: Llénese de odio cuando vea salir a su esposa de un hotel con el pendejo barrendero», y que luego detalle los pormenores de la situación y el estado emocional que debe verificar un hombre, paso a paso, previo al asesinato.

En la Teoría de Caos, Homero Simpson y Ludwig Van Beethoven se disputan la autoría legítima de la Novena sinfonía, Opus 125, la Coral.




Pero lo que sí puedo hacer mientras tanto es admirar cuanto quiera el resultado de ese caos y ese orden combinados con sus misteriosas bellezas y tinieblas pero sin intentar explicarlos, porque es como cuando la psicología contemporánea intenta explicar el origen de los mitos griegos, y justifican –o matan– lo bello con lo ridículo, y hasta les parece razonable porque se sienten convocados a explicar lo inexplicable. Entonces a través del mito enuncian reglas que aplican a la sociedad para acomodarlas luego, de regreso, al mito mismo y que todo encaje en un molde fijo, freudiano y, para sus sacerdotes, felizmente satisfactorio. Y quizá hasta gocen de la sonrisa tímida y concupiscente desde la esfera de Parménides de su dios Freud. Con él allí todo es perfecto y obedece a causas simples o complejas, pero tranquilizadoras.

Si el caos no responde claramente a las 7 leyes enunciadas por John Briggs y David Peat, entonces no es caos. Por descarte, ¿se trata de orden?

Claro que luego de pensarlo, siguiendo la misma línea cáustica de razonamientos, en el otro extremo de la Teoría del Psicoanálisis se encuentra la Teoría del Caos, correctamente ordenada y sustentada para la fascinación del lector común. Son consecutivas y hasta permutativas. El paso es largo pero va en la misma dirección. Era lo que restaba ordenar y explicar. De manera que el hombre común pueda justificar: «Mi asesinato de hoy tiene relación con el nacimiento de una flor en Júpiter», y todo resulte amablemente comprensible y hasta lógico.

Ajeno a medir las consecuencias de su afirmación, el científico británico unificó los universos disociados de Plank y de Jung. El de la materia con sus partículas y el intangible del Alma. No hay reproches, Hegel también descansa en paz junto a Kierkegaard: el muro se derrumbó desde adentro. Que los hombres sigan pensando lo que quieran cada uno en su compartimiento estático al abrigo de sus creencias y sus leyes, esos universos siguen siendo uno solo, íntegro, único e indivisible.


2010 © Copyright, Carlos Rigel