14 de agosto de 2013

Votar in saecula saeculorum



Ventajas, fervores y sobresaltos de votar 
en la República de Calpurnia cuando los pájaros arden.


Los ángeles no tienen espinas; tampoco escamas. Y así, con este pensamiento y envuelto de un fervor estúpido –aunque no muy convencido con la oferta de candidatos–, me decidí a votar. Extraje todos mis documentos y elegí el que tenía la mejor foto, me calcé la galera hasta las orejas, la lechuguilla al cuello, como siempre, y salí a votar. No fueron pocos los controles policiales, militares y camporistas que debí sortear para no quedar expuesto en mi antioficialismo empecinado. Mientras accedía al palier de la escalera al ritmo de la fila, un militar salió de un cuarto habilitado del piso inferior con el sobre cerrado en su mano y con la otra descerrajó una ráfaga contra el cielo raso. Volaron chispas y fragmentos.
-¡Voté!... ¡Viva la Patria y los Santos Evangelios, carajo!

Luego fui incluido en una tanda de gente en el acceso al piso del establecimiento, donde pude recorrer los pasillos buscando la mesa asignada. Vi las propuestas diferentes de cada mesa, por ejemplo: "Mesa rápida: Hasta 15 votos por persona", "Mesa rápida (sólo con tarjeta): 1 voto 20 pesos", "Mesa ultrarápida (votamos por Ud.): Todo al PJ". Durante mi recorrida leyendo las propuestas, vi violaciones esperpénticas en los cuartos desocupados, gente durmiendo en carpas, campamentos donde cocinaban el matecocido al lado de las mesas comiciales, tiendas con enfermos y heridos a quienes les eran alcanzadas las urnas para cumplir con el deber cívico. Las sirenas tampoco tienen espinas, es mitología de cocina. ¿O sí? Incluso, un viejito quebradizo, conectado a mangueras y aparatos, desde la camilla de la terapia final, alcanzó a agregar: ¡Viva la Patria!... y con los últimos suspiros logró introducir el voto en la urna. Y murió.

Los comicios se desarrollaban con absoluta normalidad. Así fui avanzando entre las mesas y las filas de gente.
-¡Usted es demasiado tonto como para votar! -escuché por ahí que le decían a un señor de lentes y casco.
-¡País de mierda...! -escuché que dijo una mujer con móvil en mano, al comprobar que no existía en el padrón.
-¡Usted ya votó! - le gritaron a un muchacho rotoso y asustado, mientras lo empujaban hasta las escaleras a punta de armas.
-¡Usted, quién es! -me gritaron- ¡Qué hace aquí!
Aterrado, me paré firme, mirando inexpresivo a la pared. Grité mi nombre, mi puesto, mi documento y hasta la deuda con el quiosquero. 
Un pelado recién bañado me examinó de pies a cabeza con la mirada lagañosa. Al fin  detuvo la mirada recta en mis ojos. Me entregó el sobre pero me hizo la advertencia.
-Tenga mucho cuidado cómo vota... la gente muere cuando se equivoca.
Tenía ganas de tirarme de pechito por el ventanal dos pisos hasta la calle.
Estaba a punto de echar a correr cuando un hombre salió del cuarto oscuro exhibiendo un sobre fraguado, pero lo descubrieron de inmediato. ¡Alto, alto! Sentí que tocaban pito. Por instinto me eché el sobre vacío en la boca y comencé a masticarlo como si fuera un pancito de grasa. ¡Al suelo! ordenaron cuando estaba ya cuerpo a tierra.
Para cuando las ráfagas de metralleta partieron el aire en medio de gritos aterradores, yo escupía los sellos de los fiscales como si fueran pepitas, y seguía mascando y tragando. Luego, al borde del desmayo, me arrastré hasta el cuarto oscuro con mis ultimas fuerzas nucleares.

Una viejita recién infartada boqueaba en el suelo con los ojos en el cielo. Sobre sus rodillas descansaba el sobre firmado y abierto. Dudé, me atormenté, pero al fin se lo quité y seguí agazapado hacia el cuarto oscuro. Ya estaba muerta. Rápidamente elegí una boleta cualquiera (creo que era roja o violeta) y aún con restos de tinta en la lengua, mojé el pegamento amargo del borde troquelado y lo cerré. 
Estaba listo para asumir las consecuencias. Salí al pasillo, sudando tinta y pegamento. El operativo de camilleros y bomberos asistiendo al muerto ensangrentado por los disparos, me permitió votar. La distracción fue tal que incluso me permitió alzar la urna y avanzar con ella hasta las escaleras. El gentío alterado, aún estupefacto por los disparos, llenaban el espacio con las especulaciones de lo ocurrido arriba. "Votó", "No votó", "Lo descubrieron cambiando boletas", "No, fue voto cantado", "Puso veinte boletas en el sobre"...
Sabiéndome muerto, seguí en descenso, escalón tras escalón.

-¡Usted! -escuché a mis espaldas, y sentí que al tironearme me arrancaban el hombro. 
Mis piernas eran fideos recién hervidos. Era un enano uniformado con las cejas casi unidas. 
–¡Quítese la galera!... ¿Dónde piensa que está?
Obedecí de inmediato, de tal manera que bajo un brazo llevaba el sombrero y bajo el otro, la urna. 
Se mostró conforme.
-¿Votó bien? -me preguntó.
Creo que balbucee algo aunque asentí. 
Agregó: 
-Y arréglese la lechuguilla, parece un Sancho cualquiera... La salida está por allá.
Caminé con ojos en la nuca y la mirada láser perdida en no sé dónde. Mis piernas eran de otro.
-¿Cómo viene la mesa?
-¿Hubo muertos?
-¿Quién gana?
Salí a la vereda como si fuera el final del camino. No tenía otro destino. Detrás quedaban las filas y los asesinatos democráticos. La gente corría desnuda entre las filas del electorado, perseguida por perros iracundos y encrespados. Gorriones, torcasas y palomas caían en llamas y explotaban en chispas contra el pavimento. El olor a plumas quemadas era insoportable. 

En la calle proliferaba la venta ambulante de sobres sellados y listos para votar, algunos con el agregado de una foto del Papa. Otros vendían frascos con perros en formol, gatos a la vinagreta, papagayos con las caritas de los candidatos, etc. Uno en especial ofrecía un paquete electoral completo. La oferta consistía en dos sobres con boletas a elección más una foto junto al candidato, todo por diez pesos. Me acerqué al muchacho que atendía y le ofrecí un trato incluso más beneficioso: La oferta ahora incluía el voto en urna, todo por veinte pesos. Nada de filas peligrosas ni ráfagas de fervor cívico. Un cóndor enorme cayó incinerado y perfectamente muerto sobre la mesa de un vendedor. Comerciar votos en las calles de Calpurnia, a fin de cuentas, puede ser menos peligroso que votar.



Copyright®2013 por Carlos Rigel

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