15 de mayo de 2012

Tu cerebro por mi cerebro.



El embrollo es, justamente, porque no se puede tapar mi vida. Yo sé que habito tu alma. No necesitás decírmelo. No hace falta ocultar esa certeza. No hay cómo disimular tu corazón ni cómo vestirlo con otra máscara que no sea la de tu amor. Pero si me preguntaras cómo era mi vida antes de tu llegada ya no la recuerdo y no quiero que faltes en las edades que siguen. No puedo imaginar la vastedad sin tus manos. Entonces no sirven mis palabras ni tampoco alcanzan mis declaraciones. Imposible disimularlo. Si mi cuerpo, mi organismo, no te da la certeza entonces no alcanzan las palabras. Te doy mi cerebro porque no me queda corazón. Dame un pedazo del tuyo para recordar cómo diseñármelo de nuevo.


8 de mayo de 2012

Un cuento cáustico y muy tenebroso


Largo es el camino que lleva al infierno literario,
plagado de silencios concupiscentes, operativos mediáticos y falsos testimonios, todo por dos mangos y un poco de ruido.


Lahret Satrapás, el maldito


Perdida la recta vereda de la virtud en la selva estúpida, agonizaba de noche cuando Satanacchia, el Ángel Tétrico de la Suprema Oscuridad, se presentó ante mí resuelto a terminar con mis sufrimientos diarios. Y he aquí que extendiendo sus alas de paraguas deshilachado me tendió la mano para montar a su espalda y emprender el viaje final hacia mi puesto tan temido en el Averno.
—¡Deteneos! —dije con la autoridad de quien no le teme.
Estaba decidido a dilatar el tiempo cuanto pudiera hasta planear algo en salvataje de mi alma: No es mucho pero es la única que dispongo por el momento. Así que agregué:
—¡Aguardad a que prenda un faso… Que aun quienes yacen frente al cadalso disponen de un último deseo… y un faso!
Viendo que ya buscaba la caja de Marlboro y el encendedor, no tuvo más alternativa que obedecer.
—Se os conceden vuestros pedidos —respondió el maldito, como buscando recuperar su estupefacta autoestima—, podéis prenderlo.
Para ganar tiempo, hice lo posible para que el cigarrillo cayera al suelo y rodara bajo la cama. Luego de espiar entre medias viejas y zapatos volcados, metí la mano y lo recuperé. Lo prendí y tiré el encendedor sobre el cenicero.
—Antes de partir con vuestras huestes, venenoso señor —dije mientras pitaba sereno—, debo haceros una pregunta.
Llamado a su juego, mientras el maligno evadía el slip achinchulinado sobre la alfombra desde la semana anterior, lo vi responder seguro de sí mismo, dijo:
—¿Y cuál es, fausto caballero, la cuestión de vuestra inquietud?
—Pero os anticipo que si la respondéis, quedando yo satisfecho y de buen talante —continué—, entonces os prometo ser vuestro eficiente Ministro de Asuntos Lujuriales y Literarios por toda la Eternidad. Y si bien precisáis de servicios creativos, publicitarios o de folletería, pues podré cabalmente cumplir las demandas en expansión de vuestro cáus-tico reino.
He aquí que el ángel tenebroso caminó dubitativo por mi dormitorio, sopesando la increíble oferta mientras evadía mis calzones en el suelo. Al fin, extrajo el celular y salió al livin para hablar en privado. Luego de varios intentos lo vi sacudir el aparato visiblemente perturbado.
—¡En el patio tendréis mejor señal! —le grité desde la cama.
Al fin lo escuché comunicarse muy animoso con algún feo caballero o de las tinieblas o del cielo.
—Debiste traer vuestro ardiente Note-Book —agregué de costado.
Aproveché y prendí otro faso.


Luego de un rato volvió solícito y reflexivo, y me preguntó:
—¿Y cómo he de saber que quedareis satisfecho con lo que deseáis saber, neblinoso señor?
Molesto con la ofensa le respondí:
—¿Y pensáis que os quiero cagar? ¡No es de genuinos caballeros, criatura cavernosa!... Mas he de quedar satisfecho con vuestros manifiestos de la «a» a la «z», como precede a vuestra merced y como le corresponde en esta edad a tan majestuoso ángel y de tan fiero talante.
Lo vi dudar en la penumbra, la mirada perdida en la pared.
—De lo contrario —agregué—, he de ir a desgano y os prometo difamaros copiosamente entre los habitantes del reino maldito, proclamando vuestras inclinaciones sexuales y debilidades impropias de quien tan famoso es.
Sonrió y vi sus dientes alargados.
—¿Y qué diríais, cáustico señor —dijo con la voz ácida y la mirada desafiante—, qué diríais, digo, que pudiera afectar mis famas?
Rápidamente agoté las alternativas.
—Por ejemplo, que os gusta que vuestros generales os bombeen antes de la batalla.
—¡Opft!
—…Y que conserváis una foto del Altísimo en vuestro despacho…
—¡Augft!
—… ¡Y que conozco a vuestra psicóloga!
—¡Noj, rufián!
—…¡Y que os vi con un libro de Coelho!…
—¡Ay, ay, ay, ay!
—…¡Y que, en verdad, os expulsaron del Cielo por marica!
—¡Oh! ¡Basta, basta… oh, canalla infame! ¡Oh, temible fementida de mala ralea!… ¡Haced vuestra maldita pregunta, vándalo desalmado!
—Pues quiero saber —volqué la ceniza mientras pensaba—… quiero saber…
—Apresuraos pues tiemblan mis alas.
—Quiero saber… en quienes reposa la fuente de la virtud literaria nacional de estos tiempos… Sí, eso mismo.
Lo vi arquear las cejas.
—¿Tan sólo eso?… ¿Y por eso atormentaríais mis famas, temible ánima desamparada? ¡Pues abre grande los ojos y te será mostrado lo que pedís!… ¡Ahora lo veréis!
Casi en el acto una pared desapareció por completo y se reconjugó al instante en un portal plástico de juguete, la entrada a un castillo en miniatura o algo así, y he aquí que al abrirse reveló en su interior un hermoso sello de PVC Made in China, aún con la etiqueta de precio y código de barras, resguardado por cinco gárgolas y dos enanos todos de yeso todos pintados con esmalte sintético naranja, marrón y negro. El suelo estaba lleno de latitas de cerveza vacías manchadas con sangre de cabrito; o quizás plasticola roja. Y he aquí que ante mis ojos el sello se quebró y una voz dijo: «El Noveno sello ha sido abierto».
Y la verdad se me fue mostrada.


Era la Feria del Libro y en ella vi los nombres, como recién escritos con birome, de las nuevas fuentes editoriales y así vi a cada autor del momento listo para la foto de Ñ, todos ellos exitosos. Pero también se me fueron mostradas las otras tinieblas. Allí lo vi a Caparrós tranzando con Planeta un premio fusilado, a O'Donnel pagando cuatro libros simultáneos al equipo de ghostwriter, allí lo vi a Domínguez haciendo malabarismos por conseguir quien le escriba un artículo para Clarín, lo vi a Bucai mezquinando a su ghostwriter el pago del último libro —el del ocaso—, lo vi a don Mariscal burlándose de sus estúpidos lectores, lo vi a Martínez renegociando su fama a puertas cerradas, lo vi a Andahasi borrando a toda velocidad el título de una obra ajena de cuarta y sin estética alguna, y luego aplicando el suyo para cumplir con el pedido editorial. Además se me fue revelado el equipo de ganadores de Castillo, desfilaron caras en la oscuridad, títulos y editores mafiosos, quema de libros en desprecio de autores éticos, convocatorias para robar ideas de autores noveles, premios falsos con y sin valor alguno, operativos publicitarios con premios inventados para sustentar las ventas, aplausos, conferencias sobre la nada, libros de tapas a todocolor y de hojas en blanco pero llenos de letras, como si dijeran algo importante…


Hipando de emoción y con lágrimas en los ojos, dije al ángel nefasto:
—Es suficiente… ahora dejadme dormir pues temprano debo pagar la boleta de la luz, que ya está al corte.
Se volvió en seco para mirarme.
—¡Pues ese no fue el trato, temible caballero! —vi la mirada láser amarilla—. ¡Acordasteis servirme con vuestros dudosos talentos!
Apagué el cigarrillo.
—Dije muy claro «La fuente de la virtud literaria» —comencé diciendo—, ¿y me mostráis el lúgubre aparato del márquetin?, ¿acaso buscáis cagarme con vuestras tibias imprecaciones? ¡Si no es así, decidme cuál de ellos será Premio Cervantes de Literatura… o Príncipe de Asturias a la revelación latina!
Visiblemente desorientado lo vi sacar el iPod y revisar en la pantallita varias carpetas futuras. Sus dedos temblaban.
—¡Pero si vuestro pedido no es cumplido de cabo a rabo, y según mis expuestas y claras condiciones —agregué—,  entonces no estoy dispuesto a cumpliros vuestras demandas, y que el Padre universal dirima esta confusa cuestión, pues he sido estafado por vuestros patéticos engaños!
Acomodé las sábanas, me tapé y apagué la luz.
—Ahora marchaos pues mañana debo laburar. ¡Y trabad la puerta con llave cuando salís y pasadla por abajo!… no sea que los gatos la meen… perverso ignorante.


Publicado en El verbo tangente
Buenos Aires, 2012

Copyright®2012 por Carlos Rigel

1 de abril de 2012

24 de Marzo - 36 años - APDH La Matanza

Abro el espacio a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
creada en 1975.




En 1976 tenía yo casi 17 años y, tristemente, debo decir que recuerdo con perplejidad a la sociedad argentina mientras veía acercarse el abismo. La gente vio las señales que venían rápido a su encuentro, y sin embargo siguió adelante. Los gremios, los sindicatos, las agrupaciones estudiantiles, los barrios, los establecimientos tuvieron las señales necesarias. Mientras mi vieja cosía una tanda de números de pulóveres en el livin, en el patio yo le limpiaba y recargaba el arma a mi viejo, una 32 corta, que quizás le salvara la vida. Nunca sabíamos si volvía de trabajar. Pero no era un punga, era un obrero metalúrgico además de delegado gremial y a veces le tocaba el turno de tarde.
Y aterrado, escuché con él por la televisión el ultimátum de ocho meses enviado al gobierno de Isabel por el Gral. Rafael Videla desde Tucumán y por otro lado veía las imágenes del gremialista Lorenzo Miguel, de personajes como Casildo Herreras, las publicidades... y no entendía. Ellos no veían lo mismo que yo. El Golpe de Estado fue tomado como algo natural, como parte de las actividades civiles. Era un trámites más, como quien dice: "En la siguiente prueba nos saldrá mejor".
Apostaron al derrumbe de un gobierno democrático malo, pensando que en pocos meses habría de nuevo elecciones. Odié a este país. Lo odié.


26 de marzo de 2012

Castigar al mensajero



Rara vez cuestiono de manera pública un texto listado en mi muro de blog, ya que prefiero que el agua fluya hacia el lector, pero el texto de Krosney incumple en una regla básica en el espíritu de un investigador imparcial que examina las evidencias con espíritu osado.
No se castiga al mensajero excepto cuando altera el mensaje... o cuando opina acerca del mismo.


Luego de examinar el extenso volumen de Herbert Krosney El evangelio perdido, editado por National Geographic Society (2006) y que relata los detalles del hallazgo del evangelio de Judas Iscariote, concluyo en que se trata del mismo pensamiento tradicional que describe el acto de Judas como una traición, la misma que condena al judaísmo al desprecio cristiano. Estoy de acuerdo con la segunda parte porque es lo que observo del cristianismo de los últimos dos mil años, pero reniego de su prejuicio. No se inicia un ensayo con un pre-concepto inamovible acerca del eje del tema planteado, sino que se debe ser imparcial sobre el asunto y abierto a cualquier posibilidad devenida de la exploración de la pruebas, aunque vaya recto contra la corriente que mueve a la humanidad entera. Se trata de una causa con legajo abierto y, lejos de explorar con mente abierta y corazón puro, Krosney ya tiene un fallo acerca del acusado cuando lo etiqueta de "traidor". Pero se supone que el documento en copto nos ayuda a rever el caso, conservando un margen aceptable de incógnitas acerca de los motivos previos del autor de un beso histórico.
El mismo John Dominic Crossan, prestigioso investigador de la DePaul University, llega al extremo de poner en tela de juicio que haya existido tal beso porque no hay motivos que lo justifiquen. Y bien digo que quien encuentre los orígenes de dicho acto, revela la verdad. Y precisamente, de eso se trata: de la verdad.

Mi reacción no es contra Judas sino contra Krosney y sus conclusiones obtusas acerca de "la traición", circunstancia que desarrollo y refuto en el ensayo La anomalía de Jerusalén de reciente publicación. Es consistente con el pensamiento tradicional, pero un investigador de la historia tiene la obligación de reverlo todo sin dar nada por supuesto. Incluso un detalle menor puede ser el origen de un giro inesperado en los acontecimientos.
Estoy dispuesto a sentarme con el autor y debatir los detalles de mi desacuerdo con su punto de vista. Así sabremos cuáles elementos son tomados a la ligera. Y conste que en los evangelios jamás se habla de "traición" sino de "entrega", que es un verbo de naturaleza bien diferente. Y agrego además que aún no elaboré el ensayo sobre la muerte sospechosamente cómoda de Judas, duda persistente que conservo intacta pero con las preguntas correctas.
Sin embargo comprendo que soy un autor en un extremo alejado del mundo, imposibilitado de visitar territorios bíblicos para contar, además, con las intuiciones emocionales de estar allí. Sólo puedo pensar y escribir.



10 de marzo de 2012

Escrito en el muro de mi celda



"Tus reclamos permanentes de afecto me recuerdan que soy abandonado y que la mitad de mi vida transita por las ficciones. Es mi defecto. Lo que vos apreciás de mí, es lo que mismo que te condena. Nací para astronauta".



Copyright®2012 por Carlos Rigel

6 de marzo de 2012

Literariamente



Soñé que era un gran poeta, como Whitman, pero me despertó Poe protestando que era mejor cuentista. Cervantes tiró las colchas al suelo, insistiendo que era mejor novelista. Montaigne me volcó de la cama furioso gritando que era mejor ensayista. Al fin, me tomé una ginebra y seguí durmiendo. 




Copyright©2012 por Carlos Rigel