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19 de febrero de 2014

El asesinato de Kubrick fue en la Luna


Escribió un crítico de cine:
"En seis días Dios creo el Cielo y la Tierra. 
En el séptimo día, Stanley Kubrick devolvió
todo para hacer modificaciones".
¿Qué motivó a semejante cineasta a participar 
en una farsa de la Casa Blanca con el programa espacial 
clausurada al fin con una lista de asesinatos que llega 
hasta la Patagonia? 



Es bellamente tétrico el documental El lado oscuro de la luna: Stanley Kubrick del cineasta William Karel realizada por el Centro National de la Cinématographie francés y que podemos ver hoy en You Tube (http://www.youtube.com/watch?v=W5wntLsZFKE) publicado por EBRGlobal, cuando revela la intervención del espectral Stanley Kubrick durante el rodaje de las escenas que supuestamente los astronautas transmitieron desde la Luna tras el ilusorio descenso de la Apolo 11 en suelo selenita. La imposibilidad tecnológica por esa época de transmitir y de recibir esas imágenes de cara a la carrera espacial y la guerra de Vietnam llevan al presidente Nixon a ordenar el poner en marcha el Plan B de una filmación supervisada por el cineasta de 2001: Una odisea espacial, escenas rodadas en los estudios de MGM de Inglaterra, para entregarle al público norteamericano y mundial la ilusión de un alunizaje que no podía mostrarle, imágenes televisivas que aún constan en mi memoria fantástica y crédula de pibe.

La gestión a cargo del tristemente recordado (sobre todo para los argentinos) Gral. Haig, de Henry Kissinger, de Donald Rumsfeld, responsables directos frente al exPresidente norteamericano en el pedido de disponer de las escenografías preparadas por Kubrick para el rodaje de la odisea espacial –todavía en la etapa de la edición–, y también de los actores empleados en el engaño y que fueron agentes de la CIA, bajo declaración jurada de silencio perpetuo, en un montaje de imágenes que primero Kubrick rechazó de realizar pero que frente al mamarracho en curso, pergeñado con burda precariedad y conocida su obsesión aberrante por los detalles, optó por tomar las riendas del episodio y llevar el proyecto hasta el final para deshacerse rápido del asunto bajo juramento de jamás volver a saber de ellos. El plan incluía identidades nuevas para los miembros de la estafa fílmica y consideraba también sumas fuertes de dinero en retribución y establecía la salida para siempre del suelo americano a todos ellos. El documento incluye la toma fotográfica selenita finalmente suprimida donde aparecen dos reflectores en el cielo y otra toma de exterior con sombras de dos astronautas perfectamente opuestas en la misma placa.



Meses más tarde, el mismo Nixon, atormentado por las sospechas de filtraciones que descubrieran la trampa, ordena a la CIA preparar la misión de busca en distintos países de la Tierra donde se ocultaban los protegidos y el asesinato de todos ellos, partícipes en las escenas y el material fotográfico fraudulento que brindaron al mundo entero en 1969. La película de Karel anexa la filmación –cedida tan amablemente por la CIA– del asesinato ejecutado por la agencia norteamericana de uno de los técnicos de la farsa, mientras que otro de los prófugos, oculto en nuestra Patagonia, fue descuartizado aunque el informe policial tituló misteriosamente "Suicidio". Faltó que nuestra policía regional ampliara "por autodescuartizamiento hecho por sí mismo" para cerrar la parte mínima que nos toca en el asunto.

Subjetivamente, habita el documental un espíritu burlón, casi festivo, que describe con absoluta frescura desde el diseño de la fantasía hasta de los asesinatos encargados por la Sala Oval para el Sagrado Silencio Nacional de los EEUU frente a una carrera espacial perdida contra un alfiler en el sillón presidencial que era el cosmonauta Yuri Gagarín, héroe de la ex Unión Soviética.

Finalmente aparecen los motivos de la reciprocidad con el extinto Kubrick, el compromiso de la Casa Blanca con el director a quien le debían la gauchada por el asunto Apolo 11 cuando le conceden en préstamo una cámara especial de uso restrictivo del Pentágono y que sin embargo don Stanley utilizó durante el rodaje de la película Barry Lyndon (1975). Y así, Kubrick, años después del episodio nefasto, se revela como el último testigo viviente de la farsa quien, advertido del programa de asesinatos en marcha, se refugia hasta la muerte en su casa de Hertfordshire en el Reino Unido, donde vivía desde 1963, para no trasponer sus muros jamás. Es revelador el plan del Gral. Vernon Walters, Director de la CIA, a cargo de la operación de eliminarlo, declaración misma ante las cámaras de Karel y que probablemente promueve su muerte, la de Walters, antes de 24 horas y de completar una declaración sujeta a pena capital. Y así fue.


Stanley se las compuso para continuar su obra totalizada en 13 películas y cuando menos una inconclusa –al fin terminada por Spielberg–, a pesar de estar en la mira de un verdugo de la CIA. Se ha dicho de él tanto y tan halagador como falaz, que sólo rescataré las palabras de Martin Scorsese para establecer una dimensión precisa: "Cada año que Kubrick no filma es una pérdida para todos nosotros". Caramba, qué halago. Pero imagino que mayores ínfulas debieron ser para él, el haber sido promotor de la transformación de un programa espacial estadounidense por esos años todavía cavernícola, ya que impulsó cambios fundamentales a partir de los diseños preparados para la película 2001... cuyos avances tuvieron un estreno preliminar en los sótanos de la Casa Blanca poco más de un año antes de la misión Apolo 11. 

La muerte natural de Kubrick en 1999 le permitió al director William Karel en 2002 reunir las confesiones divertidas de los asesores del exPresidente Nixon arriba listados, abordando un tema en verdad escalofriante. Lo interesante es que muchos de esos asesores aún siguen brindando servicios a la Casa Blanca. Ni Lovecraft hubiera mejorado la historia pero, caray, no es una ficción, ¡es un documental!


Copyright®2014 por Carlos Rigel

18 de febrero de 2014

Ingrávido

Vampiros, dinosaurios o naves espaciales, 
el cine viene cada vez más visual y menos reflexivo. 
En esta no hay nada para analizar pero sí mucho para describir 
o enumerar.



Ajeno, como es mi costumbre, a la dimensión de los estrenos, termino de ver el film Gravedad (Cuarón, 2013) y digo que la propuesta es interesante y hasta adquiere por momentos cierta tensión psicológica pero sin espectacularidad. No hay planteos ni filosóficos ni especulativos, apenas una experiencia extrema y posible en órbita; es el desafío tecnológico como tema y como guión. Tampoco se requirió de actuaciones destacadas de los profesionales: El papel de George Clooney sólo obedece a cuestiones de promoción y publicidad, y pudo ser caracterizado por cualquier actor masculino sin cambios notorios.

La destrucción de un satélite ruso en momentos en que tres astronautas realizan una misión regular de mantenimiento del telescopio espacial –en órbita geoestacionaria– origina una catástrofe silenciosa en la que mueren los tripulantes e incluso uno de los técnicos de la reparación en el exterior, y así dos astronautas quedan merced a sus habilidades para sobrevivir y sortear el obstáculo de perder en el accidente el Transbordador Espacial. El resto de la historia consistirá en alcanzar distintas estaciones espaciales que les permitan el reingreso a la Tierra. Una observación: Lo que parecía un error conceptual de la era prelunar (recordando a la dupla Kubrick-Clarke en 2001: Una odisea espacial) termina siendo, aceptablemente, diría, un momento de delirio producto de la asfixia y el solitarismo.

El film es recto, sin alteraciones temporales ni complejidades o tridimensionalidades. La subjetividad queda resumida al trauma de su vida pasada que describe la protagonista femenina mientras transita la soledad frente al mundo a, quizás, cien kilómetros de altura, la franja de la alta atmósfera poblada por satélites activos y pecios abandonados. En un tiempo en que el concepto de traveling, la persecución continua del director y cameraman tras el actor (sin cortes en la edición), es alterado y retocado por el animatronic de video, rescato una escena: El pasaje desde el espacio exterior, donde yace perdida la ingeniera Dra. Ryan Stone (la actriz Sandra Bullock), hacia el interior del casco de la astronauta, y que nos revela en primera persona la desesperación de tener un rumbo incierto y cada vez más alejado del rescate.

Las escenas son largas y, por lo observado, muy ensayadas, del tipo caída libre que imita los efectos de la ausencia de gravedad en el vacío, técnica fílmica utilizada anteriormente en Apolo XIII (1995), y mucho antes, creo yo, que en una toma inaugural de Barbarella (1968), y que aquí son llevadas al extremo. Recordemos que la fuerza gravitatoria existe a esa altura, en el exterior, pero compensada por la velocidad de escape: Aunque parezcan inmóviles todos ellos viajan a miles de kilómetros por hora alrededor de la Tierra. No hay que confundir vacío con ingravidez.

De esta última premisa desprende el único error "conceptual" del film que –a quienes alguna vez nos interesamos en los temas de la astronáutica y la cohetería, o también las leyes de la mecánica celeste–, nos resulta increíble por inverosímil, y se trata del momento en que ambos astronautas sobrevivientes, la ingeniera Ryan Stone y el veterano Matt Kowalsky, luego de un largo y solitario viaje por el vacío, colisionan contra una estación internacional en la que ambos buscan salvarse de quedar varados en la nada. Más precisamente el instante en que la Dra. Stone manotea una correa en cuyo extremo se encuentra su compañero, y ella a su vez enredada en unos cables, sujetos ambos aún a una fuerza de empuje inexplicable cuando ambos ya están detenidos y suspendidos en el errático derivar que los dos traían.

Expliquemos esto, una vez frenados en una caída sin rumbo, se supone que no hay ya fuerza de empuje o ejercicio de ningún poder gravitatorio adicional que los atraiga a Tierra por fuera del destino que corre la masa mayor, la estación misma, pues es correcto pensar que los tres cuerpos, es decir, la estación orbital y los dos astronautas, están parejos y equilibrados, viajando todos ellos a 11,2 kilómetros por segundo sin perder sus posiciones relativas. No cuelgan ellos de un edificio que justifique semejante atracción gravitatoria lineal desde la Tierra. 

Veamos, es el efecto de atar una piedra a un hilo y comenzar a girarlo como a las hélices de un helicóptero. La piedra "olvida" caer al suelo porque ha vencido a la gravedad con una fuerza superior: la fuerza centrípeta. Eso es la velocidad de escape. Y lo único que impide que salga volando en una gran curva, es el hilo. Pero si mientras gira, a la piedra le atamos un insecto, por ejemplo, éste también estará sujeto a la misma fuerza que gobierna la piedra. Incluso si el hilo se corta cumplirán el mismo destino. Entonces, los astronautas no tienen por qué caer o alejarse en ninguna dirección diferente a lo que indica la masa de la estación orbital de la cual dependen en esos instantes dramáticos. Y si ella no cae, bueno, ellos tampoco. Una vez detenidos o sujeto a la estación no hay gravedad. Nadie dice que detener unos 240 kilogramos (120 kgs. de cada astronauta multiplicados por la inercia) sea fácil, pero una vez apresados, allí quedan en suspenso hasta que la fricción de la atmósfera superior diga otra cosa.

En resumen, no debería costarle mucho a la ingeniera Stone traer de regreso a su compañero. Así como cuando, una vez abordada la nave, intenta alejarse de la estación internacional y las correas se lo impiden: de inmediato se produce acertadamente el efecto de "rebote" y que casi la lleva a colisionarla de frente. Allí sí vemos operando la singularidad de la velocidad de escape, anulando la gravedad terrestre. De eso se trata: Ambos debieron rebotar. La emulación de la ingravidez por la velocidad de escape es tan misteriosa que un simple matafuegos usado como propulsor, la modifica.

Es apenas un detalle menor pero, en otras palabras, la escena en la cual los dos sobrevivientes dependen de cuerdas tensas atraídos o tironeados por la fuerza de gravedad terrestre, es un recurso mecánico resuelto a la ligera y con poco bagaje intelectual del director. Naturalmente que todo film requiere de una cuota adicional de tensión y dramatismo para resultar taquillero, como tal, la escena es eficaz, pero fue un error resolverlo de esa manera disponiendo de otros recursos conceptualmente acertados, porque sacrificó rigor técnico y científico. Claro que en ese momento táctico, la historia cambia el eje de interés, y enfrenta a una mujer sola y con poco entrenamiento operacional, a resolver el dilema de regresar a Tierra por sus propios medios, acaso la verdadera atracción.

Es por entero visual y no hay nada que pensar. En estos tiempos fílmicos, los detalles, las circularidades, las acciones (universo grilletiano de los objetos), son el destino y sustentan la trama en un desafío más mecánico que fílmico. A menudo, los silencios prolongados construyen una expresión y en eso debemos contentarnos con el juego menos analítico que óptico. No fue para mí un detalle menor verificar que el guión fue realizado por un adolescente porque eso es, precisamente, una película para adolescentes. Un reproche mínimo: Enfrentan muchas veces la radiación del Sol sin los conocidos protectores espejados lo que taparía, por cierto, la expresiones de los profesionales. Pero las radiaciones allí son bastante fuertes. Es entretenida, una buena historia aunque no brillante, vale la pena verla dos veces, pero quizá no tres. 



Barón Carlos Rigel

Copyright®2014 por Carlos Rigel