28 de enero de 2016

Divina vacuidad



Mi obra en 2016

Podría quizá escribir sobre el amor, congraciarme con un público esencialmente femenino y mayoritario –no total– que cumple con el ritual televisivo de la tarde; o una poética hecha de retazos confusos cosidos con puntadas finas para semajar una profundidad o abstracción o esclavitud de sentimientos libres que quizá no tenga; o podría tal vez escribir sobre temas tan fracasados y volátiles como la autoayuda, penetrar las esferas luminosas de una cultura repelente que no ha dejado marca indeleble en nadie cuando afirma y confirma una exoneración inexplicable en medio de una guerra donde casi todos somos rehenes; o quizá descubrir conspiraciones religiosas de sectas ridículas y aisladas que atentan contra la gracia divina de un establishment feudal con eje en el Vaticano; incluso sobre los entretelones del show político con asesinatos y lujos del otro feudalismo persistente.
Pero no elegí eso. 





Opté por buscar, por explorar, los otros vacíos. Ficciones, ensayos, críticas, historias, veo la obra de los autores –aquí casi siempre autotitulados "escritores"–, y pienso en la corriente, la cinética social, casi nada para identificarme con ellos; pero también pienso en Becket cuando construye una obra solitaria sobre la nada tras recibir una puñalada injustificada una mala noche. Quizá no encuentre algo valioso y sólo verifique que el vacío sigue hueco. El ser vive fracturado, tratando de armarse, de juntar las partes para erigirse; pero siempre falta una. No hay ilusión, cada libro nacido de mí lleva el gen del fracaso. Lo demás es suerte.


b CR

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10 de enero de 2016

Paulo Coelho: sopa de mierda para el alma

Reproduzco la nota de David Torres del 5 de Octubre de 2014 porque es consistente con la nota de mi autoría "Irritante cima holística" de Octubre de 2011 del volumen "La cicatriz universal" (AstroRey, 2014). Dice Torres: "Sospecho que en un futuro no muy lejano, la ciencia nos demostrará lo dañino que puede ser para la mente de un lector ingenuo atiborrarse de semejantes memeces".


Escribe David Torres: "El otro día no pude contener la tentación al entrar en una librería y ver la enorme torre de ejemplares del último libro de Paulo Coelho. Picoteé aquí y allá, y al final acabé leyendo el comienzo, el primer párrafo y alguno más, hasta donde pude. Luego tuve que abandonarlo con la misma sensación de haber entrado por la puerta trasera de la cocina de un restaurante de comida rápida: ratas muertas, cucarachas, suciedad, carne en descomposición. Definir a Coelho como gran literatura por su éxito de ventas es lo mismo que pensar que McDonald´s es el mejor restaurante del mundo. Y, sin duda alguna, cualquier McDonald´s está mucho más limpio porque, al menos en teoría, tiene que cumplir unas mínimas normas de higiene. 
El principal problema de la literatura de Coelho es que no se vende exactamente como ficción, sino como una hábil levadura de enseñanzas místicas, sabiduría vital y filosofía oriental: misticismo de grandes almacenes. Mientras que el ensayo funciona, ante todo, como una máquina de pensar, y la novela es, entre otras cosas, una factoría de emociones, un instrumento de empatía, de compasión, de ponerte en el lugar de los otros, los libros de Coelho (y de tantos como él) no son ni una cosa ni otra. Pertenecen a ese vago limbo de la “autoayuda”, uno de los grandes camelos de nuestro tiempo, literatura homeopática donde una mínima gota de pensamiento permanece ahogada entre toneladas de agua de borrajas.
A Coelho lo han atacado por sus pecados veniales, es decir, la superficialidad, la ñoñería, la estupidez, los plagios descarados. A Borges lo ha plagiado incluso en los títulos. Cuando trabajaba en la ya extinta librería Crisol me asombró encontrarme con un título como A orillas del río Piedra me senté y lloré, que evidentemente remite al verso babilónico y bíblico, pero que ya había sido utilizado mucho antes como título en una novela bellísima: En Grand Central Station me senté y lloré, de Elizabeth Smart. No obstante, la falta de originalidad, el raquitismo de las ideas y la pobreza de estilo no son más que manchas de moho. Lo peor es ese subidón de endorfinas que le produce al profano que acaba de leer El alquimista o cualquier otro de sus evangelios en rebajas, la sensación de haber encontrado un texto fundamental, un resumen metafísico que vale por un cursillo acelerado de filosofía. “El universo conspira para hacerte feliz” es una de esas máximas de Coelho que algunos ingenuos ponen al lado del optimismo universal de Leibniz. Para desmontar su estupidez (y su malignidad) no hay más que levantar la frase y ver el bicho que habita debajo: basta pensar en un cáncer, en un médico incompetente, en un hospital desmantelado por un ministro corrupto. Basta pensar en el mundo.
La metáfora de la podredumbre culinaria que he empleado al principio no es sólo un reclamo o una llamada de atención. Sospecho que en un futuro no muy lejano, la ciencia nos demostrará lo dañino que puede ser para la mente de un lector ingenuo atiborrarse de semejantes memeces. Hace poco más de un siglo no sabíamos nada de los gérmenes y los médicos más reputados se reían de Pasteur cuando explicaba su teoría microbiana. Porque esos libros de autoayuda no son simples lecturas para pasar el rato, como la pornografía barata, ciertos best-sellers o ciertas novelas de espionaje, sino textos estrictamente cancerígenos, contagiosos y muy perjudiciales para la salud mental. Sin embargo, no son simplemente falaces o estúpidos: cumplen una misión y de ahí su éxito espectacular, que sólo una ingenuidad a prueba de cocos atribuiría a la casualidad, a la calidad o al boca a boca. Están publicitados porque son los andamios ideológicos de un sistema que los necesita para rellenar los huecos donde han fallado las religiones establecidas, los placebos para la gente a la que no le bastan los simples ocios del fútbol y la tele, una pomada que enseña, básicamente, que la realidad está bien como está y que si no eres feliz es porque no quieres. Hablan mucho de cambio, de metamorfosis y de crecimiento, pero no tratan de transformar la realidad, sino de aceptarla, de cambiar nuestra percepción sobre ella. Como advirtió una vez el poeta Álvaro Muñoz Robledano: “Lo más triste es que estamos conformes con el mundo pero no con el lugar que ocupamos en él”. Esos libros son las píldoras de la Matrix, las sutiles cuerdas con que algunos galeotes, hartos de las cadenas del capitalismo, se atan al mismo banco de la misma galera.
En términos estrictamente estéticos, la autoayuda pertenece al nivel más bajo del ecosistema, no al detritus intelectual formado por la literatura de quiosco, los tebeos y las telenovelas (las cuales, al fin y al cabo, son todas ellas honestas formas de entretenimiento) sino al fango radiactivo de las religiones personales y del budismo recalentado en tres lecciones. Que yo recuerde, el único libro de este estilo que yo haya leído entero fue a los doce años: el hoy felizmente olvidado Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, una alada y mongólica fábula sobre una gaviota que se aparta de sus compañeras y se aleja de la tierra para dedicarse en exclusiva al espléndido arte del vuelo. No hace falta remontarse a Ícaro para descubrir, debajo de las plumas, la carroñera heráldica de semejante bazofia. Basta con preguntarse qué mierda iba a comer Juan Salvador Gaviota allá en las alturas."


David Torres

5 de diciembre de 2015

Lector encontrado



Tantos reclamos de lectura masiva e
invitación al abordaje de textos no tienen 
utilidad directa en el mundo de la literatura. 
Dicha práctica no es elitista sino 
selectiva.


De nada sirve reclamar abiertamente un compromiso público con el placer leyente. El lector es lector genético, lo es sin que nadie se lo pida, sin que nadie se lo exija, sin que nadie se lo muestre ni lo guíe. Pasaron siglos desde que los presbíteros leían versículos de La Biblia a la congregación de analfabetos durante la misa dominical, única manera de escuchar la palabra escrita. Y siglos más, todavía, para que la lectura llegara a cada hogar como disciplina semanal del patriarca de cada clan familiar en épocas donde todavía no prosperaba sistema alguno de educación pública del Estado con los habitantes de la tierra en edades feudales. Apenas el 3 o 4 por ciento sabía leer. 

En el último siglo derramaron en el mundo los planes de alfabetización, los programas de estudio de una educación gratuita, fundamental y completa, incorporada como derecho universal, y sin embargo, aún la alfabetización masiva, ese porcentaje de leyentes no ha variado como lo esperado. Ahora es el 5 o 6 por ciento. Excluye esta medida a quienes leen por necesidad un prospecto medicinal o una guía de uso de un aparato doméstico que termina de comprar. Se trata de la escritura "práctica" cuya función es pragmática, de conocimiento directo de algo del mundo físico, y aquí no cuenta. Es un ejercicio y no un placer. Pero no tiene algo que ver con el fracaso o el acierto de los planes de estudio: La lectura buscada no está en la corriente sanguínea de toda la humanidad. 

Y en esa comunidad reducida a la veinte ava parte de la especie de lectores felices, una astilla de la humanidad, se manifiestan tanto lectores como autores, porque pertenecen a la misma raza de faunos, pero coincide, además, con el perfil de quienes también sienten aprecio por las artes y sus productores creativos, aprecio por la crítica y el análisis de las actividades ciudadanas trascendentes o influyentes de la edad.

De nada sirve reclamar lo que la mayoría de la humanidad no tiene: Es problemática de un nivel superior. Y aunque lean, no encontrarán nada significativo ni valioso en esas páginas que quieran conservar. A un individuo podemos enseñarle a leer y luego dejarle en la mesa cientos de libros bellos o atractivos, y no los abrirá porque no están en sus intereses. Tampoco puedo expresarle lo importante de las matemáticas a quien sólo necesita saber sumar o restar para controlar las compras cotidianas. Así, podemos brindarle un pincel y témperas u óleos a todos los habitantes del mundo, pero no obtendremos pintores, ni artistas y mucho menos críticos de arte por fuera de los que incluya individualmente ese porcentaje y acierten al interés. Y no serán la totalidad del 5 o 6 por ciento referido, sino, de ellos, apenas a quienes les guste la pintura por sobre la literatura, la dramaturgia, la música o las demás expresiones del ser. 

En el extremo del fenómeno de la lectura se encuentra George Steiner cuando compara el fenómeno que produce con la liberación de energía producto de la física. El goce manifiesto del lector frente a la maravilla de una metáfora, una alegoría, una rima, tan importante como un cuanto energético de la física.

¿Es elitista reconocer ese 5 por ciento de la humanidad? No, es sólo la naturaleza humana con su variedad selectiva. Nadie es igual a nadie. La mayoría no necesita leer ni admirar obras de arte, ni vive sensible a las expresiones musicales ni a la historia del arte o la dramaturgia. Claro que son menos aún si pensamos en el fenómeno social de la escritura, que está incluida –o debería estarlo– en la comunidad de lectores. Por supuesto que debemos asegurarnos de que todos los habitantes de una patria reciban iguales oportunidades, por eso la educación debe ser completa y obligatoria, pero en poco o nada afectará al resultado final. El placer de la lectura es posterior a las utilidades sociales con sus roles arquetípicos. Componen una rareza de esta edad los autores que escriben pero que no leen.

Pero cuál utilidad puede el tener que explicarle mis motivos de escribir cuentos o historias a quien luego me expresa: "Qué bien, ¿cuentos para niños?", porque así me revela que desde pibe jamás volvió a leer por fuera de los cuentos ilustrados con moralejas, y en su mente "escribir relatos es de gente infantil y divertida que quiere alegrarle el día a los pibes". Claro que esa persona desde entonces no volvió a leer, ni siquiera sabe que existen las novelas, por ende, no es un lector. Y dudo que luego lo sea. El ejercicio diario más comprometido de esa persona para con la escritura consiste en repasar los títulos del diario o la sección de deportes. No es un reproche, sería como recriminarle a alguien que no gusta del vino tinto, porque eso no se reclama. Está o no, porque no se trata de sembrar lectores sino primero de localizarlos. Un marqueting que ofrece planes de financiamiento de autos 0 km equivoca el procedimiento si incluye entre los posibles compradores a pibes de 8 a 10 años, pero también a personas con más de 90 años.

El lector de la palabra "apráctica", es decir, la poesía y la narrativa, es una raza dentro de la raza. Y dentro de esa sub-raza se encuentran extraviados los autores. Seducir al lector, invitarlo a la lectura –no siendo nosotros un horno a microondas o un MP4–, es un desafío que excede al procedimiento regular de la escritura, porque el lector no está obligado a leernos, por mucho o vasto que se escriba, no es suficiente, así como un poema o una metáfora establece un universo de comprensión diferente a la posología de un medicamento oncológico: No hay una dolencia que promueva su consumo imperioso. 

Será, entonces, la busca del placer especular por los caminos tortuosos, extravagantes o divertidos de los símiles humanos creados en la mente y descendidos al papel, porque siendo ficticios emulan lo vivo con posibilidades insospechadas. La identificación del lector es la primera meta a alcanzar por el autor, por eso debemos cuidar a cada uno de nuestros lectores convirtiéndonos en él.

CR

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17 de noviembre de 2015

Antígona, la piadosa, en el Barros de San Justo.









Doble función de Antígona, de Sófocles, por
"Los maldecidos de la Ensa", el Sábado 14 de Noviembre 
en el teatro Valentín Barros, de San Justo.




El tragedia descendió anoche en el Valentín Barros de San Justo de la mano de "Los maldecidos de Ensa", la compañia de actores noveles del Normal Almafuerte, la escuela pública. La puesta en escena de la segunda función, debido a fallas técnicas, comenzó una hora tarde y los actores resultaron sometidos a la doble presión de actuar y de no disponer de micrófonos individuales que aportaran al audio abierto, y así, cada escena, terminó en prueba de fuego para cada actor. Pero no se trata de memorizar lo que escribió Sófocles para Tiresias, sino de olvidar a Sófocles y convertirse en Tiresias. Improvisar.

Pero recordemos el drama. A la muerte de Edipo rey, sus dos hijos, Polinices y Eteocles, se enfrentan en disputa por el trono de Tebas. Eteocles reina cuando Polinices invade la ciudad con sus ejércitos. Ambos herederos mueren en combate y el trono sucede en Creonte, quien dispone la prohibición de ritos fúnebres con especial adversión por el invasor a quien titula de Traidor a la patria. El cuerpo de Polinices será entregado a los perros y los buitres del desierto, amaneciendo en Antígona el conflicto entre obedecer a la imposición de una ley rencorosa del rey, un hombre a fin de cuentas, o cumplir la ritualidad que exigen los dioses. El drama se vislumbra cuando Antígona, la prometida del hijo del rey, pide ayuda a su hermana, Ismene, para disuadir a Creonte de tan nefasto final; no la encuentra y procede al fin sola al entierro del cadáver de su hermano.

De la actuación destaco la irrupción de Hades detrás del público, sorpresa inicial, el coro estático que representa la voz del pueblo, y en la obra, sobresalen las caracterizaciones milagrosas de Agustina Morales (Antígona), la figura estelar de la noche, quien contaminará al público con sus clamores y la voz temblorosa, digna de una dramaturga avezada. La actriz acompañará con actitudes vivas de su cuerpo las intervenciones de la piedad proclamada. Allí de nuevo visitará la sala ese espíritu resonante y sagrado que una vez llamé "el metal de ser", de cuando la cuerda suena en el escenario y encuentra eco en el público inmóvil, estupefacto. Claro que los gritos del rey no ayudan, en exceso pierden eficacia. no hay que confundir energía con alteración. El otro actor a destacar es Nahuel Gomez Anes (Hemón), el prometido de Antígona quien cumplirá su papel casi sin defectos y con algunas virtudes. Habrá momentos memorables como la aparición sombría de Facundo Carabajal (Tiresias) de cuando en la tragedia nada promete terminar bien. El otro actor a destacar es Facundo Medina (el centinela), quien trae malas nuevas al rey. Su actuación es digna de un profesional. Y en él, la verdad es pronunciada: Polinices ha sido enterrado. Antígona será detenida y condenada a muerte por desobedecer una disposición real

Sófocles fue el Shakespeare de la edad de hierro, se lleva siempre la mitad del mérito, en sus dramas enfrentará al amor de cara al abismo, receta elemental que nuestros actuales poetas parecen desconocer o haber olvidado cuando al amor le agregan belleza y más amor para que resulte amoroso, que es cuando supera el paladar y se vuelve aguachento. Durante el confinamiento, Creonte pide a sus guardias dejarlo a solas con la condenada. Y allí le confiesa su amor: de ser éste correspondido perdonará su vida. Pero Antígona lo rechaza. El silencio fragua la sala, cuyo metal esta vez oprime. Antígona se ha convertido en el epicentro del universo; pero el "nunca te perteneceré" sella su destino. Y con rencor, con el corazón sucio de rabia y desaire, Creonte, rey, tío y futuro suegro de ella, procede al asesinato de la condenada con su propia daga, como poseído por Hades, cuya ausencia en el episodio final resulta inexplicable cuando la sombra de su reino debía eclipsar el imperio de la vida. Antígona, la piadosa, yace asesinada en el suelo. Clamores y revelaciones cesan. No hay redención aquí para el espectador

La historia es intensa, los actores de anacrónicos a comprometidos, con destellos muy merecidos y opacidades disculpables. El promedio general –si vale dicha apreciación–, es bueno; sin duda, 10 presentaciones después sería perfecta, menos declamatoria que pasional. Se trata de muchachos y chicas de 15 años, he allí lo promisorio. Lo antológico es revivir en escena la obra de un dramaturgo muerto hace 2400 años, casi la implícita derrota de Darwin y sus teorías. Luces y aplausos al fin: Antígona también murió en San Justo. 

CR

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12 de noviembre de 2015

Malloween, la fiesta del terror





La campaña del terror ha calado hondo en la ciudadanía, pero no de hoy o de ayer, esta sociedad vive quebrada y enfrentada desde hace más de una década. E intentan que esa fisura de agresividad y de calentamiento social sobrepase las elecciones y derrame el virus en el porvenir, ensuciando lo que sigue. No se trata de una elección más de las tantas que tuvimos a la fecha en un proceso democrático que elige autoridades cada 4 años... sino del abismo. Eso esperan que pensemos. Debemos creerles que vivimos en el Paraíso sin darnos cuenta, y que de pronto orillamos el despeñadero del terror. Como quien dice: "Soy un corrupto hijo de puta, pero menos que aquel otro imbécil. Por eso les convengo". Y así debemos elegir entre una devaluación como un hachazo eléctrico o permitir que sigan robándolo todo sin devaluación, ¿y cuál es la ventaja?

Pero la campaña de desprecio también ha llegado a mi familia: una de mis propias hijas reniega de mi porque dice que debería sentirme agradecido, no sé de quién, o de qué. Jamás recibí nada ni esperé nada de ningún gobierno. Antes el PJ vitoreó a Menem como si fuera el Principito, después a Néstor, como si fuera el libertador de América, y finalmente a la reina consorte del finado como si fuera la musa de Dios. La fiesta cambió de novios durante el casamiento pero sigue siendo fiesta.

Ni siquiera sé si iré a votar el 22, pero aunque fuera, aunque ese día me molestara en expresar mi voto, no favorecería al arlequín de Scioli. No creo que haya nada que recuperar de este período de mierda que he vivido. Pero ahora conoceremos en precio de cada choripán de la fiesta pasada a razón de 15 mil dólares cada uno. Y el temor se funda en el sushi venidero porque dicen que costará 50 mil o 100 mil el plato, porque será el sushi más los choripanes que olvidaron cobrarnos. 

Váyanse a la concha de sus madres: no comí ni el choripán de la enemistad ni probaré el sushi de la alianza eterna. Igual pagaré todo. Incluso los escarbadientes de oro de la monarquía local. Pero el verdadero temor es conocer el precio que tuvo la fiesta de 12 años, cuánto nos costó cada cubierto, cada servilleta, cada miga caída al suelo, y que nos revelen el plan de pagos de la deuda interna que produjo esa fiesta, sumado a los juicios externos por tribunales que el mismo finado Néstor firmó en 2003. Ese es el miedo. Conocer las consecuencias de lo que no quisimos ver y que negamos eufóricos. 

Están por reventar las 750 causas por corrupción, estafas, robos, sin contar las que no habrá por el incendio oportuno de la Secretaría de Hacienda, o del Centro Cultural de 3 mil millones y las que alcancen a fraguar los auditores kirchneristas antes que se acumulen 100 causas más. 


Pero votar a Scioli es indemnizar a Jaime por cada muerto en Once, es donarle nuestro sueldo a Lázaro Báez en la causa por robarnos, es pagarle de nuevo el avión presidencial a Máximo por una rodilla golpeada o por una descompostura hepática o por una mudanza, o regalarles otro complejo turístico tipo Hotesur, es comprarle de nuevo a Israel una flota de aviones que no sirve, o pagarle otra vez los trenes usados a España que nunca se usaron aquí, para de nuevo comprarlos a China y terminar haciéndolos otra vez aquí "Industria nacional", es comprar a China hasta los rieles de acero, como si la siderúrgica SOMISA nunca los hubiera echo en nuestro país, como aseguró hace poco un ex candidato. 

Votar a Scioli es santificar el asesinato de cada qom desamparado en el norte argentino, como si fueran enemigos, o decirle a Recalde "agregá a 4 mil empleados más, no hay problema", es volver a robar en nombre del Estado los ahorros de particulares para su jubilación confiscando las cuentas de las AFJP y hacerles pito-catalán a todos ellos, es pagarle en oro a Anibal cada embarque de estupefacientes acordado con el cartel de los Soles venezolanos –mediando las cortesías de las FARCS–, es pagarle tres veces a Venezuela el préstamo interminable a tasas delictivas, es seguir renunciando al 82 a los jubilados para mantener 18 millones de planes improductivos para que nadie crezca, sostenidos por 4 millones de trabajadores silenciosos sin gloria de ninguna conquista social, es pagarle otra mansión a Luis D'Elia y a sus hijos, o premiar que la AFIP sospechosamente no da informes de evasores desde hace años como si fuera este el país más honesto de la Tierra. Es prestarle nuestros dineros a Boudou para que compre otra Ciccone para su beneficio y nunca el nuestro, y que encima truche los documentos de la operación... 

Pero dicen que lo malo está por delante. Vote cada uno a quien se le antoje, pero premiarlos, aplaudirlos, no habla de ellos sino de nosotros. Eso es todo.


CR

10 de noviembre de 2015

Autor sin pertenencia


Otra aclaración pertinente

Recibía notificaciones y circulares frecuentes del perfil de Facebook de Autores de La Matanza sin saber el motivo, ya que NO soy miembro de esa comunidad desde 2012. Y como los rumores de radio-pasillo, dicen que fui expulsado, es pertinente aclarar que me fui por mi propia voluntad de una organización amateur a la que definí como "represora" y "censuradora". Pero termino de verificar para mi desagrado que fui incluido, listado, en ese grupo humano con posterioridad a mi retiro de esa organización; de allí los compartidos de novedades que me llegaban. Nadie pidió mi permiso ni me informó del evento y no me interesa conocer sus actividades ni individuales o grupales ni institucionales. 

Y es justo echar luz sobre algunos puntos que me autodefinen como creativo independiente: No recibo beneficios comunales u organizativos ni ventaja alguna por sobre cualquier otro vecino de los 2 millones de habitantes que tiene el distrito, no estoy incluido en stands de exposición o venta de ninguna feria o congreso de esa comunidad ni de ninguna comunidad que no sea nacida de mi propio y solitario esfuerzo, tampoco estoy incluido voluntariamente en la actualidad en catálogos de autores locales, ni los reclamo ni me interesan, y no exijo espacios ni compartimientos culturales ni estoy atenido a la voluntad de nadie que no sea yo, y no dependo de cambios en la administración política local, simplemente porque no me afectan. Eso me permite una labor ilimitada como "libre-pensador". 

Las obras de artistas incluidos en las cubiertas, ya sean nacionales o extranjeros, son citadas con autorización expresa de los propios artistas de esas obras en cada caso. Acuerdo espacios personalmente y pago los cánones como editor y autor independiente para exponer o promover mi labor como autor y también promover la nómina de autores que edito con mi propio sello editor. Para recordarlo, en fechas recientes y con motivo de la Feria Municipal de Libros de San Justo, pagué un canon de 4 mil pesos en libros a la Secretaría de Cultura y Educación por un stand, como lo establecen las autoridades para cualquier editor que quiera comerciar su material de venta al público, único autor local que paga y afronta esa cantidad para exponer sus propios libros y no exige descuento alguno, siendo yo un vecino más de esta ciudad. Aciertos o fracasos, mi trabajo como escritor –novelas, cuentos, ensayos, diarios de autor, promoción de escritores contemporáneos o universales–, pueden encontrarlos en librerías locales o pedirlos por mensajero. Carlos Rigel depende de Carlos Rigel y pertenece únicamente a Carlos Rigel.

Termino de desagregarme como miembro de esa comunidad, y sin interesarme quién es responsable o administrador de ese perfil, lo reitero.... ¡no pertenezco a "AUTORES DE LA MATANZA"!

CR

30 de octubre de 2015

Pireo, la novela en 2016



Pireo: el pacto.
La novela estará terminada 
a comienzos de 2016.

Meditada desde hace años cuando menos desde 2012, es una adaptación de Fausto, de Johann Wolfgang Von Goethe, cuyo personaje primario es un escritor en busca de asegurarse un empleo en una editorial. Se trata de Pireo: el pacto. una historia desarrollada en una Buenos Aires liberal, cruel e ilusoria. El perfil narrativo fue muy pensado antes de echar mano al escrito, es ágil y de capítulos cortos. Extraigo un paradigma esencial que propone como promotor de la idea: conocemos el concepto de plagio de un texto, la copia deliberada e intencional con fines de lucro, pero ¿qué ocurre si sabemos que el autor luego de escribirlo fallece? ¿A quién pertenece? 

Respecto a la historia, la reseño: Un corrector de prueba editorial desempleado recibe un escrito de setecientas páginas en prueba con la probabilidad de ser contratado por la editorial involucrada de acuerdo a los resultados de su labor de corrección. Se trata de una novela con un estilo inmejorable cuyo autor es un joven de 22 años recientemente fallecido. Es decir, el texto a revisar no tiene autor. La historia, entonces, explora los orígenes de un escrito brillante y la ambición desmedida de su poseedor pero que no es su autor legítimo, aunque anhela serlo. En un país donde los Derechos de Autor son atropellados como cosa corriente, resulta fácil adjudicarse un escrito. La duda intrínseca que justifica la presente historia mi novela—, es la indagación posterior acerca de la procedencia del escrito robado.

El arte de la cubierta fue diseñado especialmente para la presente novela y corresponde a los creativos Gustavo Nielsen y Alejandro Taliano, un modesto lujo que aún puedo darme, cuando sus trabajos artísticos, juntos o individuales, son admirables. Debo aclarar que como creación de tapa ya recibió elogios.

Comparto un fragmento del capítulo 24:

«Vuelvo a revisar cada carpeta virtual, como si hubiera pasado por alto alguno de los títulos. Algo no cierra. Los cuadros de diálogo se abren, muestran su contenido de íconos y los vuelvo a abrir uno a uno, todavía sin convencerme. Los documentos se despliegan, ocupan la pantalla y vuelven a revelar la mediocridad de un autor amateur. Algunos textos son tan ingenuos que no son salvables ni siquiera en las ideas elementales, ni aún con aditivos de redacción en manos de un genio.

—Pan amargo. 

Semejante operativo de inteligencia para hacerme con la computadora de un pibe y el contenido, por fuera de la novela, es un fiasco. Veo las carpetas con fotos pero las obvio. No busco fotos, sino escritos con la misma dimensión de El pacto, el cual tengo copiado en mi propio disco rígido desde el primer momento. Es una suerte que todos los textos de la carpeta que titula «Escritura» tienen por igual al pie la firma de "Ciro" y la fecha de conclusión. La mayoría corresponden a los tres últimos años. Pero el que me interesa es prácticamente el último con apenas cuatro meses de terminado. Luego le sigue una prosa breve con fecha de hace unos setenta días. Sin duda allí se interrumpieron los escritos, lo que coincide con la fechas aproximadas de su muerte. El pacto tiene un error en la fecha de finalización que oscila con dos días de diferencia, dice "3/5 de Julio". Deduzco que los casi dos meses anteriores sin registros, sin textos, desde el 19 de Mayo más exactamente, corresponden al período hipotético de la realización de la novela. De cualquier manera, si lleno con redacción los días de Ciro, un muchacho de 22 años, desde el último texto fechado hasta la finalización de la novela, la cuenta dice que escribió un promedio de poco más catorce páginas diarias. La producción de un autor profesional.

Es decir, un pibe sin ninguna cualidad notable ni para pensar ni para escribir, un día de Mayo se acuesta a dormir y cuando despierta a comienzos de Julio es un genio de la novela con un título de setecientas páginas dignas de un Nobel. Y para demostrarlo, expone una historia metafísica que orilla lo filosófico con pasajes de una profundidad y una belleza digna de envidia destructiva, con técnicas sofisticadas en donde abundan los párrafos elegantes subordinados al remate en la última palabra de la última oración, y donde aplica la teoría del epicentro narrativo como llave de acceso para la memorización de los temas en la edificación de una idea superior. Eso dice que Ciro, el autor, no sólo escribió una historia fluida, sino que fue cuidadoso con caracteres secundarios inyectados en la mente del lector para la construcción de una metáfora amplia y oculta dentro de otra metáfora de superficie y atractiva.

Leo en el capítulo Jarilla ardiente: «...En el fondo de una mirada antigua, mi mirada intenta volver a izar edificios sumergidos bajo empedrados de granito, pero no consigue más que generalidades ganadas al río. ¿Percibo o recuerdo? Veo lo que sé, o, más bien, lo que otro ya sabe. Otra memoria posee la mía, me invade con añoranzas de carros coloniales y de caballos, los recuerdos de otro surgen frente a mí. He aquí un cuadro para los turistas: La Eternidad cercada por el devenir, o el mundo inteligible planeando por encima de la materia. Bruscamente, todo el cortejo mineral se ahoga; las sombras son como los sueños: no tienen lógica en las ideas. El aire se aplana, la pampa suspira, y yo me alzo sobre una espesura de embotamiento; se diría que ella envidia la rigidez cadavérica de los bloques urbanos que la incluyen...»

No cierra nada.
—¡Nada!...»


CR

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