9 de junio de 2011

ORSAI / Quizás la ficha que salte la banca




La industria editorial, una industria zángano, vive de autores y creativos capturando el ciento por ciento de los resultados; la inercia es tal que evaden derechos de autor, trampean tiradas, justifican exiguas ventas, versean, convocan a premios fraudulentos, roban ideas con algún interés y luego se las pasan a autores poco escrupulosos quienes aceptan el robo como método legítimo. 
El complejo mundo editor mueve millones al estilo de un cartel de drogas y, como tal, dispone de servicios de asesoría legal, lo que les permite un amplio margen de operaciones al amparo de los contraluces institucionales de la ley a la hora de la firma de contratos leoninos y en detrimento de autores desorientados.

No todo el que escribe es escritor; ni siquiera quien lo hace en cantidad, ya que un estudiante llena cuadernos y carpetas y tampoco es un autor. La sociedad está saturada de escribidores de poca o mucha monta, eso es cierto, pero no lo es menos que los pocos que cruzan los filtros para alcanzar la fijación del nombre o pseudónimo en la conciencia social enfrentan luego, parte ya de una editorial, el fraude y la estafa como moneda corriente. Nada se puede hacer hasta disponer de un cierto prestigio, una conducta de autor, pero incluso traspuestas esas barreras, la inercia es tal que el novel es incluido en una corriente de agachadas, escondidas y mentiras que actúan como una ley inexorable: O desaparece fagocitado en esa corriente o encuentra un compartimiento en ella, pero nunca hallará el éxito por ese camino.

Frente a la complejidad editorial, aparecen las "imprentas" que permiten lo que se ha dado a llamar la autogestión del autor, es decir, la edición del material por bolsillo propio. Se hacen llamar editoriales pero en verdad son imprentas; no disponen de correctores, no cumplen las etapas de revisión del material ni el análisis del mercado, no hay estudios de tapa ni de títulos oportunistas, no hay pruebas de galera ni soporte publicitario. La impresión sale como está, sin cambios ni mejoras. Y acerca de la distribución opera el "arreglate como puedas" porque son imprentas y se inspiran en la idea de que el autor del material quiere ver su nombre impreso en la tapa y, aunque se trate de una abominación impresentable –a menudo lo es–, él mismo se ocupará de la venta, que casi siempre termina en un fracaso agónico.

No es distinto a estampar una foto personal en una remera de nuestro uso, pero muy lejos de soportar una edición pública. Naturalmente que esto no habla de calidad narrativa ni del perfil de autor ni de estilo personal ni del estudio del idioma como herramienta de evolución. Nada de esto parece necesario para el novel, aunque lo sea.
Y así, los autores –con o sin calidad narrativa– salen al complejo mundo del comercio o mediante el gran mercado fenicio o el menudeo anónimo, en cualquiera de ambos casos, más semejante a una selva carcelaria que a un circuito nacido del arte. Piensan, por un lado, que sólo es necesario escribir, y por el otro, vender camino al estrellato. En resumen, o una mafia inaccesible o vivir encriptado en una ostra de ilusiones. Los bordes son intangibles: Recibe muy semejante trato un creativo exitoso que un delincuente marginal; un confundido que un clarificado. En todo caso, se socializan las pérdidas pero si hay ganancias, rápidamente son individualizadas y coptadas. Más tarde, los autores noveles con algún resultado de caja favorable pasan a formar parte del esquema por lo tanto también son vehículos del silencio y el fraude.

Editorial Orsai de Hernán Casciari termina de inaugurar un formato de distribución y ventas de la revista también de nombre Orsai. Con esto, aprovecha además para difundir su propia obra literaria. Yo no sé si su director es un clarificado, un cuentista con demanda (dice ser el autor de habla hispana más leído, que es como decir que es el mejor de todos) pero avanza en un compartimiento editorial inexplorado: La venta directa, y se la gestiona a través de suscripción. 
Esto no augura un material feliz, ni de calidad literaria coleccionable, pero es conveniente considerar la alternativa. A no engañarnos, Casciari crea una editorial para vender sus propios libros y revistas y, quizás, la obra de algún allegado de su simpatía. Con esto digo que tampoco resuelve el problema autor-editor-lector, sólo demuestra que hay otras vertientes para probar suerte. El problema que debe enfrentar, además, es lo mismo que reune a los autores de la autogestión en la vereda de las imprentas: el financiamiento. 
No digo que sea simple de resolver ni que sus detalles sean menores, pero es una alternativa para aunar al catálogo de autores solitarios que viven en el limbo urbano del anonimato.


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