5 de enero de 2022

Tres esquinas de la noche

Las tintascrudas de Rigel



Fin del abismo. A solo tres palmos de olvidar este capítulo y cerrar el libro.

Estoy a tres días de cerrar el año más oscuro de mi vida y la de mis cuatro hijos, a tres de recobrar una familia que creí perdida, a tres de celebrar el quitarles de encima a una demonio incalculada, una demonio perversa y sucia que nos separó y que los llevó por el camino de las drogas, que los usó como soldaditos para conseguirle porros y bolsas de marihuana con tranzas y drogadictos para sentirse una reina del basural donde existe, el culto a las proezas y desafíos del alcohol frente a sus hijos, más el ritual diario de la mentira, una "sacra" destrucción del hogar y el engaño; una demonio que cita a Dios como su protector y corrector, con altares tan puercos como su interior, con calaveras y pedidos sucios y tan nulos como su alma.
Bajo el manto de la victimización siempre habrá un monstruo de justificaciones entintadas con mentiras. Esa victimización es el recurso clásico del victimario, el que mata por las dudas. Así, hasta llevar al teatro de una guerra bajo mi techo luego convertido en un bunquer narco, donde los míos fueron tomados o de rehenes o de víctimas por no ser los aliados en causas deshonestas y, repito, sucias. De allí a llamar "traidor" al menor que se niega a conseguirle atados y bolsas de marihuana con un narco del barrio.
Pero cuando cerré el corazón abrí los ojos. Entonces vi los restos de lo que antes fue mi familia. No será mi verdad, sino la de los míos ante los fueros cuando llegue el momento. Así hay quienes maquillan sus caras, pintan sus ojos de luz y sus labios de rojo, pero tienen la enfermedad en el alma, entonces el amor no los salva, sino que los pudre.
Ahora recupero mi casa y a mis pibes luego de tanta tragedia –juzgado de por medio–, enderezo sus vidas y espero con ansia y calma cuando mi tercera hija (de cuatro mujeres más dos varones) de a luz en enero a mi tercer nieto, señal clara de mis tiempos, incluso para dignificar el comienzo. Mi vida abre una brecha y filtra al fin el amanecer.
Dicen los tramposos "El fin justifica los medios", y no dudo que tendrán butaca de carbón caliente en el fin, pero me quedo con Hegel: "El medio debe ser digno del fin". Que otros siembren semillas de maldad y prendan velitas insanas en las esquinas del campo ajeno. No es mi terreno; no es mi suciedad. Sembraron odio, llenarán sacos de serpientes. Cuanto más lejos de mi prole mejor.
Y reservo el vino para celebrar la clausura de un año kármico y renacer una vez más en año nuevo. Las nubes al fin se abren. Mi campo no necesita velas dedicadas a ningún santo o demonio menor. Dios me prestará el sol para iluminar a los míos. Es el fin de los sacrificios, el pasado yace sepultado sin mármoles ni laureles. Y a renacer de mis propias cenizas en mi eterno nacimiento. La felicidad todavía me espera.


Copyright®2021 por Rigel

3 de enero de 2022

Gabo: discurso frente al Nobel de literatura, 1982


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El Dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de las fuentes de la Eterna Juventud, el mítico Álvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso, ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en la Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la cuidad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central: Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 % por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina tendría una población más numerosa que la de Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado, si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de un cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

2 de junio de 2021

Rusa para dos


Largo contacto con el apreciado novelista Gustavo Nielsen, recién inoculado por una rusa (como muestra la foto).

Sé que posteó en las redes la novedad de su reciente dosis con la sputnik y que ilustra con una foto sovietizada por la boina estrellada. También me pregunta si me vacuné. Le confieso que no. Entonces asume la actitud afectiva de un hermano, me aporta cifras escalofriantes, me cita epidemias mundiales que diezmaron países e incluso me habla de una pérdida cercana en su vida en plena pandemia, de la cual supe en su momento, se trata de su propia madre por COVID, algo que no sabía, y que sirve como antesala para decirme: "No quiero perder también a Rigel".

Su preocupación por mi salud es genuina. Me pide que me vacune cuanto antes. Le prometo que sí, me vacunaré. Para cambiar el eje de su nerviosismo con mi irresponsable descuido le pregunto por la producción narrativa en cuarentena y me resume que se trata de dos volúmenes de cuentos y una novela. Por mi parte, igualo el número final con dos ensayos y una novela breve terminada el año pasado y que estoy a punto de rever de continuarla, extenderla.

Digo que celebro que haya mantenido la tradición rioplatense del cuento, constancia que yo mismo he perdido con los años. Nielsen mantiene una esencia próxima al literato sampedrino Abelardo Castillo, quizá desde que ambos fuimos premiados siendo jóvenes por el mismo fauno. Tal vez por eso regresa cada tiempo al relato breve con una técnica brutal que me deslumbró hace décadas y que, seguro, mantiene vigente en su prosa. Pero, en mi caso, sólo pienso en formatos de historias largas y de ensayos complicados que a menudo superan mi inteligencia. En otras, alguna crítica amateur o sátiras, o demoníacas o extraterrestres para divertir a mis lectores.

Al fin, no puedo menos que comprometer mi palabra de ocuparme en la vacuna de la salvación a cambio de un asado posterior en honor al reencuentro, asado largamente prometido y postergado desde 2019. Quizá de antes. No olvido que la última vez que compartimos su mesa fue en 2010. Por suerte, hoy todavía sigue siendo hoy.



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5 de mayo de 2021

Entre dos mundos




Subo al micro rumbo a CABA para entrevistarme con un editor. Y tan pronto guardo la SUBE alguien desde el asiento del fondo me saluda y me invita a sentarme a su lado. 

"¡Acá, eh!" Se trata de un caballero rústico y chivudo de varios días, de pantalón Ombú, remera desgastada y camperita deportiva deshilachada con sedimentadas manchas de pintura blanca, y una caja de vino que va y viene en su mano y de la que chupetea impávido al pasaje desde el asiento del fondo.

Pienso que es un equívoco, una confusión. Sí, está confundido, pero no sé qué hacer. De hecho, insiste: "¡Acá!". Mientras busco asiento, amaga a levantarse del asiento y me extiende la mano para saludarme luego de quitarse amablemente la gorrita, mientras yo hago equilibrio y me sostengo de los caños contra la inercia, el momentum y la gravedad en la evasión de no llegar hasta enfocar mi mente en esa figura inesperada. Hasta que me grita con la voz reverberada de ronca: “¡Escritor, aquí!”.

Me siento abrumado. La gente me mira como si yo fuera el Cyrano caído de la Luna. No sé quién pueda ser ni por qué sabe algo de mí. Siento las miradas de curiosidad del pasaje sobre mi humanidad. Pero acepto y voy hacia el asiento del fin, simulando una ingenua impericia contra fuerzas titánicas que impiden mi llegada al final del micro. No quiero llegar. 

Pero llego. Me saluda con afecto sincero y una atmósfera letal a vino barato que me transporta a otra galaxia cuando me siento a su lado. No abunda en indicios, pero me habla de un curso con otra gente en no sé dónde hasta que, al fin, recuerdo la situación, aunque no su cara. Fue durante las jornadas tan heterodoxas de Gestión Empresaria para micro Pymes y emprendedores del Ministerio de Trabajo. Pero, a decir verdad, entre treinta personas inscriptas en el curso de aquella vez no lo recuerdo.

Me descubre innecesariamente que fue por el dinero que otorgaban como subsidio alternativo para el emprendimiento elegido, algo innecesario de aclarar. Pero cada palabra que emana es una trompada de vino tinto. Me pregunta cómo me fue, cuales son los títulos de mis libros, dónde comprarlos cuando sé que junta monedas para la siguiente caja de vino, me cuenta errático, como si yo fuera su vecino,  de su vida, de su familia -que lo detesta- y hasta me pide dinero que buenamente le doy los pocos pesos que llevo en el saco, todo lo que tengo, cuando sé que es para más vino.

No necesita develarme su peronismo incondicional cuando me indica unas obras en ruinas, unas pintadas y unos afiches callejeros que, en su versión, son un triunfo peronista. Ni sabe adónde va ni por dónde quiere bajarse. La gente nos mira como dos transportados de otro mundo, pero de nuevo me tiende la mano afectuosa en la despedida y se descuelga en San Justo. 

Como un prototipo discontinuado diseñado por Dios, lo veo perderse entre la gente de una parada cualquiera elegida al azar. No quería bajar ahí porque no sabe dónde está, pero quería despedirse. 

Pienso: ni siquiera le pedí que me recordara su nombre. 

Rato después yo estaba reunido con un empresario en CABA, planificando unos proyectos editoriales, y ahora recuerdo ambos encuentros sin entrar en crisis, pero buscando una conexión que ligue a ambos mundos en un mismo tiempo. Yo, habitante de La Matanza profunda, no puedo serlo.

Vivimos en una trinchera sin ilusiones. Hoy es hoy, y mañana seguirá siendo hoy.


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19 de febrero de 2021

Requien por una obra: la mía.


Me recordaron tantas veces mi fracaso como autor luego de 30 años de escritos y varios títulos editados, que muchas veces me hicieron doler. Es cierto, pero aun desde mi silencio nunca me hicieron dudar. 

Hace pocos días me lo volvieron a recordar con una lista iracunda de fracasos, una cachetada mordaz por los resultados mínimos y hasta despreciables que tengo a mis años. Pero yo, sentado siempre en la última silla, esa que nadie quiere, pienso que tal vez midieron el éxito por la fama y el dinero. Lo siento. 

Y lo entiendo, así se ve, pero no saben lo que es cumplir con el plan de una obra de 300 y de hasta 600 páginas, o quizá más, muchas veces padeciendo las ausencias de lo básico, como de una taza de café o una copa de vino o un cigarrillo para el descanso. Es entregar la vida por nada. Ser un autor en los suburbios de Buenos Aires bien parece un daño en el cigüeñal de universo.

Entonces descubro que fui visto siempre a través de una ventana empañada, y que nunca han estado sentados a mi lado, cebando mates mientras redactaba. Y mucho menos haber atravesado mi corazón para abrirlo y espiar qué hay adentro; descubrir las cosas que amo, o mi mente para saber las que necesito para mantener mi cordura.

Es cierto, una vez llegué a cambiar el último ejemplar que conservaba de una novela mía en un quiosco barrial por dos atados de cigarrillos baratos, recordando a esos locos de una película nacional, quienes cambiaban sus poemas inéditos por choripanes en un puesto de la Costanera. Ese quiosquero tiene una pequeña biblioteca con mis títulos, una que ni siquiera mi propia familia tiene. 

Renuncié a la fama, al éxito, al dinero y hasta el reconocimiento, que seguramente no merezco. Sólo escribo. Escribo novelas y ensayos, si son pagas a veces notas periodísticas que son publicadas, otras, críticas de arte para artistas amigos. 

A veces me preguntan qué escribo, de qué se trata escribir, y cuando busco la palabra menos complicada, digo: "Ensayos, hago periodismo", y aun así no comprenden lo que contiene, entonces me ven como a un vivo criollo, un pícaro y sinvergüenza, estafando gente con mis patrañas.

Escribo y trabajo cuando lo hay. Por fuera de mi labor como creativo publicitario –cada vez menos requerido por mi edad– no tengo otra manera de respirar la vida. Algunos autores piensan que escribo mal, o que podría hacerlo mejor. Aceptado. Aún estoy aprendiendo y no temo reconocerlo. 

Fui condenado por mis propias esposas debido a mis ficciones, negado hasta el divorcio, debí retirar sus nombres y de mis hijas de las dedicatorias porque así lo exigieron. Hasta mi vieja renegaba de que yo me hubiera dedicado a las lecturas y los escritos, me reprochaba no haber sido maestro o profesor de algo. Aceptado.

Hoy de nuevo estoy divorciado y en la lista de faltas siempre estará la constante de mi dedicación a la escritura; a la escritura y sus exiguos resultados. Un golpe bajo que debo recibirlo de lleno sin explicación. Soy una piedra dura dispuesta a chocar contra la montaña hasta romperse.

Nunca dije que era el mejor en lo que elegí, y sería presuntuoso de mi parte que diga “esos libros me eligieron a mí” porque no estoy seguro de la premisa. Es una fantasía: un objeto no elige a un sujeto, y aunque establezca un aforismo poético, es falso. Tal vez la vida sí, pero los libros no. Eso cambia el panorama e introduce otro conflicto filosófico interminable. 

Quizá ni siquiera elegí bien al comienzo, cuando mi vida repartía las cartas, pero es tarde para considerarlo. Me acepto así, como un árbol que creció torcido por los alisos pampeanos de la vida. 

Vivo a las puertas de un cielo que nunca abre la reja y golpeo las manos, pero nadie atiende. La reflexión del guatemalteco Monterroso extrema mis propios tormentos, cuando expresa: “Uno puede escribir mucho y publicar muchos libros para descubrir al fin que no estaba llamado a eso”.

Nada tengo seguro y no soy el primer autor castigado por esa duda inductiva. A fin de cuentas, no soy el mejor protagonista de mi vida... pero soy el único.

Rigel

Copyright®2021 por Carlos Rigel

23 de enero de 2021

La hora ciega en Tierra Negra





Creo que a los argentinos nos llegó el momento 
de enfierrarnos de valor y de lo que sea necesario 
para defender nuestras vidas, a nuestras familias y 
a la República. 

Mientras el cadete idiota de la Rosada hace un show circense de declaraciones y fotos estúpidas, La Cámpora, comandada por la bosta de Cristina, copa los sectores del Estado donde hay guita y acceso libre a la información de cada habitante. Por otro lado, los cortesanos del régimen, allegados lameculos, toman posesión de las empresas vitales del Estado compradas con dineros robados a los argentinos. Negocio redondo y sin gastos. El tablero está listo. De nuestro lado sólo hay polenta y sobresaltos. Pero están prestos a dar un golpe clave y último a la civilidad.

La factura histórica que adeudamos los argentinos se ha vencido. Las elecciones de este año ya las tienen ganadas, como ocurre en Venezuela, aun cuando nadie vaya a votar. Será otro fraude más de una lista larga, pero será el último que conoceremos porque no será necesario otro.

Anulan las PASO, pero no para ahorrar dineros públicos, sino para evitar el anticipo del descontento popular. Y eso lo arreglarán en el correo, alterando telegramas mientras la pandilla cambia las urnas, como es habitual. Las veremos a medio quemar en algún baldío, porque no les importa ser descubiertos. Y ganarán de nuevo, lo proclamarán de viva voz y con burlas al mundo, como Maduro. Hoy les puedo decir que ya las ganaron. No se irán más del gobierno.

A diario nos mandan por TV a un tarta bruto y delincuente a explicarnos lo bien que estamos, como hicieron a los jubilados con el 5% de aumento en tiempos de un 40% de inflación mensual, y las elecciones de este año deberán reflejar a un pueblo acorde y feliz con sus gobernantes.

La guerrilla urbana de asaltos y asesinatos que hoy padecemos es razón de Estado. Como la supuesta "pandemia" busca recluirnos en nuestros hogares para permitir que todo nos pase por la vereda de enfrente. Por eso no hacen nada contra el delito: lo necesitan para controlar a la población. Por eso largaron a reos peligrosos a las calles. Por eso el enano de jardín en GBA planea acortar las penas carcelarias bajo pretexto de la superpoblación de presos en las cárceles.

Porque no le importamos a nadie. Y a quienes les resulte intolerable lo mandarán al psicólogo, como ya lo hizo el cadete de la Rosada, y hasta llegarán a internarlo por desequilibrado incurable, estilo URSS. Muchos seremos capturados o "corregidos" en las sombras. El "Quedate en casa" fue una herramienta diseñada para cambiar el tablero de ajedrez. Somos quienes padecemos esa guerra, las víctimas calculadas. Seremos como judíos en la Alemania de Hitler.

El peronismo, lameconchas por naturaleza, obediente agachado del kirchnerismo y amante de las botas, será la otra herramienta, el martillo de aplastamiento social. El delito callejero servirá para los aprietes individuales y ajusten de cuentas con los opositores. No se equivoquen: Dady Brieva es un vocero desbocado del oficialismo.

En lo que sigue, no habrá DD.HH. ni explicaciones oficiales de los atropellos o detenciones. Dichos organismos están creados para hacer la vista gorda cuando un gobierno lo necesite. Son una extensión mercenaria del régimen y en ese un estado totalitario no habrá oposición ni división de poderes. Son la segunda parte del Proceso militar. Y un poco peor. Pero como con aquellos, sólo una guerra de por medio los destronará.

Señores, señoras: la hora ciega ha marcado las cero horas en Tierra Negra.

Rigel

Copyright®2021 por Rigel

11 de enero de 2021

Chelometal


Largo encuentro la noche del sábado con el compositor y músico heavy-metal Marcelo "Chelo" Peredo, ya próximo a editar un demo tras un año de ensayos con su banda. Seis temas complejos y poderosos, elaborados y listos para su vocalización entre los cuales hay uno en especial dedicado a la tripulación trágica del ARA San Juan. Entonces recuerdo que en las páginas finales del ensayo "Fondoseco: los escritores y la bebida" también cito la pérdida de esos 44 argentinos sepultados bajo el peso del mar, ya que lo redactaba mientras seguía las noticias del suceso desgraciado y la busca desesperada de la nave.

Sánguches de miga, siete cervezas más una jarra prolongada de vino malbec de su producción personal –muy entonado y ligeramente abocado–, decoran la madrugada cuando desde el cielo de su patio Can Mayor brilla sobre nuestras cabezas y cede paso a las constelaciones del este de camino al amanecer del domingo. Tarde supe que a mi visita suspendió una videoconferencia con los músicos del grupo para ultimar detalles productivos.

Por esas cosas del eclecticismo caprichoso recordamos un capítulo de uno de mis libros, el arribo del Quijote a tierras riojanas, cuando se encuentra con el gobernador moro, el caudillo "Chiroga" Tresmenes, él y su discurso ante la indiada sobre los beneficios de una catapulta España-La Rioja (sátira del cohete a Japón por la estratósfera), pero en especial la visita urgente del Quijote a la letrina cordillerana para orinar, donde descubre los grafitis tallados en las paredes minerales donde lee las ofertas, las burlas y puteadas, los anuncios y reclamos, homenaje literario de mi novela a la visita del personaje de "Martín" al baño La Perla de Once (Sobre héroes y tumbas, de Sábato), pero con humor callejero, apenas momentos antes del alzamiento indígena contra el caudillo riojano con el intento de golpe de Estado desopilante comandado por el indio rebelde carapintada Huelet, y que también origina la risa del músico "Chelo" Peredo con el enfrentamiento novelado de estilo bruto y criollo. 

Y el vino y la cerveza que modelan la madrugada literaria y musical. Imagino que hay un pedacito de eternidad en las copas. Tampoco falta el reclamo correspondiente: "¿Cuándo vas a terminar esa novela?" No tengo respuesta, le faltan 500 páginas; hay otras tantas que reclaman conclusión mientras hibernan en un disco rígido.
No dedicaré palabras esta vez al zoológico exótico que tiene en su casa con bichitos de los más extraños y afectivos porque en su living vuelvo a ver el telescopio reflector apuntando al cielo raso, erguido como un fósil estelar, de un metro y veinte de foco y con el tubo de aluminio de 15 centímetros de diámetro, pero golpeado a la altura del ocular, y que vuelvo a prometer reparárselo y ajustarlo –tras un accidente perdió el eje óptico– cuando disponga él del tiempo libre para recibirme sin cerveza ni malbec, sino no podré ajustar un pomo, digo.
Y luego de cuarenta cigarrillos salimos como dos elefantes viejos camino a la vereda en la despedida amanecida minutos antes de que el sol intente calcinarme de regreso a mi oficina. El vampirismo tiene esos defectos de fábrica. Los artistas también, por suerte.

Rigel

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