3 de mayo de 2016

La Saladita de libros y baratijas




La Feria Internacional del Libro de 
Buenos Aires que ha dejado de 
ser "del autor al lector" para pasar
a convertirse en una toldería de baratijas
 "del mercader al público".

Pocas veces he intentado abarcar en el escrito la dimensión incongruente de la Feria del Libro actual, cuando la vi convertirse después de los '90 en una "saldería", más preocupada por el volumen de dinero facturado que con las novedades editoriales y los autores. Pero como se ha vuelto una especie de compulsiva "fiesta electrónica" sin heridos ni muertos pero con víctimas alegres, más bien cercana a la sobrefacturación de don Lázaro, es que voy a analizar la propuesta anual donde lo "nuevo" ha cedido paso amplio a las librerías de ofertines de la avenida Corrientes.

Como un mercado de pulgas internacional abierto a cualquier propuesta de negocios con una variedad amplia de baratijas que también incluye libros, en su mayoría componen la nómina de objetos las ofertas de desecho, del tipo "4 x 100", con mercaderes ocupados en facturar y cuya nómina de títulos fueron fracasos anuales, a diferencia de las Ferias de libros de Fráncfort, de París, de EEUU, de Guadalajara, de Tokio, menos comprometida con brindarle la posibilidad al público de adquirir un volumen recién editado y lanzado al mercado, en la oportunidad anual, para luego asistir a la conferencia de su autor y tras hacer la fila para la firma del ejemplar elegido –luego de pagar los 25 a 35 dólares a precio internacional y que vale un ejemplar en lanzamiento y en apertura de ventas–, está compuesta, decía, por desechos del mercado y la idea es quitarse de encima el contrapeso, tirárselo al público como baldes de agua o de tierra. 

Claro que aquí no hay un Cristo que llegué con un palo a esta toldería de fariseos para ajusticiarlos, pero se ha convertido en una tienda de saldos, de sobrantes llevados al montón y de fracasos editoriales reunidos y armados en stands con tanta sutileza como hecho con pala mecánica, de libros apilados en tapiales confusos donde se vuelve imposible elegir y donde es frecuente el azar del "Llevo éste, ese otro y aquel de allá", de tal manera que donde deberían estar las novedades, como máximo, del último año editorial, el público abierto encuentra los retazos del mercadeo, el sobrante de lo levantado sin venta anualmente del comercio y cuyos lotes apestan los depósitos editoriales que atentan contra el flujo de material nuevo, hasta que un buen fenicio viene y dice "Te doy 800 por tonelada y agregame ese bulto y aquel otro, y arreglamos en 2000, y listo".

Veamos, por ejemplo, Ediciones del Libertador y su pingüe negocio, que consiste en editar al mes como mínimo 5 libros en reedición, los clásicos, digamos, todos ellos en cuerpo 8 de lectura para abaratar los costos con menos páginas, y cuya producción es de 5 mil ejemplares por cada título, y que paga al productor a razón de 5 pesos por ejemplar pero que ellos venden a 25 pesos cada uno "en oferta", lo que representa 125 mil pesos de ganancia por cada título, pero como lleva 200 títulos diferentes, entonces hablamos de una operación de 20 a 25 millones, y a cuya propuesta –nada novedosa, como vemos–, agrega el producto de containers traídos por toneladas de libros sobrantes y resaca provenientes de Europa o de aquí mismo, acordada con los grandes grupos editoriales españoles, a quizá 1 peso o 2 cada ejemplar, y que también vende desde 30 y hasta 60 pesos o, según la belleza de la cubierta, hasta en 100 pesos cada uno, con lo cual el puestito de "La Saladita de libros" le resulta en un volumen –pero no de libros, sino de dinero–, de unos 30 o 35 millones de pesos en 20 días. Y como no paga ni 1 centavo en concepto de licencias ni porcentajes a ningún autor, o un ramo de flores o una lápida nueva en el cementerio –ya que todos ellos, los autores, están bien muertos–, apenas les paga a los puesteros, es un negocio redondo, sin pérdida posible porque no hay riesgo alguno y donde todo es ganancia, por un lado para la Cámara del Libro, porque vende el stand a razón de 4 mil dólares la plaza mínima, y por el otro al fenicio en cuestión, que abarrota las mesas de títulos que cualquiera puede encontrar en cualquier librería a un 20% menos que en la Feria en cualquier momento de los 345 días de año que no hay feria de libros en la Rural. 

No hay conferencias ni publicidad, ya que sería bastante difícil traer a Tolstoi y más aún a Rabinus Maurus o a Plutarco, pero tampoco a Echeverría, ni riesgo alguno ya que todo es ganancia, o mayor o menor que, comparativamente, el año anterior, pero nunca una pérdida. Nadie puede perder así. Pero resulta que no hay un único stand de "ofertas" que arruine el paisaje, sino que hay 50 o 60 stands en la picota ilusa del relleno sin novedad ni lanzamiento ni pago de licencias, porque quienes contratan espacios en la "nueva" Feria de Libros de la Rural no son todos editores... sino productores de cosas a la caza del negocio limpio. Por eso exponen baratijas chinas o coreanas al lado de libros.

Y el público se lleva lo de siempre, conforme de salir con las bolsas llenas de decoraciones para el hogar, planos o libros que quizá nunca lea sino con lupa hasta desistir y al fin acomodarlo en la biblioteca, y el empresario dueño del stand conforme con el número –ya que no es librero, porque jamás leyó el material que vende y ni le interesa saber cuándo diablos fue escrito "El matadero", por ejemplo–, y los empresarios de la Cámara del Libro felices como monos con tres colas porque facturaron un pingüe negocio anual que vuelvo a llamar "La Saladita de libros" con la venta de stands y el cobro de entradas, cuya operación obscena estimé hace unos años. Pero donde los autores son de nuevo los grandes perdedores del episodio, ya que deben lidiar cada uno con el blasón de su esfuerzo anual de presentar algo nuevo a 300 pesos cada uno, y los canastos de ofertas "4 x 100", y siendo un autor en ascenso, rebuscarse un lugar entre Huxley, Ovidio, Dante, Milton, Freud, Platón y Joyce, que si alguien del público ve su libro por puta casualidad en la montaña de saldos, hace una fiesta con sacrificio de bestias.

Muy distinto sería si la condición elemental para cada expositor fuera la presencia obligada de 5 a 10 autores por stand, entre nuevos y reconocidos, con material presente o reciente en conferencias y de visita al stand, porque de eso se trataría "promover" además de vender. Por eso en los comienzos fue "del autor al lector", consigna ahora suprimida por la nada, cuando es "del mercader al público", aunque sería sucio expresarlo, así como en "La Salada" todas las baratijas son truchas con marcas famosas y la gente lo sabe y el comerciante también, en la Rural también prioriza la venta por sobre la calidad o el prestigio del evento. Por eso se han filtrado las imprentas en detrimento de los sellos editores y el manejo de caja sin autor. Por ejemplo, un expositor audaz puede tomar 10 títulos best-seller de autores extranjeros, copiarlos de manera fraudulenta con ISBN truchos, y venderlos durante los 20 días, y luego irse sin dejar huella del delito. 

¿Sabemos si esto no ocurrió ya? Claro que sí, le ocurrió a Planeta, y aunque alguien diga "el que roba al ladrón tiene cien años de perdón" –no olvidar jamás que compró y redujo a nuestra EMECE Editores a cenizas–, lo cierto es que ni a la Cámara del Libro ni la Fundación del Libro ni a nadie le interesan los delitos y fechorías cometidos por los expositores durante el evento, porque lo que importa es vender stands y cobrar entradas, y al expositor le importa amortizar el stand vendiendo lo que sea necesario, choripanes, figulinas decorativas o libros truchados a la antigüedad sin siquiera anexarle un análisis o una crítica de aporte. Los organizadores con el precio de entrada alto restringen la admisión de provincianos despreciables y punguistas de paseo por el predio, excepto que pagues 65 mil o más por estar facturando detrás de la caja. Entonces sí tienen entrada libre y cena.

Y después viene la catedrática Josefina Ludmer a reclamar la desaparición de la literatura nacional y latina subversiva que en los '70 golpeó al universo literario, revelando figuras como hachazos al mercado cultural del mundo, aunque nos cabe preguntarle cómo diablos hace un autor subversivo hoy para alcanzar al público, evadiendo los premios estafa, los sellos de oro con base de barro y las imprentas de la desilusión, cuando el ciclo anual de vidriera, antes que convocarlo, lo expulsa al espacio exterior en una comunidad apática de escritores donde los mayores se reservan al juego del minotauro y donde nadie presenta o apadrina a nadie. Cada uno cuida su quintita, es claro, pero con ese criterio la revista Sur hoy sería irrealizable. Bueno, y lo es.

Y donde deberían llegar 400 o 500 autores o investigadores invitados con bombos y platillos a presentar material nuevo y abrirse un camino, traen a 2 de los cuales 1 no es nuevo. Todo redondo. Y el público nacional, que compra cosas como hamburguesas en la Costanera en negocios sin licencia ni controles bromatológicos –donde la rata más chica empuja un camión–, paga la entrada, y compra, y sale dichoso con las bolsas llenas de lo mismo que compró hace 5 años o de chucherías, porque ha perdido la exigencia y se conforma con el deterioro de una especie de "bingo" diseñado para acceder a su bolsillo rápido y fácil. Y come libros como hamburguesas amasadas por roedores, donde el empresario llega con un BMW mientras que los autores cargan la SUBE y el público sale satisfecho con una bolsa conformista llena de papeles, planos, guías y señaladores pero sin nada nuevo. Digo ¿no advierten la corrosión y la decadencia?
b CR

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30 de abril de 2016

Pedro Chappa, habitante de la tercera dimensión




Y ahora, con un malbec recién llegado de obsequio masificado ahora en mi copa a la espera del primer trago que la deje vacía, escribiré unas reflexiones sobre un autor local, don Pedro Chappa, escritor hoy fecundador de una posible tradición esperada y que ha alcanzado la majestad de la palabra, la única letra, la que importa, la que queda, la que siembra, en una tercera etapa de su pluma, superados los peldaños del aprendizaje y la del compromiso social, cuando sobreviene, entonces, la mejor pedada, el mejor impulso, la mejor alzada, y es cuando ya no interesa y se vuelve íntima, privada, ajena a presiones externas, soberana de sí misma, cuando el lector ya no importa, y entonces es regalo, polisemia de talento sembrado en la besana de la letra. Muy pocos autores alcanzan la segunda meta cuando en su mayoría cruzan la vida chapoteando en la primera sin siquiera asomar a la siguiente; menos aún a la tercera.

No se trata de un aficionado probando suerte con la escritura ni de aquel que, conociendo la semántica, la emplea en busca de la aceptación social o la consideración de sus pares, sino de un estepario sublimador de imágenes poéticas astilladas no subordinadas a la intuición de la fonética ordinaria, cuando más bien construye una percepción local y subjetiva, hachazos de una luz serena y privada que no necesita explicar ni fluir o concluir, en esa contaminación involuntaria de la prosa que padece el aficionado a la poética, sino el fragmentador de percepciones dispuestas en las placas de una rayuela alegórica cuya completud es invitación a encontrar los pedazos faltantes a través de sus sensores para descubrir así el cielo prometido, encontrarlo dibujado en tiza en el suelo, aunque invisibles al lego y amateur: los ojos no sirven de mucho en poesía, ni describir lo visible alcanza para nada cuando lo sucinto es más bien atributo elemental de la narrativa. 

Y cuando hace poco hablaba de los autores de una y dos etapas, aquí yace un símbolo de la tercera etapa en la madurez poco frecuente de las letras. Demasiado complejo para una latitud de tanta grandilocuencia cabalgando la métrica libre de una poesía popular, hasta hoy sin destino, que es álgebra fusilada por los siglos del romanticismo y más tarde apisonada por un existencialismo superficial de estilo grilletiano. Nada habita en las calles de un barrio tan imponente que eclipse un tarro o una cuchara sobre una mesa de mantel gastado, he allí el cosmos secreto común a toda persona que vive, potencia revelada únicamente en la edad del subjetivismo, así como un día descubrí los gritos del silencio en el dolor de una viuda reciente con un poema oprimente dedicado a un living prolijo y perfectamente hueco de vida: en esos objetos inanimados advertí la ausencia y más tarde, al preguntar, se me fue confesada la pérdida, la silla vacía en una mesa, anécdota que algunos allegados a mi vida me escucharon recordar. 

Pero acaso lo irreversible es que La Matanza, en quizá 40 o 50 años, tendrá finalmente una tradición de autores, la misma que hasta ahora brillaba en falta cubierta por manchones de verdor en la aridez sin identidad de un lugar indefinido en algún estado provincial y sin marcas indeleble en el tiempo, apenas emprendimentos aislados registrados en la cronología local sin historia de engarce. Pero en la época de los regionalismos a ultranza cabe preguntarnos si será listado matancero o tresarroyense, ya que parece importante saber dónde nació para incluirlo o expulsarlo. Con la duda sabremos que este amigo pertenece a una raza de faunos cuya mitocondria generosa y diversa no reconoce fronteras o distritos ni provincias, es otro autor que emerge de la llanura, la selva o la sierra por un capricho de la existencia frente a lo cual sólo podemos sentir agradecimiento ante la azarosa veleidad de contarlo entre nosotros. 

Claro que esta edad tiene deudas, la poesía fue tristemente entendida como una impotencia de la prosa, de allí la proliferación del verso narrativo cuando no hay poetas. Por suerte, la majestad de la pluma de Pedro Chappa supera los géneros poéticos y narrativos, es displicente especularidad demasiado conciente en un mundo de lectura mayoritáriamente bidimensional y afecto a la interpretación inmediata. Pero aquí esa fórmula caduca: para seguir sus señales sensibles tendremos que cambiar nuestra manera de leer.

Y así como don Quinquela Martín inauguraba como galardón el tornillo faltante inspirado en la letra de un tango famoso en premio meritorio a los lúcidos del siglo, personalidades destacadas del arte y la cultura, consistente, precísamente, en la entrega de un bulón enorme –"al mundo le falta un tornillo, pero a usted no, aquí lo tiene"–, a don Pedro Chappa le entregaremos el Premio a la Tercera Dimensión, cuando ahora sabemos que muy pocos la habitan, conformes y plenos de vivir con una menos, reconocimiento urbano y émulo que nos recuerda La Nave de los Locos en la mitología tehuelche, más tarde incorporada por los mapuches, que da la bienvenida a bordo del mundo astral a los diferentes fallecidos, a los artistas idos de la vida, a los poetas, a los sensibles, con el destino nada común de participar junto al creador en el diseño de un universo mejor hecho de poesía, de música y de pensamientos distintos al común. Son los tocados por el cielo.

Pero maldita la tierra que no honre activos sino difuntos, o que vea sin mirar o que mire observando con menosprecio o indiferencia lo que tiene y que creció sin verlo madurar, como privado del sol merecido, porque para cobrarle una tradición al tiempo primero hay que encontrarla debajo de las nubes, transitando el humus de las vivencias hechas de tarros, de gente que pasa, de migas de pan y de manteles descoloridos.

b CR

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27 de abril de 2016

Nitrógeno subsidiado





Hace unos años exploraba con un editor amigo, pizza mediante en el almuerzo, la realidad amarga que le toca vivir a los escritores, sobre todo aquellos con más de 30 años y hasta 40 años de trabajo, es decir, la edición, la ayuda intelectual a otros autores, los eventos, las charlas dictadas, jornadas, conferencias, lo didáctico de entregarle una experiencia al lector y al público, y sin embargo obligados a terminar como el poeta panameño Demetrio Herrera Sevillano, en la miseria vergonzosa, de cuando algunos amigos hacen una colecta para juntar dineros y comprarle el cajón del epitafio. Hoy, incluso un ama de casa también se jubila pero no un autor, raza incombustible condenada a una Gehenna lateral a la teodisea, sin infierno ni tampoco cielo.

La necesidad de brindarles un subsidio mínimo, al menos, de barrendero, y que allane la miseria indigna de vivir de prestado; o bien subsidiarles el gas, la electricidad, los cigarrillos, el agua, el güisqui, la bufanda, el paragüas, las hojas, una máquina de escribir o un service al año, doce kilos de café, el hotel con espejos en el techo cuatro veces al año, el aire que respira, un par de zapatos, la tarjeta SUBE para viajar, las aspirinas para las migrañas... de manera de aliviarles los dos infiernos cotidianos de escribir sin esperanza y de vivir sin fe.

El editor me respondió: "¡No, no se puede, es una joda eso!... si es así, hay que darle un subsidio a medio país". Desorientado, pregunté "Pero, ¿y de qué debe vivir un autor al final de su vida en países donde los Derechos de Autor son una broma (como aquí)?". Con prontitud, me respondió: "De su familia, de sus amigos..." 

Pensé: El editor vive del autor, el lector vive de su trabajo, el barrendero vive de su trabajo, el maestro vive de su trabajo, el portero vive de su trabajo... el autor, al final, vive de su familia, de sus amigos. Qué raza deplorable. El editor evade pagarle el 10 por ciento al autor, el lector evade pagarle al autor el 90 por ciento restante de su libro y lo recibe como si fuera un regalo, uno suntuoso que, intocado, lo descarga erguido en su biblioteca para no abrirlo jamás. Es igual a momificar al libro en el estómago del autor. Pero claro que tenía una carta en la manga para cerrar ese episodio: Cité que esa misma realidad fue la de Cervantes, que escribió hasta el último día de su vida para dejarle licencias a su familia, siendo un autor famoso. 

El aire tiene un componente de relleno, el nitrógeno; sín él como diluyente, hasta respirar el oxígeno puro nos haría mal. Es una suerte que no haya que pagarlo. Tiempo después medio orbe nacional recibía un subsidio por no hacer nada, menos los autores con más de 30, 40, 50 y hasta 60 años de trabajo. 

b CR


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23 de abril de 2016

Carta abierta a Mario Vargas Llosa



Fea cosa cuando escritores locales censuran a un escritor invitado. Tal fue el caso de usted, don Mario Vargas Llosa, en la Feria del Libro de Buenos Aires, edición 2011, propuesto al discurso de apertura del evento cuando el primero que izó la bandera de la censura fue Horacio González, ex Director –felízmente ya no– de la Biblioteca Nacional, liderando a un grupete de autores kirchneristas que avanzaban contra la libertad de expresión de quien no necesita justificar sus opiniones. Desde una dimensión menor, sé lo que implica porque también padecí esa mierda en mi propia comunidad, y peor aún: en los términos del Estado municipal con el silencio permisivo de autoridades presentes, ademas de autores menores en un ejercicio digno del Proceso. Y como tal, después lo niegan.

Recordará cuando dijo: “En algún momento soñé con vivir un tiempo en Buenos Aires. Pero tengo un triste recuerdo de las últimas veces que fui. Un grupo de escritores encabezados por el director de la Biblioteca Nacional me quiso prohibir que hablara por mis ideas políticas. ¡Escritores! ¡El director de la biblioteca en donde estuvo Borges!”, expresó usted con asombro, mientras se hurgaba la oreja con nerviosismo. Y tras quedar satisfecho cerró los dedos y verificó las uñas limpias bajo la mirada minuciosa, y de regreso, agregó: “Era un índice de ceguera ideológica que había cundido en la Argentina y que empobreció el país además de enconarlo”. Así es, da vergüenza ajena y universal cuando la represión viene de quienes deberían defender las voces libres, ¿verdad?, y reafirmada por el periodismo, cuando deberían ser garantes de ética y ecuanimidad. La infiltración militante en compartimientos de la vida civil nos llevó al borde del abismo.

Rememorando el valle de las tinieblas vivido, fue una suerte que desde 2013 la Cámara del Libro no cediera terreno ante las presiones del kirchnerismo en una batalla sucia que reclamaba realizar el evento anual de editores, autores y lectores, llamada Feria Internacional del Libro, en las instalaciones de Tecnópolis, predio en órbita con el aparato de gobierno, y cuya finalidad era, precisamente, restringir, censurar y tamizar el material a exponer, además de capitalizar el derecho de admisión a los autores según el perfil ideológico de cada uno. Y esto, celebrado por sectores intelectuales identificados con el régimen nefasto que vivimos hasta el 9 de Diciembre de 2015. En acuso de recibo, la venganza K provino de una especie de feria de libro infantil paralela organizada en las mismas fechas que lo análogo de la Cámara del Libro realizada en la Rural, pero en el marquesado del Paka-Paka, Zamba y los dinosaurios animados, cuña divisoria que intentó fracturar al mundo editorial, siguiendo la costumbre de dividir y enfrentar. Es que si no ganaban, al menos herían con rencor. Hablaban de "gorilas", siendo ellos, a la evolución darwinista, saurios de costumbres precámbricas

La misma restricción de títulos y autores que verifiqué en el deprimente stand de Cuba era nuestro destino lamentable volanteado por suerte en el balotaje. Todo debía pasar por el filtro rancio de la militancia y el generalato orweliano de narcos y ladrones cortesanos con su reina y la monarquía republicana. Y, dicho como a vuelo de pájaro, le agradezco su descenso y las palabras en Caracas para alentar a la oposición antibolivariana de la otra Cuba continental. Pero, hablando de stands, no voy a recordar de nuevo en detalle el espectáculo ridículo de nuestro ex Intendente, don "Fernandito" Espinoza, con su stand gestionado a nombre de "Autores de La Matanza" sólo para promover su propio libro biográfico de militante, de cuando se autoexponía como candidato a Gobernador –también felízmente purgado a la basura–, para no supurar de nuevo en la vergüenza vecinal y provincial que fuera cubierta, en la oportunidad, por medios nacionales que registraron el episodio con burlas cuando citaban que allí, lo que menos había, eran libros de autores comunales, aunque da la medida de una balanza enferma de "uso público" que fue cotidiana.

Así como el prólogo kirchnerista agregado en el volumen de recopilaciones Nunca más, en la edición 2012, injerto que antecede, re-interpreta y corrige el prólogo de Ernesto Sábato, siempre tuvieron algo que corregirle a la historia para apropiarse de ella. De eso se trató el "relato" martillado durante una década: desde los orígenes de nuestra patria, todos nuestros próceres fueron "kirchneristas", es decir, soñaron con el advenimiento de quien se propuso vaciar hasta en los centavos los cofres del Estado. Y del "Nunca más" migraron al "¡Vamos por todo!" que ahora desfila por Tribunales. Fue parte de una pesadilla merecida para nosotros, los criollos, tan poco respetuosos de la democracia y afectos al golpe, como tan obedientes de cuanto régimen autoritario cruzó la calle Balcarce. Sino, lea usted cualquier resumen de historia institucional argentina del siglo XIX y luego del sobresaltado siglo XX y sume los años de prosperidad y democracia republicana. 

Borges nunca pidió permiso para decir lo que pensaba y en hacer lo que decía, de allí los desmayos nacionales e internacionales que nos costaron un Nobel perdido en política aunque ganado en letras. Pero si usted fue censurado, imagine al resto de nosotros sin la camiseta de La Cámpora, la Gestapo del cristinismo. Es que no es difícil digitar las cuerdas justas que exteriorizan la animalidad del ser, evidencia inquietante de que, habiendo superado las etapas de la mediocridad natural, se puede volver a ellas más rápido que en ascensor del 1er. piso al subsuelo –el mismo furor bestial verá usted en las canchas de fútbol–, así como en la guerra los hombres y las mujeres, además de matar, cometen actos de salvajismo en nombre de la misma libertad y la justicia. Pero no habrá Pasternak para negar en esta patria que expulse Zhivagos al exterior, ni asistirá a obras del teatro Colón con títulos tales como "Madres y patricias kirchneristas luchan por la revolución narco", aunque poco faltó para el naufragio republicano. Ni le cuento los chistes del programa cómico que fue el Congreso Nacional, no sea que sufra una colitis afiebrada. 

Venga a habitar en Argentina cuando guste. Y aunque yo nunca disfruté de su narrativa, tan mecánica y poco latina, hoy es libre de decir lo que quiera, sea de derecha ultra-neoliberal antifuyimorista o de izquierda rabiosa, recordando su militancia juvenil marxista. Decía don Ernesto Sábato que "no hay peores conservatistas que los revolucionarios triunfantes". Recordando el doblez ideológico de don George Orwell, doy vuelta el concepto y pienso: "No hay peores liberales que los marxistas desencantados". Lo acompaño en la peor parte, don Mario. Nos hemos librado del maoismo feudal capitalista de estilo gaucho. Conserve mis disculpas tardías de argentino y sea usted bienvenido.

CR

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14 de abril de 2016

Cartucho quemado


La convocatoria del kirchnerismo  
del Miércoles 13 de Abril a los tribunales 
de Comodoro Py es otra perdigonada ciega 
suelta al aire. El PJ perdió así otro cartucho.


Digo, ¿hasta cuando el sindicalismo y el PJ seguirán haciendo silencio, soportando que La Cámpora y el kirchnerismo se manden las cagadas y les descarguen las culpas públicas a ellos, dejando una huella de espanto del partido en el inconciente social?
No alcanza con callarse, deben saber que lo que el pueblo argentino vio ayer en la representación artística al aire libre organizada por La Cámpora y los violentos del kirchnerismo, en el apriete a un Juez Federal y los golpes a periodistas –con las declaraciones estelares de Espinoza–, aunque elijan a Gioja y Scioli, los nuevos "Cafiero" de la transición, como los "moderados" D.G. (después de la grieta), echa por tierra lo hecho y lo pretendido hacer en el porvenir. Sin embargo, también saben que son 10 o 12 mil los de ayer –con invitados pagos por los punteros–, y pregunto ¿cuándo el PJ necesitó pagar invitados de relleno al montón? ¿de veras "ellos" controlan un movimiento obrero de 1 millón de trabajadores? Perón nunca necesitó publicar la lista de precios de los invitados en ninguna convocatoria.

Si el pendejo líder del camporismo los negó en público, cachetada proverbial y seca en su discurso, ¿por qué permiten que usen el aparato justicialista para acceder de nuevo al estrellato? ¿Creen que lo de ayer los acercó al triunfo en el regreso a la Casa Rosada? Esperaban un "21 de Diciembre de 2001" cuando convocaban a otro "17 de Octubre de 1945", pero no se produjo. Agotaron la fórmula, ahora, el único camino que les queda es, u organizar un "24 de Marzo de 1976", o construir el retorno, aunque hasta ahora van por mal camino, porque deben aceptar que crearon anticuerpos sociales: lo de ayer fue otro "20 de Junio de 1973", pero no en Morón... sino en Ezeiza.

 b CR

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4 de abril de 2016

Motivos de mi aislamiento


Con el quiebre de la Patria Grande y tras el aislamiento del
bolivarismo, la ceguera oprimente del castrismo y la extinción 
del kirchnerismo local, es mejor definir lo que han dejado en 
mí esos "ismo" como autor solitario frente a la comunidad 
de autores.


Debo aclararlo, mi retiro y alejamiento de mis "pares", la comunidad local y hasta nacional de autores y escritores, no obedece a cuestiones políticas o ideológicas, convivo con las preferencias personales de cada uno sin conflicto, el adversario no es un enemigo y respeto toda elección de conciencia libre.
Pero no así con las organizaciones, lo que es una particularidad respetable del ciudadano se vuelve asquérrima e insoportable cuando se trata de una institución social que se autodefine como "popular" o "pública" o "social", aunque sea "sin fines de lucro", porque al mostrar sus inclinaciones ideológicas y favoritismos políticos, discrimina, soslaya, desagrega, prejuzga. Dejan de ser una obra del altruismo comunal para convertirse en reductos, en cofradías ideológicas, o contestatarias o concupiscentes, que olvidan sus principios elementales y que es recibir a todos por igual. Se vuelven unidades básicas funcionales de los gobiernos y cuyos servicios fluctúan según los vaivenes institucionales, por ende, son herramienta de los Estados, células encubiertas de partidos políticos, oficinas públicas de clasificación civil.
Una organización social que cuelga un cartel de campaña partidario, que postea una placa en favor de un candidato, ha perdido la imparcialidad, ha dejado de ser social o popular y ha revelado su naturaleza política: es una unidad básica encubierta o casa de adoctrinamiento o mesa de análisis político, y como tal, célula de difusión sectaria. Nos anticipa que no tolerará a miembros de una ideología diferente y sugiere abstenerse antes de preguntar. Así fueron creados los café literarios "Néstor Kirchner" en mi distrito, ahora, por suerte, cerrados por abandono. Exponer algo allí era mostrarse kirchnerista por defecto. Por eso la limpieza brutal en mi lista de contactos en las redes, en su mayoría organizaciones, grupos, comunidades: no por enemigos, sino por engañosa contradicción de fines.
Mostrar mi naturaleza política es uno de mis beneficios civiles y sólo descargo mis decisiones o errores en mi conciencia. Ha quedado claro, nada oculto: yo, apenas un individuo, puedo expresar mis ideas y anhelos políticos. Quien quiera eliminarme en desacuerdo con mis ideas puede hacerlo, nada tengo para reprocharle. Muchos ya lo hicieron. Pero no acepto esas mismas inclinaciones partidarias e ideológicas cuando hablo de instituciones que no sean partidos políticos, entonces elimino yo. Cuando una organización muestra una bandera ella misma se vuelve demagógica, sectaria, desagrega, divide y no suma, cuando la diversidad debería ser uno de sus principios elementales. Luego de dicha revelación viene la certeza que me lleva a la renuncia de incluirme en esa comunión parcial. Una organización pública y popular debe abstraerse de participar en contiendas políticas. Imaginemos una sala de votación en una escuela pública donde hay una única boleta y, además, afiches pegados en las paredes que nos proclaman los beneficios del mismo candidato. Es un atentado contra la democracia cuando dirige una decisión o pretende alterarla o influirla.
La trampa de las redes sociales para con esas organizaciones –que son una tentación fácil al traspié panfletario porque detrás se expresa un individuo pasional y no un grupo–, cuando además toman partido, quedan expuestas al error del cual no se vuelve. Además, una agrupación en Argentina que erige la bandera de los Derechos Humanos y que, por motivos ideológicos, toma partido por un lado –encima el equivocado– y se abstrae de opinar o de tomar posición frente al despliegue de los ejércitos, la represión brutal y las matanzas de civiles en Venezuela durante los alzamientos populares en 2014 y 2015, o peor, que santifica o promueve o calla frente el uso de francotiradores que apuntan al cráneo de los manifestantes en la contención de las protestas –y reconocido por su propio Embajador en la OEA, Roy Chaderton–, que encarcela sin juicio, que secuestra civiles en la vía pública en verdaderas cacerías humanas, que hambrea y sume en la desesperanza a su propio pueblo y desobedece las voz de una nación expresada a través del único poder que lo representa, el congreso, no es una organización social ni pública ni popular, sino una unidad básica servil, una herramienta del nuevo Terrorismo de Estado, siervos del otro "Proceso de reorganización" que ahora castiga a otras naciones de América. El mensaje que estos comités tienen para darles a esos Estados salvajes, no es "Cuidado, no violen los Derechos Humanos", sino "¡Maten más, sigan adelante, estamos ganando!".
No tengo nada que ver o hacer con esas organizaciones, sean culturales, artísticas, sanitarias, educativas o de asistencia social, con esas unidades básicas, con esas células de difusión ideológica, pero tampoco con los miembros que componen sus filas. La burla de estos comités refuerzo de campaña es que luego convocan a conferencias, a presentaciones, a programas de eventos de difusión y concientización, cuando lo que pretenden conjurar es lo que impulsan por otro lado, lo que ensucia sus cimientos ellos lo santifican cuando recuperan los nombres de los muertos pasados para desoir los gritos de los nuevos desaparecidos, los nuevos detenidos, los nuevos torturados. Homenajean a personalidades universales como estandartes de libertad y luego visten los ropajes del Terrorismo de Estado "bueno", así con el bolivarismo, por ejemplo, el mismo que lucha contra un enemigo que siendo externo en su prédica luego es interno, como decir "Todos son nuestros enemigos, adentro y afuera", porque los conspiradores están en todas partes, y eso justifica, para mantener la felicidad de un régimen, reprimir a un pueblo sin preguntar.

Una institución social, artística, educativa o cultural que no es humanitaria, por decisión y posicionamiento ideológico, sólo puede ser extraterrestre. No me busquen, no los quiero, no me necesitan, no les sirvo.



 b CR

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20 de marzo de 2016

Teoría del sufrimiento literario

El escritorio de Alice Munro. Dijo que no escribirá más (Ian Willms. The New York Times)





Siendo un escritor de verdad, ¿se puede dejar de escribir?

Claro que la duda conlleva una afirmación y es que se
puede ser un autor no verdadero. Como dice el admirado 
Abelardo Castillo, "escribir un buen cuento puede 
ser engañoso" porque obliga a continuar una tarea 
para la que no estamos llamados de por vida. Pero para 
quienes sí lo son  hay algunas apreciaciones aquí 
de interés sobre el final de la propia historia.

Editar es otro asunto y no hay que confundir el ejercicio de la escritura con la presión de la fama, pero nadie está obligado a escribir, sobretodo si acepta el reclamo feroz del destino. Entre los demonios internos del autor y las exigencias del editor, el paso es largo y contiene tropiezos evadidos, no resueltos. Olvidemos por un rato a Alice Munro, muy reclamada y acosada por su editor para analizar las ánimas que a veces atormentan a los autores. 

Uno puede matarse cuando quiera y de distintas maneras, pero hay quienes tienen un destino marcado por la escritura. Entre ellos, pienso que hay autores de una etapa, una única y brillante, y autores de dos etapas, y no digo opuestas, sino diferentes. Si la primera es una condena, la segunda debe ser de expiación, de alivio, de redención. Cortázar reflexionaba una vez: "cuando el autor se queda sin temas comienza a escribir". Recordando la migración de estilo de Juan Ramón Jiménez: una primera etapa de compromiso social, y una segunda de placer personal; cuando escribir no importa, cuando no hay reglas fijas. Necesitamos de las dos para poner la vida en perspectiva.


Pero también hay que incluir la advertencia de don Macedonio Fernández en cuanto a abandonar la escritura a tiempo y enfrentar la decrepitud en soledad para no degradar los logros. Como un campeón de box, es mejor tener un plan y abandonar el ring con el cinturón puesto antes que un tortazo de la realidad nos mande al nock-out con pérdida total, echando los méritos a la lona.

Por eso me quedo con la primera de Sábato y no con la segunda, porque mucho sol trae sequía. Los autores de una etapa pueden brillar hasta volverse áridos. De allí la advertencia. Cuando prolongan esa etapa, prolongan la condena sin redención, y acaso sin importar la edad, me parece, son quienes quedan propensos a abandonar la escritura, privándonos, quizá, de la mejor parte de su obra. Kafka se pegó un tiro pero, por suerte, después de muerto. Ahí tenemos a un autor de una etapa con disparo post mortem.

Y aún persiste una variante crucial para mí y es la del escritor pasional, o circunstancial, a diferencia del autor profesional, quien lo asume como un trabajo, y quizá lo es o por pedido del editor o movido por alguna causa externa al momento creativo y sus pulsiones ingobernables. El fauno pasional claro que no controla su espíritu ni es capaz de suprimirlo sin pagar con una cuota de su cordura, pero sí es capaz, en cambio, de sublimar y dosificar con prolijidad esas pasiones que dictan las reglas, las técnicas y los recursos que alejan al texto de una catarsis incomprensible. Pasional no es sinónimo de irracional. El autor pasional es probable que caiga en su deber, que escriba hasta el último día, porque no es dueño de esa pasión, sino su mensajero, mientras que el profesional responderá a un programa de actividades y quedará propenso a jubilarse y abandonar su escritorio. Pero claro que no es peyorativo jubilarse y acabar con las responsabilidades de lidiar con los editores. Pero nada es absoluto, todas estas son probabilidades. Por suerte somos sujetos y la subjetividad nos protege contra lo irreversible.

Pero miren si Cervantes nos hubiera dejado nada más que las obras de teatro y los poemas, sin ninguna novela. De esta manera, Rimbaud tiene una deuda con la humanidad. Los premios no bastaron, no fueron suficientes. El muchacho sólo debía cruzar el charco, nada más, pero desvió el camino y naufragó. Terminó traficando armas. ¿Habría encontrado la mutilación y la temprana muerte de haber seguido escribiendo? Quién sabe. Pero, así, nos adeuda cuando menos 17 años de escritura, la segunda etapa: la mejor.

Están exonerados aquí, por supuesto, quienes escriben poemas ligths y diet para el embeleso personal y que abundan en las redes. Ellos pueden ametrallarse cuando quieran. No pasa nada. En fin, de autores verdaderos y la abdicación de los reinos, la nota de Clarín inspirada en una nota de The New York Times sobre el abandono de la escritura.



Grandes escritores que dejaron de escribir para dejar de sufrir



"El año pasado la autora Alice Munro –considerada un Chéjov de nuestros días– anunció que dejará de escribir. El año pasado lo hizo también Philip Roth. Ambos declararon sentir un enorme alivio al tomar la decisión. Aunque esto de jubilarse públicamente es una novedad en el mundo de los escritores, hay una larga tradición de abandonos a la literatura. Esta nota cuestiona si, para un escritor comprometido, es realmente posible dejar de escribir.

El The New York Times reportó que la aclamada escritora canadiense de cuentos cortos, Alice Muro, anunció que no iba escribir más. Ya había amagado con el retiro voluntario en el 2006, cuando dijo en una nota al Toronto Globe and Mail: “No sé si tengo la energía para seguir haciendo esto”. Sin embargo, en 2012 sacó su libro número 14. Pero ahora, a punto de cumplir 82 años, dice que el abandono es definitivo. “Me siento un poco cansada, pero agradablemente. Tengo una sensación agradable de ser como cualquier otra persona”, le dijo a The New York Times. Agregó, sin embargo: “También significa que me he quedado sin la cosa más importante en mi vida. No la cosa más importante. La cosa más importante era mi marido, y ahora se han ido los dos.”


Cualquier persona que presta atención a las noticias sobre escritores ya habrá pensado en el ejemplo reciente de Philip Roth, que también anunció, el noviembre del año pasado, que dejaba de escribir. Sobre su computadora, en su departamento en Nueva York pegó un Post-It que decía: “La lucha con escribir se ha terminado.” En una entrevista, también con The New York Times, dijo: “Miro ese apunte toda las mañanas y me da una gran fortaleza.”


Munro, por su lado, dijo que el ejemplo de Roth –quien cumplirá 80 años en Marzo– le había inspirado muchísimo en tomar su decisión: “Pongo mucha fe en Philip Roth. Parece estar tan contento ahora.”


Hace sólo una generación alguien de ochenta años ya era un anciano, pero hoy hay varios ejemplos de personas de esa edad que están tan lúcidos, sanos y activos como una persona de la mitad de su edad. En literatura podemos citar a Cormac McCarthy, que a los 79 años está por estrenar una película cuyo guión escribió James Salter, que con 88 años acaba de publicar una novela extraordinaria. William H. Gass, también acaba de publicar una contundente novela. Como Salter, tiene 88.


Todo esto nos lleva a una serie de preguntas abstractas: siendo un escritor de verdad, ¿se puede dejar de escribir?; ¿se puede jubilar –de veras– un escritor?; ¿escribir es sufrir? ¿escribir es una condena –y la manera de liberarse de esa condena– los dos al mismo tiempo?


Munro y Roth no son los primeros escritores en abandonar la literatura. Lo que los distingue es que han declarado su retiro públicamente. Viendo algunos casos históricos, tal vez podamos sugerir posibles respuestas a estas preguntas que acabamos de plantear.


El abandono más famoso –y más enigmático– de la vida literaria es el de Arthur Rimbaud (1954-1891). Entre los 16 y los 20 años escribió poemas que lo han ubicado en los puestos más altos del panteón de la literatura universal. Pero los últimos 17 años de su vida, aproximadamente, vivió otra vida, completamente amputado de la literatura. No hay una carta, o un ensayo, o un registro de una conversación que explique este abandono. ¿Se le fue el don? ¿Dijo todo lo que quiso o pudo en esos cuatro años dionisíacos de su juventud? No se sabe. 


Menos dramático, pero casi igual de misterioso, es el caso de J.D. Salinger (1919-2010). Tras escribir casi 20 cuentos y una novela que aun hoy son venerados, abruptamente y sin aviso, alrededor de los 42 años, dejó de publicar. Vivió hasta los 91 años. Aún se especula y se espera que haya una gran obra secreta póstuma, porque lo único que salido a la luz hasta ahora es una serie de postales que escribió a un amigo en Inglaterra. Su contenido es tan banal que si no fuera por la figura que las escribió no tendrían ningún valor literario. Como Rimbaud, nadie puede afirmar por qué dejó de escribir. ¿Se cansó? ¿Le pareció una actividad impura espiritualmente? (Tenía un interés documentado en el budismo Zen). No se sabe. 


Más cerca a nuestros tiempos está el penoso caso de David Foster Wallace (1962-2008). A los 34 años publicó una gigantesca novela –La broma infinita– que fue un éxito en todos los términos posibles: lo hizo famoso, lo estableció como El Escritor de su generación… Pero también le impuso un estándar para superar que le resultó insoportable. Temía que nunca podría escribir, nuevamente, una cosa parecida. De hecho, nunca lo hizo. Se suicidó a los 46 años, ahorcándose en su garaje –que usaba como estudio– encima de una prolija pila de carpetas que eran el manuscrito de la novela que se publicó de manera póstuma e incompleta, con el titulo El rey pálido. Aunque Foster Wallace abandonó la escritura de la forma más definitiva –la muerte– su biógrafo, D.T. Max asegura que estaba pensando seriamente en abandonar la literatura y tal vez dedicarse a cuidar perros abandonados. ¿Su suicidio fue, básicamente, una forma de dejar de escribir? No se sabe. 


Esto, rápidamente, se podría convertir en un juego de salón. Juan Rulfo, E.M. Forster, Imre Kertész, hasta Gabriel García Márquez, podrían ser casos de estudio. Stephen King intentó jubilarse, pero no pudo. Tolstoi escribió en su pequeño libro, Confesión, que haber escrito La guerra y la paz y Anna Karenina, al fin no le ayudó en lo más mínimo encontrar una paz interior o el sentido de la vida. 


En un post del blog de la revista The New Yorker, el periodista Ian Crouch hace una excelente acotación en referencia a este tema: 


“El anuncio de jubilación de un novelista se conecta al modelo actual de la fama en el cual personas públicas –incluso algunos escritores– son observados muy de cerca y están casi obligados a compartir sus quehaceres con su audiencia. Sin dudas, para que la jubilación de un escritor se note, ese escritor tiene que ser muy famoso. (Nadie se dio cuenta cuando Herman Melville dejó de escribir novelas.) Los seguidores modernos de artistas, celebridades y otras figuras públicas esperan estar informados sobre ellos, y hasta se ponen impacientes cuando estiman que la producción de un escritor es muy lenta. Y ningún escritor –aun uno mayor y con grandes logros– quisiera ser considerado vago o, peor, trabado. Una jubilación declarada cesa con toda especulación. Salinger podría haber aprendido de esto: nadie va a venir a espiarte en tu casa buscando pistas sobre tu próxima novela si saben que no estás escribiendo una.” 


En otro articulo muy bueno sobre este tema en el sitio The Millions, el escritor Bill Morris cuenta una anécdota sobre un taller literario de Reynolds Price (un importante y prolífico escritor del sur de los Estados Unidos, desafortunadamente no traducido al castellano). Un día Price les pone una tarea a sus alumnos para la próxima clase. Les dice a los jóvenes aprendices que por una semana tienen que guardar los cuentos en los que están trabajando y no pensar en ellos. No pueden agregarle o sacarle ni una coma. Se reúnen la próxima semana y Price pide que alcen la mano los que cumplieron con la asignatura. A ellos, tal vez cruelmente, les dijo que deberían considerar abandonar el curso. Dijo que cualquiera persona que es capaz de dejar de escribir por una semana entera (o hasta por un solo día) nunca va ser un escritor. 


Pero por otro lado, está la idea –coherente también– de que cada persona tiene una cantidad limitada de libros dentro sí mismo. Esforzarse a escribir y publicar más allá de lo que uno tiene para decir con fuerza y originalidad es nada más que frotar el ego. Esta idea la expresó con mucha ironía Macedonio Fernández en una carta escrita en 1929, cuando tenía 55 años: 


“Lo bueno es que yo quería este año agotar toda mi carrera literaria. Es decir: concluir y publicar mi novela, corregir el libro anterior y publicar lo humorístico que ya tengo hecho. No puedo ser escritor perpetuo y empezar con tonterías de viejo; yo no creo en los viejos: la bondad es el único ornato y misión de los viejos; después de los 45 años no se debe escribir y si lo hago es porque todo lo tenía pensado y escrito casi antes de los 40. Después de este año yo no escribiré más y no daré el lamentable espectáculo de los seniles que creen que la humanidad no da un paso si no lee un artículo de sandeces sabias de un anciano célebre. Es una esclavitud abyecta y estéril la de un Bernard Shaw, Lloyd George o Chesterton informando al mundo de los chispazos moribundos y siempre huecos de su cerebro petrificado, esclerosado.” 


Macedonio vivió hasta los 78 años. Escribió hasta el final, aunque solo fuera sobre papeles sueltos que después –famosamente– tiraba a la basura, o abandonaba en sus múltiples mudanzas. 


Esta nota, inevitablemente, no puede tener una conclusión o una respuesta definitiva. Pero podemos cerrar citando una escena de la magnifica obra para televisión de Dennis Potter,The Singing Detective. El protagonista de la obra es un escritor de novelas detectivescas que está en un hospital público siendo tratado por un agudo caso de psoriasis. La trama de la obra gira alrededor de tres escenarios: el hospital, donde el protagonista está inmovilizado en su cama; los recuerdos de éste mismo personaje en su niñez; y, finalmente, la trama de la novela que escribe en su mente. 


En un momento, un verborrágico paciente en la cama al lado del escritor le pregunta: “¿Qué es lo que haces todo el día allí callado en tu cama?”. Y el autor le responde: “Estoy escribiendo”, lo cual dispara una risa burlesca de su compañero. “¿Qué te pasa?”, responde, indignado, el autor. “¿Piensas que sólo se escribe con papel y lápiz sentado en un escritorio?” 


Por más que Roth o Munro anunciaron su retiro nunca dejarán de escribir. Hasta se podría decir que Rimbaud y Salinger y Tolstoi y Macedonio Fernández y Foster Wallace –todos muertos– no han dejado de escribir y no podrán parar de escribir. Hay ciertos sujetos para quienes meramente vivir no es suficiente. El misterio de la existencia les resulta tan abundante, tan preocupante, que no pueden silenciarse frente a ello. Se ponen a escribir y eso los apacigua. Los hace sentirse menos solos. Les hace sentir, aunque sea por un momento, la ilusión de la eternidad. Hacen libros para que los que no escribimos podamos compartir ese nirvana artificial. O tal vez sea real. Todo es un misterio. Pero una vez que empieza, no termina más."

Andrés Max, Clarín, 9 de Marzo de 2016, sobre la nota de 
The New York Times de 2013

De una manera fulgurante –o quizá fantasmal– preanuncia esta nota una inquietud mental y espiritual que me mueve a escribir  la novela Pireo: el pacto, y que anuncio en este mismo blog. La posibilidad inquietante de la escritura como una condena.
b CR